Sueños vívidos vividos

SUEÑOS VÍVIDOS VIVIDOS
César Raúl González Bonilla

Lo que sueñas no te pertenece: es tu mente conspirando contra ti.

I. Insomnio y música refulgente
Me despertó un sonido metálico lejano, seco y rítmico de un mazo golpeando una tubería. Apenas pude abrir los ojos y ver en la penumbra el reloj digital de mi buró parpadeando con sus ojos rojos las 2:32 de la mañana. Me pregunté quién pudiese estar haciendo reparaciones a esas horas de la madrugada; me senté en la cama y ahí mismo, en un rincón del cuarto había un gran socavón donde estaba en cuclillas trabajando un plomero con casco amarillo y overol azul. Traté de llamar su atención, pero él -ausente- siguió con su tarea. Lo improbable de la escena me hizo caer en cuenta que estaba yo dormido y que mi oreja al presionarse contra la almohada, escuchaba el propio latir de mi corazón. Desperté y me recosté de nuevo, reacomodé las cobijas y traté de conciliar el sueño, pero así permanecí hasta que el reloj digital marcó las 2:52 de la mañana. Pensé que podría dormir después de orinar y tomar un poco de leche. Me levanté y a tientas caminé por el pasillo. Abrí la puerta del baño y en el interior había un centenar de instrumentos musicales iluminados por un brillante color verde. Con sorpresa reflexioné que continuaba dormido y descubrí que sí me es posible soñar colores y sonidos. Escuchaba los suaves acordes de la Misa de Coronación en Do Mayor de mismísimo Wolfgang Amadeus Mozart: ¡Kyrie eleison…Christe eleison…Kyrie eleison! Para poder dormir tenía que desaparecer luces e instrumentos; me dije, es mi sueño, es mi mente, son mis luces y mis instrumentos. Con mucho esfuerzo fui desvaneciendo flautas y timbales y el cuarto fue quedando en penumbra y después en obscuridad absoluta, pero la música continuó y se hizo cada vez más ensordecedora y disonante. Es imposible luchar contra el cerebro.
II. Amor sonámbulo
Desperté sobresaltado y el corazón quería salir de mi cuerpo a través de la garganta. Sin duda había tenido una pesadilla. En la oscuridad del cuarto mi reloj digital con sus números verdes pestañeaba las 3:10 de la mañana. Acomodé los cojines y quedé semisentado, tomé un sorbo de agua del vaso que siempre tengo en el buró, cerré los ojos y me concentré en el latir de mi corazón, que trataba de reconquistar su ritmo habitual acompasado. Sentí como mi esposa giró hacia mi y escuché el crepitar de las sábanas blancas cuando deslizó su mano por mi pecho. En silencio se subió sobre mí y sentí su cabello rosar mi frente, deslicé apenas la punta de mis dedos a través de su espalda y estuve a punto de besarla, pero ella comenzó a decir incoherencias y sus ojos temblaban si mirar a ninguna parte. Giramos sobre la cama y ella quedó boca arriba, la vi sudar frío. Me di cuenta de que estaba dormida y yo dispuesto a hacerle el amor a una sonámbula, acaso a punto de violarla. Ella sufría y yo también; traté de despertarla, la agité y luego traté de darle una bofetada, pero me aterrorizó la idea de golpear a la mujer que amo. Entonces tomé el vaso del buró y arrojé su contenido contra su cara, pero el agua no la mojó y entonces me di cuenta que la pesadilla era mía.
III. Casona con cuervos
El domingo en la mañana mi esposa y yo paseábamos por el parque; aquella alameda donde solemos llevar a pasear a nuestros perros. El frio se colaba a través de las copas de los árboles donde el sol de la mañana de invierno apenas acaricia. Caminábamos juntos y el crujir de las hojas secas acompañaba nuestros pasos. Yo le contaba lo extraño de mi sueño; a mi sólo me interesaba describir la claridad con la que me había visto despierto en mi sueño varias veces. Ella me explicaba acerca de Freud y de los anhelos reprimidos que se encierran en los sueños; me preguntaba cosas como qué sentiste o qué piensas de esto o de lo otro. Entonces -de manera súbita- nos encontramos al pie de una verde colina donde una escalera de piedra serpenteaba a la derecha, hacia la entrada de una gran casona de paredes amarillentas. Sin decir una palabra, mi esposa subió por la escalera y la vi con su abrigo negro ingresar por el gran portón curvado. Descubrí que estaba yo dormido; comprendí que si la seguía mi subconsciente me tendría preparado algo siniestro y sentí miedo. Me hice de valor y retando a mi cerebro subí por la escalera. Me encontré de pronto con una reja verde que obstaculizaba mi camino pero no me deje intimidar, “sólo esto tienes para mí” -me dije-, quité la cerca y seguí subiendo. Giré hacia la derecha y me encontré en el vestíbulo. Entré a un lúgubre pasillo de techos muy altos e hileras de cuartos a ambos lados. Caminé con temor y a través de los arcos de la entrada pude observar que en el interior me asechaban con sus ojos fijos, innumerables cuervos muy quietos, taciturnos. Seguí caminando e insulté al cerebro con mucho temor “a ver qué más me tienes preparado”. El pasillo se fue haciendo cada vez más estrecho y pude ver al frente como las paredes grises convergían. Era hora de regresar sobre mis pasos, pero el pasillo a mis espaldas ya se había convertido en un túnel y a la izquierda y la derecha había sólo paredes. Quise moverme, pero el espacio se fue haciendo más estrecho y quedé atrapado en la oscuridad de aquel sarcófago de piedra. Entonces me di cuenta que mi subconsciente puede asesinarme, le basta ordenar a mis pulmones dejar de respirar. Morir en el sueño y fallecer en la realidad. Desamparado -en aquella soledad- le pregunté, ¿me vas a ahogar?

