Apendicitis, calcetines y huevos fritos.

César Raúl González Bonilla

A primera vista parece que no hay relación alguna entre una apendicitis, un par de calcetines y dos huevos estrellados. Sin embargo, pretendo demostrar paso a paso, que son elementos íntimamente relacionados en el complejo entramado vital sobre el planeta.

Comenzó de manera repentina, como todas las calamidades, llegó sin previo aviso. Fue como un terremoto, un tsunami o la erupción de un volcán. Recuerdo el momento exacto en que comenzó. Acababa de dejar a mi hijo menor en la escuela y me dirigía a mi nuevo trabajo; hacía dos días que me habían promovido a Jefe de la Unidad de Investigación en el Hospital de Infectología del IMSS. Al pasar por unas vías, primero sentí como brincaron las llantas delanteras de mi carro y no pasó nada, pero cuando saltaron suavemente las llantas de atrás y rebotaron contra el suelo, yo sentí la puñalada en medio de mi vientre. Fue inmediata, continua e intensa y me atravesó de lado a lado.

Como estaba cerca de la casa de mis padres, maneje trabajosamente hasta ella, me bajé y toqué la puerta. Me abrió mi padre extrañado por la inesperada visita. Mi madre me preguntó qué me pasaba, pero no contesté y me recosté diez minutos, quizá fueron quince, esperando que el cólico cediera. Pero el dolor era continuo y tan intenso como nunca he sentido otro. No podía manejar, por lo que le pedí a mi padre que me llevara a mi trabajo. Seguramente ahí pudiese encontrar ayuda. Mi padre manejó mi carro y llegamos en tres minutos a la puerta del Hospital de Infectología. Me bajé y caminé por los pasillos, traspasando oficinas hasta que llegué a la dirección. Encontré al Dr. Estrada, que entonces era el subdirector. Le dije que traía un tremendo dolor de abdomen. Él me contestó que posiblemente algo había comido que me estaba haciendo daño. Pero no, yo no sentía el inocente cólico de una incipiente diarrea. Recuerdo que le dije:

—No, estoy mal, muy mal. Traigo un abdomen agudo. —Le dije traigo, como si viniese acompañado por un viejo camarada y se lo hubiese presentado:

—Dr. Estrada, le presento a mi abdomen agudo.

      —Mucho gusto, pase, está usted en su casa.

Me puse pálido y apenas llegué al servicio de Admisión Continua, cuando comenzó con el vómito. Me pidieron que me quitara toda, absolutamente toda la ropa, incluyendo los calzoncillos. Por alguna razón no me quité los calcetines. Posiblemente, porque fue como el último reducto de mi intimidad destruida, mi Álamo de una batalla perdida. Las enfermeras no insistieron y me dejaron usar los calcetines, quizá por el temor de enfrentarse al repulsivo aspecto de las uñas de mis pies. Que, por cierto, no están tan feas. No lo sé. Me pusieron la bata, esa que se cierra por detrás y que deja ver todas las miserias. Me acostaron en la cama y empezaron a desfilar mis nuevos compañeros de trabajo, entre ellos, el director del Hospital. Rosa María, la cirujana que me trató con mucha familiaridad, pues, aunque no me conocía, había compartido la jornada nocturna con mi esposa, quien había trabajado en ese hospital.

El dolor se hizo más intenso y entonces no podía estar quieto en la cama, camine de un lado a otro de la habitación como si estuviera enjaulado. Seguí vomitando hasta que me dolieron las costillas. De pronto me acosté y permanecí inmóvil. Fue en ese momento en que llegué a una primera conclusión: “Estoy engatillado. Esto es estar engatillado”.

Lo leí en los libros y lo vi muchas veces con mis pacientes. Es una actitud y variedad de posición frecuente que asumen los enfermos ante un dolor muy intenso. Ya lo sabía, pero ese día lo aprendí de verdad, en cuerpo propio. Un enfermo con peritonitis, con abdomen agudo, no tolera que lo muevan, se queda quieto y estático. Permanece en la cama casi sentado, con las piernas dobladas sobre el abdomen, con el mentón en las rodillas y los brazos entrelazados bajo las piernas, rogándole a Dios que no se distienda uno sólo de los músculos, para que el dolor, que ya es insoportable, no se exacerbe. Es imposible extenderlo en la cama.

