Recobrar la libertad

César Raúl González Bonilla

Una vez sedado, las arrogantes manos enguantadas de los médicos le insertaron un tubo en la garganta, luego le introdujeron una sonda que encontró su camino por la nariz hasta el estómago, después otra que viajó a través de la uretra a su vejiga y una más que, por el interior de una vena del pecho, llegó hasta la intimidad del corazón. En el cuarto del hospital el rítmico bip del monitor y el cadencioso silbido del aire entrando y saliendo de los pulmones a fuerza de una máquina, rezaban la interminable letanía de la insolencia, mientras cinco frascos vigilantes, colgados en un porta sueros de acero inoxidable, contaban los segundos gota a gota. Desnudo y frágil, sumergido en sus líquidos corporales y privado de la libertad de decidir, yacía aquel despojo obligado a respirar por la necedad de la ciencia. En la penumbra, a la hora del final aplazado, en el jardín los capullos estallaron liberando miles de mariposas que invadieron la distancia; entonces, el cadáver se levantó de su cama, arrancó los tubos de su cuerpo, se acostó de nuevo y expiró tranquilamente.

 

Admisión continua

César Raúl González Bonilla

Soy un cuerpo astillado más

que se incrusta

en la interminable hilada de dolientes.

 

Soy el enfisema que jadea,

la entrada al nosocomio enmascarada,

los puestos sedentarios para siempre.

 

Soy una serpiente que se mueve aletargada

y me conduce a mi derecho a estar enfermo.

 

Hay un aire maloliente,

un sello que me resucita en los papeles,

el registro de llegada, la hoja de ingreso,

la pluma que vocifera en tinta negra,

una silla imaginaria, los asientos ocupados,

el espacio insuficiente, la permuta de bacilos,

el oficio de paciente.

 

Reencarnar en la espera,

en la imprecisión de la esperanza,

en el cardumen perezoso,

en el intento de evitar que lata el corazón

setenta y siete veces por minuto.

 

Una voz metálica arrastra la

imprecisa invocación a mi persona

y así estoy en la introducción al escrutinio.

 

Una enfermera ya me toma la muñeca,

requisito ajeno a la caricia que apacigua.

Ahora soy el desagrado para todos.

 

Yo soy una molestia que camina,

él es un monolito de apatía.

Yo disminuyo en una silla,

él inmóvil escribe en una idea,

Yo fijo sus ojos en las teclas,

él ve la salida que lo lleva hacia el letargo.

Sordo impulsado por la inercia,

mudo que pregunta lo forzoso,

ciego que parece voluntario.

 

Hay afuera once mil caras con tintes afligidos.

Hay que resolver mi caso de inmediato.

Soy la referencia y la contra referencia;

mis entrañas astilladas, simplemente,

una víctima más

de la medicina basada en evidencia.

Dominga

Por César Raúl González Bonilla

«Algunos recuerdos no duelen, pero arden.”

El hierro del ranchero se encuentra al rojo blanco cuando se hunde en la grupa del penco que relincha de dolor, mientras su piel se convierte en una hilera de humo, que llena el espacio con olor a chamusquina. De nada sirven los reparos y todo el alboroto, porque la bestia quedó marcada para siempre. De manera análoga, hay pasajes de la vida que dejan huella y, con frecuencia, cicatrices. Son parajes que visita la memoria de vez en vez, sobre todo cuando el calor de mayo no nos permite conciliar el sueño. Vivencias que involucran personas, rostros, gestos y emociones. Algo queda en los recuerdos con hedor de piel quemada, mayormente si se trata de una mujer, con la que se compartió sólo una noche.

La serie de sucesos imprevistos, que me llevaron a este encuentro, comenzó un domingo ocho de febrero, en el cumpleaños ochenta y tres de mi madre. La anciana del indestructible optimismo, se levantó temprano con el propósito de guisar y tener todo dispuesto para celebrar con sus hijos, nueras y nietos, al pasar el medio día. Se le había pedido que no preparara nada, pero lo hacía con gusto porque la cocina, hasta ese día, era su espacio, su mando y señorío. No pretendía elaborar algo complicado, sólo unas rajas con crema y chicharrón en salsa roja. Sin embargo, la mañana se detuvo de pronto cuando dieron las nueve. Al girar la anciana a su derecha, el tejido de su suéter quedó trabado en la jaladera de un cajón de la alacena, la mujer perdió el equilibrio y todos sus años se desplomaron, estrellando sus frágiles huesos en el piso y contra la puerta del refrigerador, que trató inútilmente de detenerla. El viaje hacia el suelo ocurrió en un instante, pero el accidente se había urdido por ocho décadas.

Mientras eso sucedía yo estaba en lo mío. Los domingos acostumbro asistir al parque de la Alameda Norte con mi perra, una pequeña schnauzer, sal y pimienta, sin ningún título nobiliario. Ahí comparto con mis amigos del Club Canófilo Metropolitano, desde las ocho de la mañana, la increíble costumbre de recoger los excrementos de nuestras mascotas y el raro deleite de hacer que superen por toda serie de obstáculos, cuando así se los ordenamos y cuando se les da la gana obedecernos. Eso sí, en el menor tiempo posible.

