Una promesa

César Raúl González Bonilla


A mi padre.
Raíz de mi todo, espejo de mi mismo, el mejor de los ejemplos y el peor de mis fantasmas.

En la sala de exámenes profesionales, los cinco sinodales han estado deliberando más de una hora y no se ponen de acuerdo. Dos de ellos están convencidos de que el sustentante no tiene las cualidades para ser médico; en tanto que otros dos lo respaldan, más porque lo conocen y saben que trabajó muy duro para terminar su carrera, que por la solidez con la que defendió su tesis. El quinto sinodal, el inmigrante español, está confundido, escucha los argumentos de uno y otro lado, girando como una veleta y simplemente, no sabe qué hacer. El alumno tiene madera, pero hay algo en la destreza del muchacho que no le satisface al maestro.

El examen profesional se encuentra al final de la segunda parte, el escrutinio fue minucioso, profundo como una autopsia y la discusión se prolongó tanto, que ya cayó la noche del miércoles 14 de noviembre de 1951 en el aula que se encuentra en la calle de Cedro y Salvador Díaz Mirón. Ese año Adolfo Ruiz Cortines dejó la Secretaría de Gobernación en el gabinete de Miguel Alemán, para emprender su campaña presidencial como candidato del Partido Revolucionario Institucional, Pedro Infante y Luis Aguilar invaden los cines, vestidos de agentes de tránsito en ¡A toda máquina! y la guerra de Corea se encuentra en un punto álgido. En Nueva York apenas se inauguró la sede de la ONU, mientras se establece el mando general de las fuerzas de la OTAN en Francia y los Estados Unidos juegan a realizar pruebas nucleares con una bomba de un kilotón que estallan en Nevada, inaugurando estruendosamente la guerra fría.

Nada de esto preocupa al joven pasante, pues tiene cosas más importantes en que pensar. Apenas ayer tuvo lugar la primera fase del examen, consistente en la exploración de sus habilidades prácticas. Desde temprano, se presentó con los profesores en el hospital, con su bigote recortado e impecablemente vestido con su saco y pantalón blancos. Uno por uno, los maestros lo llevaron a algún pabellón y le presentaron a un paciente, con el que debió demostrar su habilidad clínica.

En tanto que él trataba de obtener la mayor cantidad de información útil, la avalancha de preguntas se desprendía desde las rígidas miradas de los examinadores, ¿Cuál es su diagnóstico? ¿Qué maniobra de exploración debe usted realizar? ¿Hay algún diagnóstico diferencial que debe tener en cuenta? ¿Qué tratamiento daría usted, doctor?

Los primeros tres pacientes no representaron gran problema, un caso de sarampión, un embarazo gemelar y un caso de sífilis secundaria. En aquel entonces, los buenos clínicos decían que “el que sabe sífilis, sabe medicina”. La penicilina, descubierta en 1928, apenas comenzó a comercializarse, seis años antes y todavía había muchos pacientes con manifestaciones tardías de ésta, que se conocía como la enfermedad de las mil caras.

Sin embargo, el último paciente, es un verdadero crucigrama, el profesor de neumología es un inmigrante español que llegó a México en 1942, expulsado por la guerra civil que llevó a Francisco Franco al poder. Se trata de un clínico forjado en la escuela francesa: por lo tanto, conoce profundamente la propedéutica. El paciente tiene tuberculosis, es un problema frecuente que seguramente será controlado en pocos años, porque ya existe la estreptomicina, pero todavía no llega a todos los enfermos. Cuando Albert Schatz, estudiante graduado de Abraham Waksman, descubrió el antibiótico siete años antes, el distinguido profesor vio el tremendo potencial económico del antibiótico y decidió no compartir la gloria y las ganancias con nadie, primero persuadió a Schatz para que juntos convencieran a Elizabeth Bugie, la segunda autora del reporte publicado en el Proceedings de la Society of Experimental Biology and Medicine en 1944, para que renunciara a los derechos de la patente, sólo porque, al ser mujer, pronto se casaría, tendría hijos y no necesitaría el prestigio científico. El ambicioso profesor después traicionará a su alumno y recibirá –solo- el premio Nobel al año siguiente. En tanto que los egos se enfrentan en combate, la estreptomicina no llega a los pacientes y las bacterias devoran los tejidos de los infortunados enfermos, produciendo cavidades en sus pulmones.

El diagnóstico no es difícil, pero el profesor pretende que el alumno delimite una caverna mediante percusión. El pasante tamborilea su índice derecho contra los dedos de la mano izquierda, que se extienden presionando la espalda del paciente, que se encuentra sentado. Es inútil porque no alcanza a escuchar ninguna diferencia en el sonido que produce. A pesar de que el joven tiene un excelente oído musical, no puede precisar las notas del claro pulmonar, el timpanismo o la matidez.

