César Raúl González Bonilla
En el jardín de los naranjos se acerca el final del día, mientras el niño juega, otra vez, a construir un barco con las hojas que dormitan en la hierba, quiere aprovechar la quietud y los últimos rayos de luz para recrearse en la fantasía. Se recuesta y entre los pequeños dedos navega su carabela. Mueve un brazo y el patio es el océano, mueve el otro y surca la tormenta. Sopla tenue y el huracán ruge y quiere devorar su barco de una tarascada.
Navega boca arriba en el mar de lo imposible, se enfrenta a la marejada, lucha contra los dragones y quiere alcanzar el sol que ya se escapa atrás del horizonte. Cuando la última tarde de agosto se termina y se calla el viento del oriente es hora de regresar a la realidad del cuarto citadino, porque el delirio que suele acompañar a los moribundos anuncia el final de la travesía.
La nave llega por fin a puerto, atraca suave y el anciano, que quiso ser niño de nuevo, la abandona para siempre.