Morir de soledad

César Ra{ul González Bonilla

El silencio también mata

El paciente del cuarto 204 escuchaba voces y veía personas que sólo existían en su sien derecha. Sostenía largas conversaciones con la nada, reía, discutía acaloradamente y peleaba contra el aire. No era violento, pero alguna vez fue necesario enfundarlo en una camisa de fuerza. Los médicos volcaron sobre él toda su ciencia; a base de corriente de electrones y fármacos multicolores, las voces en su cabeza se fueron de manera repentina. Entonces, el paciente del cuarto 204 dejó de hablar y se adentró en un estado de profunda tristeza y melancolía. Otro tratamiento para devolver la química del entusiasmo a su cerebro fue totalmente inútil. Se sentó en la orilla de la cama, con su bata blanca y sus pies descalzos, mirando fijamente a la puerta con sus ojos ausentes, como esperando que alguien entrara. Así permaneció por días y luego por semanas, hasta que sus pulmones se negaron a respirar

Mi maletín viejo

César Raúl González Bonilla

(Fragmento)

Llegué a la clínica rural y abrí mi consultorio. Estaba solo y no había nada qué hacer el domingo en la mañana, por eso me dispuse a leer mi libro de microbiología, sin poner mucha atención, sólo para dejar que pasara el tiempo. Dormitaba recordando las hileras de cervezas que desfilaron por nuestra mesa la noche anterior, me arrullaban los maullidos del gato al que mi enfermera alimentaba todos los días en el patio trasero. Esa mañana había estado merodeando al rededor de la pequeña clínica buscando a su benefactora también por la puerta de enfrente.

No esperé mucho a que algo sucediera. Serían como las diez cuando entró a mi consultorio un ranchero de sombrero ancho con la mano izquierda enredada en unos trapos ensangrentados. Entró por la puerta de enfrente y detrás de él se escabulló también el gato. No intenté sacar al gato de la clínica, tenía temor de perder el tiempo y correr el riesgo de ver al paciente desangrarse, así que me dediqué al ser humano y el gato se quedó adentro. Después de todo, se echó en un rincón -sin estorbar- agazapado.

¿Mi paciente?, se trataba de El Pita, un ranchero grande de estatura y cuñado de la Concha Rocha con el que había estado brindado la noche anterior. El mismo que me había recomendado que me robara a mi novia aquella noche. Estaba sereno, pero pálido. Sin perder la compostura me dijo muy macho, con su tono norteño inconfundible.

-¡Médico!, ¡Creo que ora sí ya me desgracié mi dedo!

-Vamos a ver Pita, ¿pues qué te hiciste ?

Quité los trapos.

-No, pues sí, sí te lo fregaste, Pita.

Ese fue mi diagnóstico presuntivo y definitivo. Se había dado un certero machetazo en la mano izquierda cortando por completo y de tajo el pulpejo del dedo índice. No era una lesión profunda, ni llegaba hasta el hueso. La verdad es que fue un corte muy bien hecho, pero sin duda requería de un injerto.

-¿Me vas a cortar el dedo?, médico, o ¿qué? ¿tengo remedio?

Insistió El Pita muy serio, muy en su papel de macho.

-Déjame ver Pita, déjame ver qué hacemos.

Decidí no llamar a mi enfermera, seguro estaba cruda y malhumorada. Contuve la hemorragia, lavé su mano y preparé el humilde quirófano rural. Acomodé a mi paciente acostado de tal manera que pudiera yo trabajar en su mano y en una parte de su cuerpo de dónde sacar un colgajo de piel. Improvisé un crucifijo con madera y como un Cristo acosté a mi paciente y decidí sacar el colgajo de su barriga, sólo porque era para mí lo más cómodo y al fin que ahí tenía un montón de piel y, de todas maneras, no iba a usar bikini. Utilicé su brazo derecho para pasarle medicamentos por una vena. Acerqué una lámpara, sedé a mi paciente y como ayudante, pues ahí estaba el gato en un rincón de mi escenario.

-No vas a sentir nada Pita, ponte flojito y cuenta hasta veinte.

Empuje el émbolo de la jeringa y mi paciente quedó dormido. Coloqué mis campos quirúrgicos y comencé a trabajar con mucho cuidado en su barriga; arriba del ombligo obtuve un buen pedazo de piel que deposité en un riñón con solución salina. Preparé su índice izquierdo con cuidado. Trabajaba poniendo mucha atención porque, siendo zurdo, soy bastante torpe con las manos. Tomé con mis pinzas el pedazo de tejido y lo lleve desde la mesa de instrumentos, donde estaba el riñón, hasta su panza donde había puesto mis campos y tenía su mano. Pero el tejido ya no estaba. Sería la desvelada, la depresión, lo viejo de mis instrumentos o lo torpe de mi mano izquierda, lo cierto es que el tejido yacía en el piso de mi quirófano.

Voltee a ver al gato, el gato hizo lo mismo, los dos miramos el tejido que –asustado- nos miraba desde el suelo. Fue como un duelo en una calle del oeste americano, traté de desenfundar mi pistola y dispararle con destreza a mi enemigo, pero el gato fue más rápido y con un ágil movimiento se llevó el pedazo de barriga de El Pita hasta un rincón de mi quirófano. Me quedé viendo a mi paciente y me senté en mi banco giratorio de metal.