El alumno terminó la carrera en 1949, pero le tomó dos años hacer el servicio social y concluir su trabajo de tesis. Ahora se encuentra en el pasillo, fumando y dando vueltas como un tigre enjaulado, esperando el dictamen. En su casa su esposa también espera, pues se encuentra en su segundo embarazo de la que será su hija y llevará su nombre. Sólo dos personas acudieron al examen profesional, su cuñado Gilberto y su concuño Othón, los dos jóvenes platican y tratan de animar al sustentante, pero él tiene sus pensamientos en otro lugar y en otro tiempo.
Todo comenzó en Motul, una pequeña población treinta y tres kilómetros al noreste de Mérida, que se encuentra en la interminable llanura, cálida, plana y rocosa, donde apenas se asoman escasos manchones selváticos de ceibas y chechenes blancos, que se alimentan del agua que sólo corre en el subsuelo. Motul se encuentra en el corazón de la zona henequenera de Yucatán y la población se dedica a la elaboración tradicional de hilos, tal y como lo aprendieron los mayas, miles de años atrás. A mediados del siglo XIX, la fabricación de hilos se convirtió en una industria próspera y el henequén se transformó en el “oro verde” de la península. De tal manera que fue la fuente principal de tejidos y de fibra natural en el mundo. Las haciendas, entonces, ingirieron grandes extensiones de tierra, aprovechando la mano de obra campesina y maya.
La riqueza germinó y la blanca Mérida floreció, llenándose de enormes casonas de estilo francés en el Paseo Montejo, todas propiedad de los ricos hacendados. Las jóvenes mestizas vestían sus sencillos hipiles de una pieza de blanca tela de algodón, adornada con elegantes bordados alrededor del escote y a la orilla del vestido, pero lo más importante del atuendo eran los múltiples collares y pulseras de oro. La clase alta de los hacendados requería de actividades culturales, de arte y música. En las vaquerías, el baile era amenizado al son de la jarana y abundaban, la chaya con huevo, el puchero de gallina, el pipián de venado, la yuca con miel y la calabaza melada.
Sin embargo, mientras los terratenientes y los pequeños comerciantes acumulaban abundancia, el campo se llenaba de miseria. Las diferencias entre las clases sociales se hicieron muy hondas y Motul era una población aletargada por el calor, embrutecida por el Xtabentún y abstraída en la calma de rutina diaria, donde todos se conocían y desarrollaban lazos de afecto.
Ahí creció la familia Carrillo Puerto. Felipe, el segundo de catorce hijos de Justino y Adela, desde muy joven aprendió el idioma maya y después de haber sido leñador y ferrocarrilero, se dedicó al periodismo y al autoimpuesto oficio de defensor de los indígenas mayas. En 1913, se unió a las tropas zapatistas, pero fue perseguido y se exilió en Nueva Orleans, donde trabajó como estibador, hasta que encontró la manera de regresar a las filas de Emiliano el año siguiente. En 1915 retornó a Yucatán como un convencido socialista. Felipe sabía que, en tanto que se promulgaba la Constitución Mexicana, Lenin llegaba a la estación Finlandia de Petrogrado, tras atravesar Alemania en un vagón blindado, tratando desesperadamente, de alcanzar a la revolución de octubre. La primera guerra mundial, la guerra de las trincheras, estaba en un punto muerto, los desgastados ejércitos en Europa eran víctimas del gas mostaza y los grandes movimientos de ejércitos y refugiados gestaban la primera gran epidemia del siglo XX, La influenza, que llegó al Continente Americano en 1918, comenzó en los campos militares de los soldados que regresaban del viejo continente. Así, el primer caso se presentó en el Fuerte Riley en Kansas y se diseminó con la fuerza de un incendio forestal, causando alrededor de 20 millones de víctimas en el mundo.
En plena efervescencia del nacionalismo revolucionario en México, el Primer Congreso Obrero, convocado por el Partido Socialista de Yucatán, se realizó en la ciudad de Motul, en marzo de 1918. La revolución alcanzó a la península, el pequeño pueblo despertó de su modorra provinciana y comenzaron tiempos violentos. De tal manera que Felipe llegó a gobernador interino en 1918 y confirmó su cargo a través de las urnas en 1921, apoyado por el Partido Socialista del Sureste.
Este caudillo era mucho más peligroso que Zapata o Villa, porque tenía muy claro qué camino debiera seguir la revolución. Sin embargo, la pequeña burguesía hecha gobierno tenía otras aspiraciones. A pesar de haber realizado múltiples obras sociales, el líder se fue quedando aislado entre intrigas y traiciones, acompañado sólo por los muy leales y, en los últimos cuatro meses de su travesía, tuvo tiempo de vivir un amor imposible con la periodista Alma Reed, a quien mandó componer la canción Peregrina.

El sueño terminó en 1923, durante los turbulentos años del gobierno de Álvaro Obregón, Felipe apoyó la candidatura de Plutarco Elías Calles, que se convertiría en el Jefe Máximo de la Revolución y envió todas sus tropas para aplacar la rebelión de Adolfo de la Huerta, dejando la Ciudad de Mérida indefensa. En Motul los indígenas no querían escuchar más palabras; se cansaron de pedir alimentos pacíficamente y comenzaron a romper las puertas de las tiendas y saquearlas. La guerra civil llegó a Motul dejando cadáveres en las calles, olor a muerte y decenas de cuerpos inanimados, ahorcados en las esquinas del otrora pacífico pueblo. Por eso fue sencillo que los rebeldes De la Huertistas llegaran a poner orden mediante la Ley Marcial. El líder socialista, sin armas y sin ejército huyó, fue apresado, juzgado y ejecutado el tres de enero en el Panteón Civil de Mérida junto con trece de sus camaradas, entre los cuales se encontraban sus hermanos Wilfrido, Edesio y Benjamín.

Como siempre sucede, el huracán golpeó con más fuerza a la gente común, afectando su vida cotidiana. Poco antes de que apresaran a Felipe y tomara el control el ejército de Adolfo de la Huerta, Don Leovigildo era un próspero comerciante que tenía una carnicería, una panadería y una miscelánea en Motul. Una noche, recién había obscurecido, cuando escuchó con sobresalto como la turba de indígenas trataba de echar abajo la puerta de su tienda. Sin dudarlo mucho, abrió las puertas y distinguió los enfurecidos rostros de ojos rasgados de los mayas, apenas alumbrados por unas antorchas con las que pretendían saquear la tienda y quemarla, si fuese necesario. Sin decir mucho, el comerciante no perdió la calma, entregó los costales de maíz a la multitud, los gritos cesaron y el hormiguero se alejó en silencio, quedando la empedrada calle, tan silenciosa como siempre.

Esa misma noche el comerciante habló con su esposa Victoria, empacaron lo más que pudieron de sus pertenencias y decidieron huir todos a Mérida. Su hijo Federico no estaba dispuesto a irse solo, había estado pretendiendo a Nelia, una niña adolescente de apenas quince años, a quien veía a escondidas después de la misa del domingo y le mandaba ardientes cartas de amor a través de sus amigas. Don Sabas Alpuche le había prohibido acercarse a su hija, pues no veía ningún porvenir el joven que pasaba el tiempo ayudando a su padre en la carnicería.

En tanto que el resto de la familia preparaba el equipaje mínimo, Federico fue a la casa de Don Sabas, sigilosamente tocó en la ventana de la joven y susurrando le explicó lo sucedido y, sin más, le propuso que se fuese junto con ellos para Mérida. La niña no lo dudó mucho, quedaron de verse a media noche, juntó su ropa, hizo un bulto con una sábana y esperó impaciente la media noche. Mientras sus padres y sus hermanas dormían, en la obscuridad se deslizó por los pasillos de la casa, llegó al corral donde se encontraban los animales, salió a la calle y, como no pudo cerrar el portón por fuera, lo dejó atrancado con una piedra.

