César Raúl González Bonilla
Hubiese sido más sencillo hundir un puñal en el cuello de su hermano y dejar escapar, con un sólo golpe de ira, el dolor interior que se había fermentado en la inquietud que suele acompañar a los celos. Sin duda, quería saciar la abusiva sed que le ocasionaba la envidia, pero era necesario continuar utilizando la máscara del justo para no perder lo que era suyo por derecho. De tal manera que el hermano menor fraguó el asesinato del primogénito tejiendo los hilos en lo profundo de su razón, en el lugar donde Dios no puede ingresar y todo es ciego. Con la delicia de armar las piezas cuidadosamente, paladeó el placer del fraticidio tantas veces como sueños tiene la noche. Porque sus obras eran buenas, o así lo parecían, con paciencia y en silencio, el pastor aprendió a identificar las semillas del mal, las que germinan en el corazón del hombre y crecen en los campos de manera silvestre. Así que, preparó la pócima cuando todos dormían y Dios estaba ausente. Al llegar las fiestas, seleccionó las dos mejores ovejas de su rebaño, llevó a la más pequeña al altar y la ofreció en sacrificio, mientras su hermano mayor, el agricultor, hacía lo mismo con los frutos de la tierra. Al caer el sol, celebraron mirando al cielo. Adentro, al centro de la mesa estaba la oveja grande aderezada con malas hierbas y sazonada con el odio inadvertido. Los hermanos sonrieron maliciosos, Abel ofreció el cordero envenenado, Caín tomó una pierna por el hueso, empuñándola firmemente con su mano derecha. Afuera, en la fría obscuridad del desierto, al transitar por la hora de los predadores, el lobo y la serpiente se encontraron frente a frente y cruzaron sus miradas de hoguera.