Mi madre

César Raúl González Bonilla

“El cuerpo se encoge; la luz se expande.”

Ya eras anciana

y te hiciste muy vieja,

cada vez más vieja,

y tus huesos que eran frágiles,

se hicieron muy frágiles,

cada vez más frágiles.

Ya eras pequeña

y te hiciste más pequeña,

muy pequeña,

cada vez más pequeña.

Ya caminabas despacio

y caminaste más despacio

con pasos muy cortos,

cada vez más diminutos.

Y tu vida que era simple,

se fue haciendo más simple.

Y tu mirada

que ya iluminaba todo,

se fue haciendo más intensa,

cada vez más profunda.

Y ya eras optimista

y te hiciste más cierta,

cada vez más serena

y tocaste una vida

y luego muchas otras.

Eres invencible.

En Mi madre, el hablante recorre con ternura la transformación del cuerpo y el espíritu materno frente al paso del tiempo. A través de repeticiones rítmicas, la vejez se muestra no como pérdida sino como una forma de depuración: el cuerpo se encoge, pero la mirada se vuelve más luminosa y profunda. El poema celebra…

Pregunta cuatro

César Raúl Gonzpalez Bonilla

        El futuro es de cristal

        Puedo vivir

        con poca sangre en las arterias;

        entre latidos discordantes

        y el torrente de sombras que me inunda.

        Me sostengo

        con lo poco que me queda,

        si el ahora se coagula en un instante,

        es el aire insuficiente en mis pulmones

        y el mañana se disuelve como bruma.

        Me abrazo a lo frágil de mi víscera

        con el pecho hundido y quebradizo,

        cuando se desbaratan mis costillas,

        si mi cuerpo es un mausoleo de cicatrices.

        Aún con un músculo herido

        que palpita a contraluz,

        cuando mi realidad se astilla como un vidrio,

        puedo asirme al hilo de lo frágil

        y demorar la emboscada concluyente.

        Existo si me pierdo en otro cuerpo,

        en las brasas antiguas

        que arden sólo en la memoria;

        cuando el eco de mi reloj vibra en la penumbra,

        pero si me falta lo esencial,

        ¿cómo vivir sin corazón?

        Un poema que explora la fragilidad del cuerpo y la persistencia de la vida pese a la ausencia del corazón. Entre sombras, cicatrices y la amenaza del tiempo que se quiebra, la voz poética se aferra a lo frágil, resistiendo el destino y dejando abierta la pregunta esencial: ¿cómo vivir sin corazón?

        En lo pequeño

        César Raúl González Bonilla

        «Lo fundamental habita en un grano de arroz.»

        Nunca puse interés en lo pequeño.

        Lo minúsculo es tan volátil,

        que se escapa entre los dedos.

        Como lo ausente

        se fueron, en un sólo parpadeo,

        mis días enteros.

        Estuve preocupado en atender lo trascendente,

        escribir la biografía de las hormigas.

        No escuché nada,

        quizá porque nada quise escuchar

        y nada vi con el nublado lente de mi lupa.

        Permanece lo vacante;

        del ocioso tejido del vacío

        al estéril gris de los deseos.

        Todo se evapora cuando la luz se aleja.

        En En lo pequeño, César Raúl González Bonilla reflexiona sobre la fugacidad de lo minúsculo y la manera en que la vida se escurre entre los dedos sin que apenas lo notemos. Con un tono introspectivo y casi confesional, el poeta revela la negligencia hacia los detalles cotidianos y la obsesión por lo trascendente, que finalmente se disuelven en el vacío. El poema se convierte en un canto melancólico a lo efímero, a lo no visto, a esos instantes que se evaporan cuando la luz se retira y queda solo el silencio.

        La senda de las hormigas

        César Raúl González Bonilla

        «Mentir es el preludio de la despedida.»

        A veces digo mentiras.

        Yo sé que en ocasiones miento,

        como beber agua salada para saciar la sed

        me abrazo a la sombra y la llamo cuerpo.

        Yo sé que en ocasiones miento,

        cuando construyo el espejismo con escombros

        y me escondo detrás de una cortina de rutina.

