César Raúl González Bonilla
En el patio de la escuela preparatoria, en una tarde lluviosa como muchas, se reúne un grupo de muchachos alrededor del obeso diferente. Asechan a su presa favorita, aquel que ha tenido que transitar por las burlas, los insultos y, en ocasiones, a través de los golpes de sus pares. Los jóvenes casan en grupo, cercan a su presa y la muerden por la espalda. Son siete, pero bien pudiesen ser mil. El muchacho gordo, que permanece sentado y silencioso, es una roca que soporta indiferente con la mirada que se aferra hacia la nada. Se aproxima amenazante el más alto, el lobo dominante lo agrede y lo escupe con palabras. De pronto un fogonazo y el regordete es un toro que levanta a la res por arriba de su cornamenta y la azota con violencia contra el suelo, con la ira que acumularon los doscientos corderos que fueron masacrados cada tarde en el patio de la escuela. Nadie atiende al dolorido cuerpo que se arrastra sobre el suelo, mientras el silencio y la incredulidad inundan la tarde. El obeso de las pocas palabras se aleja tranquilo con la mirada fría, que suele tener el líder de la jauría.