Verde jade

César Raúl González Bonilla

 

Aquel sábado me levanté muy temprano; después de tomar una rápida ducha, vestirme y desayunar, me dirigí a la cochera de la casa. Apenas amanecía y la tenue luz bosquejaba con dificultad la silueta de mi Chevrolet Malibú 1967 verde jade. Recorrí su carrocería con un lienzo húmedo, lo acaricié con cariño, alimentando el placer de mis sentidos, casi con erotismo. A pesar de sus más de quince años de edad, el auto quedó tan reluciente que podía ver mi sonrisa en su reflejo.

Ese fue mi primer automóvil; se lo compré a una anciana que era vecina de la familia, gracias a lo que ahorré, durante un año, en mi primer trabajo en Telmex. El automóvil en realidad había sido propiedad de su esposo; un médico obsesivo y metódico que había fallecido diez años antes víctima de cáncer de estómago, de tal manera que había dejado al auto prácticamente nuevo. La viuda no sabía manejar, pero mantuvo el automóvil en su cochera, como si fuese un altar a la memoria de su esposo. Cada tercer día llamaba por teléfono a mi madre y le pedía que yo fuese a su casa para echar a andar el carro diez minutos.

La anciana me recibía con una taza de chocolate y se alejaba de la soledad por un rato, mientras el automóvil permanecía encendido y yo me convertía en su nieto temporal y putativo. Poco a poco sus llamadas se fueron espaciando porque la anciana perdió las ganas de vivir. Por fortuna, antes de dejarse ir de manera definitiva, accedió a venderme ese carro que su esposo había tenido desde nuevo y, en una ceremonia muy parecida a la entrega de una herencia, me dio las llaves, la factura, la tarjeta de circulación, el manual del usuario, todas las facturas del mantenimiento y un montón de recomendaciones sobre como limpiarlo. Así recibí un auto ancho de color verde jade y techo de vinil negro que tenía de líneas alargadas con unas discretas aletas en el medallón posterior y un enrejado cromado en las luces de alto posteriores, interiores de piel negra, dirección hidráulica y palanca de velocidades al volante.