        Apago las luces donde no quiero mirar

        y doblo el espejo para ver la imagen que deseo.

        Yo sé que digo mentiras,

        cuando pinto de azul mi jaula y la llamo cielo;

        suelo enredar palabras como hilos

        y tejerlas de manera que no hieran

        Te respiro como un humo dulce,

        tu cuerpo es mi ritual, mi abismo y mi consuelo.

        Me trago las mentiras -aunque sé que tienen filo-

        cuando tus ojos buscan a los míos,

        me refugio en las grietas en el suelo

        y trato de encontrar en la senda

        que dejan las hormigas

        una forma amable de decir ya no te quiero.

        La senda de las hormigas explora la fragilidad de la verdad y las pequeñas traiciones cotidianas que tejemos para sobrevivir. A través de imágenes íntimas y potentes —jaulas pintadas de azul, espejismos, sombras— el poema se convierte en un acto de confesión donde la mentira aparece como un refugio y, al mismo tiempo, como un filo que hiere. Las hormigas, con su silenciosa y meticulosa caminata, simbolizan el intento de encontrar un sendero sutil para pronunciar lo indecible: el fin de un amor.

        Palabra porosa

        César Raúl González Bonilla

        I

        Mi voz es áspera:

        lava hecha roca,

        aliento de volcán;

        ayer fuego ardiente de la tierra,

        hoy es piedra gris,

        rígida y tiesa escarcha fría,

        perfil que trata de escapar de los guijarros,

        silencio insistente y disperso,

        coágulo atascado en el fondo de mis venas.

        Es pico y pala;

        martillo y cincel

        y luego piedra contra piedra.

        Es la voz que trata de encontrar el molcajete;

        rumores insistentes y dispersos,

        la silueta que trata de escapar de los guijarros.

        Talla, cincela y dibuja la soledad

        en la piedra indiferente

        la ausencia que nos enlaza. 

        Trata de dialogar con el pedrusco,

        pero es deseo que se resiste,

        palabra que se esconde

        y se pierde en cada golpe;

        asoma -apenas – cuando sangran los nudillos.

        II

        Mi voz es de ceniza,

        es hostil y es enemiga de la piedra.

        absurda y áspera,

        piedra contra piedra,

        músculos tiesos y piel envejecida.

        Es ninguno en alguna vez,

        voz extraviada en millares de agujeros:

        cuento, invención o fábula.

        El rítmico cincel es melodía

        que sigue el pulsar de mis arterias

        golpe, retumbo y rayo.

        Nadie escucha el cincel contra mi piedra,

        pero es mi voz

        y solo importan mis oídos.

        Es la sal que se comparte

        en mi cuenco asimétrico,

        pensamiento poroso,

        rugoso y lastimado.

        Mi voz es piedra agotada,

        gastada por el uso.

        Es el polvo de mi piedra

        lo que queda, lo que resiste;

        una voz extraviada en millares de agujeros,

        el silencio que descansa en el centro de la mesa.

        La voz de César Raúl González Bonilla se describe como áspera y volcánica, simbolizando lucha y soledad en la interacción con la piedra. A través de metáforas de desgaste, se expresa un deseo intenso de comunicación y la lucha interna por ser oído, reflejando la resistencia en el silencio y la vulnerabilidad.

        Lo que viene

        Lo que viene
        por César González Bonilla

        No retorna lo que vuelve
        o -tal vez- terminó ya de regresar

        ¿Cuándo será el tiempo de la ausencia;
        con cuánta fuerza sus colmillos afilados
        rasgarán mi carne?

        ¿En qué arista de la línea
        -de arena y sílice-
        se asoma apenas mi suerte
        al filo de alguna telaraña?

        Acaso estuvo ya por mi casa,
        llegó sin darme cuenta
        -eso que ha de llegar y que no llega-
        recorrió los senderos de mis venas.

        Veinte veces por minuto
        -una vez en cada aliento-
        espero…atraso…postergo
        y me pregunto cómo vendrá lo decisivo;

        ¿Será una pesadilla que no puedo recordar,
        alguna niebla vagabunda,
        nómada confusión
        en cierto rincón de mis pupilas?

