Caso índice

César Raúl González Bonilla

Vacacionar, tomarse un descanso para salir de lo acostumbrado. El joven oficinista gozaba de unos días de asueto en Acapulco, cuando el ocio y el calor del sol o el hielo de las copas inhibieron su corteza cerebral y el hipotálamo tomó el control de sus instintos. Quizá fue por ello que amaneció al lado de una mujer desconocida. De regreso a la ciudad, tres semanas después, retornó el cariño a la sección frontal de su encéfalo y le hizo el amor desesperadamente a su amantísima novia. Dos días después afloró en él una colosal gonorrea, acompañada de toda serie de remordimientos. Se llenó de valor y confesó su deslealtad a la joven, quien ofendida aceptó acudir a mi consultorio para recibir tratamiento. Una vez a solas con la damisela, gracias al conocimiento sobre el periodo de incubación de las enfermedades de transmisión sexual, me fue posible tratar a tres enfermos. Vacacionar, tomarse un descanso para salir de la rutina.

Seguimiento de contactos

César Raúl González Bonilla

En mi servicio de epidemiología de la clínica pública, yo estaba a cargo de estudiar las enfermedades infecciosas, seguir la pista de los microbios y desenmarañar los entramados que transmiten tantos males entre las personas. Aquel enorme obrero de las manos endurecidas, entró a mi consultorio caminando como un gran oso gris amenazante. Me hundí instintivamente en mi sillón. Afuera se quedó su joven esposa esperando mi diagnóstico. Vestido con su grasiento overol de mezclilla azul, se sentó muy serio, taciturno casi, en la silla del paciente. Su bigote negro como la noche, se movió apenas cuando comenzó su historia con su voz de bajo profundo, rebotando su mirada contra el suelo: “Doctor, cualquiera tiene una borrachera”. Después de interrogar y explorar sus intimidades, llegué a la conclusión de que había sido contagiado por otro de su género. Ello me permitió desenredar el hilo, seguir la pista de los microbios y tratarlo contra la sífilis. ¡Ah¡ y también a su compadre y a su esposa porque, después de todo, cualquiera puede tener una borrachera.

 

 

Un obrero acude al consultorio tras una «borrachera» y resulta diagnosticado con sífilis adquirida de otro hombre. La confesión indirecta permite al médico desenredar la red de contactos sexuales y tratar también a su esposa y a su compadre. Un relato breve y sarcástico que muestra la importancia del seguimiento epidemiológico y deja entrever las…