El amor está en el aire

César Raúl González Bonilla

Así lo quiso el azar, o tal vez de esa manera estaba escrito en el libro de lo propio, seguramente en el capítulo que solemos llamar destino. Recién iniciaba mi trayecto, cuando se desocupó un lugar justo enfrente de mí, el señor de la camisa a cuadros y la bolsa de herramientas se puso de pie y se alejó hacia puerta del autobús, franqueando mi costado derecho sin necesidad de empujarme para hacerse espacio. Yo simplemente giré un poco en el sentido de las manecillas del reloj para dejarlo pasar y así ocupar el asiento que dejó disponible, con un suave movimiento de rodillas. Lo inusual fue que el autobús estaba casi vacío o, por lo menos, no tan lleno como suele estar todas las tardes.

El autobús arrancó el viaje que me llevaría a través de veinte estaciones, conmigo sentado en un lugar estratégico para ver transcurrir la tarde citadina, a la hora de regresar a casa, descansar y reunir la energía necesaria para enfrentar la siguiente jornada. Desde mi asiento en la última fila, ahí donde el ruido y los gases del motor adormecen y hacen más pesado el traslado, podía observar cómo se escribe la biografía de las calles, el transcurrir de las personas comunes con sus quehaceres diminutos, los pasos interminables de los zapatos desgastados y los movimientos desordenados de la multitud, en la sinfonía del caos en el centro de la ciudad.

Recorrí el interior del autobús con la mirada, pude hacerlo sin ser observado por los demás pasajeros y lo hice sin la intención de acechar, sólo para construir un mapa mental del entorno, tal vez con recelo y desconfianza. Todos los pasajeros hacían lo mismo, escudriñaban brevemente y luego buscaban la manera de acomodar sus ojos hacia un punto neutral donde no fuesen a chocar de frente con otros ojos. Así suele suceder con las miradas que se cruzan sólo un instante y se esconden de inmediato en ningún lado. Sostenerle la mirada a alguien es motivo suficiente para iniciar un conflicto, por eso aun en los lugares más apretujados es necesario respetar el espacio vital de los otros.

A mi izquierda, viajaba cerca de la puerta un muchacho con el gesto de enfado habitual entre los jóvenes. Traía puesta una gorra de béisbol con la visera hacia atrás que dejaba ver un poco de su pelo negro enredado, tomaba con la mano derecha el pasamanos vertical y cargaba en su espalda una mochila negra que se veía ligera, seguro con los cuadernos de la escuela preparatoria. Casi enfrente de él, en el otro extremo del autobús, se encontraba de pie una joven. Vestía unos pantalones de mezclilla azul tan apretados que me hicieron evocar la imagen de un embutido. Estaba suficientemente lejos como para no verme en el conflicto de ofrecerle mi valioso asiento. Un poco más allá viajaba sentada una señora sesentona con su desgastado mandil de la cocina y con una bolsa de mandado en el suelo, asentada frente a sus piernas varicosas. Delante de la señora del mandil estaban sentadas dos enfermeras que platicaban y con sus risas interrumpían el gruñido continuo del motor. Supongo que criticaban a algún médico residente, ya sea por su inexperiencia o por su modo de caminar.

Comencé a dormitar recargado contra el ventanal de acrílico, que ya había sido víctima de las frustraciones o de las pretensiones artísticas de una navaja anónima que dejó ahí un mensaje indescifrable y con implicaciones sexuales. A mi derecha, en la calle, se desarrollaba la danza de las hormigas, la señora que jalaba a un niño por el brazo con una fuerza tal que casi le luxaba el hombro, el viejo de la bicicleta, el señor de las gelatinas y el burócrata de los pasos apresurados.

Interrumpió mi dormitar un muchacho que se subió en la siguiente estación, lo observé de reojo y de manera inconsciente lo clasifiqué como no peligroso. Se trataba de un joven delgado, de unos veinticinco años, que vestía un traje lustroso azul marino impecable pero notablemente corriente, corbata a rayas azules y rojas y camisa blanca, era el clásico vendedor del departamento de trajes en alguna tienda departamental. Cuando cerré los ojos y comencé a cabecear, sonó el teléfono celular del joven vendedor con la melodía de “love is in the air”, esa canción que fue muy popular en los años ochenta y que solíamos bailar a ritmo de disco, sumergidos en un mar de luces estroboscópicas de colores. A muchas personas les gusta personalizar los tonos de llamada entrante en sus celulares, generalmente con sonidos fastidiosos que abarcan desde el clarín de atención para las llamadas del jefe, hasta el pregonar del vendedor de tamales que identifica a los amigos. El joven vendedor sacó el teléfono de la bolsa izquierda interior de su saco y contestó casi gritando. Por lo común las personas tienden a hablar por celular con un volumen alto de voz, como si quisieran alcanzar a su distante interlocutor a través del aire, sin considerar que le están hablando directamente al oído y que sería más prudente tratar sus intimidades como si estuviesen en el confesionario. La sana costumbre de respetar el espacio físico y ambiental de nuestros semejantes se ha perdido irremediablemente y tenemos que soportar los malos gustos, los gritos y el salpicar de la saliva de la gente.

El joven vendedor conversaba con el éter, hacía pequeños guiños y hablaba con las manos, el cuerpo y el corazón, como si tuviera a otra persona enfrente. “Hola mi amorcito… cómo estás, princesa… también yo te quiero mucho, chaparrita… sí… sí… terroncito de azúcar, en cuánto llegue a casa… bueno, adiós… tú primero… cuelga tú… ay, no colgaste… tú… tú… muach… muach”. Entre arrumacos y caricias a distancia se consumieron más de cinco minutos de tiempo aire, parecía recompensar a su cachorro porque parloteaba de la misma manera que lo hacen las personas que tienen “perrhijos”, quienes tienden a parar un poco los labios, mediante la contracción el bucinador y otros músculos de la cara, cuando dicen “good boy, goooood boy”.