Cuando la familia estuvo lista para partir en dos carrozas, la joven ya se encontraba sentada al lado de Federico, de tal manera que Don Leovigildo, los miró a los dos y sólo balbuceó una maldición en maya

-¡Yax káakbach!, muchacho choko pool

Se subió a la carroza, azuzó suavemente a los caballos, que comenzaron a trotar rumo suroeste, dejando una estela de sonar de castañuelas, que se perdió en la obscuridad de la noche. Una hora después, Pedro Dzul Canul, vecino de Don Sabas le avisó que sus animales, caballos, mulas y gallinas estaban todos en la calle. La familia Alpuche se levantó y dedicó la madrugada a perseguir gallinas por las calles empedradas, cuando todos los animales estuvieron en el corral, el severo Don Sabas cayó en cuenta que le hacía falta la más joven y preciada de sus potrancas, su hija.

La familia de Don Leovigildo, por su parte llegó a la casa de un pariente lejano, conocido como el cura González, que vivía cerca de la calle de Flor de Liz. Siendo hombre de honor, el comerciante dejó a la niña Nelia en depósito, en la casa de su prima Epifania. A los pocos días, Federico y su padre hicieron un viaje rápido a Motul, acompañados por el cura González y la prima Epifania para pedir perdón a Don Sabas. La plática fue tensa, pero el cura González era un hábil negociador y, después de varios cigarrillos, Don Sabas otorgó su consentimiento para que la pareja se casara, cerrando el trato con un trago de Xtabentún. Una vez cumplida la sencilla boda en Mérida, que por supuesto ofició el cura González, a Federico le cayó encima la brusca realidad. De pronto se encontró, sin preparación, sin oficio, sin trabajo y con una esposa que mantener. Por esto, un amigo, le recomendó que visitara al Dr. Góngora Triai en Puerto Progreso, quien requería de un farmacéutico.

Por su parte, una vez que las aguas comenzaron a sosegarse, Don Leovigildo comenzó a viajar regularmente a Motul para atender sus negocios. Primero regresaba a Mérida una vez por semana, después cada dos semanas, más tarde una vez al mes, hasta que un día ya no regresó con su esposa Victoria, se quedó en Motul cuidando sus negocios, a sus dos amantes y se desvaneció en el tiempo. Federico, en cambió, se trasladó a Puerto Progreso y en octubre de 1924 tuvo a su primer hijo, a quien puso el nombre de Wilfrido, en memoria de su amigo de la infancia, fusilado apenas el año anterior al lado de su hermano Felipe Carrillo Puerto.

Federico resultó ser un excelente farmacéutico, pues era meticuloso y organizado. Tenía una libreta en la que anotaba con mucho detalle la sintomatología de los pacientes y las fórmulas magistrales de los médicos. De tal manera que escribió su propio tratado de Medicina Interna y al poco se convirtió en el doctorcito, más por su corta estatura que por su juventud, y desde entonces ejerció el oficio de curandero.

Todos los mediodías, Wilfrido salía a recibir a su padre, cuando escuchaba el retintín ocasionado por el chocar de las botellas, que el farmacéutico siempre cargaba en su saco blanco, que como cascabeles anunciaban su llegada. Después de comer y dormir la siesta recostado en una hamaca, se dirigía nuevamente a la farmacia con el tintineo de las bolsas de su saco blanco.

Fueron días felices los de la infancia del niño Wilfrido en Puerto Progreso, ahí cursó la escuela primaria y pasaba las tardes jugando a la pelota en las calles de la ciudad, mientras las señoras preparaban chocolate con agua y se sentaban a beberlo muy caliente a sorbitos, en la puerta de sus casas, de altísimos techos, para tomar el sereno, agitar rítmicamente los abanicos, conversar sobre los vecinos y apaciguar un poco el tremendo calor.

A partir de 1924, comenzó una nueva etapa de calma, prosperidad y crecimiento de la industria henequenera, proveyendo de trabajo a Yucatán. Pero ya se gestaba otro desastre mundial que empujaría nuevamente a la familia a emigrar y buscar otros horizontes. El primer golpe al oro verde y a toda la economía yucateca vino, como casi siempre, de los Estados Unidos. El principio de esa década se caracterizó por el consumismo y la exaltación del modelo de vida americano. El capitalismo se consolidó, creyendo que la opulencia brotaría del cuerno de la abundancia. Efectivamente, se vigorizaron nuevos sectores productivos, pues nacieron la industria eléctrica, la química, la petroquímica, la aeronáutica, la automotriz, el cine y la radiofonía, pero en muchas regiones del mundo, el campo se deterioró gradualmente, ocasionando que incontables campesinos vendieran sus tierras para emigrar a las ciudades. A partir de entonces, el desarrollo no sustentable nos ha encadenado a depender irremediablemente del petróleo y la electricidad como fuentes de energía.

A fines de la década, la prosperidad basada en el desarrollo industrial, pasó a depender de las orgías especulativas en Wall Street. El 24 de octubre de 1929, el jueves negro, la Bolsa de Nueva York quebró y la crisis arrasó con el sistema bancario, la industria, el comercio y el agro norteamericanos. La Gran Depresión tuvo consecuencias globales, pues frenó las exportaciones de muchos países, con lo que disminuyó el comercio mundial. En Europa, la inflación, la falta de empleo, el Tratado de Versalles y la especulación financiera, fueron el caldo de cultivo en el que germinó la xenofobia y el nacional socialismo que llevó a Adolfo Hitler al poder en 1933. Al no haber exportaciones de henequén, la espina dorsal de la economía en Yucatán se fracturó y la sociedad entera se paralizó porque el trabajo comenzó a escasear. Por eso Federico, decidió trasladarse a Mérida, donde el poder adquisitivo de la clase media todavía le permitía acudir al médico o directamente a la farmacia, en busca de algún remedio para sus enfermedades.

Llegaron a una casona verde en la esquina de las calles 65 con 59, cerca del centro. Ahí el niño Wilfrido, que tenía alrededor de 11 años, comenzó a ocupar las tardes en estudiar piano. Su maestra, una mujer solterona que había estudiado el instrumento en Francia, de inmediato notó el gusto y talento que tenía el pequeño. Federico, por su parte, quería que su hijo fuese músico, lo imaginaba concertista porque veía en el niño, el oficio que él mismo nunca pudo ejercer. Armando, su hermano mayor era un excelente pianista, al que hacía tiempo Mérida le había quedado chica y había emigrado a la Ciudad de México.