-¿Y ora que hago con este güey?

Hice una pausa.

-No, pues ya tiene dos agujeros, uno que se hizo él por pendejo y otro que le hice yo, pues por lo mismo ¿Le hago otro?

Tomé su dedo índice con mucho cuidado y poco a poco, lo fui cosiendo a su barriga. Al fin que dentro de dos semanas ya se habría vascularizado bien y de ahí podría sacar algún colgajo. Cuando despertó El Pita quedó perplejo al ver su dedo pegado, cosido a su panza.

-¿…y ora?

No contesté. Lo senté y vendé su brazo y su mano contra su barriga.

– No te preocupes Pita, en quince días te opero otra vez y quedas peor que nuevo.

Una vez recuperado, más de la sorpresa que de la anestesia, se fue a su casa utilizando sólo un brazo, no muy convencido, como yo tampoco estaba, de que iba a funcionar mi experimento. Tal vez pensaba que le estaba devolviendo la “carrilla” de la borrachera por la que habíamos transitado la noche anterior. Limpié bien mi tiradero y me fui a mi casa. El gato se quedó degustando el desayuno.

Recobrar la libertad

César Raúl González Bonilla

Una vez sedado, las arrogantes manos enguantadas de los médicos le insertaron un tubo en la garganta, luego le introdujeron una sonda que encontró su camino por la nariz hasta el estómago, después otra que viajó a través de la uretra a su vejiga y una más que, por el interior de una vena del pecho, llegó hasta la intimidad del corazón. En el cuarto del hospital el rítmico bip del monitor y el cadencioso silbido del aire entrando y saliendo de los pulmones a fuerza de una máquina, rezaban la interminable letanía de la insolencia, mientras cinco frascos vigilantes, colgados en un porta sueros de acero inoxidable, contaban los segundos gota a gota. Desnudo y frágil, sumergido en sus líquidos corporales y privado de la libertad de decidir, yacía aquel despojo obligado a respirar por la necedad de la ciencia. En la penumbra, a la hora del final aplazado, en el jardín los capullos estallaron liberando miles de mariposas que invadieron la distancia; entonces, el cadáver se levantó de su cama, arrancó los tubos de su cuerpo, se acostó de nuevo y expiró tranquilamente.

 

Una promesa

César Raúl González Bonilla


A mi padre.
Raíz de mi todo, espejo de mi mismo, el mejor de los ejemplos y el peor de mis fantasmas.

En la sala de exámenes profesionales, los cinco sinodales han estado deliberando más de una hora y no se ponen de acuerdo. Dos de ellos están convencidos de que el sustentante no tiene las cualidades para ser médico; en tanto que otros dos lo respaldan, más porque lo conocen y saben que trabajó muy duro para terminar su carrera, que por la solidez con la que defendió su tesis. El quinto sinodal, el inmigrante español, está confundido, escucha los argumentos de uno y otro lado, girando como una veleta y simplemente, no sabe qué hacer. El alumno tiene madera, pero hay algo en la destreza del muchacho que no le satisface al maestro.

El examen profesional se encuentra al final de la segunda parte, el escrutinio fue minucioso, profundo como una autopsia y la discusión se prolongó tanto, que ya cayó la noche del miércoles 14 de noviembre de 1951 en el aula que se encuentra en la calle de Cedro y Salvador Díaz Mirón. Ese año Adolfo Ruiz Cortines dejó la Secretaría de Gobernación en el gabinete de Miguel Alemán, para emprender su campaña presidencial como candidato del Partido Revolucionario Institucional, Pedro Infante y Luis Aguilar invaden los cines, vestidos de agentes de tránsito en ¡A toda máquina! y la guerra de Corea se encuentra en un punto álgido. En Nueva York apenas se inauguró la sede de la ONU, mientras se establece el mando general de las fuerzas de la OTAN en Francia y los Estados Unidos juegan a realizar pruebas nucleares con una bomba de un kilotón que estallan en Nevada, inaugurando estruendosamente la guerra fría.

Nada de esto preocupa al joven pasante, pues tiene cosas más importantes en que pensar. Apenas ayer tuvo lugar la primera fase del examen, consistente en la exploración de sus habilidades prácticas. Desde temprano, se presentó con los profesores en el hospital, con su bigote recortado e impecablemente vestido con su saco y pantalón blancos. Uno por uno, los maestros lo llevaron a algún pabellón y le presentaron a un paciente, con el que debió demostrar su habilidad clínica.

En tanto que él trataba de obtener la mayor cantidad de información útil, la avalancha de preguntas se desprendía desde las rígidas miradas de los examinadores, ¿Cuál es su diagnóstico? ¿Qué maniobra de exploración debe usted realizar? ¿Hay algún diagnóstico diferencial que debe tener en cuenta? ¿Qué tratamiento daría usted, doctor?

Los primeros tres pacientes no representaron gran problema, un caso de sarampión, un embarazo gemelar y un caso de sífilis secundaria. En aquel entonces, los buenos clínicos decían que “el que sabe sífilis, sabe medicina”. La penicilina, descubierta en 1928, apenas comenzó a comercializarse, seis años antes y todavía había muchos pacientes con manifestaciones tardías de ésta, que se conocía como la enfermedad de las mil caras.

