Sueños vívidos vividos

SUEÑOS VÍVIDOS VIVIDOS
César Raúl González Bonilla

Lo que sueñas no te pertenece: es tu mente conspirando contra ti.

I. Insomnio y música refulgente
Me despertó un sonido metálico lejano, seco y rítmico de un mazo golpeando una tubería. Apenas pude abrir los ojos y ver en la penumbra el reloj digital de mi buró parpadeando con sus ojos rojos las 2:32 de la mañana. Me pregunté quién pudiese estar haciendo reparaciones a esas horas de la madrugada; me senté en la cama y ahí mismo, en un rincón del cuarto había un gran socavón donde estaba en cuclillas trabajando un plomero con casco amarillo y overol azul. Traté de llamar su atención, pero él -ausente- siguió con su tarea. Lo improbable de la escena me hizo caer en cuenta que estaba yo dormido y que mi oreja al presionarse contra la almohada, escuchaba el propio latir de mi corazón. Desperté y me recosté de nuevo, reacomodé las cobijas y traté de conciliar el sueño, pero así permanecí hasta que el reloj digital marcó las 2:52 de la mañana. Pensé que podría dormir después de orinar y tomar un poco de leche. Me levanté y a tientas caminé por el pasillo. Abrí la puerta del baño y en el interior había un centenar de instrumentos musicales iluminados por un brillante color verde. Con sorpresa reflexioné que continuaba dormido y descubrí que sí me es posible soñar colores y sonidos. Escuchaba los suaves acordes de la Misa de Coronación en Do Mayor de mismísimo Wolfgang Amadeus Mozart: ¡Kyrie eleison…Christe eleison…Kyrie eleison! Para poder dormir tenía que desaparecer luces e instrumentos; me dije, es mi sueño, es mi mente, son mis luces y mis instrumentos. Con mucho esfuerzo fui desvaneciendo flautas y timbales y el cuarto fue quedando en penumbra y después en obscuridad absoluta, pero la música continuó y se hizo cada vez más ensordecedora y disonante. Es imposible luchar contra el cerebro.
II. Amor sonámbulo
Desperté sobresaltado y el corazón quería salir de mi cuerpo a través de la garganta. Sin duda había tenido una pesadilla. En la oscuridad del cuarto mi reloj digital con sus números verdes pestañeaba las 3:10 de la mañana. Acomodé los cojines y quedé semisentado, tomé un sorbo de agua del vaso que siempre tengo en el buró, cerré los ojos y me concentré en el latir de mi corazón, que trataba de reconquistar su ritmo habitual acompasado. Sentí como mi esposa giró hacia mi y escuché el crepitar de las sábanas blancas cuando deslizó su mano por mi pecho. En silencio se subió sobre mí y sentí su cabello rosar mi frente, deslicé apenas la punta de mis dedos a través de su espalda y estuve a punto de besarla, pero ella comenzó a decir incoherencias y sus ojos temblaban si mirar a ninguna parte. Giramos sobre la cama y ella quedó boca arriba, la vi sudar frío. Me di cuenta de que estaba dormida y yo dispuesto a hacerle el amor a una sonámbula, acaso a punto de violarla. Ella sufría y yo también; traté de despertarla, la agité y luego traté de darle una bofetada, pero me aterrorizó la idea de golpear a la mujer que amo. Entonces tomé el vaso del buró y arrojé su contenido contra su cara, pero el agua no la mojó y entonces me di cuenta que la pesadilla era mía.
III. Casona con cuervos
El domingo en la mañana mi esposa y yo paseábamos por el parque; aquella alameda donde solemos llevar a pasear a nuestros perros. El frio se colaba a través de las copas de los árboles donde el sol de la mañana de invierno apenas acaricia. Caminábamos juntos y el crujir de las hojas secas acompañaba nuestros pasos. Yo le contaba lo extraño de mi sueño; a mi sólo me interesaba describir la claridad con la que me había visto despierto en mi sueño varias veces. Ella me explicaba acerca de Freud y de los anhelos reprimidos que se encierran en los sueños; me preguntaba cosas como qué sentiste o qué piensas de esto o de lo otro. Entonces -de manera súbita- nos encontramos al pie de una verde colina donde una escalera de piedra serpenteaba a la derecha, hacia la entrada de una gran casona de paredes amarillentas. Sin decir una palabra, mi esposa subió por la escalera y la vi con su abrigo negro ingresar por el gran portón curvado. Descubrí que estaba yo dormido; comprendí que si la seguía mi subconsciente me tendría preparado algo siniestro y sentí miedo. Me hice de valor y retando a mi cerebro subí por la escalera. Me encontré de pronto con una reja verde que obstaculizaba mi camino pero no me deje intimidar, “sólo esto tienes para mí” -me dije-, quité la cerca y seguí subiendo. Giré hacia la derecha y me encontré en el vestíbulo. Entré a un lúgubre pasillo de techos muy altos e hileras de cuartos a ambos lados. Caminé con temor y a través de los arcos de la entrada pude observar que en el interior me asechaban con sus ojos fijos, innumerables cuervos muy quietos, taciturnos. Seguí caminando e insulté al cerebro con mucho temor “a ver qué más me tienes preparado”. El pasillo se fue haciendo cada vez más estrecho y pude ver al frente como las paredes grises convergían. Era hora de regresar sobre mis pasos, pero el pasillo a mis espaldas ya se había convertido en un túnel y a la izquierda y la derecha había sólo paredes. Quise moverme, pero el espacio se fue haciendo más estrecho y quedé atrapado en la oscuridad de aquel sarcófago de piedra. Entonces me di cuenta que mi subconsciente puede asesinarme, le basta ordenar a mis pulmones dejar de respirar. Morir en el sueño y fallecer en la realidad. Desamparado -en aquella soledad- le pregunté, ¿me vas a ahogar?