La familia no vivió mucho tiempo en Mérida porque las conmociones del mundo externo obligaron a la familia a expatriarse nuevamente. En 1938, el oro verde recibió el segundo golpe, que fue el tiro de gracia definitivo. Esta vez también proveniente de los Estados Unidos. Aunque Wallace Hume Carothers había inventado el neopreno desde 1924, fue en la Feria Mundial de Nueva York en 1938, que la empresa DuPont presentó el Nylon, la fibra milagrosa, que lleva en el nombre las iniciales de esta ciudad y comenzó a producirla comercialmente en 1939. Si bien, el producto más exitoso fueron las medias, que revolucionaron la moda y el erotismo del Siglo XX, las mujeres apenas pudieron probar su belleza porque el gobierno de los Estados Unidos destinó toda la producción de Nylon para uso militar, cuando se enganchó en la segunda Guerra Mundial.

Hacia 1937, tres hermanos de Federico ya habían emigrado a la Ciudad de México. Felipe, quien nunca se casó; Armando, que estaba en su segundo matrimonio y Alfredo, que entonces ya estaba consumiendo a su tercera pareja. En Mérida las cosas no marchaban bien con Federico. Las carencias se acumulaban y la pareja tenía que mantener a tres hijos. Por otro lado, requerían alejarse de ese lugar que les traía muy malos recuerdos, pues el segundo de sus hijos había fallecido atropellado por un tranvía. Tal vez, más por este último hecho que por los problemas económicos, Federico decidió vender todos sus bienes y reunirse con sus hermanos en la Ciudad de México.

Prepararon nuevamente su equipaje, se subieron a un camión que los llevó a Puerto Progreso, tomaron el barco Emancipación que en sesenta horas los llevó al puerto de Veracruz y ahí tomaron el tren que llegó a la ciudad, atravesando las Cumbres de Maltrata por una vía angosta. La familia de Federico llegó a la casa de su hermano Alfredo el primero de enero de 1938, ubicada en una vieja casa en Doctor Lucio 148 interior 48, que Alfredo compartía con Julia Romero, su esposa en turno y al poco tiempo la familia se trasladó a una vecindad casi enfrente, situada en Dr. Navarro 106 interior 27.

Apenas habían desempacado sus escasas pertenencias, cuando Federico tomó de la mano al niño y lo llevó al Conservatorio Nacional de Música, que entonces se encontraba en la calle de Moneda 16, a unas cuantas cuadras del Zócalo capitalino. Se escurrió por los pasillos y logró entrevistarse con Manuel María Ponce quien al escucharlo, no dudó lo en aceptarlo como alumno. Así, el niño Wilfrido de 13 años, recién había terminado la escuela primaria y ya estaba estudiando piano en el Conservatorio. Era el estudiante más adelantado en las clases de ejecución del instrumento. Se sentaba frente al piano y sus pequeñas manos volaban presto vivace a través del teclado. Por las tardes, seguía practicando en un piano vertical antiguo con una increíble capacidad acústica, que pertenecía a su tío Armando. El gusto por la música le perduró por siempre, pero los deseos de ser pianista se fueron evaporando larguisimo adagio cuando se enfrentó a las clases de solfeo, composición y armonía.

Un día, el adolescente llegó a la puerta del Conservatorio con su cuaderno pautado, pero después de tres minutos de permanecer en el umbral, dio media vuelta y comenzó a caminar sin rumbo por el centro de la ciudad. Al día siguiente hizo lo mismo y al tercer día ya tomó un camino contrario al Conservatorio. Pasaba el día sentado en alguna banca de la Alameda Central, jugando rayuela o futbol y buscando la manera de escabullirse al interior de algún cine.

Pero las madres siempre saben lo que sucede a sus hijos, de tal manera que al notar la apatía y el desánimo de Wilfrido, Nelia le avisó a su esposo que sospechaba que el niño había dejado la escuela. Al día siguiente por la mañana Federico fue al Conservatorio y dialogó, uno por uno, con todos los maestros. Por la tarde Federico llegó como siempre, con su bata blanca y con el tintineo de las botellas en sus bolsillos y antes de cenar, preparó la trampa y lanzó el anzuelo,

– ¿Cómo te fue en la escuela?

-Bien, como siempre.

La actitud ausente y desganada del adolescente causó que por primera vez en su vida el farmacéutico experimentase el sentimiento de ira y en un arranque de violencia, cruzó la cara del muchacho con fiereza.

– ¡Mientes! ¡Hace tres meses que no vas al Conservatorio. ¡Hoy estuve ahí y platiqué con tus maestros!

Federico respiró hondo, tratando de recobrar la calma y razonar con el embustero.

– Si te apuras todavía te puedes regularizar y te aceptan de nuevo.

Pero el adolescente no movió un músculo de la cara y dijo con firmeza

– No, yo no quiero ser pianista. Yo quiero ser doctor.

Imposible saber qué imágenes surgieron desde el inconsciente del muchacho, pero su corazón hablaba con la verdad. Quizá fue el retintín ocasionado por el chocar de las botellas que el farmacéutico siempre cargaba en su saco blanco, que como cascabeles anunciaban su llegada.

Federico comprendió que su sueño de ser músico, transportado al más grande de sus tres hijos se había desvanecido. Pero, no creyó que el muchacho tuviese la fuerza de voluntad, la disciplina y la capacidad para abordar una carrera tan larga y dudó de la seriedad de las sus palabras, pues apenas había terminado la escuela primaria.

Bajo el severo escrutinio de su padre, Wilfrido se inscribió en la Escuela Secundaria No. 13, que se encontraba en la avenida Chapultepec. A pesar de haber ingresado ya avanzado el año escolar, terminó la educación secundaria sin problemas y leía sus libros con el mismo gusto, que tenían sus pequeñas manos cuando volaron una vez presto vivace a través del teclado del piano. Sin embargo, su padre y su tío Armando, por ser realidad o como represalia inconsciente porque no lo pudieron hacer músico, consideraban que el muchacho requería de disciplina, por lo que lo inscribieron en la Escuela Rafael Dondé, que tenía un sistema de internado militarizado.

La muerte siempre tiene autorización para llegar cuando le apetece. A veces avisa y otras veces arriba así, de pronto. Corría el año de 1943, cuando terminaban las batallas de Guadalcanal y de Stalingrado, nacía el Instituto Mexicano del Seguro Social y el joven Wilfrido de 18 años, recién regresaba de Michoacán, donde tuvo la oportunidad de presenciar cómo la tierra paría al volcán Paricutín. La familia comenzó el día como siempre, pero de súbito Federico comenzó a sentir falta el aire. Quizá el farmacéutico ya tenía molestias y nunca dijo nada, posiblemente fue una endocarditis o una válvula cardiaca que dejó de funcionar de pronto. Ahora ya no importa, el hecho es que lo llevaron a Hospital Central de la Cruz Roja, que se encontraba en las calles de Durango y Monterrey de la Colonia Roma, alcanzó a ver a sus hijos por última vez mientras se ahogaba, asintió con la mirada cuando Wilfrido le susurró algo al oído y dejó de ser.