Salí de casa manejando mi auto impecablemente limpio. El plan era llevar a mi novia a pescar truchas a El Zarco, cerca del Desierto de los Leones, de paso aprovechar la mañana para que ella practicase el oficio de manejar y -con un poco de suerte- visitar algún hotel de paso. Aunque Nayeli tenía licencia, la verdad es que no sabía manejar un auto estándar y -como yo quería quedar bien- accedí a que condujese mi Chevrolet. Apenas la conocía; se llamaba Nayeli y era una joven trigueña de ojos muy negros y grandes, espigada y de líneas casi tan perfectas como las de mi Chevrolet Malibú 67 verde jade. La conocí en un curso de capacitación que impartí para una de las oficinas de la zona metropolitana, platicamos dos o tres veces, la invité a salir, al poco tiempo comenzamos una relación más íntima y la vida era buena.

Llegué a la casa de Nayeli, toqué el claxon y cuando salió me recorrí hacia la derecha, dejándole libre el lado del conductor. Comenzamos a circular por las calles de una de esas colonias de la Ciudad de México donde se mezclan pequeñas fábricas y vecindades; de esas que suelen llamarse ciudades perdidas. El auto avanzaba con el típico jaloneo que producen los conductores novatos que no pueden sincronizar bien los movimientos simultáneos de acelerar suavemente con el pie derecho mientras se saca el pie izquierdo del embrague. Yo dirigía sus movimientos, con dulzura, pero con firmeza: “mete el clutch, primera, acelera, saca el clutch, suave, saca todo el pie izquierdo, quita el pie del acelerador, mete el clutch, segunda, acelera suave, saca el pie del clutch”.

El auto se aproximó a una intersección donde el semáforo cambió su luz de verde, a ambar y luego a roja. Nayeli circulaba muy despacio y casi hacía alto total, cuando al mismo tiempo yo le di la orden de acelerar. Ella obedeció, el carro avanzó con el jaloneo y pasamos la calle cuando el semáforo ya estaba en rojo. No habíamos avanzado más de veinte metros cuando escuché la sirena de una patrulla que nos alcanzó, se emparejó y con el altavoz nos dejó caer el clásico “¡auto color verde, oríllese a la orilla!”. Mientras Nayeli se estacionaba, pude ver que en la patrulla viajaban dos policías. Se estacionó al frente de nosotros quedando alineada con la puerta abierta de una vecindad. Mientras los autos de detenían alcancé a preguntarle a mi novia porqué se había pasado el alto y por supuesto que me contestó -de mala gana- que yo le había dicho que acelerara. Para mi eso no tenía sentido porque era obvio que ella había visto a la patrulla por el espejo retrovisor. No discutimos mucho porque se bajó el policía que conducía la patrulla; nos miró un momento, cruzó lentamente enfrente de nosotros de izquierda a derecha y sin más, en vez de dirigirse al conductor, terminó tocando mi ventanilla.

El patrullero me dio los buenos días y me pidió la tarjeta de circulación y mi licencia; para su sorpresa mi novia le entregó también su licencia. Sin embargo, el policía la ignoró y continuó parlamentando sólo conmigo. Ella permaneció siempre en silencio, mientras el policía y yo comenzamos el estira y afloja, pasaron varios minutos entre que si se había pasado el alto o solamente la preventiva, que si la dama no sabía manejar pero que tenía licencia; luego vino la amenaza de llevarnos al corralón, el juego del policía malo y después el policía que nos quería ayudar pero que yo no me dejaba ayudar y, por último, de plano mi solicitud de que se levantara la infracción.
Por alguna razón que desconozco, el policía que permanecía en la patrulla, en el asiento de la derecha, se bajó del auto sin mediar palabra y alcancé a ver como se dirigió a la puerta abierta de la vecindad desapareciendo de mi vista. Habrían pasado diez o quince segundos cuando escuché el seco tableteo de tres disparos, ¡pram!… ¡pram!… ¡pram!…

