¿Quién soy?

César Raúl González Bonilla

«Me busqué en un autorretrato»

Un lugar secreto que sólo yo conozco.

Lejano en mi recinto

y que casi no visito.

Un retrato que envejece,

el húmedo silencio de un desván,

la sábana que lo cubre

en oscuridad cautiva.

El lienzo que acumula los defectos,

el tiempo desgranado en polvo,

los vicios secretos,

telarañas que atrapan

a mi corazón desmoronado.

Una máscara de virtudes.

La sonrisa forzada,

la felicidad que disimulo,

el fuego tembloroso

que se extingue.

La promesa de las uvas,

el tiempo hecho vinagre.

Un niño que creció sin darse cuenta,

el nido sin crías.

Huérfano distante,

el recuerdo de mi madre.

Soy el día que se muere,

la noche interminable,

suicidio de la luz.

El amor hecho costumbre.

Los objetos que una vez nos conectaron,

las trayectorias que hoy son divergentes.

Dos copas vacías en la vitrina de mi sala.

El álbum de fotografías amarillentas

que dormita sin habla, indiferente.

Soy un rehén de los apegos,

afecto que se extravió

en un viaje innecesario,

con rumbo a un futuro recorrido.

Soy una pregunta que sólo yo me hago.

El poema plantea que el yo no es una esencia, sino un archivo deteriorado: una acumulación de objetos, gestos y recuerdos que ya no tienen su dueño. El hablante se define a través de sus pérdidas, no de sus atributos. Por eso el cierre (“Soy una pregunta que sólo yo me hago”) no es resignado,…

Adiós a la luna

César Raúl González Bonilla

«Nada permanece, tampoco la luz»

La luna retrocede cautelosa,

en cada vuelta de su espiral

nos quiere mirar más lejos,

aparta las manos que nos acariciaron tanto,

ensancha el día

y la noche inmoviliza.

El mar duerme en silencio para siempre,

espejo que no tiene quien se mire.

Cielo fastidioso

sin cuarto menguante,

nunca más la luna nueva.

Cuarto creciente y la luna se hizo adulta,

es tiempo de que parta,

libre se va,

se deshace de nosotros,

de nada sirve sujetarla con palabras.

Nos elude,

ingenuos deseamos guardarla en nuestro puño.

Nada es eterno,

no la puedo detener,

bebo su luz

y le digo adiós todos los días.

Adiós a la luna es una meditación poética sobre la partida y la permanencia. A través de imágenes de cielo, mar y luz, el poema expresa el duelo por aquello que se aleja inevitablemente —la belleza, el amor, la vida misma—, pero también la gratitud por haberlo contemplado. Es un canto sereno a la fugacidad,…

El unicornio busca a su poeta

César Raúl González Bonilla

“Con respeto y gratitud a Silvio Rodríguez, por aquel unicornio azul que aún busca su poeta.”

Mi poeta azul ayer se me perdió,
cómo extraño su voz y amistad;
lo dejé de ver en su canción,
en la brisa donde solía soñar.

Mi poeta azul ayer se me perdió,
cabalgábamos versos
entre mito y realidad.

Mi poeta azul,
ya no tiene con quién galopar;
yo sé que se extravió,
y sólo tengo un poeta azul.

Si alguien ve
a mi poeta azul,
díganle que sigo aquí,
—en el mismo lugar—,
en el polvo estelar
del cuerno en espiral.

El poema da voz al unicornio azul —símbolo de la inspiración— que, tras perder a su poeta, recorre el silencio y la memoria buscándolo. Desde su soledad cósmica, recuerda los días en que juntos cabalgaban versos entre mito y realidad. Ahora, sin quien lo convoque a la vida del canto, el unicornio persiste en el…

La intensidad del silencio

César Raúl González Bonilla

“El silencio se escucha en la memoria.”

El silencio es tan profundo que no escucho nada:
la sombra de mi propio pensamiento,
el zumbido de mis huesos.

El silencio es tan hondo que no puedo oír
la explosión del mundo,
el rumor del cosmos.

El silencio es tan intenso que escucho
el peso del aire detenido,
el sonido de la pérdida.

El silencio lo ocupa todo
cuando el recuerdo regresa
y tu nombre espera que cese el griterío.