La familia se quedó desamparada, Nelia siempre tuvo el papel de ama de casa porque fue educada en Motul para tejer, bordar, cocinar y atender a su esposo. De tal manera que la carga cayó sobre el mayor de los tres hermanos y Wilfrido tuvo que dividir su tiempo entre la escuela y el trabajo. Sin embargo, no fue difícil ingresar a la Escuela Superior de Medicina Rural. Aunque el Instituto Politécnico Nacional se fundó en 1936, comenzó sus actividades ocho años después, cuando la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin y las puertas estaban abiertas para todos los aspirantes, además con una beca de diecisiete pesos mensuales.

El jurado terminó de deliberar. El inmigrante español otorgó su voto aprobatorio, mientras pensaba en Guernica, la ciudad vasca donde se habían refugiado la gente común y las tropas que huían del avance del ejército franquista. Ahí el 26 de abril de 1937, la Legión Cóndor de la fuerza aérea Alemana, ensayaba lo que realizaría durante la Segunda Guerra mundial a partir de 1939 y comenzó el ataque a las 4.30 de la tarde, el cual se prolongó hasta llegada la noche, destruyendo la ciudad por completo. El maestro estuvo ahí y atendió a muchos jóvenes moribundos, que vieron su futuro truncado por la razón de las bombas incendiarias de 250 kilogramos de peso.

El sustentante fue llamado a la sala de exámenes profesionales y el Presidente del Jurado leyó el acta, la cual especificaba que el alumno fue aprobado por tres votos a favor y dos en contra. Dos sinodales abandonaron la sala sin decir una palabra, mientras que los otros tres felicitaron al nuevo médico dándole la bienvenida al gremio. El profesor español, fue el último en felicitar a doctor y lo hizo prometer que ejercería su profesión siempre con limpieza.

-Gracias maestro, tiene usted mi palabra que así será

Gilberto y Othón trataron de animar al nuevo médico, lo felicitaron y lo llevaron a una pequeña cantina en la Avenida México-Tacuba en la que una reluciente sinfonola tocaba un disco de 78 rpm con el Rico Mambo de Dámaso Pérez Prado. Sólo tomaron una cerveza y se retiraron porque Wilfrido, como todos aquellos espíritus que no se permiten cometer errores, sintió que su victoria tenía sabor a derrota.

La mañana del jueves 15 de noviembre de 1951 llegó melindrosa, en tanto que Wilfrido y su esposa Celia se levantaron temprano y desayunaron ligero para cumplir una tarea que quedó pendiente. Para poder llegar hasta el lejano panteón Jardín, el hermano de Celia les prestó un automóvil Fiat del 49. Casi a las diez de la mañana, la pareja llegó al cementerio y, en tanto que la esposa gestante buscaba agua y flores. Wilfrido platicó un rato con su padre y le recordó aquel día cuando alcanzó a ver a sus hijos por última vez, mientras se ahogaba y le susurró al oído la promesa de ser médico.

Dicen que recita el evangelio según Mateo 8: 21-23 lo siguiente:
Otro de los discípulos le dijo: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”
Pero Jesús le dijo: “Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.”
Subió a la barca y sus discípulos le siguieron.

No lo sé porque no soy muy creyente, pero Wilfrido, el hombre común nacido en Puerto Progreso, subió a su nave, quedó en paz con su padre, sus discípulos le siguieron y nunca requirió visitar nuevamente esa tumba.

En un rincón de la sala, en la casa de mi padre, se encuentra el piano vertical antiguo de la increíble capacidad acústica, que perteneció al tío Armando. Espera paciente, callado, lustroso y afinado, que su octogenario líder se atreva a ser niño sólo por un rato, para que sus manos de lo hagan cantar de nuevo.

Dominga

Por César Raúl González Bonilla

«Algunos recuerdos no duelen, pero arden.”

El hierro del ranchero se encuentra al rojo blanco cuando se hunde en la grupa del penco que relincha de dolor, mientras su piel se convierte en una hilera de humo, que llena el espacio con olor a chamusquina. De nada sirven los reparos y todo el alboroto, porque la bestia quedó marcada para siempre. De manera análoga, hay pasajes de la vida que dejan huella y, con frecuencia, cicatrices. Son parajes que visita la memoria de vez en vez, sobre todo cuando el calor de mayo no nos permite conciliar el sueño. Vivencias que involucran personas, rostros, gestos y emociones. Algo queda en los recuerdos con hedor de piel quemada, mayormente si se trata de una mujer, con la que se compartió sólo una noche.

La serie de sucesos imprevistos, que me llevaron a este encuentro, comenzó un domingo ocho de febrero, en el cumpleaños ochenta y tres de mi madre. La anciana del indestructible optimismo, se levantó temprano con el propósito de guisar y tener todo dispuesto para celebrar con sus hijos, nueras y nietos, al pasar el medio día. Se le había pedido que no preparara nada, pero lo hacía con gusto porque la cocina, hasta ese día, era su espacio, su mando y señorío. No pretendía elaborar algo complicado, sólo unas rajas con crema y chicharrón en salsa roja. Sin embargo, la mañana se detuvo de pronto cuando dieron las nueve. Al girar la anciana a su derecha, el tejido de su suéter quedó trabado en la jaladera de un cajón de la alacena, la mujer perdió el equilibrio y todos sus años se desplomaron, estrellando sus frágiles huesos en el piso y contra la puerta del refrigerador, que trató inútilmente de detenerla. El viaje hacia el suelo ocurrió en un instante, pero el accidente se había urdido por ocho décadas.

Mientras eso sucedía yo estaba en lo mío. Los domingos acostumbro asistir al parque de la Alameda Norte con mi perra, una pequeña schnauzer, sal y pimienta, sin ningún título nobiliario. Ahí comparto con mis amigos del Club Canófilo Metropolitano, desde las ocho de la mañana, la increíble costumbre de recoger los excrementos de nuestras mascotas y el raro deleite de hacer que superen por toda serie de obstáculos, cuando así se los ordenamos y cuando se les da la gana obedecernos. Eso sí, en el menor tiempo posible.

