El unicornio busca a su poeta

César Raúl González Bonilla

“Con respeto y gratitud a Silvio Rodríguez, por aquel unicornio azul que aún busca su poeta.”

Mi poeta azul ayer se me perdió,
cómo extraño su voz y amistad;
lo dejé de ver en su canción,
en la brisa donde solía soñar.

Mi poeta azul ayer se me perdió,
cabalgábamos versos
entre mito y realidad.

Mi poeta azul,
ya no tiene con quién galopar;
yo sé que se extravió,
y sólo tengo un poeta azul.

Si alguien ve
a mi poeta azul,
díganle que sigo aquí,
—en el mismo lugar—,
en el polvo estelar
del cuerno en espiral.

El poema da voz al unicornio azul —símbolo de la inspiración— que, tras perder a su poeta, recorre el silencio y la memoria buscándolo. Desde su soledad cósmica, recuerda los días en que juntos cabalgaban versos entre mito y realidad. Ahora, sin quien lo convoque a la vida del canto, el unicornio persiste en el…

¿…y las llaves?

César Raúl González Bonilla

“Todo comienza cuando se pierden las llaves”

Están evaporadas,

-se esfumaron por completo-.

¡No encuentro mis putas llaves!

Tengo que volver sobre mis pasos

y rehacer mi camino en retroceso

donde puse las malditas llaves:

Ya no queda duda alguna,

perdí las benditas llaves.

Sólo sé que yo sí sé,

¿pues cómo fue que pasé?

porque estoy -sin duda- adentro.

A ver, dónde dejé las llaves.

Hay un hoyo negro aquí en mi casa,

o es un monstruo come llaves;

quizá fueron los alushes,

que quieren volverme loco.

¿Cómo fue que las perdí?,

¿Por qué extravié su cariño?

Sin decir adiós se fueron

dejándome solitario

cual amante adolorido,

masticando la tristeza,

y llorando el desconsuelo.

¿Acaso están secuestradas,

qué pedirán por rescate?

¿Y si las encuentro,

para qué las quiero?

¿Qué puertas pueden abrir,

cuáles misterios encierran ?

Son puras trivialidades,

pues nada tiene importancia.

En tono sarcástico y reflexivo, el poema narra la desesperada búsqueda de unas llaves extraviadas, que pronto se transforma en una metáfora de la pérdida y el sinsentido. Entre el humor y la melancolía, el hablante pasa de la rabia doméstica a la reflexión existencial: sospecha de monstruos, alushes y chaneques, pero termina comprendiendo que…

Tango nocturno

César Raúl González Bonilla

“El deseo tiene cadencia de penumbra.”

En la tibia madrugada que dormita,

un motor arrulla al silencio de la noche;

-eco lejano-, sumiso habitante de la calle.

La oscuridad aún no alcanza a disolverse

cuando una silueta se refugia en otra sombra,

el contorno se dibuja en el borde de la aureola,

ladera que sueña boca abajo.

La cadencia acompaña el roce de los labios,

melodía sinuosa desde el cuello hasta la espalda.

En la oscuridad, los ojos se buscan sin hallarse;

recitan sus nombres, enlazan las piernas,

se toman las manos y bailan despacio.

Al compás de la penumbra, jadean con cadencia,

y flotan al ritmo del tango de Piazzolla.

El zumbido vuelve,

los dos languidecen y siguen soñando descalzos.

Tango nocturno es una coreografía entre el silencio y la piel. En la quietud de la madrugada, el rumor distante de la ciudad se funde con el pulso de dos cuerpos que se buscan en penumbra. La música de Piazzolla, evocada más que oída, guía una danza donde el deseo tiene ritmo y memoria. Cuando…

Nostalgia

César Raúl González Bonilla

“Nada pesa tanto como la calma.”

Si acaso me soltara la nostalgia,

encontraría la inercia de la calma;

dormiría diez horas

y el letargo callaría tu nombre.

Si olvidara tu ausencia

 sería el final del aguacero;

-sin duda-, moriría por falta de apetito

y -tal vez- de aburrimiento.

Escojo el temblor en lugar de la armonía:

el optimismo cansa, la tristeza entiende.

Prefiero llevar el peso de tu ausencia

y pasar la noche conversando con tu boca.