Transformación en luna llena

Por César González Bonilla

La jauría está inquieta porque la noche tiene ese tono azulado que permite distinguir siluetas amenazantes en la penumbra del bosque. La luna se encuentra en el punto más alto del cielo y las hembras temerosas esconden a sus lobeznos en el fondo de la cueva. Cómo  tiemblan los pequeños sobrecogidos, mientras los machos bajan la cola,  echan las orejas hacia atrás y muestran los colmillos con la  violencia que origina el sobresalto. El macho dominante gruñe mientras un hilo de saliva espesa escurre de su hocico; se yergue a la entrada de la madriguera con el lomo encrespado y los ojos incandescentes. Ha de defender a su manada hasta que la muerte lo derribe. En las noches de luna llena uno se aleja del grupo y busca una colina para estar más cerca de la luna. Aúlla y brama entre las sombras. El lobo maldito, es poseído por la pálida luz de media noche, convulsiona entre lamentos y se transfigura en el depredador más astuto y sanguinario. El lobo hombre se levanta en sus dos piernas, toma su lanza y comienza a buscar el aroma eterno de la sangre.

El retrato de la señora

César Raúl González Bonilla

Dorina acumula arrugas en el cuerpo y resentimientos en la sangre, son marcas indelebles de los pecados capitales que comete cada día. Sufre en la monstruosidad de los deseos y carencias que se transfiguran en ira y avaricia. La Señora Gray calla el secreto íntimo que se esconde en un cuarto donde viven la soledad, el polvo y la penumbra. En ese lugar hay un atril, en el cual descansa su retrato perfecto, cubierto siempre con una sábana.

Travesía en el mar de los naranjos

César Raúl González Bonilla

DSC01823En el jardín de los naranjos se acerca el final del día, mientras el niño juega, otra vez, a construir un barco con las hojas que dormitan en la hierba, quiere  aprovechar la quietud y los últimos rayos de luz para recrearse en la fantasía. Se recuesta y entre los pequeños dedos navega su carabela.  Mueve un brazo y el patio es el océano, mueve el otro y surca la tormenta.  Sopla tenue y el huracán ruge y quiere devorar su barco de una tarascada.

Navega boca arriba en el mar de lo imposible, se enfrenta a la marejada, lucha contra los dragones y quiere alcanzar el sol que ya se escapa atrás del horizonte. Cuando la última tarde de agosto se termina y se calla el viento del oriente es hora de regresar a la realidad del cuarto citadino, porque el delirio que suele acompañar a los moribundos anuncia el final de la travesía.

La nave llega por fin a puerto, atraca suave y el anciano, que quiso ser niño de nuevo, la abandona para siempre.

En la convención

César Raúl González Bonilla

 

En el incómodo diván de arena movediza

con su rojo respaldo lastimado,

intrigan los minutos en mi contra.

Que amplia es la estancia y cómo se dilata

donde está la multitud y se encuentra el alboroto.

Con el piso de loseta fulgurante

y las líneas que convergen en el fondo

entre grises sueños diagonales,

yo sentado en este diván de piel enferma y roja.

Aquí soy un lugar tan alejado, sin dudar tan alejado.

En la pared hay un lienzo gigantesco

que trata de evocar una manzana

pero sólo es tela desgarrada, envejecida

En el corazón del rumor hay un murmullo,

prisionero que se deja escuchar en la afonía.

El silencio apenas balbucea,

es un imprudente lamento enflaquecido.

Ellos, en grupos de diez o cinco,

organizan el volar de los insectos,

yo sentado trato de encontrar en el techo alguna nube,

en el incómodo diván de arena movediza.

 

Un yo lírico se siente aislado y profundamente ajeno mientras observa desde un incómodo diván rojo una convención bulliciosa; rodeado de ruido, imágenes desgastadas y un ambiente asfixiante, reflexiona sobre su distancia existencial y emocional, sumido en la soledad y el extrañamiento.