La perra se llama Dana e ingresó a mi vida, primero por una necesidad terapéutica y luego se convirtió en un gusto. Tenía, en principio, la función de servir como un puente para restablecer la comunicación que se rompió con mi pareja hace mucho, y hay que admitir que funcionó parcialmente por un tiempo. Mi compañera se encontraba viviendo la sensación general de soledad que sucede cuando los hijos abandonan el hogar. Sufría el síndrome del nido vacío, que es más común en las mujeres y más intenso cuando los lazos maternales son fuertes, cuando la distancia impide las visitas de los hijos y cuando se tiene una pareja agria, insensible y poco afectiva.

Sólo había pasado una hora del entrenamiento con mi perra, cuando sonó mi teléfono celular. Al observar que la llamada era de mi padre se me detuvo el corazón, pues sé por experiencia, que nunca traen consigo algo bueno, sobre todo cuando se suceden a media noche o un domingo por la mañana.

Efectivamente, la voz angustiada de mi padre me dijo que mi madre se había caído. Le contesté que la llevaran de inmediato al Hospital de Traumatología de Magdalena de las Salinas, porque sabía que llevarla a otro hospital sólo retardaría un diagnóstico, pero mi padre me replicó que era imposible moverla. De prisa me dirigí a mi automóvil y mientras manejaba, ya pensaba en las implicaciones del diagnóstico. Sin duda, mi madre se había fracturado la cadera. Para muchos ancianos, sin una enfermedad previa, esto significa el principio del fin; para mi madre, con insuficiencia renal terminal y dependiendo de conectarse a una máquina de hemodiálisis cada tercer día para vivir, el pronóstico era muy sombrío.

Encontré a mi madre tirada en el suelo de la cocina, con la cabeza recargada contra el refrigerador. Mis primas, que viven en la casa de enfrente, ya estaban ahí y, pretendiendo ayudar a la accidentada, le habían colocado varias almohadas en la espalda, para estabilizar su posición y disminuir su sufrimiento. Era inútil, la anciana médica, envuelta en el llanto que le causaba el intenso dolor, me comunicó su diagnóstico

-Tengo fracturados la cadera y el hombro izquierdos.

La miré a los ojos y asentí con la cabeza. De cualquier manera, la revisé con cuidado, tratando de detectar otras lesiones. Después, con mucha dificultad la coloqué recostada sobre el suelo. Mi esposa, que ya había sido avisada del accidente, consiguió una ambulancia y la trasladamos al Hospital de Traumatología de Magdalena de las Salinas. No fue difícil que los médicos del Servicio de Urgencias confirmaran el diagnóstico, sólo se requirieron unas cuantas radiografías. Mi madre necesitaba cirugía de la cadera e inmovilización del hombro. En tanto que mi padre hacía los interminables trámites para internarla, la acompañé en una camilla, intentando animarla y convencerla de que su tiempo de morir no había llegado. Sin embargo, la anciana médica lloraba, más por el dolor emocional de haber echado a perder su festejo, que por el dolor físico que le ocasionaban los dos huesos, que se quebraron como la cáscara de un huevo, cuando cayeron al suelo.

Una vez pasada la emergencia, más mi padre que los médicos, encontraron la manera de trasladar a mi madre desde el hospital hasta la clínica para que pudiese recibir sus sesiones de hemodiálisis. En el segundo día, ya estable, entró a cirugía tan serena como siempre. Platicó conmigo y, con la templanza que le caracteriza, me dijo que estaba en paz porque era una mujer afortunada, que había tenido la oportunidad de ver crecer a sus hijos y nietos como personas de provecho.

-Todos están bien, de tal manera que no tengo de que preocuparme. Además, ya me han dado los santos óleos.

Es cierto, hace muchos años se le diagnosticó cáncer de colon y desde entonces arregló sus asuntos con Dios y piensa en vivir un día a la vez. Por otro lado, mi esposa, mi padre, mi madre y yo, todos somos médicos, de tal manera que es común que en las pláticas de sobre mesa se mezclen las cosas comunes de las noticias del día, como cuántas cabezas aparecieron por ahí tiradas a media calle, o cuáles son las características físicas de las excrecencias de mi madre.

Se despidió de mí, me dio su bendición e insistió en que me quedara tranquilo. A pesar de sus buenos deseos, me esperaban meses de mucha tensión, pues mi madre pasó por todas las complicaciones derivadas de la inmovilidad en cama, la preocupación de mi padre lo llevó a presionarme al máximo para que hiciera yo aparecer especialistas y tratamientos milagrosos, como quien saca un conejo de un sombrero, la epidemia de influenza del 2009 estaba por transformar mi laboratorio y mi vida por completo, la situación con mi pareja era cada vez más tirante y no fluían los recursos para trabajar. No hay duda, cuando Dios da, da a manos llenas.

Por fortuna la cirugía fue exitosa, a mi madre le colocaron dos tornillos que estabilizaron la cabeza y el cuello del fémur. En el postoperatorio las cosas marcharon bien, no sin algunos incidentes que hicieron que mi padre se quejara del hospital, de los médicos y de las enfermeras, esmerándose en hacerme sentir responsable de todas las deficiencias del sector salud entero. El acuerdo familiar fue que yo pasara la primera noche del postoperatorio cuidando a mi madre, por lo que compré unas revistas y un libro de crucigramas, sabiendo que mi función de enfermero nocturno se reduciría a vigilar que las soluciones fluyeran por sus venas y a cumplir la difícil tarea de colocarle el cómodo. Los actos sencillos de orinar o sentarse son imposibles cuando se fractura la cabeza del fémur.

Al caer la noche, mi madre estaba de buen humor, molesta por el dolor, pero serena. Tuvo el ánimo de resolver conmigo crucigramas hasta que la venció el sueño y se quedó dormida. Fue entonces cuando comencé a mirar y escuchar lo que sucedía a mí alrededor, pues el estar sentado en una incómoda silla, hace que el tiempo transcurra con mucha lentitud y los sentidos se agudicen. El hospital adquiere otra dimensión cuando no es nuestro propio sitio de trabajo. Cuando los enfermeros y enfermeras terminaron de hacer sus rutinas, como tomar signos vitales y administrar medicamentos, desaparecieron como el humo de un cigarrillo que se diluye en el aire, dejando a los familiares la responsabilidad de cuidar a sus enfermos y el hospital fue cayendo en una especie de letargia dolorosa, pues el silencio se interrumpía por los llantos y quejidos de los ancianos, que brotaban por diferentes cuartos de aquel piso. Ahí me di cuenta que el llanto de un viejo es muy diferente al de un niño y que mi madre estaba internada en el piso de las caderas, en el ala sur, designada para las mujeres y que era sólo una cadera más, de las muchas que estaban internadas; cada una perteneciente a un anciano, que había perdido su propia historia para convertirse en un hueso roto solamente, con alguna posibilidad de ser reparado.