En Nostalgia, el hablante reflexiona sobre la tentación del olvido y sus consecuencias: la calma, aunque deseada, se revela como una forma de vacío. Frente a la serenidad que anula el deseo, elige el temblor y la tristeza como compañía fiel. El poema transita entre ironía y ternura, entre aceptación y vigilia, para concluir que sentir —aun con dolor— es seguir vivo.

Verde jade

César Raúl González Bonilla

 

Aquel sábado me levanté muy temprano; después de tomar una rápida ducha, vestirme y desayunar, me dirigí a la cochera de la casa. Apenas amanecía y la tenue luz bosquejaba con dificultad la silueta de mi Chevrolet Malibú 1967 verde jade. Recorrí su carrocería con un lienzo húmedo, lo acaricié con cariño, alimentando el placer de mis sentidos, casi con erotismo. A pesar de sus más de quince años de edad, el auto quedó tan reluciente que podía ver mi sonrisa en su reflejo.

Ese fue mi primer automóvil; se lo compré a una anciana que era vecina de la familia, gracias a lo que ahorré, durante un año, en mi primer trabajo en Telmex. El automóvil en realidad había sido propiedad de su esposo; un médico obsesivo y metódico que había fallecido diez años antes víctima de cáncer de estómago, de tal manera que había dejado al auto prácticamente nuevo. La viuda no sabía manejar, pero mantuvo el automóvil en su cochera, como si fuese un altar a la memoria de su esposo. Cada tercer día llamaba por teléfono a mi madre y le pedía que yo fuese a su casa para echar a andar el carro diez minutos.

La anciana me recibía con una taza de chocolate y se alejaba de la soledad por un rato, mientras el automóvil permanecía encendido y yo me convertía en su nieto temporal y putativo. Poco a poco sus llamadas se fueron espaciando porque la anciana perdió las ganas de vivir. Por fortuna, antes de dejarse ir de manera definitiva, accedió a venderme ese carro que su esposo había tenido desde nuevo y, en una ceremonia muy parecida a la entrega de una herencia, me dio las llaves, la factura, la tarjeta de circulación, el manual del usuario, todas las facturas del mantenimiento y un montón de recomendaciones sobre como limpiarlo. Así recibí un auto ancho de color verde jade y techo de vinil negro que tenía de líneas alargadas con unas discretas aletas en el medallón posterior y un enrejado cromado en las luces de alto posteriores, interiores de piel negra, dirección hidráulica y palanca de velocidades al volante.

Salí de casa manejando mi auto impecablemente limpio. El plan era llevar a mi novia a pescar truchas a El Zarco, cerca del Desierto de los Leones, de paso aprovechar la mañana para que ella practicase el oficio de manejar y -con un poco de suerte- visitar algún hotel de paso. Aunque Nayeli tenía licencia, la verdad es que no sabía manejar un auto estándar y -como yo quería quedar bien- accedí a que condujese mi Chevrolet. Apenas la conocía; se llamaba Nayeli y era una joven trigueña de ojos muy negros y grandes, espigada y de líneas casi tan perfectas como las de mi Chevrolet Malibú 67 verde jade. La conocí en un curso de capacitación que impartí para una de las oficinas de la zona metropolitana, platicamos dos o tres veces, la invité a salir, al poco tiempo comenzamos una relación más íntima y la vida era buena.

Llegué a la casa de Nayeli, toqué el claxon y cuando salió me recorrí hacia la derecha, dejándole libre el lado del conductor. Comenzamos a circular por las calles de una de esas colonias de la Ciudad de México donde se mezclan pequeñas fábricas y vecindades; de esas que suelen llamarse ciudades perdidas. El auto avanzaba con el típico jaloneo que producen los conductores novatos que no pueden sincronizar bien los movimientos simultáneos de acelerar suavemente con el pie derecho mientras se saca el pie izquierdo del embrague. Yo dirigía sus movimientos, con dulzura, pero con firmeza: “mete el clutch, primera, acelera, saca el clutch, suave, saca todo el pie izquierdo, quita el pie del acelerador, mete el clutch, segunda, acelera suave, saca el pie del clutch”.