En eso estaba, concentrado en no mover uno sólo de los poros de mis pelos, cuando llegó mi esposa, que ya había sido avisada por mi padre. El cuarto se llenó de luz por su bata blanca. Busqué su mirada, escudriñé sus ojos de miel esperando una palabra de aliento, ¡Mírame! Aquí yace tu pareja, tu otra mitad del todo, pero mis oídos escucharon:

—¿Por qué te pusiste esos calcetines tan feos?

La verdad no supe que decirle. Tal vez un “porque se me dio la gana” hubiese sido muy propio en otras circunstancias, después de todo ya las enfermeras me habían visto por abajo de mi ombligo, por delante y por detrás, como quien voltea una tortilla y lo menos que me preocupaban eran mis calcetines. Supongo que escogí esos por azar, pues tomé los primeros que alcanzaron mis manos. Los calcetines tienen un ciclo vital interminable que se puede repetir eternamente. Los usas, los lavas, los secas, los apareas y los guardas. Los usas, los lavas, los secas, los apareas y los guardas. En ese ciclo, algunos calcetines nunca vuelven a encontrar a su pareja y se quedan viudos y abandonados en un cajón o en una bolsa de plástico aguardando eternamente, como Penélope, con sus bolsitas de piel marrón y sus vestiditos de domingo, esperando que llegue el primer tren directamente de la lavadora, trayendo de vuelta a su compañero. ¿En qué momento pierden el camino los calcetines que entraron juntos a la lavadora? ¿Por qué se alejan, si los hicieron el uno para el otro? Será porque pierden la oxitocina de sus diminutos hipotálamos o porque creen encontrar otros mejores regazos, otros cobijos, otros consuelos. Aparearse, el acto prodigioso de encontrar un par, un compañero, un complemento.

No juzguen mal a mi esposa. Es una médica excelente y su trabajo diario consiste en atender urgencias. Cuando yo hice mi internado de pregrado y me tocó rotar por el servicio de urgencias, tomaba decisiones demasiado apresuradas. Mi mentor, un médico residente del último año, ya con mucha experiencia, me explicó que en los servicios de urgencias hay que actuar con mucha calma y pensar las cosas más de dos veces. Generalmente, hay tiempo para hacerlo. Las urgencias de los programas televisivos no son frecuentes. Una decisión acelerada e impulsiva puede causar más daño que la enfermedad misma que originó el estado de emergencia. Posiblemente pensando en ello, Hipócrates formuló uno de los principios básicos que rigen a la medicina: Primum non nocere, o sea que lo primero es no dañar a nuestro paciente.

Por eso, ella lo tomó con mucha calma y estuvo conmigo todo el tiempo y soportó las presiones familiares y tomó las decisiones adecuadas que llevaron a buen término este episodio, y por ello yo le estoy eternamente agradecido. Por otro lado, así son las esposas. Pierden la pasión al tercer año, pero siempre están viendo que si el color de la corbata no hace juego con la camisa, que si la camisa está arrugada o que si el pantalón está luido. Supongo que ella pensó que su esposo debiera sufrir apendicitis propiamente vestido para la ocasión y sin perder la elegancia.

Yo sabía bien lo que estaba sucediendo y lo qué estaban haciendo mis compañeros de trabajo, pero me pregunté qué es lo que sienten todos los pacientes que de pronto se encuentran en una sala de urgencias, en la que pierden su intimidad y se transforman en sufrimientos anónimos, sin saber qué está pasando y por qué no les administran analgésicos o por qué no cesa el vómito o por qué tardan tanto en operarlos. La relación médico paciente es tan compleja y tan intensa que los médicos se tornan fríos y distantes. Tienen que hacerlo, es su mecanismo de defensa, no pueden sufrir a la par de sus pacientes.