En el pequeño cuarto de cuatro camas estaban internadas tres pacientes. La paciente que ocupaba la cama de enfrente era una anciana de unos setenta años que ya había sido operada, se podía sentar en un reposet y estaba por ser dada de alta. Digamos que era la paciente experta, que podía dar indicaciones y consejos a todos los familiares. La paciente en la contra esquina del cuarto había estado internada el mes anterior por fractura de la cadera derecha y ahora estaba esperando nuevamente su turno para pasar al taller, porque tenía fracturada la cadera izquierda. En realidad no se trataba de una anciana, pero evidentemente era víctima de la osteoporosis ocasionada por una menopausia precoz. De seguro sus ovarios perezosos dejaron de producir, antes de tiempo y sin avisar, las hormonas importantes que mantienen la libido y el calcio que le confiere resistencia a los huesos.

Yo quedé a cargo, de manera honoraria, del pabellón donde estaba internada mi madre porque, no había más familiares y las dos pacientes de enfrente me pidieron revisar los sueros, darles de beber o moverles la cama. Serían las diez y media de la noche cuando un par de enfermeras entraron súbitamente a mi pabellón, acompañados por dos camilleros que trasladaban a una anciana, que colocaron en la cama vacía adyacente a la derecha de mi madre, cerca de la ventana. La mujer venía muy agitada y confundida. Las enfermeras preguntaron por un familiar de la vieja, pero como no había ninguno, escuché que una de ellas se comprometió a buscar alguno en la sala de espera.

No habrían pasado más de tres minutos, cuando la anciana trató de incorporase, diciendo incoherencias y arrancándose el pequeño tubo de látex que la conectaba a un suero. Por la propia seguridad de la paciente, la pareja de enfermeras no dudó en sujetar sus brazos y la pierna sana al barandal de la cama hospitalaria, utilizando unas vendas para amarrarla. No sé si hicieron más, porque desaparecieron nuevamente, dejando a la vieja inmovilizada.

Por mi parte, hice el diagnóstico en silencio y sin posibilidades de interferir, desde mi incómoda silla. Delírium es el término más aceptado para definir los trastornos de las funciones mentales superiores que alteran la conciencia, de manera aguda, transitoria y global. Se trata de un estado de confusión, donde el cerebro viaja como una locomotora desbocada, inventando su propia realidad. Aunque hay muchas causas, es común en situaciones de extremo estrés, como el dolor intenso, sobre todo en ancianos, cuando además sufren algún grado de demencia. No se requiere ser siquiatra, para saber que en este estado el cerebro, residencia de nosotros mismos y de nuestra alma, envía mensajes erráticos y contradictorios a todo el organismo, pues vierte a la circulación sustancias químicas que agitan el corazón, comprimen las arterias, desenfrenan al hígado y paralizan a los riñones. Por eso, las personas en estado de delirium tienen mayor posibilidad de complicarse y morir.

La anciana no dejaba de gritar y darle órdenes a Juana, tratando inútilmente de incorporarse.

– ¡Juana! , ¡Juana! ¡Prepara el arroz y ya limpia esa mesa!

– ¡Juana! , ¡Juana! ¡A ver si ya barres el patio!

En mi pabellón, mi madre era la única que dormía, porque sus viejos oídos ya hace tiempo perdieron la capacidad de percibir los sonidos del mundo, deficiencia que en ese momento se convirtió en una ventaja selectiva. Pero las dos enfermas de enfrente no dejaban de mirarme, ordenándome con sus ojos que hiciese algo, en tanto que yo permanecía sentado frotándome las manos, esperando que de un momento a otro apareciese un familiar, una enfermera o un médico de verdad y no uno honorario. Pasaron los minutos y la anciana continuó dando indicaciones, increpando a Juana y a todos los que, supongo eran sus hijos. Decidí entonces levantarme y acercarme a la vieja, no quería involucrarme por temor a hacer algo incorrecto. Sé que un entorno conocido ayuda al paciente a orientarse en tiempo, lugar y persona, tener seguridad y tranquilizarse. Los medicamentos se utilizan sólo cuando es necesario contener a un enfermo extremadamente agitado y éste era el caso. Además, yo era un desconocido y podía perturbar más a la paciente.

La penumbra del cuarto me permitió ver el rostro de una anciana de cara larga, gran nariz, tez clara, ojos grises, incontables arrugas y pelo totalmente blanco, que caía sobre la almohada como una cascada de agua limpia. Ciertamente que habría sido una mujer alta, carismática y bella. La señora de la casa.

Yo pensaba qué hacer para tranquilizarla, pero apenas me había acercado a su cama cuando ella comenzó la conversación.

-Me llamo Dominga, ¡Que bonito nombre tengo!, ¿verdad? El domingo es el día del Señor, ¿y tú como te llamas?

– Yo me llamo César.

– Tengo noventa años y puedo ser tu abuelita, ¿Quieres que sea tu abuelita?

– Está bien, abuela.

– A ver César, vamos a rezar un Padre nuestro.

– No, abuela. Yo no soy bueno para eso.

– Yo creo que sí, tienes mirada de cura. A ver, vamos a rezar.

No tengo idea sobre el escenario mental de la vieja en el que se desarrolló nuestra plática, porque no era mi objetivo hacer un interrogatorio para averiguar su percepción del tiempo, del lugar y de las circunstancias, el caso es que vio en mi mirada la bondad de un cura. Ella insistió y yo tuve que rezar, más por tenerla tranquila, que por acto de fe.

-Padre nuestro que estás en los cielos…

– Ya ves, ¡Qué bonito! Qué bonito rezas

Tampoco me es posible saber si la vieja estaba tratando de manipularme, porque enseguida me dijo,

-Tú eres bueno, ¡Anda! ¡Desamárrame!

-No, eso no lo puedo hacer abuela.

Así trascurrió la noche. Ella solicitaba cada diez minutos que la desatara y yo le pedía que esperara veinte minutos. La vieja tenía sed, le ofrecí agua embotellada, pero ella quería una limonada y me insistía que fuese al refrigerador, porque ahí había dejado una jarra.

-¿Qué estás haciendo?

– Le estoy haciendo piojito, abuela.

-¡Ah! Eso está bien.

Logré con esto tranquilizarla un rato, en tanto que mi imaginación me llevó por diversos pasajes su vida. Seguramente era viuda desde hace mucho, pero me la imaginé una señora de clase media, ama de una, casa con un patio posterior donde tomaban el sol muchas macetas.

