Por César Raúl González Bonilla
«Un arma no dispara sola: la empuñan el poder, el miedo y la indiferencia”
En la oscuridad donde avistamos todo,
una mano toma la empuñadura,
cachas de oro bruñidas con ausentes.
De simple acción gira el cilindro,
alineando la recámara cargada con la muerte,
engendro del dinero qque gobierna.
Es un clic, es un destello
cuando el martillo se impulsa hacia delante,
¿Quien jaló el gatillo
encrespando tanto al avispero?
Soldados y gendarmes putrefactos,
curas y leguleyos vertedores de saliva,
idiotas consumidores de veneno.
La aguja golpea con violencia,
jauría hambrienta de fosas clandestinas.
El cañón escupe fuego
reventando los filamentos de mi tierra
Humo de pólvora quemada,
huracán de cocaína.
Avanza la bala a trecientos metros por suspiro,
penetra y quema el pellejo
de los muertos sin sepulcro,
estalla en las entrañas,
hiere nuestras carnes
en la obscuridad donde avistamos todo.
Aquí no hay buenos,
tan sólo ciegos,
miopes y sordomudos voluntarios.
El poema retrata la violencia como un ciclo inquebrantable: desde la preparación del arma hasta el impacto de la bala, pasando por los cómplices que sostienen el sistema —soldados, curas, consumidores— y culminando en la denuncia de una sociedad que elige no ver. Con imágenes crudas y potentes, expone la corrupción del poder, la herida…