Pregunta ocho

César Raúl González Bonilla

“Toda farsa necesita su carpa.”

Parece que no entendemos.

Se repite el espectáculo:

pura carcajería.

En aplausódromos digitales

 disfraces antrofascistas:

vestidos de adorapatria,

sombreros de patrioculto.

Fascinante,

el embrujo de las masas.

En la pista del fascicirco:

payasos del fascimorbo

tratando de hacer maromas.

Saltan la cuerda floja

líderes de fascimueca:

discursos de fascifonia.

Hipnóticos fascigramas,

patriomemes fosforescentes,

símbolos fasciparios:

Fascieuforia delirante de las masas,

fascidanza colectiva de obediencia.

Somos fasciófagos,

en colapso uniformado,

evangelio fascirroto.

¿Qué distancia hay que andar

para dejar atrás la fascifarsa?

No entendemos.

Así funciona la carpa.

Un poema corrosivo y circense donde los disfraces del poder revelan la farsa del fascismo. Entre aplausódromos digitales, payasos del fascimorbo y símbolos grotescos, la masa celebra su propia obediencia. Con neologismos mordaces, la carpa del odio exhibe la repetición absurda de un espectáculo que nunca desmonta.

Pregunta tres

César Raúl González Bonilla

¿Sería definitivo -entonces-

que si el demonio prevalece

y la Santa Muerte nos corteja,

Dios no es -del todo- omnipotente?

Este poema “Pregunta tres” se adentra en lo metafísico con un golpe directo: cuestiona el poder absoluto de Dios al contraponerlo con la figura del demonio y la Santa Muerte. Breve pero contundente, es casi un aforismo poético.

Sabia decisión

César Raúl González Bonilla

 

En aquella lejana comarca, el sabio rey quería que todos sus súbditos fueran felices. Al final de los partidos, la mitad de los espectadores siempre quedaban descontentos. Por eso ordenó que cada jugador tuviese un balón y mandó quitar las porterías. Se ocasionaron sanguinarias luchas a muerte porque cada jugador quería quedarse con todos los balones. Entonces, en el reino de la anarquía todos espectadores fueron felices.

El disparo

Por César Raúl González Bonilla

«Un arma no dispara sola: la empuñan el poder, el miedo y la indiferencia”

En la oscuridad donde avistamos todo,
una mano toma la empuñadura,
cachas de oro bruñidas con ausentes.
De simple acción gira el cilindro,
alineando la recámara cargada con la muerte,
engendro del dinero qque gobierna.

Es un clic, es un destello
cuando el martillo se impulsa hacia delante,
¿Quien jaló el gatillo
encrespando tanto al avispero?
Soldados y gendarmes putrefactos,
curas y leguleyos vertedores de saliva,
idiotas consumidores de veneno.

La aguja golpea con violencia,
jauría hambrienta de fosas clandestinas.
El cañón escupe fuego
reventando los filamentos de mi tierra
Humo de pólvora quemada,
huracán de cocaína.

Avanza la bala a trecientos metros por suspiro,
penetra y quema el pellejo
de los muertos sin sepulcro,
estalla en las entrañas,
hiere nuestras carnes
en la obscuridad donde avistamos todo.

Aquí no hay buenos,
tan sólo ciegos,
miopes y sordomudos voluntarios.

 

 

 

El poema retrata la violencia como un ciclo inquebrantable: desde la preparación del arma hasta el impacto de la bala, pasando por los cómplices que sostienen el sistema —soldados, curas, consumidores— y culminando en la denuncia de una sociedad que elige no ver. Con imágenes crudas y potentes, expone la corrupción del poder, la herida…