La cortesía de los traidores

César Raúl González Bonilla

“Hay amores que mueren de frío”

El juramento de amor hasta la muerte

y la promesa de fidelidad:

uno, muerte recurrente;

la otra, corrompida en otras pieles.

La mentira cotidiana,

el desgaste compartido

—grietas, fisuras y derrumbe—.

Las miradas desconocidas,

la cortesía de los traidores,

y el frío tembloroso de la estancia.

Ella hablaba de lo eterno,

él de lo inmediato;

en medio —entre los dos— “ya no te quiero”.

La lealtad que agonizó de tedio,

encogida por la frialdad

del nido, ya vacío.

La ausencia de reproches,

—acaso la lividez del frío—.

El contrato terminado,

—y el frío amoratado, persistente—.

Él fue infiel,

ella desleal.

En La cortesía de los traidores, el amor se analiza con la serenidad de una autopsia moral. Dos promesas —la del amor eterno y la de la fidelidad— se corrompen por causas distintas: ella por tedio, él por deseo. El poema describe el lento enfriamiento del vínculo y la conversión del afecto en trámite, donde…

Agonía interrumpida

César Raúl González Bonilla

Aquel lívido moribundo estaba extenuado de ambicionar ser cadáver definitivo, cuando abrió su ojos hundidos, profundos como pozos  y le dijo a su compañera  “Hace mucho debiera estar muerto, pero no puedo retirarme sin decirte que tengo otro hogar, una mujer y otros mis hijos”. La señora pasó su mano sobre la cabeza del agonizante sin decir nada, mientras éste llenó sus pulmones con aire y exhaló lentamente por última vez, dejando escapar la vida con un ligero silbido, una mueca parecida a una sonrisa y sin dejar testamento.

Caso índice

César Raúl González Bonilla

Vacacionar, tomarse un descanso para salir de lo acostumbrado. El joven oficinista gozaba de unos días de asueto en Acapulco, cuando el ocio y el calor del sol o el hielo de las copas inhibieron su corteza cerebral y el hipotálamo tomó el control de sus instintos. Quizá fue por ello que amaneció al lado de una mujer desconocida. De regreso a la ciudad, tres semanas después, retornó el cariño a la sección frontal de su encéfalo y le hizo el amor desesperadamente a su amantísima novia. Dos días después afloró en él una colosal gonorrea, acompañada de toda serie de remordimientos. Se llenó de valor y confesó su deslealtad a la joven, quien ofendida aceptó acudir a mi consultorio para recibir tratamiento. Una vez a solas con la damisela, gracias al conocimiento sobre el periodo de incubación de las enfermedades de transmisión sexual, me fue posible tratar a tres enfermos. Vacacionar, tomarse un descanso para salir de la rutina.

Homicidio original

César Raúl González Bonilla

Hubiese sido más sencillo hundir un puñal en el cuello de su hermano y dejar escapar, con un sólo golpe de ira, el dolor interior que se había fermentado en la inquietud que suele acompañar a los celos. Sin duda, quería saciar la abusiva sed que le ocasionaba la envidia, pero era necesario continuar utilizando la máscara del justo para no perder lo que era suyo por derecho. De tal manera que el hermano menor fraguó el asesinato del primogénito tejiendo los hilos en lo profundo de su razón, en el lugar donde Dios no puede ingresar y todo es ciego. Con la delicia de armar las piezas cuidadosamente, paladeó el placer del fraticidio tantas veces como sueños tiene la noche. Porque sus obras eran buenas, o así lo parecían, con paciencia y en silencio, el pastor aprendió a identificar las semillas del mal, las que germinan en el corazón del hombre y crecen en los campos de manera silvestre. Así que, preparó la pócima cuando todos dormían y Dios estaba ausente. Al llegar las fiestas, seleccionó las dos mejores ovejas de su rebaño, llevó a la más pequeña al altar y la ofreció en sacrificio, mientras su hermano mayor, el agricultor, hacía lo mismo con los frutos de la tierra. Al caer el sol, celebraron mirando al cielo. Adentro, al centro de la mesa estaba la oveja grande aderezada con malas hierbas y sazonada con el odio inadvertido. Los hermanos sonrieron maliciosos, Abel ofreció el cordero envenenado, Caín tomó una pierna por el hueso, empuñándola firmemente con su mano derecha. Afuera, en la fría obscuridad del desierto, al transitar por la hora de los predadores, el lobo y la serpiente se encontraron frente a frente y cruzaron sus miradas de hoguera.