Alcancé a decirle a mi novia ¡agáchate!, la abracé con fuerza y su cabeza quedó entre mis rodillas. Vi entonces como el policía salía por aquella puerta abierta con el arma desenfundada en su mano derecha y con la mano izquierda apretándose el vientre, mientras su camisola azul se teñía de rojo. El policía trató de gritar, pero apenas balbuceó: ¡pareja!, ¡ayúdame pareja!, soltó el revolver, dobló las rodillas y se fue de bruces girando su cabeza hacia su izquierda. El cuerpo inmóvil quedó tirado en el asfalto casi de frente a mi y sus ojos inertes no dejaron de mirarme. En la calle solitaria no había nadie y nadie se asomó a ver qué sucedía. El otro policía, mi interlocutor, que se había refugiado atrás de mi Chevrolet, permaneció ahí varios segundos que pudieron haber sido minutos, luego se acercó al que seguramente ya era cadáver; aunque se puso de cuclillas no lo tocó, miró de lejos hacia el interior de la vecindad y se llevó las manos a la cabeza.

Regresó hacia mi ventanilla y recogió mis documentos, que había dejado caer mientras corría a refugiase detrás de mi automóvil. Estaba pálido y con voz temblorosa me dijo “¡Mira nada más en que santo desmadre nos metiste!, si no la hubieras hecho tan cansada, no nos hubiera pasado nada. Tú eres testigo de que yo hice todo lo pude por defender a mi compañero”.

Así que, de pronto yo era el testigo principal y -según el policía- el responsable de la balacera. Entonces Nayeli intervino y le dijo al policía casi llorando, “No vimos nada, señor oficial, de verdad que no pudimos ver nada, por favor déjenos ir”. El policía la miró a los ojos y luego se dirigió a mi nuevamente, me dio los documentos y me despidió con un “mejor ya váyanse, a ver cómo arreglo este pedo”. Mi novia echó a andar el auto y avanzó lentamente, esta vez con poco jaloneo. Los ojos del cadáver me miraron por última vez, mientras puede ver el interior de la vecindad buscando la razón del tiroteo, pero mis ojos sólo encontraron la soledad y el silencio de un largo pasillo con viviendas a cada lado y con salida hacia el otro lado de la calle.

Dos calles más adelante mi novia detuvo el auto y me pidió que yo manejara y la llevara a su casa. Transitamos un rato a través del estupor y tratando de entender qué había sucedido, sin cruzar una palabra, quizá porque se nos había terminado la saliva. Ya casi para llegar a su casa comenzaron las lágrimas, la reconstrucción de los hechos y cientos de inútiles hipótesis.

Mi relación con Nayeli se deterioró en los días siguientes y finalmente terminó conmigo entre las recriminaciones del porqué le había pedido pasarse el alto y el porqué no había sobornado al policía. Supongo que no pude explicar mi criterio para romper y luego no romper la ley de manera sucesiva. Supe después, que se hizo novia de un jefe de departamento que tenía un automóvil con transmisión automática y aire acondicionado.

Años más tarde me la encontré en una concesionaria Ford a la que había llevado mi camioneta a servicio. Estaba más llenita y con manchas de paño en la cara, señales inequívocas de que ya pertenecía a la categoría de señora. Me acerqué a saludarla y sólo para hacer conversación le dije “Nayeli, me da gusto encontrarte, qué bien te ves, el otro día pregunté por ti y supe que estás trabajando en un Centro del Teletón”, pero la señora me miró con unos ojos llenos de odio y me contestó “tú no tienes derecho a preguntar por mi, ni saber nada de mi vida”. Di dos pasos atrás, luego giré a la derecha como hacen los soldados y me dirigí a la caja para pagar mi factura. Cuando me entregaron mi camioneta, alcancé a verla en la sala de espera, pero procuré alejarme sin hacer contacto visual.