La intensidad del silencio explora la frontera entre el sonido y la memoria. A través de una serie de imágenes sensoriales, el poema convierte el silencio en una materia viva: un espacio donde resuenan el pensamiento, el cuerpo, el cosmos y la pérdida. La voz poética desciende desde lo físico hasta lo emocional, descubriendo que…

¿…y las llaves?

César Raúl González Bonilla

“Todo comienza cuando se pierden las llaves”

Están evaporadas,

-se esfumaron por completo-.

¡No encuentro mis putas llaves!

Tengo que volver sobre mis pasos

y rehacer mi camino en retroceso

donde puse las malditas llaves:

Ya no queda duda alguna,

perdí las benditas llaves.

Sólo sé que yo sí sé,

¿pues cómo fue que pasé?

porque estoy -sin duda- adentro.

A ver, dónde dejé las llaves.

Hay un hoyo negro aquí en mi casa,

o es un monstruo come llaves;

quizá fueron los alushes,

que quieren volverme loco.

¿Cómo fue que las perdí?,

¿Por qué extravié su cariño?

Sin decir adiós se fueron

dejándome solitario

cual amante adolorido,

masticando la tristeza,

y llorando el desconsuelo.

¿Acaso están secuestradas,

qué pedirán por rescate?

¿Y si las encuentro,

para qué las quiero?

¿Qué puertas pueden abrir,

cuáles misterios encierran ?

Son puras trivialidades,

pues nada tiene importancia.

En tono sarcástico y reflexivo, el poema narra la desesperada búsqueda de unas llaves extraviadas, que pronto se transforma en una metáfora de la pérdida y el sinsentido. Entre el humor y la melancolía, el hablante pasa de la rabia doméstica a la reflexión existencial: sospecha de monstruos, alushes y chaneques, pero termina comprendiendo que…

Pregunta siete

Cesar Raúl González Bonilla

“Donde muere la luz, germina la obscuridad”

El pasillo se tragará tus pasos sin retorno,

con tu espalda convertida en despedida.

Te fundirás en las sombras de la calle

y el sonido de tus pasos será eco de reproches.

Analizaré -entonces- mis errores,

reconstruiré los fragmentos de mi núcleo,

viviré el duelo como oficio cotidiano

y el experimento transitorio de la vida.

¿Será hondo el abismo de la ausencia?

Si logro evaporar los residuos corrosivos

aunque queden huellas de fantasmas;

me embriagaré con breves horizontes

y encontraré mi nuevo amanecer en el ocaso.

El poema transita de la despedida dolorosa hacia una introspección que convierte el duelo en oficio cotidiano. Entre pasillos que devoran pasos, sombras y reproches, el yo lírico busca disolver la corrosión de la ausencia. Finalmente, halla una paradoja vital: un nuevo amanecer en medio del ocaso.

Avaricia

César Raúl González Bonilla

Quien tiene apetito infinito, se debora a sí mismo

Acumulo un hambre insaciable;

el apetito y la sed ansiosa, enfurecida:

deseo lo que tuve, lo que no,

lo que nunca será mío.

Quiero la voz ajena guardada en mi bolsillo,

el afecto firmado a mi nombre,

el amor registrado como propiedad privada,

las miradas que ya no me buscan

y la ternura doblada en una servilleta desechable.

Cuento las ausencias en billetes;

tengo sed y hambre de todo lo existente

lo ilusorio y lo aparente.

Colecciono necesidades de piel, de nubes, de promesas.

Tengo deseo del deseo,

anhelo el vértigo de anhelar.

Me faltan las ganas de soltarlo todo,

atesoro ausencias, desiertos y vacíos.

El poema Avaricia retrata un yo lírico dominado por un deseo insaciable que lo lleva a acumular afectos, recuerdos y vacíos. La avaricia se convierte en una obsesión emocional y existencial que nunca se satisface, devorándolo desde adentro. Al final, el texto revela que ese afán de poseerlo todo solo conduce a un vacío más…

Verde jade

César Raúl González Bonilla

 

Aquel sábado me levanté muy temprano; después de tomar una rápida ducha, vestirme y desayunar, me dirigí a la cochera de la casa. Apenas amanecía y la tenue luz bosquejaba con dificultad la silueta de mi Chevrolet Malibú 1967 verde jade. Recorrí su carrocería con un lienzo húmedo, lo acaricié con cariño, alimentando el placer de mis sentidos, casi con erotismo. A pesar de sus más de quince años de edad, el auto quedó tan reluciente que podía ver mi sonrisa en su reflejo.

