César Raúl González Bonilla
Me visitó la muerte por la noche.
Al despertar sentí su sombra deslizarse por lo obscuro
y se alejó de pronto la inminente madrugada.
Arribó sola,
sin el miedo que suele acompañarla.
Irrumpió en mi víscera,
con un golpe suave, en medio de mi sueño.
Fue advertencia de la siesta ilimitada,
con la sonrisa sutil de una propuesta.
Sus ojos ausentes se internaron en los míos
y su aliento de hoguera recorrió mi brazo izquierdo.
Me aduló en silencio
al hundir su aguijón en mi costado.
Por el cordón de seda que aprisionó mi cuello
se deslizó el letargo y descendí a la nada.
No advertí entonces su partida,
me dejó dormir y ser por otro día.
Ha de regresar
cuando la savia ya no fluya por mis venas
y tomará mi mano
en el compromiso irrevocable.