Sin embargo, el último paciente, es un verdadero crucigrama, el profesor de neumología es un inmigrante español que llegó a México en 1942, expulsado por la guerra civil que llevó a Francisco Franco al poder. Se trata de un clínico forjado en la escuela francesa: por lo tanto, conoce profundamente la propedéutica. El paciente tiene tuberculosis, es un problema frecuente que seguramente será controlado en pocos años, porque ya existe la estreptomicina, pero todavía no llega a todos los enfermos. Cuando Albert Schatz, estudiante graduado de Abraham Waksman, descubrió el antibiótico siete años antes, el distinguido profesor vio el tremendo potencial económico del antibiótico y decidió no compartir la gloria y las ganancias con nadie, primero persuadió a Schatz para que juntos convencieran a Elizabeth Bugie, la segunda autora del reporte publicado en el Proceedings de la Society of Experimental Biology and Medicine en 1944, para que renunciara a los derechos de la patente, sólo porque, al ser mujer, pronto se casaría, tendría hijos y no necesitaría el prestigio científico. El ambicioso profesor después traicionará a su alumno y recibirá –solo- el premio Nobel al año siguiente. En tanto que los egos se enfrentan en combate, la estreptomicina no llega a los pacientes y las bacterias devoran los tejidos de los infortunados enfermos, produciendo cavidades en sus pulmones.

El diagnóstico no es difícil, pero el profesor pretende que el alumno delimite una caverna mediante percusión. El pasante tamborilea su índice derecho contra los dedos de la mano izquierda, que se extienden presionando la espalda del paciente, que se encuentra sentado. Es inútil porque no alcanza a escuchar ninguna diferencia en el sonido que produce. A pesar de que el joven tiene un excelente oído musical, no puede precisar las notas del claro pulmonar, el timpanismo o la matidez.

El alumno terminó la carrera en 1949, pero le tomó dos años hacer el servicio social y concluir su trabajo de tesis. Ahora se encuentra en el pasillo, fumando y dando vueltas como un tigre enjaulado, esperando el dictamen. En su casa su esposa también espera, pues se encuentra en su segundo embarazo de la que será su hija y llevará su nombre. Sólo dos personas acudieron al examen profesional, su cuñado Gilberto y su concuño Othón, los dos jóvenes platican y tratan de animar al sustentante, pero él tiene sus pensamientos en otro lugar y en otro tiempo.
Todo comenzó en Motul, una pequeña población treinta y tres kilómetros al noreste de Mérida, que se encuentra en la interminable llanura, cálida, plana y rocosa, donde apenas se asoman escasos manchones selváticos de ceibas y chechenes blancos, que se alimentan del agua que sólo corre en el subsuelo. Motul se encuentra en el corazón de la zona henequenera de Yucatán y la población se dedica a la elaboración tradicional de hilos, tal y como lo aprendieron los mayas, miles de años atrás. A mediados del siglo XIX, la fabricación de hilos se convirtió en una industria próspera y el henequén se transformó en el “oro verde” de la península. De tal manera que fue la fuente principal de tejidos y de fibra natural en el mundo. Las haciendas, entonces, ingirieron grandes extensiones de tierra, aprovechando la mano de obra campesina y maya.
La riqueza germinó y la blanca Mérida floreció, llenándose de enormes casonas de estilo francés en el Paseo Montejo, todas propiedad de los ricos hacendados. Las jóvenes mestizas vestían sus sencillos hipiles de una pieza de blanca tela de algodón, adornada con elegantes bordados alrededor del escote y a la orilla del vestido, pero lo más importante del atuendo eran los múltiples collares y pulseras de oro. La clase alta de los hacendados requería de actividades culturales, de arte y música. En las vaquerías, el baile era amenizado al son de la jarana y abundaban, la chaya con huevo, el puchero de gallina, el pipián de venado, la yuca con miel y la calabaza melada.
Sin embargo, mientras los terratenientes y los pequeños comerciantes acumulaban abundancia, el campo se llenaba de miseria. Las diferencias entre las clases sociales se hicieron muy hondas y Motul era una población aletargada por el calor, embrutecida por el Xtabentún y abstraída en la calma de rutina diaria, donde todos se conocían y desarrollaban lazos de afecto.
Ahí creció la familia Carrillo Puerto. Felipe, el segundo de catorce hijos de Justino y Adela, desde muy joven aprendió el idioma maya y después de haber sido leñador y ferrocarrilero, se dedicó al periodismo y al autoimpuesto oficio de defensor de los indígenas mayas. En 1913, se unió a las tropas zapatistas, pero fue perseguido y se exilió en Nueva Orleans, donde trabajó como estibador, hasta que encontró la manera de regresar a las filas de Emiliano el año siguiente. En 1915 retornó a Yucatán como un convencido socialista. Felipe sabía que, en tanto que se promulgaba la Constitución Mexicana, Lenin llegaba a la estación Finlandia de Petrogrado, tras atravesar Alemania en un vagón blindado, tratando desesperadamente, de alcanzar a la revolución de octubre. La primera guerra mundial, la guerra de las trincheras, estaba en un punto muerto, los desgastados ejércitos en Europa eran víctimas del gas mostaza y los grandes movimientos de ejércitos y refugiados gestaban la primera gran epidemia del siglo XX, La influenza, que llegó al Continente Americano en 1918, comenzó en los campos militares de los soldados que regresaban del viejo continente. Así, el primer caso se presentó en el Fuerte Riley en Kansas y se diseminó con la fuerza de un incendio forestal, causando alrededor de 20 millones de víctimas en el mundo.
En plena efervescencia del nacionalismo revolucionario en México, el Primer Congreso Obrero, convocado por el Partido Socialista de Yucatán, se realizó en la ciudad de Motul, en marzo de 1918. La revolución alcanzó a la península, el pequeño pueblo despertó de su modorra provinciana y comenzaron tiempos violentos. De tal manera que Felipe llegó a gobernador interino en 1918 y confirmó su cargo a través de las urnas en 1921, apoyado por el Partido Socialista del Sureste.
Este caudillo era mucho más peligroso que Zapata o Villa, porque tenía muy claro qué camino debiera seguir la revolución. Sin embargo, la pequeña burguesía hecha gobierno tenía otras aspiraciones. A pesar de haber realizado múltiples obras sociales, el líder se fue quedando aislado entre intrigas y traiciones, acompañado sólo por los muy leales y, en los últimos cuatro meses de su travesía, tuvo tiempo de vivir un amor imposible con la periodista Alma Reed, a quien mandó componer la canción Peregrina.