Amanecía cuando desperté a mi madre para despedirme, abajo seguramente mi hermano me esperaba para entregarle el pase y relevarme hasta las diez de la mañana, hora en que acordamos llegaría mi padre. En eso llegó a mi pabellón una anciana como de setenta años, corta de estatura, que sólo saludó a Dominga.

-¿Cómo estás mamita?

Alcancé a escuchar que había estado sentada toda la noche en la sala de espera de urgencias. No encontró la manera de subir al piso, porque la puerta principal del hospital se cierra a la ocho de la noche y por ahí ya nadie puede entrar o salir, hasta las seis de la mañana que se abre nuevamente. Yo no dije nada, después de todo, la nonagenaria madre ya era responsabilidad de la anciana hija. Me retiré, entregué el pase a mi hermano y me fui a mi departamento para descansar un poco y arreglarme para asistir a trabajar.

Mi jornada transcurrió con el tedio y la angustia de tratar de trabajar sin recursos, esperando que los financiamientos que conseguí por concurso saliesen de la panza de alguna oficina mediante un doloroso parto. Por la tarde tomé un taxi al hospital, porque estacionarse en las inmediaciones es imposible. La sala de espera, como la de todos los hospitales públicos, era un hormiguero en el que sólo faltaban los globeros y los puestos de garnachas para hacer de ella, una sabrosa tertulia dominguera en Chapultepec.

Encontré a mi hermano y a mi padre sentados al fondo. Con un abrazo saludé a mi hermano y casi de inmediato le pregunté cómo le había ido con Dominga.

-¿La vieja que llamaba a Julia o a Juana?

– Sí, esa.

– Pues la atendió su hija y estuvo muy inquieta.

No alcancé a contarle que era mi abuela postiza porque mi padre, sin mover un músculo de la cara y sin voltear a vernos, interrumpió la conversación.

– Murió esta mañana.

– ¿Pues que le pasó?

Imaginé entonces que la vieja había tenido una de las complicaciones más temibles de las fracturas cruentas, la embolia grasa. Ya sea porque la grasa de la médula ósea alcance la circulación o porque los ácidos grasos libres se adhieran a la pared de las arteriolas, se forman emulsiones de grasa envueltos en plaquetas, que viajan por el interior de los vasos sanguíneos, hasta que se atrancan en diversos órganos como el pulmón y el cerebro, impidiendo la oxigenación. El infortunado paciente puede presentar alteraciones de la conducta y acabar con falla orgánica múltiple, caracterizada por insuficiencia renal, respiratoria y cardiaca,

Mi padre, impávido, continuó su relato.

-Por la mañana llevaron el desayuno y la hija trataba de darle de comer, pero la vieja estaba muy agitada. Le decía “¡Ándale mamita!, come. Come otro poquito”, y así la atiborró de comida, hasta que la señora dejó de respirar. Llegaron los médicos, sacaron a la hija del pabellón y cerraron la cortina, pero alcancé a ver como le extrajeron bloques de comida de la boca. No estuvieron mucho tiempo ahí, ni escuche muchos comentarios. Los médicos se retiraron y al poco, llegaron los camilleros que se llevaron el cadáver envuelto en una sábana.

Delirium, embolia grasa o matricidio, en ese momento vi pasar por el pasillo a la sexagenaria hija, cabizbaja y afligida, seguramente haciendo los trámites para que le entregaran el cuerpo de su madre. Se hizo un rato de silencio, porque no hubo mayor comentario.

Me pregunto si las complicaciones de la vieja se pudieron haber prevenido con un medicamento neuroléptico o con una simple explicación a la hija sobre cómo alimentar a su paciente. Pero, por otro lado, es posible que tuviese la mejor de las muertes al lado del cuidado de su amorosa hija. ¿Qué escribieron los médicos en el certificado de defunción? ¿Hubo negligencia o se cometió un homicidio? No lo sé.

La profesión del médico es contradictoria. Seguramente que algunas personas ven en ella el medio para alimentar su propio ego, sólo porque pueden ganarle una que otra partida a la muerte. Otros, las personas que tienen verdadera vocación, se dedican a este oficio porque tienen el deseo de ayudar a sus semejantes. Sin embargo, es imposible involucrarse emocionalmente con cada una de las historias de los pacientes y deben de construir una coraza, para no perder la armonía interna que permite tomar buenas decisiones y mantener la salud mental. Conservar una sana distancia afectiva, es necesario para el médico, pero la lejanía se convierte en indiferencia y luego ésta en crueldad. Son los menos, pero recuerdo a algunos médicos residentes referirse sobre los pacientes, como aquel que ya esta en “estado de pre-cadáver” o “estar pidiendo las llaves del Chevrolet”, porque de esa marca eran las carrozas fúnebres. No me hacía gracia, pero tampoco nunca dije nada, que les otorgase el derecho de morir con dignidad. Lo paradójico es que es posible otorgar atención médica con calidad, pero no con calidez.

Ver enfermos, me enferma. Todavía recuerdo el rostro de la paciente que se despidió de mí con una mirada, dándome las gracias sin decir una palabra, para morir al día siguiente. ¿Para qué prolongar la vida? ¿Por qué razón hemos de ser longevos? ¿En vez de reparar huesos o extirpar apéndices, no debiéramos primero curar la calidad de vida y prepararnos para la muerte?

Así las cosas, la definición de salud pública que me enseñaron mis maestros, simplemente ya no me funciona. Fue publicada en 1920 por Charles E. Winslow y dice que es “la ciencia y el arte de impedir las enfermedades, prolongar la vida, fomentar la salud y la eficiencia física mediante el esfuerzo organizado de la comunidad, dirigiendo estos beneficios de tal modo que cada ciudadano se encuentre en condiciones de gozar de su derecho natural a la salud y a la longevidad”.

No puedo ofrecer una definición de salud pública, pero sí soy capaz de reconocer que es una responsabilidad colectiva, del Estado, entendido como la unidad de población, organización social, entorno y territorio. Es competencia de la salud pública ofrecer al individuo las mejores condiciones posibles para nacer, crecer, desarrollarse, producir, declinar y morir.

 

El texto narra la experiencia del autor al cuidar de su madre, quien sufrió una caída en su cumpleaños y se fracturó la cadera y el hombro. A través de esta vivencia en el hospital, el autor reflexiona sobre la vida, la muerte y la calidad del cuidado médico, alternando el dolor físico y emocional…