Mientras manejaba mi camioneta me pregunté en qué momento me había convertido en uno de los fantasmas de Nayeli y en cuántos catálogos de fantasmas estoy incluido. Reflexioné que yo también tengo mis espectros; durante varios meses posteriores al tiroteo, los ojos inertes del policía me visitaron casi todos los días en mis pesadillas; luego lo hicieron ocasionalmente, hasta que un día dejaron de hacerlo. Dejé de sentir culpa de aquella violencia sin sentido, pensando que -en alguna otra arma- estaría otra bala acechando, esperando que el infortunado oficial cometiese una torpeza para alojarse en su barriga.

Pensé también en las varias novias que tuve y los muchos autos que he tenido. Dos años después del incidente vendí mi Chevrolet y lo cambié por un Tsuru más nuevo y con aire acondicionado; no sentí culpa, pero tuve aquella desagradable sensación que acompaña a la infidelidad. Luego tuve un Sentra que parecía quererme, pero consumía demasiada gasolina. A partir de entonces, al cambiar de automóvil ya no tuve ningún tipo de remordimiento parecido al duelo. Confieso que he vivido, que me entregué a los volantes de muchos otros autos, pero nunca tuve alguno de líneas tan sensuales como aquel Chevrolet Malibú 67 verde jade.

Morir de soledad

César Ra{ul González Bonilla

El silencio también mata

El paciente del cuarto 204 escuchaba voces y veía personas que sólo existían en su sien derecha. Sostenía largas conversaciones con la nada, reía, discutía acaloradamente y peleaba contra el aire. No era violento, pero alguna vez fue necesario enfundarlo en una camisa de fuerza. Los médicos volcaron sobre él toda su ciencia; a base de corriente de electrones y fármacos multicolores, las voces en su cabeza se fueron de manera repentina. Entonces, el paciente del cuarto 204 dejó de hablar y se adentró en un estado de profunda tristeza y melancolía. Otro tratamiento para devolver la química del entusiasmo a su cerebro fue totalmente inútil. Se sentó en la orilla de la cama, con su bata blanca y sus pies descalzos, mirando fijamente a la puerta con sus ojos ausentes, como esperando que alguien entrara. Así permaneció por días y luego por semanas, hasta que sus pulmones se negaron a respirar

La noche en el salitre

César Raúl González Bonilla

UNO

Tomó el revólver Smith and Wesson calibre .22 y lo presionó contra su sien derecha. No lo hizo con fuerza, pero sí con el pulso firme. Al sentir el frío metal del cañón sobre su piel, se dispuso a tirar del gatillo. Sin prisa cerró los ojos, como preparándose para degustar el mejor de los vinos.  En el silencio de la noche, una lámpara alumbraba la biblioteca de la enorme residencia con su luz tenue, casi sutil. Abrió los ojos porque tuvo la impresión de haber olvidado algo y, al dirigir su mirada hacia abajo, notó que la carta no estaba firmada. En la hoja el papel membretado se leía, en un par de líneas, el lugar común de “no se culpe a nadie de mi muerte”, que suele escribirse en circunstancias como ésta. Aflojó el puño derecho y colocó el revólver en el escritorio, pensó que tal vez hacía falta incluir un poco más de explicaciones, pero luego reflexionó que nadie habría de detenerlo. En ese momento, él era dueño, por primera vez, de su propio porvenir y no tenía que justificar sus acciones ante nadie.

La pluma fuente se negó a escribir, por lo que debió rayar varias veces la hoja superior de un block de notas; la tinta finalmente resurgió manchando uno de sus dedos. Pensó que sería mejor en adelante utilizar un bolígrafo común, en lugar de su pluma elegante estilográfica. Le tomó varios minutos limpiar su mano,   buscó en algún cajón su escritorio un frasco de alcohol y un pequeño lienzo, que tenía para atender esos pequeños accidentes. Quizá por esa distracción omitió escribir la fecha y se limitó a estampar su firma.