El sueño terminó en 1923, durante los turbulentos años del gobierno de Álvaro Obregón, Felipe apoyó la candidatura de Plutarco Elías Calles, que se convertiría en el Jefe Máximo de la Revolución y envió todas sus tropas para aplacar la rebelión de Adolfo de la Huerta, dejando la Ciudad de Mérida indefensa. En Motul los indígenas no querían escuchar más palabras; se cansaron de pedir alimentos pacíficamente y comenzaron a romper las puertas de las tiendas y saquearlas. La guerra civil llegó a Motul dejando cadáveres en las calles, olor a muerte y decenas de cuerpos inanimados, ahorcados en las esquinas del otrora pacífico pueblo. Por eso fue sencillo que los rebeldes De la Huertistas llegaran a poner orden mediante la Ley Marcial. El líder socialista, sin armas y sin ejército huyó, fue apresado, juzgado y ejecutado el tres de enero en el Panteón Civil de Mérida junto con trece de sus camaradas, entre los cuales se encontraban sus hermanos Wilfrido, Edesio y Benjamín.

Como siempre sucede, el huracán golpeó con más fuerza a la gente común, afectando su vida cotidiana. Poco antes de que apresaran a Felipe y tomara el control el ejército de Adolfo de la Huerta, Don Leovigildo era un próspero comerciante que tenía una carnicería, una panadería y una miscelánea en Motul. Una noche, recién había obscurecido, cuando escuchó con sobresalto como la turba de indígenas trataba de echar abajo la puerta de su tienda. Sin dudarlo mucho, abrió las puertas y distinguió los enfurecidos rostros de ojos rasgados de los mayas, apenas alumbrados por unas antorchas con las que pretendían saquear la tienda y quemarla, si fuese necesario. Sin decir mucho, el comerciante no perdió la calma, entregó los costales de maíz a la multitud, los gritos cesaron y el hormiguero se alejó en silencio, quedando la empedrada calle, tan silenciosa como siempre.

Esa misma noche el comerciante habló con su esposa Victoria, empacaron lo más que pudieron de sus pertenencias y decidieron huir todos a Mérida. Su hijo Federico no estaba dispuesto a irse solo, había estado pretendiendo a Nelia, una niña adolescente de apenas quince años, a quien veía a escondidas después de la misa del domingo y le mandaba ardientes cartas de amor a través de sus amigas. Don Sabas Alpuche le había prohibido acercarse a su hija, pues no veía ningún porvenir el joven que pasaba el tiempo ayudando a su padre en la carnicería.

En tanto que el resto de la familia preparaba el equipaje mínimo, Federico fue a la casa de Don Sabas, sigilosamente tocó en la ventana de la joven y susurrando le explicó lo sucedido y, sin más, le propuso que se fuese junto con ellos para Mérida. La niña no lo dudó mucho, quedaron de verse a media noche, juntó su ropa, hizo un bulto con una sábana y esperó impaciente la media noche. Mientras sus padres y sus hermanas dormían, en la obscuridad se deslizó por los pasillos de la casa, llegó al corral donde se encontraban los animales, salió a la calle y, como no pudo cerrar el portón por fuera, lo dejó atrancado con una piedra.

Cuando la familia estuvo lista para partir en dos carrozas, la joven ya se encontraba sentada al lado de Federico, de tal manera que Don Leovigildo, los miró a los dos y sólo balbuceó una maldición en maya

-¡Yax káakbach!, muchacho choko pool

Se subió a la carroza, azuzó suavemente a los caballos, que comenzaron a trotar rumo suroeste, dejando una estela de sonar de castañuelas, que se perdió en la obscuridad de la noche. Una hora después, Pedro Dzul Canul, vecino de Don Sabas le avisó que sus animales, caballos, mulas y gallinas estaban todos en la calle. La familia Alpuche se levantó y dedicó la madrugada a perseguir gallinas por las calles empedradas, cuando todos los animales estuvieron en el corral, el severo Don Sabas cayó en cuenta que le hacía falta la más joven y preciada de sus potrancas, su hija.