El auto se aproximó a una intersección donde el semáforo cambió su luz de verde, a ambar y luego a roja. Nayeli circulaba muy despacio y casi hacía alto total, cuando al mismo tiempo yo le di la orden de acelerar. Ella obedeció, el carro avanzó con el jaloneo y pasamos la calle cuando el semáforo ya estaba en rojo. No habíamos avanzado más de veinte metros cuando escuché la sirena de una patrulla que nos alcanzó, se emparejó y con el altavoz nos dejó caer el clásico “¡auto color verde, oríllese a la orilla!”. Mientras Nayeli se estacionaba, pude ver que en la patrulla viajaban dos policías. Se estacionó al frente de nosotros quedando alineada con la puerta abierta de una vecindad. Mientras los autos de detenían alcancé a preguntarle a mi novia porqué se había pasado el alto y por supuesto que me contestó -de mala gana- que yo le había dicho que acelerara. Para mi eso no tenía sentido porque era obvio que ella había visto a la patrulla por el espejo retrovisor. No discutimos mucho porque se bajó el policía que conducía la patrulla; nos miró un momento, cruzó lentamente enfrente de nosotros de izquierda a derecha y sin más, en vez de dirigirse al conductor, terminó tocando mi ventanilla.

El patrullero me dio los buenos días y me pidió la tarjeta de circulación y mi licencia; para su sorpresa mi novia le entregó también su licencia. Sin embargo, el policía la ignoró y continuó parlamentando sólo conmigo. Ella permaneció siempre en silencio, mientras el policía y yo comenzamos el estira y afloja, pasaron varios minutos entre que si se había pasado el alto o solamente la preventiva, que si la dama no sabía manejar pero que tenía licencia; luego vino la amenaza de llevarnos al corralón, el juego del policía malo y después el policía que nos quería ayudar pero que yo no me dejaba ayudar y, por último, de plano mi solicitud de que se levantara la infracción.
Por alguna razón que desconozco, el policía que permanecía en la patrulla, en el asiento de la derecha, se bajó del auto sin mediar palabra y alcancé a ver como se dirigió a la puerta abierta de la vecindad desapareciendo de mi vista. Habrían pasado diez o quince segundos cuando escuché el seco tableteo de tres disparos, ¡pram!… ¡pram!… ¡pram!…

Alcancé a decirle a mi novia ¡agáchate!, la abracé con fuerza y su cabeza quedó entre mis rodillas. Vi entonces como el policía salía por aquella puerta abierta con el arma desenfundada en su mano derecha y con la mano izquierda apretándose el vientre, mientras su camisola azul se teñía de rojo. El policía trató de gritar, pero apenas balbuceó: ¡pareja!, ¡ayúdame pareja!, soltó el revolver, dobló las rodillas y se fue de bruces girando su cabeza hacia su izquierda. El cuerpo inmóvil quedó tirado en el asfalto casi de frente a mi y sus ojos inertes no dejaron de mirarme. En la calle solitaria no había nadie y nadie se asomó a ver qué sucedía. El otro policía, mi interlocutor, que se había refugiado atrás de mi Chevrolet, permaneció ahí varios segundos que pudieron haber sido minutos, luego se acercó al que seguramente ya era cadáver; aunque se puso de cuclillas no lo tocó, miró de lejos hacia el interior de la vecindad y se llevó las manos a la cabeza.

Regresó hacia mi ventanilla y recogió mis documentos, que había dejado caer mientras corría a refugiase detrás de mi automóvil. Estaba pálido y con voz temblorosa me dijo “¡Mira nada más en que santo desmadre nos metiste!, si no la hubieras hecho tan cansada, no nos hubiera pasado nada. Tú eres testigo de que yo hice todo lo pude por defender a mi compañero”.

Así que, de pronto yo era el testigo principal y -según el policía- el responsable de la balacera. Entonces Nayeli intervino y le dijo al policía casi llorando, “No vimos nada, señor oficial, de verdad que no pudimos ver nada, por favor déjenos ir”. El policía la miró a los ojos y luego se dirigió a mi nuevamente, me dio los documentos y me despidió con un “mejor ya váyanse, a ver cómo arreglo este pedo”. Mi novia echó a andar el auto y avanzó lentamente, esta vez con poco jaloneo. Los ojos del cadáver me miraron por última vez, mientras puede ver el interior de la vecindad buscando la razón del tiroteo, pero mis ojos sólo encontraron la soledad y el silencio de un largo pasillo con viviendas a cada lado y con salida hacia el otro lado de la calle.