La muchacha de los pantalones de embutido miró al joven con ternura y volteó los ojos para atrás, como diciendo “yo quiero un novio así”, el chavo de la cachucha se recargó contra la puerta con deseos de vomitar, mientras la señora de las várices miraba al frente impávida. Yo solamente me pregunté si no me habría salpicado la miel que derramaba el joven en abundancia y cerré los ojos de nuevo. El autobús siguió su curso en medio del ronroneo y con el vaivén propio de un barco en aguas bravas. La población adentro del autobús se incrementó notablemente en las dos estaciones siguientes y el calor comenzó a sustituir a la luz del día.

Dormía con un sueño muy ligero y escurría un poco de saliva a través de la comisura de mis labios, cuando me regresó a la realidad del autobús la tonadita del “Love is in the air, everywhere I look around”. El joven vendedor repitió con precisión los movimientos de su brazo y mano derechas para poner el teléfono en su oreja, su voz dejó de ser melodiosa paulatinamente, pero conservó el tono amable, sus movimientos fueron acompasados y miró al techo del autobús con enfado. “Sí… sí… ya te dije que sí voy… no, no tengo inconveniente… no, no te ves gorda con ese vestido… bueno, sólo un poco… un poquito… redondita… no, mi amor, no estás… no quise decir eso… .ajá… ajá… te quiero… yo… bueno… bueno… adiós”. Otros siete minutos de tiempo aire consumidos y después el silencio del joven que nos regresó al rumor del autobús. Los recién llegados siguieron en sus asuntos, las enfermeras continuaron criticando a sus compañeros de trabajo, mientras la muchacha embutida miró al joven con recelo y desconcierto, el de la cachucha hizo un gesto de enfado y la señora varicosa continuó tan inexpresiva como una esfinge.

El chofer del autobús frenaba con brusquedad, casi con violencia. Los pasajeros éramos rehenes de la inercia y nos movíamos hacia adelante y hacia atrás en sintonía. Afuera comenzó a llover, los paraguas y los impermeables improvisados con plásticos desfilaban ante mis ojos. Sin embargo, yo ya no ponía mucha atención al devenir de los bichos urbanos y, a partir de entonces, mi radar estuvo más atento a la bolsa interior del saco del vendedor.

No sonó el teléfono. Esta vez el joven lo sacó y marcó apretando una tecla de marcado rápido, esas que se reservan para los contactos favoritos. Colocó el aparato en su oreja derecha, que para entonces estaba enrojecida, “no… no me gusta que me hables así… claro que no… yo no dije nada… no… no… no estás gorda… y no… no quiero ir… no me gustan tus amigas… bueno… adiós”. La llamada sólo consumió dos minutos de su tiempo aire. El vendedor guardó el teléfono, apretó las mandíbulas, se asió firmemente al tubo superior con la mano izquierda y colocó su mano derecha con el puño cerrado en la cintura en señal de triunfo, como si hubiese puesto las cosas en su sitio. La señora de las várices permaneció inconmovible, pero la embutida palideció mientras miraba al joven con desprecio. El de la cachucha y yo cruzamos miradas y conversamos en silencio, me dijo mentalmente “cómo ves a este güey” y yo le contesté, mentalmente también, “no, pues ya se metió en un flato”. Con la mirada se puede platicar utilizando toda clase de improperios sin ofender a nadie, pues está permitido por el manual de las buenas costumbres.

Dejó de llover y se respiraba la humedad en el ambiente cuando la población dentro del autobús comenzó a disminuir porque ya habíamos pasado por el centro de la ciudad. Las enfermeras se bajaron en la siguiente estación y yo estaba cerca de mi destino. No habrían pasado ni dos minutos cuando sonó de nuevo “love is in the air, every sight and every sound” y se repitió la ceremonia de poner el teléfono en la oreja. El vendedor contestó con voz seca, “no… no… ya te dije que no me importa… pues me da igual… no, no me regreses nada… y además para que te lo sepas, sí, sí estás muy gorda”. Se escuchó un pitido, se cerró la puerta y arrancó el autobús. El vendedor guardó el teléfono tres minutos y quince segundos después, con el rostro desfigurado, se aflojó la corbata y a partir de entonces se dedicó a contar briznas de polvo en el suelo del autobús. La embutida hizo pucheros con ira contenida, el de la cachucha tenía ganas de darle un zape en la cabeza al joven y la varicosa continuó muy circunspecta.

La siguiente era mi estación y sentía la necesidad de prolongar mi trayecto dos estaciones más, porque tenía la esperanza de escuchar “love is in the air” de nuevo. Sin embargo, me incorporé y dirigí hacia la puerta. La señora de las várices miró al joven vendedor con indulgencia, en tanto que yo alcancé a leer en el rostro de la señora la preocupación agrandar su exiguo mandado de la misma manera que una vez se multiplicaron los panes.

Se detuvo el autobús, se abrieron las puertas y avancé tres pasos. Escuché a mi espalda el pitido que anunció que las puertas iban a cerrar. El autobús arrancó y avanzó a mi lado derecho, giré instintivamente la cabeza buscando algo, pero la multitud no me dejó observar con claridad a través de las ventanas. No estoy seguro, pero cuando me alejaba a través del andén silbando “love is in the air”, me pareció ver al joven con el teléfono celular en la oreja derecha.