La familia de Don Leovigildo, por su parte llegó a la casa de un pariente lejano, conocido como el cura González, que vivía cerca de la calle de Flor de Liz. Siendo hombre de honor, el comerciante dejó a la niña Nelia en depósito, en la casa de su prima Epifania. A los pocos días, Federico y su padre hicieron un viaje rápido a Motul, acompañados por el cura González y la prima Epifania para pedir perdón a Don Sabas. La plática fue tensa, pero el cura González era un hábil negociador y, después de varios cigarrillos, Don Sabas otorgó su consentimiento para que la pareja se casara, cerrando el trato con un trago de Xtabentún. Una vez cumplida la sencilla boda en Mérida, que por supuesto ofició el cura González, a Federico le cayó encima la brusca realidad. De pronto se encontró, sin preparación, sin oficio, sin trabajo y con una esposa que mantener. Por esto, un amigo, le recomendó que visitara al Dr. Góngora Triai en Puerto Progreso, quien requería de un farmacéutico.

Por su parte, una vez que las aguas comenzaron a sosegarse, Don Leovigildo comenzó a viajar regularmente a Motul para atender sus negocios. Primero regresaba a Mérida una vez por semana, después cada dos semanas, más tarde una vez al mes, hasta que un día ya no regresó con su esposa Victoria, se quedó en Motul cuidando sus negocios, a sus dos amantes y se desvaneció en el tiempo. Federico, en cambió, se trasladó a Puerto Progreso y en octubre de 1924 tuvo a su primer hijo, a quien puso el nombre de Wilfrido, en memoria de su amigo de la infancia, fusilado apenas el año anterior al lado de su hermano Felipe Carrillo Puerto.

Federico resultó ser un excelente farmacéutico, pues era meticuloso y organizado. Tenía una libreta en la que anotaba con mucho detalle la sintomatología de los pacientes y las fórmulas magistrales de los médicos. De tal manera que escribió su propio tratado de Medicina Interna y al poco se convirtió en el doctorcito, más por su corta estatura que por su juventud, y desde entonces ejerció el oficio de curandero.

Todos los mediodías, Wilfrido salía a recibir a su padre, cuando escuchaba el retintín ocasionado por el chocar de las botellas, que el farmacéutico siempre cargaba en su saco blanco, que como cascabeles anunciaban su llegada. Después de comer y dormir la siesta recostado en una hamaca, se dirigía nuevamente a la farmacia con el tintineo de las bolsas de su saco blanco.

Fueron días felices los de la infancia del niño Wilfrido en Puerto Progreso, ahí cursó la escuela primaria y pasaba las tardes jugando a la pelota en las calles de la ciudad, mientras las señoras preparaban chocolate con agua y se sentaban a beberlo muy caliente a sorbitos, en la puerta de sus casas, de altísimos techos, para tomar el sereno, agitar rítmicamente los abanicos, conversar sobre los vecinos y apaciguar un poco el tremendo calor.

A partir de 1924, comenzó una nueva etapa de calma, prosperidad y crecimiento de la industria henequenera, proveyendo de trabajo a Yucatán. Pero ya se gestaba otro desastre mundial que empujaría nuevamente a la familia a emigrar y buscar otros horizontes. El primer golpe al oro verde y a toda la economía yucateca vino, como casi siempre, de los Estados Unidos. El principio de esa década se caracterizó por el consumismo y la exaltación del modelo de vida americano. El capitalismo se consolidó, creyendo que la opulencia brotaría del cuerno de la abundancia. Efectivamente, se vigorizaron nuevos sectores productivos, pues nacieron la industria eléctrica, la química, la petroquímica, la aeronáutica, la automotriz, el cine y la radiofonía, pero en muchas regiones del mundo, el campo se deterioró gradualmente, ocasionando que incontables campesinos vendieran sus tierras para emigrar a las ciudades. A partir de entonces, el desarrollo no sustentable nos ha encadenado a depender irremediablemente del petróleo y la electricidad como fuentes de energía.

A fines de la década, la prosperidad basada en el desarrollo industrial, pasó a depender de las orgías especulativas en Wall Street. El 24 de octubre de 1929, el jueves negro, la Bolsa de Nueva York quebró y la crisis arrasó con el sistema bancario, la industria, el comercio y el agro norteamericanos. La Gran Depresión tuvo consecuencias globales, pues frenó las exportaciones de muchos países, con lo que disminuyó el comercio mundial. En Europa, la inflación, la falta de empleo, el Tratado de Versalles y la especulación financiera, fueron el caldo de cultivo en el que germinó la xenofobia y el nacional socialismo que llevó a Adolfo Hitler al poder en 1933. Al no haber exportaciones de henequén, la espina dorsal de la economía en Yucatán se fracturó y la sociedad entera se paralizó porque el trabajo comenzó a escasear. Por eso Federico, decidió trasladarse a Mérida, donde el poder adquisitivo de la clase media todavía le permitía acudir al médico o directamente a la farmacia, en busca de algún remedio para sus enfermedades.