Dos calles más adelante mi novia detuvo el auto y me pidió que yo manejara y la llevara a su casa. Transitamos un rato a través del estupor y tratando de entender qué había sucedido, sin cruzar una palabra, quizá porque se nos había terminado la saliva. Ya casi para llegar a su casa comenzaron las lágrimas, la reconstrucción de los hechos y cientos de inútiles hipótesis.

Mi relación con Nayeli se deterioró en los días siguientes y finalmente terminó conmigo entre las recriminaciones del porqué le había pedido pasarse el alto y el porqué no había sobornado al policía. Supongo que no pude explicar mi criterio para romper y luego no romper la ley de manera sucesiva. Supe después, que se hizo novia de un jefe de departamento que tenía un automóvil con transmisión automática y aire acondicionado.

Años más tarde me la encontré en una concesionaria Ford a la que había llevado mi camioneta a servicio. Estaba más llenita y con manchas de paño en la cara, señales inequívocas de que ya pertenecía a la categoría de señora. Me acerqué a saludarla y sólo para hacer conversación le dije “Nayeli, me da gusto encontrarte, qué bien te ves, el otro día pregunté por ti y supe que estás trabajando en un Centro del Teletón”, pero la señora me miró con unos ojos llenos de odio y me contestó “tú no tienes derecho a preguntar por mi, ni saber nada de mi vida”. Di dos pasos atrás, luego giré a la derecha como hacen los soldados y me dirigí a la caja para pagar mi factura. Cuando me entregaron mi camioneta, alcancé a verla en la sala de espera, pero procuré alejarme sin hacer contacto visual.

Mientras manejaba mi camioneta me pregunté en qué momento me había convertido en uno de los fantasmas de Nayeli y en cuántos catálogos de fantasmas estoy incluido. Reflexioné que yo también tengo mis espectros; durante varios meses posteriores al tiroteo, los ojos inertes del policía me visitaron casi todos los días en mis pesadillas; luego lo hicieron ocasionalmente, hasta que un día dejaron de hacerlo. Dejé de sentir culpa de aquella violencia sin sentido, pensando que -en alguna otra arma- estaría otra bala acechando, esperando que el infortunado oficial cometiese una torpeza para alojarse en su barriga.

Pensé también en las varias novias que tuve y los muchos autos que he tenido. Dos años después del incidente vendí mi Chevrolet y lo cambié por un Tsuru más nuevo y con aire acondicionado; no sentí culpa, pero tuve aquella desagradable sensación que acompaña a la infidelidad. Luego tuve un Sentra que parecía quererme, pero consumía demasiada gasolina. A partir de entonces, al cambiar de automóvil ya no tuve ningún tipo de remordimiento parecido al duelo. Confieso que he vivido, que me entregué a los volantes de muchos otros autos, pero nunca tuve alguno de líneas tan sensuales como aquel Chevrolet Malibú 67 verde jade.

Morir de soledad

César Ra{ul González Bonilla

El silencio también mata

El paciente del cuarto 204 escuchaba voces y veía personas que sólo existían en su sien derecha. Sostenía largas conversaciones con la nada, reía, discutía acaloradamente y peleaba contra el aire. No era violento, pero alguna vez fue necesario enfundarlo en una camisa de fuerza. Los médicos volcaron sobre él toda su ciencia; a base de corriente de electrones y fármacos multicolores, las voces en su cabeza se fueron de manera repentina. Entonces, el paciente del cuarto 204 dejó de hablar y se adentró en un estado de profunda tristeza y melancolía. Otro tratamiento para devolver la química del entusiasmo a su cerebro fue totalmente inútil. Se sentó en la orilla de la cama, con su bata blanca y sus pies descalzos, mirando fijamente a la puerta con sus ojos ausentes, como esperando que alguien entrara. Así permaneció por días y luego por semanas, hasta que sus pulmones se negaron a respirar

La noche en el salitre

César Raúl González Bonilla

UNO

Tomó el revólver Smith and Wesson calibre .22 y lo presionó contra su sien derecha. No lo hizo con fuerza, pero sí con el pulso firme. Al sentir el frío metal del cañón sobre su piel, se dispuso a tirar del gatillo. Sin prisa cerró los ojos, como preparándose para degustar el mejor de los vinos.  En el silencio de la noche, una lámpara alumbraba la biblioteca de la enorme residencia con su luz tenue, casi sutil. Abrió los ojos porque tuvo la impresión de haber olvidado algo y, al dirigir su mirada hacia abajo, notó que la carta no estaba firmada. En la hoja el papel membretado se leía, en un par de líneas, el lugar común de “no se culpe a nadie de mi muerte”, que suele escribirse en circunstancias como ésta. Aflojó el puño derecho y colocó el revólver en el escritorio, pensó que tal vez hacía falta incluir un poco más de explicaciones, pero luego reflexionó que nadie habría de detenerlo. En ese momento, él era dueño, por primera vez, de su propio porvenir y no tenía que justificar sus acciones ante nadie.