Ese fue mi primer automóvil; se lo compré a una anciana que era vecina de la familia, gracias a lo que ahorré, durante un año, en mi primer trabajo en Telmex. El automóvil en realidad había sido propiedad de su esposo; un médico obsesivo y metódico que había fallecido diez años antes víctima de cáncer de estómago, de tal manera que había dejado al auto prácticamente nuevo. La viuda no sabía manejar, pero mantuvo el automóvil en su cochera, como si fuese un altar a la memoria de su esposo. Cada tercer día llamaba por teléfono a mi madre y le pedía que yo fuese a su casa para echar a andar el carro diez minutos.

La anciana me recibía con una taza de chocolate y se alejaba de la soledad por un rato, mientras el automóvil permanecía encendido y yo me convertía en su nieto temporal y putativo. Poco a poco sus llamadas se fueron espaciando porque la anciana perdió las ganas de vivir. Por fortuna, antes de dejarse ir de manera definitiva, accedió a venderme ese carro que su esposo había tenido desde nuevo y, en una ceremonia muy parecida a la entrega de una herencia, me dio las llaves, la factura, la tarjeta de circulación, el manual del usuario, todas las facturas del mantenimiento y un montón de recomendaciones sobre como limpiarlo. Así recibí un auto ancho de color verde jade y techo de vinil negro que tenía de líneas alargadas con unas discretas aletas en el medallón posterior y un enrejado cromado en las luces de alto posteriores, interiores de piel negra, dirección hidráulica y palanca de velocidades al volante.

Salí de casa manejando mi auto impecablemente limpio. El plan era llevar a mi novia a pescar truchas a El Zarco, cerca del Desierto de los Leones, de paso aprovechar la mañana para que ella practicase el oficio de manejar y -con un poco de suerte- visitar algún hotel de paso. Aunque Nayeli tenía licencia, la verdad es que no sabía manejar un auto estándar y -como yo quería quedar bien- accedí a que condujese mi Chevrolet. Apenas la conocía; se llamaba Nayeli y era una joven trigueña de ojos muy negros y grandes, espigada y de líneas casi tan perfectas como las de mi Chevrolet Malibú 67 verde jade. La conocí en un curso de capacitación que impartí para una de las oficinas de la zona metropolitana, platicamos dos o tres veces, la invité a salir, al poco tiempo comenzamos una relación más íntima y la vida era buena.

Llegué a la casa de Nayeli, toqué el claxon y cuando salió me recorrí hacia la derecha, dejándole libre el lado del conductor. Comenzamos a circular por las calles de una de esas colonias de la Ciudad de México donde se mezclan pequeñas fábricas y vecindades; de esas que suelen llamarse ciudades perdidas. El auto avanzaba con el típico jaloneo que producen los conductores novatos que no pueden sincronizar bien los movimientos simultáneos de acelerar suavemente con el pie derecho mientras se saca el pie izquierdo del embrague. Yo dirigía sus movimientos, con dulzura, pero con firmeza: “mete el clutch, primera, acelera, saca el clutch, suave, saca todo el pie izquierdo, quita el pie del acelerador, mete el clutch, segunda, acelera suave, saca el pie del clutch”.

El auto se aproximó a una intersección donde el semáforo cambió su luz de verde, a ambar y luego a roja. Nayeli circulaba muy despacio y casi hacía alto total, cuando al mismo tiempo yo le di la orden de acelerar. Ella obedeció, el carro avanzó con el jaloneo y pasamos la calle cuando el semáforo ya estaba en rojo. No habíamos avanzado más de veinte metros cuando escuché la sirena de una patrulla que nos alcanzó, se emparejó y con el altavoz nos dejó caer el clásico “¡auto color verde, oríllese a la orilla!”. Mientras Nayeli se estacionaba, pude ver que en la patrulla viajaban dos policías. Se estacionó al frente de nosotros quedando alineada con la puerta abierta de una vecindad. Mientras los autos de detenían alcancé a preguntarle a mi novia porqué se había pasado el alto y por supuesto que me contestó -de mala gana- que yo le había dicho que acelerara. Para mi eso no tenía sentido porque era obvio que ella había visto a la patrulla por el espejo retrovisor. No discutimos mucho porque se bajó el policía que conducía la patrulla; nos miró un momento, cruzó lentamente enfrente de nosotros de izquierda a derecha y sin más, en vez de dirigirse al conductor, terminó tocando mi ventanilla.