Llegaron a una casona verde en la esquina de las calles 65 con 59, cerca del centro. Ahí el niño Wilfrido, que tenía alrededor de 11 años, comenzó a ocupar las tardes en estudiar piano. Su maestra, una mujer solterona que había estudiado el instrumento en Francia, de inmediato notó el gusto y talento que tenía el pequeño. Federico, por su parte, quería que su hijo fuese músico, lo imaginaba concertista porque veía en el niño, el oficio que él mismo nunca pudo ejercer. Armando, su hermano mayor era un excelente pianista, al que hacía tiempo Mérida le había quedado chica y había emigrado a la Ciudad de México.

La familia no vivió mucho tiempo en Mérida porque las conmociones del mundo externo obligaron a la familia a expatriarse nuevamente. En 1938, el oro verde recibió el segundo golpe, que fue el tiro de gracia definitivo. Esta vez también proveniente de los Estados Unidos. Aunque Wallace Hume Carothers había inventado el neopreno desde 1924, fue en la Feria Mundial de Nueva York en 1938, que la empresa DuPont presentó el Nylon, la fibra milagrosa, que lleva en el nombre las iniciales de esta ciudad y comenzó a producirla comercialmente en 1939. Si bien, el producto más exitoso fueron las medias, que revolucionaron la moda y el erotismo del Siglo XX, las mujeres apenas pudieron probar su belleza porque el gobierno de los Estados Unidos destinó toda la producción de Nylon para uso militar, cuando se enganchó en la segunda Guerra Mundial.

Hacia 1937, tres hermanos de Federico ya habían emigrado a la Ciudad de México. Felipe, quien nunca se casó; Armando, que estaba en su segundo matrimonio y Alfredo, que entonces ya estaba consumiendo a su tercera pareja. En Mérida las cosas no marchaban bien con Federico. Las carencias se acumulaban y la pareja tenía que mantener a tres hijos. Por otro lado, requerían alejarse de ese lugar que les traía muy malos recuerdos, pues el segundo de sus hijos había fallecido atropellado por un tranvía. Tal vez, más por este último hecho que por los problemas económicos, Federico decidió vender todos sus bienes y reunirse con sus hermanos en la Ciudad de México.

Prepararon nuevamente su equipaje, se subieron a un camión que los llevó a Puerto Progreso, tomaron el barco Emancipación que en sesenta horas los llevó al puerto de Veracruz y ahí tomaron el tren que llegó a la ciudad, atravesando las Cumbres de Maltrata por una vía angosta. La familia de Federico llegó a la casa de su hermano Alfredo el primero de enero de 1938, ubicada en una vieja casa en Doctor Lucio 148 interior 48, que Alfredo compartía con Julia Romero, su esposa en turno y al poco tiempo la familia se trasladó a una vecindad casi enfrente, situada en Dr. Navarro 106 interior 27.

Apenas habían desempacado sus escasas pertenencias, cuando Federico tomó de la mano al niño y lo llevó al Conservatorio Nacional de Música, que entonces se encontraba en la calle de Moneda 16, a unas cuantas cuadras del Zócalo capitalino. Se escurrió por los pasillos y logró entrevistarse con Manuel María Ponce quien al escucharlo, no dudó lo en aceptarlo como alumno. Así, el niño Wilfrido de 13 años, recién había terminado la escuela primaria y ya estaba estudiando piano en el Conservatorio. Era el estudiante más adelantado en las clases de ejecución del instrumento. Se sentaba frente al piano y sus pequeñas manos volaban presto vivace a través del teclado. Por las tardes, seguía practicando en un piano vertical antiguo con una increíble capacidad acústica, que pertenecía a su tío Armando. El gusto por la música le perduró por siempre, pero los deseos de ser pianista se fueron evaporando larguisimo adagio cuando se enfrentó a las clases de solfeo, composición y armonía.

Un día, el adolescente llegó a la puerta del Conservatorio con su cuaderno pautado, pero después de tres minutos de permanecer en el umbral, dio media vuelta y comenzó a caminar sin rumbo por el centro de la ciudad. Al día siguiente hizo lo mismo y al tercer día ya tomó un camino contrario al Conservatorio. Pasaba el día sentado en alguna banca de la Alameda Central, jugando rayuela o futbol y buscando la manera de escabullirse al interior de algún cine.

Pero las madres siempre saben lo que sucede a sus hijos, de tal manera que al notar la apatía y el desánimo de Wilfrido, Nelia le avisó a su esposo que sospechaba que el niño había dejado la escuela. Al día siguiente por la mañana Federico fue al Conservatorio y dialogó, uno por uno, con todos los maestros. Por la tarde Federico llegó como siempre, con su bata blanca y con el tintineo de las botellas en sus bolsillos y antes de cenar, preparó la trampa y lanzó el anzuelo,

– ¿Cómo te fue en la escuela?

-Bien, como siempre.

La actitud ausente y desganada del adolescente causó que por primera vez en su vida el farmacéutico experimentase el sentimiento de ira y en un arranque de violencia, cruzó la cara del muchacho con fiereza.

– ¡Mientes! ¡Hace tres meses que no vas al Conservatorio. ¡Hoy estuve ahí y platiqué con tus maestros!