En la pared de la biblioteca, a un lado del estante donde descansan los libros polvorientos, el salitre ya había consumido un trozo de pared. La pintura corroída llamó su atención, trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma. Prendió su pipa y aspiró con calma el humo, sin dejar de mirar la imperfección en la pared.

DOS

A ella no le disgustaba lavar los trastes, casi lo disfrutaba. Mientras el agua corría por sus manos y se escapaba por entre la espuma de sus dedos. Era como la lluvia, una sensación placentera muy parecida a la libertad. Su abuela siempre venía a su memoria, recordaba aquella ocasión en la que fue por primera vez a la playa, cómo juntas contemplaron el mar, hicieron catillos en la arena y vieron al sol esconderse detrás del horizonte. Por eso musitaba -como un zumbido- una canción de cuna, mientras las migajas húmedas flotaban en espiral hacia el sumidero.  Los platos y los vasos utilizados en la cena quedaban limpios uno a uno. El arte y el hábito nocturno de dejar limpia la cocina fueron interrumpidos por un sonido seco que se escuchó como un fuetazo.

La noche se detuvo, pero el agua siguió corriendo y llenó la tarja, mientras ella se apresuró a subir las escaleras para llegar al estudio. El corazón quería fugarse de su pecho cuando abrió la puerta y sintió el olor a pólvora. La media luz apenas alumbraba el cuerpo inmóvil reclinado en el escritorio, con la cabeza apoyada sobre su lado izquierdo y una pequeña mancha redonda en la sien derecha. Con los ojos abiertos parecía observar con atención una botadura en la pared, donde el salitre ya había consumido la pintura. Ella también fijó su mirada en la pared y trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma.

Desamor a mediodía

César Raúl González Bonilla

“Ya no te quiero. La vida contigo es como caer al vacío, creo que esto debe terminar”. Se lo dijo con frialdad porque era algo que los dos sabían. Se lo dijo sin rencor porque los sentimientos habían quedado atrás.  Estaban a punto de comer, pusieron la mesa sin cruzar palabras o miradas. El reloj se detuvo a la una y quince cuando un estruendo que brotaba desde el suelo los retornó de la ausencia. La fuerza del terremoto estremeció la pared, tiro vasos y jarrones. Se abrazaron con fuerza y trataron de avanzar hacia la puerta, cedieron entonces las losas y los dos cayeron al abismo. Los envolvió la obscuridad y quedó el silencio en los escombros. Y fue así como en ochenta segundos, la tierra decidió por ellos.

Ya todo está bien

César Raúl González Bonilla

La noche avanza a través del silencio de la madrugada, las ventanas disipan el calor interior que por la mañana será rocío. Todos ya descansan cobijados por la obscuridad de la casa. Arriba, en su cuarto los niños reposan muy quietos, arropados con cuidado; en la habitación principal la esposa yace también en armonía con la humedad de su almohada. Abajo, un hombre se sienta en el diván de la estancia y bebe un sorbo de su taza de café, mientras termina de escribir una carta que tiene pendiente. Afloja su corbata y habla consigo mismo: “ya todo está bien, yo estoy bien, ellos ya están bien, la vida es buena”. Toma el revolver que espera en la mesa de centro y lo lleva a su sien con la mano derecha. Lo último que escucha es el clic del barril que, al girar, lleva la muerte.

