Fatiga

César Raúl González Bonilla

“El cuerpo envejece, se desgasta el alma.”

Ya no tengo sed de mi veneno,

mis ilusiones se quebraron en pedazos;

se agotó de pronto la tristeza,

se disipa la amargura de mi lengua.

La tarde brotó en mi pecho despoblado.

Yo no me di cuenta porque estaba ausente,

viviendo los días, sin ver los instantes;

giraba la inercia ajena a mi carne

dejando a su paso fragmentos de alma.

Yacen a mi espalda

esqueletos viejos y pieles sin dueño;

abrazos torcidos y amores deshechos.

Se secó la vida,

mis deseos son polvo,

colapsó el recinto de mis emociones;

hoy tan sólo quiero

dormir un momento,

ya no siento nada, estoy muy cansado.

Fatiga es un poema de introspección y agotamiento existencial. A través de imágenes corporales y ruinas del alma, explora la pérdida de ilusiones, la inercia del tiempo y el colapso interior. La voz poética confiesa un cansancio absoluto, donde solo queda el deseo de disolverse en descanso.

Ella

César Raúl González Bonilla

Llegará mañana,

la señora blanca

del sin tegumento nacarado

y las manos frías.

 

Con su andar sedoso

se deslizará

por entre la estancia,

llegará a mi cama

y en un soplo tenue

besará mi frente.

 

Cantará tan suave

con la voz cansada,

que las  notas mansas

soñarán conmigo

en la negación de mis sentidos.

 

Será por la mañana

que mi mano alcance

y su manto albino

abrigue mi cuerpo

tan ajado por el frío.

 

La señora blanca

del sin tegumento nacarado.

Angor

César Raúl González Bonilla

Me visitó la muerte por la noche.
Al despertar sentí su sombra deslizarse por lo obscuro
y se alejó de pronto la inminente madrugada.
Arribó sola,
sin el miedo que suele acompañarla.
Irrumpió en mi víscera,
con un golpe suave, en medio de mi sueño.
Fue advertencia de la siesta ilimitada,
con la sonrisa sutil de una propuesta.
Sus ojos ausentes se internaron en los míos
y su aliento de hoguera recorrió mi brazo izquierdo.
Me aduló en silencio
al hundir su aguijón en mi costado.
Por el cordón de seda que aprisionó mi cuello
se deslizó el letargo y descendí a la nada.
No advertí entonces su partida,
me dejó dormir y ser por otro día.
Ha de regresar
cuando la savia ya no fluya por mis venas
y tomará mi mano
en el compromiso irrevocable.

Misiva

César Raúl González Bonilla

«En la soledad, el pensamiento es compañía.”

No tengo destinatarios.

No veo quién quiera recibir esta misiva,

ni creo que haya a quien le importe.

Una porque no puede oír,

otro, ya que no escucha

y la de siempre,

porque ya no está interesada.

Oídos atrofiados,

hipotálamos perversos,

afectos ausentes,

son los actores de esta broma

sarcástica que me da la vida.

Fina ironía,

puedo así escribir para mi mismo.

Soy alquimista.

Inventor por vocación, ese es mi oficio.

Puedo ver el bosque,

quiero ver las ramas,

escudriñar el fondo de las venas de las hojas

y sería feliz, si yo pudiera,

arrancarle a Dios una sonrisa.

Soy todo el cosmos

que se mira en el espejo

utilizando mis ojos, por un rato.

Me gusta el experimento,

sentir el sabor de mis fracasos,

ensayar,

hacer analogías, contrastar mis conjeturas.

descubrir los códigos

que utiliza el anciano creador del universo,

llegar a casa, tomar café

y contar

los resultados a mi perra.

Por eso escribo.

En Misiva, el hablante se dirige a nadie y a todos: una carta sin destinatario que se convierte en reflexión sobre la soledad, la incomunicación y el impulso creativo. El poema transita de la ironía al asombro cósmico; del desengaño humano al consuelo de la creación. El yo poético, alquimista de palabras, halla en la…