Federico respiró hondo, tratando de recobrar la calma y razonar con el embustero.

– Si te apuras todavía te puedes regularizar y te aceptan de nuevo.

Pero el adolescente no movió un músculo de la cara y dijo con firmeza

– No, yo no quiero ser pianista. Yo quiero ser doctor.

Imposible saber qué imágenes surgieron desde el inconsciente del muchacho, pero su corazón hablaba con la verdad. Quizá fue el retintín ocasionado por el chocar de las botellas que el farmacéutico siempre cargaba en su saco blanco, que como cascabeles anunciaban su llegada.

Federico comprendió que su sueño de ser músico, transportado al más grande de sus tres hijos se había desvanecido. Pero, no creyó que el muchacho tuviese la fuerza de voluntad, la disciplina y la capacidad para abordar una carrera tan larga y dudó de la seriedad de las sus palabras, pues apenas había terminado la escuela primaria.

Bajo el severo escrutinio de su padre, Wilfrido se inscribió en la Escuela Secundaria No. 13, que se encontraba en la avenida Chapultepec. A pesar de haber ingresado ya avanzado el año escolar, terminó la educación secundaria sin problemas y leía sus libros con el mismo gusto, que tenían sus pequeñas manos cuando volaron una vez presto vivace a través del teclado del piano. Sin embargo, su padre y su tío Armando, por ser realidad o como represalia inconsciente porque no lo pudieron hacer músico, consideraban que el muchacho requería de disciplina, por lo que lo inscribieron en la Escuela Rafael Dondé, que tenía un sistema de internado militarizado.

La muerte siempre tiene autorización para llegar cuando le apetece. A veces avisa y otras veces arriba así, de pronto. Corría el año de 1943, cuando terminaban las batallas de Guadalcanal y de Stalingrado, nacía el Instituto Mexicano del Seguro Social y el joven Wilfrido de 18 años, recién regresaba de Michoacán, donde tuvo la oportunidad de presenciar cómo la tierra paría al volcán Paricutín. La familia comenzó el día como siempre, pero de súbito Federico comenzó a sentir falta el aire. Quizá el farmacéutico ya tenía molestias y nunca dijo nada, posiblemente fue una endocarditis o una válvula cardiaca que dejó de funcionar de pronto. Ahora ya no importa, el hecho es que lo llevaron a Hospital Central de la Cruz Roja, que se encontraba en las calles de Durango y Monterrey de la Colonia Roma, alcanzó a ver a sus hijos por última vez mientras se ahogaba, asintió con la mirada cuando Wilfrido le susurró algo al oído y dejó de ser.

La familia se quedó desamparada, Nelia siempre tuvo el papel de ama de casa porque fue educada en Motul para tejer, bordar, cocinar y atender a su esposo. De tal manera que la carga cayó sobre el mayor de los tres hermanos y Wilfrido tuvo que dividir su tiempo entre la escuela y el trabajo. Sin embargo, no fue difícil ingresar a la Escuela Superior de Medicina Rural. Aunque el Instituto Politécnico Nacional se fundó en 1936, comenzó sus actividades ocho años después, cuando la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin y las puertas estaban abiertas para todos los aspirantes, además con una beca de diecisiete pesos mensuales.

El jurado terminó de deliberar. El inmigrante español otorgó su voto aprobatorio, mientras pensaba en Guernica, la ciudad vasca donde se habían refugiado la gente común y las tropas que huían del avance del ejército franquista. Ahí el 26 de abril de 1937, la Legión Cóndor de la fuerza aérea Alemana, ensayaba lo que realizaría durante la Segunda Guerra mundial a partir de 1939 y comenzó el ataque a las 4.30 de la tarde, el cual se prolongó hasta llegada la noche, destruyendo la ciudad por completo. El maestro estuvo ahí y atendió a muchos jóvenes moribundos, que vieron su futuro truncado por la razón de las bombas incendiarias de 250 kilogramos de peso.

El sustentante fue llamado a la sala de exámenes profesionales y el Presidente del Jurado leyó el acta, la cual especificaba que el alumno fue aprobado por tres votos a favor y dos en contra. Dos sinodales abandonaron la sala sin decir una palabra, mientras que los otros tres felicitaron al nuevo médico dándole la bienvenida al gremio. El profesor español, fue el último en felicitar a doctor y lo hizo prometer que ejercería su profesión siempre con limpieza.

-Gracias maestro, tiene usted mi palabra que así será

Gilberto y Othón trataron de animar al nuevo médico, lo felicitaron y lo llevaron a una pequeña cantina en la Avenida México-Tacuba en la que una reluciente sinfonola tocaba un disco de 78 rpm con el Rico Mambo de Dámaso Pérez Prado. Sólo tomaron una cerveza y se retiraron porque Wilfrido, como todos aquellos espíritus que no se permiten cometer errores, sintió que su victoria tenía sabor a derrota.

La mañana del jueves 15 de noviembre de 1951 llegó melindrosa, en tanto que Wilfrido y su esposa Celia se levantaron temprano y desayunaron ligero para cumplir una tarea que quedó pendiente. Para poder llegar hasta el lejano panteón Jardín, el hermano de Celia les prestó un automóvil Fiat del 49. Casi a las diez de la mañana, la pareja llegó al cementerio y, en tanto que la esposa gestante buscaba agua y flores. Wilfrido platicó un rato con su padre y le recordó aquel día cuando alcanzó a ver a sus hijos por última vez, mientras se ahogaba y le susurró al oído la promesa de ser médico.