Mis médicos no tenían un diagnóstico definitivo. No era un cuadro típico de apendicitis porque el dolor no se localizaba en la fosa iliaca derecha, ni se irradiaba a la pierna, ni era más intenso en el punto de Murphy y la maniobra del psoas era negativa. Entre sus posibilidades estaban un cólico renal o una pancreatitis aguda. No, me no dijeron, pero yo ya había pensado en por lo menos esas tres y otras posibilidades, todas funestas. Mi deformación profesional me hace transitar por lo desconocido, tratando de medir la incertidumbre.

No tuve miedo. No sé por qué. He tenido terror a la muerte muchas veces, sin ninguna causa y sin ningún sentido. En alguna noche callada me despierto y comienzo a pensar en la muerte, la idea de la nada me asalta y me hace sudar frío. Brinco de la cama y corro hacia la cocina para tomar agua, pero en realidad trato de huir de algo que es mío y que tengo dentro. El cerebro humano no puede entender la negación y está imposibilitado para no pensar, no comprende lo que es el “no” ni lo que es la “nada”. Por alguna razón, aunque me sentía muy mal, nunca tuve miedo. Estaba más ocupado en evaluar mis probabilidades. Si tengo una piedra, no es tan malo. Si tengo apendicitis, es malo pero tengo buenas probabilidades. Si tengo una pancreatitis, no me veo mucho futuro. No me dieron analgésicos, yo sabía que no era conveniente hasta tener un diagnóstico. También sabía que en cualquier momento podía entrar uno de los médicos, probablemente Rosa María, con sus manos enguantadas y untadas con petrolato para decirme

—Cesarín, date la vuelta y ponte flojito

      Yo sé que son profesionales, puse mi vida en sus manos, pero por fortuna a nadie se le ocurrió que fuese necesario hacerme un tacto rectal y se conformaron con esperar a tener las imágenes de las radiografías. ¡Clásico! La máquina de rayos X del hospital estaba fuera de servicio y me tuvieron que llevar en silla de ruedas al Hospital de Especialidades para tomar varias placas. Me sentaron en una silla de ruedas y yo pude contar cada piedra que se atravesó por nuestro camino, porque cada vez que la brincamos, el dolor me atravesó como una espada.

La radiografía confirmó el diagnóstico y me trasladaron al servicio de Admisión Continua del Hospital de Especialidades. En lo que se conseguía la cama, se hacían los exámenes de laboratorio, se conseguía sangre y se programaba la cirugía, se pasó todo el día. Afuera, en la sala de espera, la tensión crecía, mi papá presionando a mi esposa para que me llevaran a otro hospital, pues quería que me operaran de inmediato. Mi esposa vino a verme y me pidió mi opinión. Yo le dije que tomara la decisión que ella considerara adecuada, pues yo le tengo total y absoluta confianza. Yo estaba en las manos de mi esposa y no en las de mi padre. Yo ya estaba bajo el efecto de los analgésicos y tranquilo. Me quedé dormido.

Me operaron por la noche, cuando hubo espacio entre otras cirugías que eran más urgentes. Fue curioso recorrer los pasillos del hospital, mi sitio de trabajo, desde otra perspectiva, observando como lo hacen los pacientes acostados en una camilla. Se ven los techos, las lámparas, las uniones entre los paneles de tablarroca. Se pueden contar las grietas y las fallas en la pintura blanca. Llegué al quirófano muy sedado, con mis calcetines viejos saludando a todo el mundo, a lo mejor en el segundo plano anestésico, pero sin perder la conciencia. En otras palabras, llegué drogado y echando relajo. Vi a la anestesióloga de cabeza, enfundada en su gorro y su cubrebocas. Sería por el efecto de la premedicación anestésica, pero le dije que tenía unos ojos muy bonitos y que se veía que era una doctora muy joven. ¡Sólo Dios sabe que tantas metáforas fallidas y requiebros propios de un ebrio le habré dicho! Sólo recuerdo que después me puse serio y le dije

—Ahí le encargo, doctorcita, no se me distraiga, no sea que me vaya —Y la anestesióloga contestó, siempre muy profesional:

—No señor, no se va a ir a ningún lado

Y ya no supe más hasta que recobré brevemente la conciencia en la sala de recuperación. Supongo que la enfermera encargada, fue quien me sacudió un poco:

—¡Señor!, señor, despierte. Ya está usted bien, descanse. Siga durmiendo.