El amor hecho realidad

Cesar González Bonilla

José Luis escribía poemas a su novia, le entregaba flores y juntos comían almendras y manzanas. Era un novio dulce, que sólo deseaba beber de los labios de su amada, oler su pelo y probar el sabor azucarado de sus pequeños pechos. La invitó a salir y fueron a cenar, pasearon juntos por el parque y disfrutaron de la lluvia tomados de la mano. La miró con deseo y con hambre de su cuerpo. A partir de octubre no se supo más de Alejandra. Meses después la policía encontró sus trozos dentro del refrigerador en el apartamento del poeta, quien había estado escribiendo versos saboreando a su novia, inspirado por el delicioso sabor de las almendras.

Sabia decisión

César Raúl González Bonilla

 

En aquella lejana comarca, el sabio rey quería que todos sus súbditos fueran felices. Al final de los partidos, la mitad de los espectadores siempre quedaban descontentos. Por eso ordenó que cada jugador tuviese un balón y mandó quitar las porterías. Se ocasionaron sanguinarias luchas a muerte porque cada jugador quería quedarse con todos los balones. Entonces, en el reino de la anarquía todos espectadores fueron felices.

Remolino nocturno

César Raúl González Bonilla

Estacioné mi carro frente al apartamento y alcancé a ver cómo salía por el pasillo un joven fajándose la camisa. Sentí que se incendiaba la sangre en mi cerebro. No lo pensé, fue puro instinto tomar el desarmador que guardaba en la guantera del automóvil. Caminé de prisa, subí los escalones de dos en dos, deseando que no fuera cierto lo que tanto me temía. El corazón quería escapar por mi boca, se me taparon los oídos y ya no escuché más nada. Toqué primero con sospechas, después golpeé la puerta varias veces. Abrió confundida y yo embestí con violencia. La madera se rajó y la estancia se llenó de furia. Empuje su cuerpo y de pronto me vi con ella tirado en el suelo. Alcancé a distinguir dos copas medio llenas y la cama destendida. Una saliva espesa ahogó mis palabras, la jalé del cabello y la tiré en la cama. Confundida trató de incorporase, tal vez quiso decir algo, me monté sobre ella y le arranqué la voz con un beso, que luego se convirtió en mordida y después en tarascada. Empuñé el desarmador con poderío y lo hundí en su pecho hasta el mango y luego lo giré con energía en el sentido de las manecillas del reloj. Luchó con fuerza rasgando mi camisa y rasguñándome la espalda. Giramos como giran los tornados. No hubo gritos porque yo masticaba sus labios mientras hundía el desarmador hasta mis uñas. Un hilo de sangre manchó la fotografía del buró, gimió tal vez un poco, apretó las sábanas y suspiró aflojando las manos, para luego quedar inmóvil mirando fijamente el techo del apartamento. Me senté llorando al borde de la cama, mis lágrimas se mezclaron con su sangre y mi boca se tragó sus labios. Afuera, las nubes lloraron conmigo y la calle se cubrió de viento.

—¿Por qué no me quieres? ¡Si yo te quiero tanto!

Recobrar la libertad

César Raúl González Bonilla

Una vez sedado, las arrogantes manos enguantadas de los médicos le insertaron un tubo en la garganta, luego le introdujeron una sonda que encontró su camino por la nariz hasta el estómago, después otra que viajó a través de la uretra a su vejiga y una más que, por el interior de una vena del pecho, llegó hasta la intimidad del corazón. En el cuarto del hospital el rítmico bip del monitor y el cadencioso silbido del aire entrando y saliendo de los pulmones a fuerza de una máquina, rezaban la interminable letanía de la insolencia, mientras cinco frascos vigilantes, colgados en un porta sueros de acero inoxidable, contaban los segundos gota a gota. Desnudo y frágil, sumergido en sus líquidos corporales y privado de la libertad de decidir, yacía aquel despojo obligado a respirar por la necedad de la ciencia. En la penumbra, a la hora del final aplazado, en el jardín los capullos estallaron liberando miles de mariposas que invadieron la distancia; entonces, el cadáver se levantó de su cama, arrancó los tubos de su cuerpo, se acostó de nuevo y expiró tranquilamente.