        Quizás es el dragón invisible en el pasillo,
        el reptil retorcido que me acecha en la escalera,
        un cuervo con lengua de recelo
        o la muerte que habita en el ascensor de la oficina

        Es la obscuridad que me persigue
        en la cumbre de cada sonrisa
        escondida detrás de un cubrebocas;

        Pequeña tela empapada de saliva
        -sudario y mortaja-
        salpicado de suicidio;
        germen y polen en la espuma del aire
        que fermenta la sal de los pulmones

        Veinte veces por minuto
        -una vez en cada aliento-
        giro en el remolino de la suerte
        y los virus hacen acrobacias en el aire.

        ¿Cuándo podré salir de mi esfera
        -anillo obligado de dos metros-
        que me impuso el temor a lo que viene?

        Hasta cuándo dejaré
        de permanecer paralizado
        si no llega lo que deba de llegar:

        respiro inerte,
        estoy muerto por completo
        -a lo mejor no-cadáver todavía-

        Queda entonces lo que resta;
        respirar con cada aliento
        -en esta muerte forzada-,
        diferir el encuentro final
        en el hilo de alguna telaraña.

        Regresar a los años pequeños,
        que mis despojos habiten la casa de la abuela
        y jueguen con esferas de cristal
        a la sombra de la higuera.

        Que aniden las fantasías
        en las cuencas desiertas de mis ojos;
        al salir de la fosa
        me espera el horizonte.

        Lo que viene es un poema que respira con cada verso: un canto inquietante a la espera, al miedo y a la fragilidad que experimentamos durante la epidemia de COVID-19. Entre imágenes de dragones invisibles, virus danzantes y telarañas que amenazan el destino, César González Bonilla explora el abismo que se abre en cada aliento. Un viaje íntimo donde el recuerdo de la infancia y…

        La habitación del viejo

        César Raúl González Bonilla

        «El tiempo cabe en un corazón obstinado»

        El universo de mi padre es diminuto,

        transcurre entre una cama y un sillón de tela negra.

        Sus noches son de tos y pulmones encharcados

        que tratan beber un poco de aire.

        Son sus mañanas de luz cortada

        en rebanadas alargadas

        y el protocolo interminable de pastillas.

        El tiempo de mi padre es tan pequeño,

        que se mide en instantes de lucidez de los sentidos.

        Cinco relojes de pared

        musitan como grillos que cantan en la noche

        Son segundos fugitivos,

        papel en una bolsa de desechos,

        tabletas en periodos de seis horas,

        un futuro propio que contemplo en su mirada.

        El cuarto de mi padre es una playa

        de oleaje de satín y de silencio.

        Es apenas un rumor y balbuceo

        que señala un verbo con el dedo.

        Lo poco que vive en ese cuarto

        es un corazón que se niega desistir

        mientras oficio el ceremonial del lavado de su carne.

        La habitación del viejo describe con ternura y dolor el mundo reducido de un padre enfermo. Su universo se limita a un cuarto y unos cuantos objetos: cama, sillón, pastillas, relojes. Entre el silencio y la respiración dificultosa, el hijo acompaña y cuida, contemplando su propio futuro reflejado en el padre.

        Agonía interrumpida

        César Raúl González Bonilla

        Aquel lívido moribundo estaba extenuado de ambicionar ser cadáver definitivo, cuando abrió su ojos hundidos, profundos como pozos  y le dijo a su compañera  “Hace mucho debiera estar muerto, pero no puedo retirarme sin decirte que tengo otro hogar, una mujer y otros mis hijos”. La señora pasó su mano sobre la cabeza del agonizante sin decir nada, mientras éste llenó sus pulmones con aire y exhaló lentamente por última vez, dejando escapar la vida con un ligero silbido, una mueca parecida a una sonrisa y sin dejar testamento.

        Violetas

        César Raúl González Bonilla

        Sangra la tierra
        racimos de tristeza,
        violetas rojas
         
        ———————

        Este haiku evoca el dolor profundo de la tierra que sangra, transformando su herida en racimos de tristeza y violetas rojas. A través de una imagen natural y minimalista, el poema refleja la fragilidad de la vida y la belleza trágica que surge de la herida silenciosa de la naturaleza.