No tenía sentido, esta señorita me estaba despertando para decirme que podía seguir durmiendo. ¿Pues qué no estaba ocupado, precisamente, en eso cuando fui abruptamente interrumpido? A veces los médicos y las enfermeras hacen cosas aparentemente absurdas. Sin embargo, seguramente que la enfermera estaba evaluando mi nivel de recuperación de la anestesia. Los anestesiólogos clasifican en “planos” el grado de profundidad de la inconciencia que logran con sus diversos medicamentos. En el primer plano hay amnesia y pérdida de la conciencia. El segundo plano se caracteriza por excitación y delirio. Cuando los pacientes viajan por esta ruta, de ida o de regreso, no es infrecuente que revelen todos sus secretos e intimidades al equipo quirúrgico. Espero no haber cometido muchas indiscreciones, si se me dan espontáneamente, ¿cómo será de manera inducida? El tercer plano corresponde al grado de profundidad adecuado para una intervención quirúrgica. En el cuarto plano hay un estado de inconciencia muy profundo y peligroso. En el quinto plano ya está uno en la dimensión cósmica celestial, en calidad de cadáver. De tal manera que, posiblemente mi enfermera estaba tratando de evaluar mi grado de inconsciencia y sí pudo haber tenido un claro objetivo el despertarme.

Cuando me llevaban en camilla hasta mi cama, en el elevador todavía estaba muy drogado y mis luidos calcetines seguían estoicos en su sitio. Mi esposa me acompañaba y junto con ella estaba, nada más ni nada menos, el Jefe del servicio de Cirugía quien hizo el favor de operarme fuera de su horario de trabajo. El cirujano comentaba con mi esposa algunos detalles sobre la cirugía. Yo, que estaba acostado y con los calcetines al aire, dije que ese apéndice había salido rojo de vergüenza. Este comentario es común cuando se quiere indicar que los cirujanos operan apendicitis inexistentes y suele ser ofensivo, porque denota que equivocaron el diagnóstico. Mi esposa todavía no me perdona el comentario que consideró impropio y falto de respeto para el cirujano. No es por justificarme, pero yo estaba de buen humor y sin dolor, por el efecto de tantos medicamentos y gracias a las expertas manos del galeno.

No recuerdo quién me vistió y cómo me metí en mi cama. Espero que haya sido mi esposa. Pasé la noche bien, sin complicaciones y recibí la mañana con pijama y con pantuflas nuevas. ¡Ah! olvidaba decir, que también estrené calcetines. Seguramente mi esposa se dio tiempo de ir al supermercado a comprarlos para que recobrara un poco de la elegancia perdida, aunque fuese en el periodo postoperatorio. Sin embargo, no sucedió así. Siendo un paciente distinguido, me asignaron un cuarto aislado. Muy temprano estaba solo en el cuarto y con suero todavía. Tenía ganas de orinar, pero la verdad era complicado caminar hasta el baño con el soporte del suero, así que decidí hacer pipi al pie de mi cama utilizando el urinal que ahí estaba. Estaba concentrado en lo mío, cuando entró la subdirectora del hospital.

—¿Cómo está usted doctor? —Como no sabía quién era le contesté:

—Pues acá tratando de orinar, si no le importa.

La doctora giró noventa grados a su derecha y se quedó viendo a la ventana y pretendió que no estaba mientras el distinguido profesor tomaba su distinguido pizarrín entre las manos.

—Siga, siga, No le interrumpo.

Sí me interrumpió. La verdad es muy difícil hacer chis bajo presión, sobre todo cuando se están mostrando todas las menudencias. Habiendo terminado mi fisiológica tarea, me acosté y la doctora se acercó y me revisó, sin darme la mano, por cierto. Al poco me retiraron el suero y me dieron de alta esa misma tarde. No sentía hambre y no esperé a que llegara mi primer alimento hasta mi cama, después de todo algo comería en mi casa. Mi esposa hizo todos los trámites, por fin me dieron de alta, me llevó a la casa de mis padres y regresó a su trabajo. Mi madre me dio de almorzar. Hizo un par de huevos fritos y los acompañó con un vaso de jugo de naranja y un pan blanco que calentó al fuego de la parrilla. Cada quien se dedicó a lo suyo y yo me quedé solo, apartado del mundo, sentado a la mesa frente al redondo plato conteniendo el par de huevos estrellados. Todo estaba en calma.