El patrullero me dio los buenos días y me pidió la tarjeta de circulación y mi licencia; para su sorpresa mi novia le entregó también su licencia. Sin embargo, el policía la ignoró y continuó parlamentando sólo conmigo. Ella permaneció siempre en silencio, mientras el policía y yo comenzamos el estira y afloja, pasaron varios minutos entre que si se había pasado el alto o solamente la preventiva, que si la dama no sabía manejar pero que tenía licencia; luego vino la amenaza de llevarnos al corralón, el juego del policía malo y después el policía que nos quería ayudar pero que yo no me dejaba ayudar y, por último, de plano mi solicitud de que se levantara la infracción.
Por alguna razón que desconozco, el policía que permanecía en la patrulla, en el asiento de la derecha, se bajó del auto sin mediar palabra y alcancé a ver como se dirigió a la puerta abierta de la vecindad desapareciendo de mi vista. Habrían pasado diez o quince segundos cuando escuché el seco tableteo de tres disparos, ¡pram!… ¡pram!… ¡pram!…

Alcancé a decirle a mi novia ¡agáchate!, la abracé con fuerza y su cabeza quedó entre mis rodillas. Vi entonces como el policía salía por aquella puerta abierta con el arma desenfundada en su mano derecha y con la mano izquierda apretándose el vientre, mientras su camisola azul se teñía de rojo. El policía trató de gritar, pero apenas balbuceó: ¡pareja!, ¡ayúdame pareja!, soltó el revolver, dobló las rodillas y se fue de bruces girando su cabeza hacia su izquierda. El cuerpo inmóvil quedó tirado en el asfalto casi de frente a mi y sus ojos inertes no dejaron de mirarme. En la calle solitaria no había nadie y nadie se asomó a ver qué sucedía. El otro policía, mi interlocutor, que se había refugiado atrás de mi Chevrolet, permaneció ahí varios segundos que pudieron haber sido minutos, luego se acercó al que seguramente ya era cadáver; aunque se puso de cuclillas no lo tocó, miró de lejos hacia el interior de la vecindad y se llevó las manos a la cabeza.

Regresó hacia mi ventanilla y recogió mis documentos, que había dejado caer mientras corría a refugiase detrás de mi automóvil. Estaba pálido y con voz temblorosa me dijo “¡Mira nada más en que santo desmadre nos metiste!, si no la hubieras hecho tan cansada, no nos hubiera pasado nada. Tú eres testigo de que yo hice todo lo pude por defender a mi compañero”.

Así que, de pronto yo era el testigo principal y -según el policía- el responsable de la balacera. Entonces Nayeli intervino y le dijo al policía casi llorando, “No vimos nada, señor oficial, de verdad que no pudimos ver nada, por favor déjenos ir”. El policía la miró a los ojos y luego se dirigió a mi nuevamente, me dio los documentos y me despidió con un “mejor ya váyanse, a ver cómo arreglo este pedo”. Mi novia echó a andar el auto y avanzó lentamente, esta vez con poco jaloneo. Los ojos del cadáver me miraron por última vez, mientras puede ver el interior de la vecindad buscando la razón del tiroteo, pero mis ojos sólo encontraron la soledad y el silencio de un largo pasillo con viviendas a cada lado y con salida hacia el otro lado de la calle.

Dos calles más adelante mi novia detuvo el auto y me pidió que yo manejara y la llevara a su casa. Transitamos un rato a través del estupor y tratando de entender qué había sucedido, sin cruzar una palabra, quizá porque se nos había terminado la saliva. Ya casi para llegar a su casa comenzaron las lágrimas, la reconstrucción de los hechos y cientos de inútiles hipótesis.

Mi relación con Nayeli se deterioró en los días siguientes y finalmente terminó conmigo entre las recriminaciones del porqué le había pedido pasarse el alto y el porqué no había sobornado al policía. Supongo que no pude explicar mi criterio para romper y luego no romper la ley de manera sucesiva. Supe después, que se hizo novia de un jefe de departamento que tenía un automóvil con transmisión automática y aire acondicionado.

