Mi maletín viejo

César Raúl González Bonilla

(Fragmento)

Llegué a la clínica rural y abrí mi consultorio. Estaba solo y no había nada qué hacer el domingo en la mañana, por eso me dispuse a leer mi libro de microbiología, sin poner mucha atención, sólo para dejar que pasara el tiempo. Dormitaba recordando las hileras de cervezas que desfilaron por nuestra mesa la noche anterior, me arrullaban los maullidos del gato al que mi enfermera alimentaba todos los días en el patio trasero. Esa mañana había estado merodeando al rededor de la pequeña clínica buscando a su benefactora también por la puerta de enfrente.

No esperé mucho a que algo sucediera. Serían como las diez cuando entró a mi consultorio un ranchero de sombrero ancho con la mano izquierda enredada en unos trapos ensangrentados. Entró por la puerta de enfrente y detrás de él se escabulló también el gato. No intenté sacar al gato de la clínica, tenía temor de perder el tiempo y correr el riesgo de ver al paciente desangrarse, así que me dediqué al ser humano y el gato se quedó adentro. Después de todo, se echó en un rincón -sin estorbar- agazapado.

¿Mi paciente?, se trataba de El Pita, un ranchero grande de estatura y cuñado de la Concha Rocha con el que había estado brindado la noche anterior. El mismo que me había recomendado que me robara a mi novia aquella noche. Estaba sereno, pero pálido. Sin perder la compostura me dijo muy macho, con su tono norteño inconfundible.

-¡Médico!, ¡Creo que ora sí ya me desgracié mi dedo!

-Vamos a ver Pita, ¿pues qué te hiciste ?

Quité los trapos.

-No, pues sí, sí te lo fregaste, Pita.

Ese fue mi diagnóstico presuntivo y definitivo. Se había dado un certero machetazo en la mano izquierda cortando por completo y de tajo el pulpejo del dedo índice. No era una lesión profunda, ni llegaba hasta el hueso. La verdad es que fue un corte muy bien hecho, pero sin duda requería de un injerto.

-¿Me vas a cortar el dedo?, médico, o ¿qué? ¿tengo remedio?

Insistió El Pita muy serio, muy en su papel de macho.

-Déjame ver Pita, déjame ver qué hacemos.

Decidí no llamar a mi enfermera, seguro estaba cruda y malhumorada. Contuve la hemorragia, lavé su mano y preparé el humilde quirófano rural. Acomodé a mi paciente acostado de tal manera que pudiera yo trabajar en su mano y en una parte de su cuerpo de dónde sacar un colgajo de piel. Improvisé un crucifijo con madera y como un Cristo acosté a mi paciente y decidí sacar el colgajo de su barriga, sólo porque era para mí lo más cómodo y al fin que ahí tenía un montón de piel y, de todas maneras, no iba a usar bikini. Utilicé su brazo derecho para pasarle medicamentos por una vena. Acerqué una lámpara, sedé a mi paciente y como ayudante, pues ahí estaba el gato en un rincón de mi escenario.

-No vas a sentir nada Pita, ponte flojito y cuenta hasta veinte.

Empuje el émbolo de la jeringa y mi paciente quedó dormido. Coloqué mis campos quirúrgicos y comencé a trabajar con mucho cuidado en su barriga; arriba del ombligo obtuve un buen pedazo de piel que deposité en un riñón con solución salina. Preparé su índice izquierdo con cuidado. Trabajaba poniendo mucha atención porque, siendo zurdo, soy bastante torpe con las manos. Tomé con mis pinzas el pedazo de tejido y lo lleve desde la mesa de instrumentos, donde estaba el riñón, hasta su panza donde había puesto mis campos y tenía su mano. Pero el tejido ya no estaba. Sería la desvelada, la depresión, lo viejo de mis instrumentos o lo torpe de mi mano izquierda, lo cierto es que el tejido yacía en el piso de mi quirófano.

Voltee a ver al gato, el gato hizo lo mismo, los dos miramos el tejido que –asustado- nos miraba desde el suelo. Fue como un duelo en una calle del oeste americano, traté de desenfundar mi pistola y dispararle con destreza a mi enemigo, pero el gato fue más rápido y con un ágil movimiento se llevó el pedazo de barriga de El Pita hasta un rincón de mi quirófano. Me quedé viendo a mi paciente y me senté en mi banco giratorio de metal.

-¿Y ora que hago con este güey?

Hice una pausa.

-No, pues ya tiene dos agujeros, uno que se hizo él por pendejo y otro que le hice yo, pues por lo mismo ¿Le hago otro?

Tomé su dedo índice con mucho cuidado y poco a poco, lo fui cosiendo a su barriga. Al fin que dentro de dos semanas ya se habría vascularizado bien y de ahí podría sacar algún colgajo. Cuando despertó El Pita quedó perplejo al ver su dedo pegado, cosido a su panza.

-¿…y ora?

No contesté. Lo senté y vendé su brazo y su mano contra su barriga.

– No te preocupes Pita, en quince días te opero otra vez y quedas peor que nuevo.