El cerebro se comunica con el medio externo a través de los sentidos: vista, gusto, tacto, olfato y oído. La información que recibe puede causar emociones humanas, entre ellas el placer y el gozo. El bienestar se produce por la liberación de los mediadores químicos desde nuestro encéfalo más antiguo. La sensualidad, la delicia de los sentidos, es un estado mental en el que se disfruta de cada uno de los estímulos aferentes que le proveen información a nuestro cerebro. Efectivamente, la sensualidad está estrechamente ligada a la sexualidad y al erotismo, pero no necesariamente viajan en el mismo vagón, al mismo tiempo.

Observé mi plato un tiempo eterno. Comí con los ojos la redondez de la clara, el brillo de la yema, el cocimiento perfecto. El reflejo de la luna en las calmas aguas de un lejano lago, las estrellas de la noche. Los pechos de una madre alimentando a su hijo.

—Estos son huevos estrellados. Así son los huevos fritos.

Los comí muchas veces antes, pero nunca supe cómo eran. Comí con el olfato. Con calma acerqué mi nariz a la mesa y dejé que ingresara el cálido olor del pan recalentado a fuerzas sobre la parrilla. Comí con el tacto. Sentí su tibieza en mi mano y escuché con atención cómo se desgajaba su crujiente cubierta y comí con el oído. Tomé un trozo pequeño y lo hundí en medio de la yema. Cerré los ojos y sentí la tibieza de la crema encontrarse con mi lengua.

—Este es el sabor de los huevos fritos. Así saben los huevos fritos. Esto es nuevo para mí.

Mastiqué despacio, me tomé mi tiempo, sin ninguna prisa, con saliva dulce como la de un beso. Pude percibir el viaje del pan a través del esófago, cómo bajo lentamente, tocó la puerta del cardias e ingresó a mi estómago vacío. Y así lo hice paso a paso, sin utilizar cubiertos y sin tomar un sólo trago del jugo de naranja que tenía al lado de mi plato.

Jamás comeré otro par de huevos fritos como ese. Aprendí lo que es la sensualidad, la delicia de los sentidos. A partir de entonces trato de hacerlo con las cosas simples de la vida. Degustar el mundo sorbo a sorbo y no me agrada comer solo, me cautiva la idea de compartir la hora de la comida con mis allegados. Es un momento de intimidad que tenemos los humanos. Conversamos, nos miramos a los ojos, compartimos sueños mínimos y experiencias pequeñas. Aunque a algunos no les guste el pollo, o tengan intolerancia a la lactosa. La palabra compañero tiene una etimología interesante, proviene de las palabras en latín comedere y panis, comer y pan, de tal manera que me gusta pensar que significa “los que comen del mismo pan”, o mejor “los que son capaces de compartir el pan”. Las palabras compañía y acompañar tienen origen semejante.

Aprendí también de esta pequeña, pero dolorosa experiencia, que es necesario romper el ciclo eterno de la ropa interior. Hay que tirarla a la basura en cuanto se vea mínimamente deteriorada. Actualmente siempre uso calzoncillos inmaculadamente limpios y calcetines presentables. Nunca se sabe cuándo será menester mostrarlos, a una sola persona o a todo un auditorio. No importa en qué circunstancias.

Tras un dolor abdominal súbito que termina en el quirófano, el autor relata con humor y detalle su experiencia de apendicitis. Mientras narra la pérdida de intimidad en el hospital, la revelación sobre sus viejos calcetines y la complicidad con su esposa y colegas, se entrelazan reflexiones sobre el cuerpo, la fragilidad humana y la importancia de disfrutar cada momento. El clímax llega al saborear, con todos los sentidos, un par de huevos fritos al volver a casa: un acto sencillo convertido en ritual sensorial y celebración de la vida. A partir de entonces, el autor decide vivir con atención…