Años más tarde me la encontré en una concesionaria Ford a la que había llevado mi camioneta a servicio. Estaba más llenita y con manchas de paño en la cara, señales inequívocas de que ya pertenecía a la categoría de señora. Me acerqué a saludarla y sólo para hacer conversación le dije “Nayeli, me da gusto encontrarte, qué bien te ves, el otro día pregunté por ti y supe que estás trabajando en un Centro del Teletón”, pero la señora me miró con unos ojos llenos de odio y me contestó “tú no tienes derecho a preguntar por mi, ni saber nada de mi vida”. Di dos pasos atrás, luego giré a la derecha como hacen los soldados y me dirigí a la caja para pagar mi factura. Cuando me entregaron mi camioneta, alcancé a verla en la sala de espera, pero procuré alejarme sin hacer contacto visual.

Mientras manejaba mi camioneta me pregunté en qué momento me había convertido en uno de los fantasmas de Nayeli y en cuántos catálogos de fantasmas estoy incluido. Reflexioné que yo también tengo mis espectros; durante varios meses posteriores al tiroteo, los ojos inertes del policía me visitaron casi todos los días en mis pesadillas; luego lo hicieron ocasionalmente, hasta que un día dejaron de hacerlo. Dejé de sentir culpa de aquella violencia sin sentido, pensando que -en alguna otra arma- estaría otra bala acechando, esperando que el infortunado oficial cometiese una torpeza para alojarse en su barriga.

Pensé también en las varias novias que tuve y los muchos autos que he tenido. Dos años después del incidente vendí mi Chevrolet y lo cambié por un Tsuru más nuevo y con aire acondicionado; no sentí culpa, pero tuve aquella desagradable sensación que acompaña a la infidelidad. Luego tuve un Sentra que parecía quererme, pero consumía demasiada gasolina. A partir de entonces, al cambiar de automóvil ya no tuve ningún tipo de remordimiento parecido al duelo. Confieso que he vivido, que me entregué a los volantes de muchos otros autos, pero nunca tuve alguno de líneas tan sensuales como aquel Chevrolet Malibú 67 verde jade.

César Raúl González Bonilla

«El mundo sigue respirando»

Hasta que un día,

tu nombre se fue con la neblina

y las manzanas recobraron el aroma a media tarde.

El aire volvió a ser claro,

los árboles dejaron de pronunciar tu sombra

y el reloj respiró -otra vez- sin sobresaltos.

La cocina olvidó tus pasos,

la taza de café aprendió a guardar silencio

y a dispersar el olor de la mañana.

La hogaza recuperó su sabor a pan de trigo

y decidió servirme de alimento.

La lluvia que tocaba la ventana,

se dedicó a humedecer la tierra

y los gusanos, a buscar sus minerales.

El mundo quiso seguir su curso:

los perros, de nuevo, ladraron al cartero,

y la tarde se extendió sobre los techos.

En El regreso de las cosas, el mundo cotidiano se restablece tras una ausencia. La voz poética observa cómo el aire, la lluvia, el pan y los objetos domésticos recuperan su sentido. Es un poema sobre la serenidad que llega cuando la pérdida deja de doler y todo vuelve a respirar.

Pregunta cinco

Por César Raúl González Bonilla

«A veces el corazón se ausenta»

¿En dónde dejé mi corazón,
en qué sitio del camino lo perdí?
Seguramente al conversar mis dos cerebros,
se fue, sin darme cuenta, por un hoyo en mi camisa.

¿Huyó mientras veía televisión indiferente,
lo perdí en un taxi, al tirar papeles viejos,
o al pagar la cuenta del supermercado?

En resumen, no está aquí,
el mediastino está vacío,
empolvado de hace tiempo
y no fluye la sangre por mis venas.

Con la promesa de un amor tardío
esperan mis células sedientas,
la resurrección o la agonía.

El autor reflexiona sobre la pérdida emocional, preguntándose dónde ha dejado su corazón. Describe momentos cotidianos que podrían haber llevado a esta ausencia. Su mediastino está vacío y anhela un amor tardío, expresando un profundo deseo de resurrección y lucha entre la vida y la agonía.