Dicen que recita el evangelio según Mateo 8: 21-23 lo siguiente:
Otro de los discípulos le dijo: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”
Pero Jesús le dijo: “Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.”
Subió a la barca y sus discípulos le siguieron.

No lo sé porque no soy muy creyente, pero Wilfrido, el hombre común nacido en Puerto Progreso, subió a su nave, quedó en paz con su padre, sus discípulos le siguieron y nunca requirió visitar nuevamente esa tumba.

En un rincón de la sala, en la casa de mi padre, se encuentra el piano vertical antiguo de la increíble capacidad acústica, que perteneció al tío Armando. Espera paciente, callado, lustroso y afinado, que su octogenario líder se atreva a ser niño sólo por un rato, para que sus manos de lo hagan cantar de nuevo.

Etiología

César Raúl González Bonilla

Culparemos primero a las estrellas

por sus influencias impalpables

y su polvo diminuto de la noche.

Luego será cuestión de recriminarle a Dios

sus irritantes amnesias selectivas,

castigos individuales y juicios comunitarios.

Estarán después los diferentes,

expatriados de su género, apenas minorías,

mal que nos envió la constelación de Sagitario.

Reprocharemos al frío o a la obscuridad,

al exceso de aceites o al encanto de la sal,

a los cambios climáticos, a los funcionarios,

a los directores y a los subalternos.

Sin duda, acusaremos a los médicos,

internos o cirujanos, camilleros y enfermeras,

con todo y sus bálsamos o pociones,

tratamientos magistrales, por completo ineficaces.

Será un error de los intrincados

hilos de la casualidad,

de la selección natural de las bacterias

y de todas sus recombinantes.

Por último, será la negligencia del cadáver.

Estará ahí con su exasperante desinterés,

impasible,

formal,

en el apático centro del diagnóstico.

Admisión continua

César Raúl González Bonilla

Soy un cuerpo astillado más

que se incrusta

en la interminable hilada de dolientes.

 

Soy el enfisema que jadea,

la entrada al nosocomio enmascarada,

los puestos sedentarios para siempre.

 

Soy una serpiente que se mueve aletargada

y me conduce a mi derecho a estar enfermo.

 

Hay un aire maloliente,

un sello que me resucita en los papeles,

el registro de llegada, la hoja de ingreso,

la pluma que vocifera en tinta negra,

una silla imaginaria, los asientos ocupados,

el espacio insuficiente, la permuta de bacilos,

el oficio de paciente.

 

Reencarnar en la espera,

en la imprecisión de la esperanza,

en el cardumen perezoso,

en el intento de evitar que lata el corazón

setenta y siete veces por minuto.

 

Una voz metálica arrastra la

imprecisa invocación a mi persona

y así estoy en la introducción al escrutinio.

 

Una enfermera ya me toma la muñeca,

requisito ajeno a la caricia que apacigua.

Ahora soy el desagrado para todos.

 

Yo soy una molestia que camina,

él es un monolito de apatía.

Yo disminuyo en una silla,

él inmóvil escribe en una idea,

Yo fijo sus ojos en las teclas,

él ve la salida que lo lleva hacia el letargo.

Sordo impulsado por la inercia,

mudo que pregunta lo forzoso,

ciego que parece voluntario.

 

Hay afuera once mil caras con tintes afligidos.

Hay que resolver mi caso de inmediato.

Soy la referencia y la contra referencia;

mis entrañas astilladas, simplemente,

una víctima más

de la medicina basada en evidencia.

Seguimiento de contactos

César Raúl González Bonilla

En mi servicio de epidemiología de la clínica pública, yo estaba a cargo de estudiar las enfermedades infecciosas, seguir la pista de los microbios y desenmarañar los entramados que transmiten tantos males entre las personas. Aquel enorme obrero de las manos endurecidas, entró a mi consultorio caminando como un gran oso gris amenazante. Me hundí instintivamente en mi sillón. Afuera se quedó su joven esposa esperando mi diagnóstico. Vestido con su grasiento overol de mezclilla azul, se sentó muy serio, taciturno casi, en la silla del paciente. Su bigote negro como la noche, se movió apenas cuando comenzó su historia con su voz de bajo profundo, rebotando su mirada contra el suelo: “Doctor, cualquiera tiene una borrachera”. Después de interrogar y explorar sus intimidades, llegué a la conclusión de que había sido contagiado por otro de su género. Ello me permitió desenredar el hilo, seguir la pista de los microbios y tratarlo contra la sífilis. ¡Ah¡ y también a su compadre y a su esposa porque, después de todo, cualquiera puede tener una borrachera.

 

 

Un obrero acude al consultorio tras una «borrachera» y resulta diagnosticado con sífilis adquirida de otro hombre. La confesión indirecta permite al médico desenredar la red de contactos sexuales y tratar también a su esposa y a su compadre. Un relato breve y sarcástico que muestra la importancia del seguimiento epidemiológico y deja entrever las…