Una vez recuperado, más de la sorpresa que de la anestesia, se fue a su casa utilizando sólo un brazo, no muy convencido, como yo tampoco estaba, de que iba a funcionar mi experimento. Tal vez pensaba que le estaba devolviendo la “carrilla” de la borrachera por la que habíamos transitado la noche anterior. Limpié bien mi tiradero y me fui a mi casa. El gato se quedó degustando el desayuno.

Sabia decisión

César Raúl González Bonilla

 

En aquella lejana comarca, el sabio rey quería que todos sus súbditos fueran felices. Al final de los partidos, la mitad de los espectadores siempre quedaban descontentos. Por eso ordenó que cada jugador tuviese un balón y mandó quitar las porterías. Se ocasionaron sanguinarias luchas a muerte porque cada jugador quería quedarse con todos los balones. Entonces, en el reino de la anarquía todos espectadores fueron felices.

La mirada del fantasma

César Raúl González Bonilla

Es la mirada de mi fantasma no quiere retirarse, me espía durante el día y me acosa por las noches. Llega agazapado y silencioso como un cuervo que quiere alimentarse de mi vientre.  Un día lo atrapé por la espalda y le hundí un cuchillo por el cuello.  Terminé con el espectro, pero no sirvió de nada porque sus ojos me persiguen. Dicen que maté a mi madre y que por eso  estoy aquí, en esta celda de concreto; pero no es cierto, es el fantasma que me mira desde dentro.

El taller del artesano

César Raúl González Bonilla

El artesano trabajaba con materiales sencillos, imaginación y habilidad de manos. Era el mejor hacedor de demonios y su taller el más solicitado. Todas las noches, a la luz de una vela, puntada a puntada, confeccionaba demonios y fantasmas a la medida de los temores de los clientes. Luego los cosía a sus cuerpos y sombras con tal perfección que, los fantasmas solían morir  junto con el cadáver de sus dueños.  Una noche,  cierto demonio se desprendió de la sombra y  quedó solo entre los vivos. Lo invadió tal amargura que inconsolable vistió al artesano, lo tomó por cuello y juntos se perdieron en el fuego de la vela.

Una tarde cualquiera

César Raúl González Bonilla

El tráfico del viernes fluía con dificultad por las viejas arterias de la ciudad, empujando el espeso tedio del fin de semana hacia el caserío de la colonia popular. El joven ratero escudriñaba distraído la pequeña mochila recién arrebatada a la obrera. Entre el lápiz labial y los pañuelos desechables encontró el sobre que contenía el pago semanal que había recibido la muchacha esa mañana. El microbus se detuvo de repente y lo abordaron cinco adolescentes de mirada perdida. Desde los aullidos de los depredadores y el silencio del rebaño una mano pestilente jaló con violencia las correas, los músculos del joven no pensaron nada y con un reflejo apretaron con fuerza el tesoro contra el pecho. Fue como una convulsión, una sacudida. Se escuchó un disparo y el trueno vistió la tarde de gris y rojo en el horizonte del poniente cuando la obscuridad de pronto lo envolvió todo.

Abundancia

César Raúl Gonzáalez Bonilla

En el reino de Abundancia el soberano ordenó que cada jugador tuviese tres balones. La felicidad inundó todos los corazones y ya no hubo espacio para las fantasías.
 
 
 
 
 
 
 

El soberano del reino de Abundancia decretó que cada jugador tuviese tres balones, lo que generó una gran felicidad en todos los corazones y eliminó cualquier espacio para fantasías. La decisión transformó el ambiente, promoviendo la alegría y la satisfacción entre los habitantes del reino.

Seguimiento de contactos

César Raúl González Bonilla

En mi servicio de epidemiología de la clínica pública, yo estaba a cargo de estudiar las enfermedades infecciosas, seguir la pista de los microbios y desenmarañar los entramados que transmiten tantos males entre las personas. Aquel enorme obrero de las manos endurecidas, entró a mi consultorio caminando como un gran oso gris amenazante. Me hundí instintivamente en mi sillón. Afuera se quedó su joven esposa esperando mi diagnóstico. Vestido con su grasiento overol de mezclilla azul, se sentó muy serio, taciturno casi, en la silla del paciente. Su bigote negro como la noche, se movió apenas cuando comenzó su historia con su voz de bajo profundo, rebotando su mirada contra el suelo: “Doctor, cualquiera tiene una borrachera”. Después de interrogar y explorar sus intimidades, llegué a la conclusión de que había sido contagiado por otro de su género. Ello me permitió desenredar el hilo, seguir la pista de los microbios y tratarlo contra la sífilis. ¡Ah¡ y también a su compadre y a su esposa porque, después de todo, cualquiera puede tener una borrachera.

 

 

Un obrero acude al consultorio tras una «borrachera» y resulta diagnosticado con sífilis adquirida de otro hombre. La confesión indirecta permite al médico desenredar la red de contactos sexuales y tratar también a su esposa y a su compadre. Un relato breve y sarcástico que muestra la importancia del seguimiento epidemiológico y deja entrever las…