César Raúl González Bonilla

Llueve y llueve, pero en cielos apacibles.

Llueve y llueve,

sin relámpagos ni grises encrespados,

donde el viento no conoce torbellinos

y las nubes son, tan solo, telarañas.

 

Mientras llueve el cielo se disculpa,

dejando caer su letárgica humedad:

desciende el agua con paciencia

y su música se acomoda en los tejados.

 

Las nubes tratan de tocar el sembradío

para no dañar las hojas,

mientras la tierra respira y se dilata,

las raíces sacian el deseo,

los gusanos conversan en voz baja.

 

Llueve y llueve,

lluvia dócil sin urgencia,

sin castigo ni consuelo;

las brasas se disuelven,

las cenizas se acomodan.

Todo se calma, la lluvia repara por nosotros.

 

En este poema, la lluvia se convierte en símbolo de serenidad y reparación. Sin tormenta ni violencia, el cielo se disculpa, la tierra respira y el agua apaga las brasas del recuerdo. Todo retorna a su equilibrio natural: la lluvia actúa por nosotros, purificando lo que el alma no puede sanar.