Fatiga

César Raúl González Bonilla

“El cuerpo envejece, se desgasta el alma.”

Ya no tengo sed de mi veneno,

mis ilusiones se quebraron en pedazos;

se agotó de pronto la tristeza,

se disipa la amargura de mi lengua.

La tarde brotó en mi pecho despoblado.

Yo no me di cuenta porque estaba ausente,

viviendo los días, sin ver los instantes;

giraba la inercia ajena a mi carne

dejando a su paso fragmentos de alma.

Yacen a mi espalda

esqueletos viejos y pieles sin dueño;

abrazos torcidos y amores deshechos.

Se secó la vida,

mis deseos son polvo,

colapsó el recinto de mis emociones;

hoy tan sólo quiero

dormir un momento,

ya no siento nada, estoy muy cansado.

Fatiga es un poema de introspección y agotamiento existencial. A través de imágenes corporales y ruinas del alma, explora la pérdida de ilusiones, la inercia del tiempo y el colapso interior. La voz poética confiesa un cansancio absoluto, donde solo queda el deseo de disolverse en descanso.

Sin Antídoto

César Raúl González Bonilla

Suspirar es morir sin desaparecer

La serpiente me miraba con su lengua

olfateando el miedo.

Me sedujo el cascabel con su sonido

y la noche se perdió

en la hipnosis de sus ojos.

Se dedicaba a la caza

serpenteando sigilosa

a través de mis deseos

y quede paralizado.

Me invitó a tocarla.

La toqué

muy suave

en la húmeda cavidad de su veneno.

Me mostró sus fauces,

desfogó la lujuria a través de los colmillos.

Sentí el invierno ingresando en mis arterias.

Infiltró mis intestinos,

escuché licuarse mis tejidos.

Grité en el hondo pozo interior

de mis adentros,

pero Dios estaba ocupado en sus asuntos

mientras los hombres se anudaban la corbata.

Estuve entonces suspendido

tratando de bracear en un eclipse.

Me mató

y estuve muerto por un rato

Sin antídoto nos sumerge en un viaje oscuro y fascinante donde el deseo se convierte en veneno. La serpiente, figura arquetípica de la tentación, seduce al hablante hasta paralizarlo, llevándolo a una entrega hipnótica y letal. Entre imágenes de fauces, veneno y eclipses, el poema explora la atracción fatal que consume desde dentro y deja al yo poético suspendido entre la vida y la muerte.

Homicidio original

César Raúl González Bonilla

Hubiese sido más sencillo hundir un puñal en el cuello de su hermano y dejar escapar, con un sólo golpe de ira, el dolor interior que se había fermentado en la inquietud que suele acompañar a los celos. Sin duda, quería saciar la abusiva sed que le ocasionaba la envidia, pero era necesario continuar utilizando la máscara del justo para no perder lo que era suyo por derecho. De tal manera que el hermano menor fraguó el asesinato del primogénito tejiendo los hilos en lo profundo de su razón, en el lugar donde Dios no puede ingresar y todo es ciego. Con la delicia de armar las piezas cuidadosamente, paladeó el placer del fraticidio tantas veces como sueños tiene la noche. Porque sus obras eran buenas, o así lo parecían, con paciencia y en silencio, el pastor aprendió a identificar las semillas del mal, las que germinan en el corazón del hombre y crecen en los campos de manera silvestre. Así que, preparó la pócima cuando todos dormían y Dios estaba ausente. Al llegar las fiestas, seleccionó las dos mejores ovejas de su rebaño, llevó a la más pequeña al altar y la ofreció en sacrificio, mientras su hermano mayor, el agricultor, hacía lo mismo con los frutos de la tierra. Al caer el sol, celebraron mirando al cielo. Adentro, al centro de la mesa estaba la oveja grande aderezada con malas hierbas y sazonada con el odio inadvertido. Los hermanos sonrieron maliciosos, Abel ofreció el cordero envenenado, Caín tomó una pierna por el hueso, empuñándola firmemente con su mano derecha. Afuera, en la fría obscuridad del desierto, al transitar por la hora de los predadores, el lobo y la serpiente se encontraron frente a frente y cruzaron sus miradas de hoguera.

Carga genética

César Raúl González Bonilla

“En cada célula se esconde una sombra.”

Genes malignos y perversos,
malandrines que dictan mis conductas,
nublan el huerto en mi cerebro,
estos mis versos
y pronuncian aguijones infectos, que lastiman.

Son viles y siniestros malhechores
que cabalgan en todas mis neuronas,
liquidan la simpleza del rocío
y envenenan el aire que respiro.

Descarados duendes maliciosos,
diligentes proveedores de veneno
que adulteran mis afectos verdaderos.

Están conmigo,
somos la misma sal del pan que me alimenta,
construimos la soledad en compañía
y esperamos la muerte que libera.

 

 

Carga genética explora la lucha interior entre la biología y la conciencia. El hablante describe sus genes como seres perversos que gobiernan sus actos y corrompen sus emociones. Con tono lúcido y sombrío, acepta su condición y reconoce que la vida y la muerte son parte del mismo linaje inevitable.