La pluma fuente se negó a escribir, por lo que debió rayar varias veces la hoja superior de un block de notas; la tinta finalmente resurgió manchando uno de sus dedos. Pensó que sería mejor en adelante utilizar un bolígrafo común, en lugar de su pluma elegante estilográfica. Le tomó varios minutos limpiar su mano,   buscó en algún cajón su escritorio un frasco de alcohol y un pequeño lienzo, que tenía para atender esos pequeños accidentes. Quizá por esa distracción omitió escribir la fecha y se limitó a estampar su firma.

En la pared de la biblioteca, a un lado del estante donde descansan los libros polvorientos, el salitre ya había consumido un trozo de pared. La pintura corroída llamó su atención, trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma. Prendió su pipa y aspiró con calma el humo, sin dejar de mirar la imperfección en la pared.

DOS

A ella no le disgustaba lavar los trastes, casi lo disfrutaba. Mientras el agua corría por sus manos y se escapaba por entre la espuma de sus dedos. Era como la lluvia, una sensación placentera muy parecida a la libertad. Su abuela siempre venía a su memoria, recordaba aquella ocasión en la que fue por primera vez a la playa, cómo juntas contemplaron el mar, hicieron catillos en la arena y vieron al sol esconderse detrás del horizonte. Por eso musitaba -como un zumbido- una canción de cuna, mientras las migajas húmedas flotaban en espiral hacia el sumidero.  Los platos y los vasos utilizados en la cena quedaban limpios uno a uno. El arte y el hábito nocturno de dejar limpia la cocina fueron interrumpidos por un sonido seco que se escuchó como un fuetazo.

La noche se detuvo, pero el agua siguió corriendo y llenó la tarja, mientras ella se apresuró a subir las escaleras para llegar al estudio. El corazón quería fugarse de su pecho cuando abrió la puerta y sintió el olor a pólvora. La media luz apenas alumbraba el cuerpo inmóvil reclinado en el escritorio, con la cabeza apoyada sobre su lado izquierdo y una pequeña mancha redonda en la sien derecha. Con los ojos abiertos parecía observar con atención una botadura en la pared, donde el salitre ya había consumido la pintura. Ella también fijó su mirada en la pared y trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma.

Ya todo está bien

César Raúl González Bonilla

La noche avanza a través del silencio de la madrugada, las ventanas disipan el calor interior que por la mañana será rocío. Todos ya descansan cobijados por la obscuridad de la casa. Arriba, en su cuarto los niños reposan muy quietos, arropados con cuidado; en la habitación principal la esposa yace también en armonía con la humedad de su almohada. Abajo, un hombre se sienta en el diván de la estancia y bebe un sorbo de su taza de café, mientras termina de escribir una carta que tiene pendiente. Afloja su corbata y habla consigo mismo: “ya todo está bien, yo estoy bien, ellos ya están bien, la vida es buena”. Toma el revolver que espera en la mesa de centro y lo lleva a su sien con la mano derecha. Lo último que escucha es el clic del barril que, al girar, lleva la muerte.

Tiempo de lluvias

César Raúl González Bonilla

En tu mirada
es el tiempo de lluvias
y el gris del viento.

Llueve y llueve,
bajo cielos serenos,
brota la paz.

Lluvia de otoño,
el campo reverdece,
la ciudad llora.

Bebe la tarde
fatiga de ceniza,
agua de lluvia.

La lluvia que cae;
en cada gota de azul
dice tu nombre.

 

El viejo cae,
gota de agua que estalla
contra el suelo

El haiku refleja en la mirada ajena un paisaje interior marcado por la melancolía. El “tiempo de lluvias” alude a la renovación y la tristeza, mientras el viento gris transmite desolación. La unión de naturaleza y emoción convierte la escena en un espejo del sentir humano