La perra se llama Dana e ingresó a mi vida, primero por una necesidad terapéutica y luego se convirtió en un gusto. Tenía, en principio, la función de servir como un puente para restablecer la comunicación que se rompió con mi pareja hace mucho, y hay que admitir que funcionó parcialmente por un tiempo. Mi compañera se encontraba viviendo la sensación general de soledad que sucede cuando los hijos abandonan el hogar. Sufría el síndrome del nido vacío, que es más común en las mujeres y más intenso cuando los lazos maternales son fuertes, cuando la distancia impide las visitas de los hijos y cuando se tiene una pareja agria, insensible y poco afectiva.

Sólo había pasado una hora del entrenamiento con mi perra, cuando sonó mi teléfono celular. Al observar que la llamada era de mi padre se me detuvo el corazón, pues sé por experiencia, que nunca traen consigo algo bueno, sobre todo cuando se suceden a media noche o un domingo por la mañana.

Efectivamente, la voz angustiada de mi padre me dijo que mi madre se había caído. Le contesté que la llevaran de inmediato al Hospital de Traumatología de Magdalena de las Salinas, porque sabía que llevarla a otro hospital sólo retardaría un diagnóstico, pero mi padre me replicó que era imposible moverla. De prisa me dirigí a mi automóvil y mientras manejaba, ya pensaba en las implicaciones del diagnóstico. Sin duda, mi madre se había fracturado la cadera. Para muchos ancianos, sin una enfermedad previa, esto significa el principio del fin; para mi madre, con insuficiencia renal terminal y dependiendo de conectarse a una máquina de hemodiálisis cada tercer día para vivir, el pronóstico era muy sombrío.

Encontré a mi madre tirada en el suelo de la cocina, con la cabeza recargada contra el refrigerador. Mis primas, que viven en la casa de enfrente, ya estaban ahí y, pretendiendo ayudar a la accidentada, le habían colocado varias almohadas en la espalda, para estabilizar su posición y disminuir su sufrimiento. Era inútil, la anciana médica, envuelta en el llanto que le causaba el intenso dolor, me comunicó su diagnóstico

-Tengo fracturados la cadera y el hombro izquierdos.

La miré a los ojos y asentí con la cabeza. De cualquier manera, la revisé con cuidado, tratando de detectar otras lesiones. Después, con mucha dificultad la coloqué recostada sobre el suelo. Mi esposa, que ya había sido avisada del accidente, consiguió una ambulancia y la trasladamos al Hospital de Traumatología de Magdalena de las Salinas. No fue difícil que los médicos del Servicio de Urgencias confirmaran el diagnóstico, sólo se requirieron unas cuantas radiografías. Mi madre necesitaba cirugía de la cadera e inmovilización del hombro. En tanto que mi padre hacía los interminables trámites para internarla, la acompañé en una camilla, intentando animarla y convencerla de que su tiempo de morir no había llegado. Sin embargo, la anciana médica lloraba, más por el dolor emocional de haber echado a perder su festejo, que por el dolor físico que le ocasionaban los dos huesos, que se quebraron como la cáscara de un huevo, cuando cayeron al suelo.

Una vez pasada la emergencia, más mi padre que los médicos, encontraron la manera de trasladar a mi madre desde el hospital hasta la clínica para que pudiese recibir sus sesiones de hemodiálisis. En el segundo día, ya estable, entró a cirugía tan serena como siempre. Platicó conmigo y, con la templanza que le caracteriza, me dijo que estaba en paz porque era una mujer afortunada, que había tenido la oportunidad de ver crecer a sus hijos y nietos como personas de provecho.

-Todos están bien, de tal manera que no tengo de que preocuparme. Además, ya me han dado los santos óleos.

Es cierto, hace muchos años se le diagnosticó cáncer de colon y desde entonces arregló sus asuntos con Dios y piensa en vivir un día a la vez. Por otro lado, mi esposa, mi padre, mi madre y yo, todos somos médicos, de tal manera que es común que en las pláticas de sobre mesa se mezclen las cosas comunes de las noticias del día, como cuántas cabezas aparecieron por ahí tiradas a media calle, o cuáles son las características físicas de las excrecencias de mi madre.

Se despidió de mí, me dio su bendición e insistió en que me quedara tranquilo. A pesar de sus buenos deseos, me esperaban meses de mucha tensión, pues mi madre pasó por todas las complicaciones derivadas de la inmovilidad en cama, la preocupación de mi padre lo llevó a presionarme al máximo para que hiciera yo aparecer especialistas y tratamientos milagrosos, como quien saca un conejo de un sombrero, la epidemia de influenza del 2009 estaba por transformar mi laboratorio y mi vida por completo, la situación con mi pareja era cada vez más tirante y no fluían los recursos para trabajar. No hay duda, cuando Dios da, da a manos llenas.

Por fortuna la cirugía fue exitosa, a mi madre le colocaron dos tornillos que estabilizaron la cabeza y el cuello del fémur. En el postoperatorio las cosas marcharon bien, no sin algunos incidentes que hicieron que mi padre se quejara del hospital, de los médicos y de las enfermeras, esmerándose en hacerme sentir responsable de todas las deficiencias del sector salud entero. El acuerdo familiar fue que yo pasara la primera noche del postoperatorio cuidando a mi madre, por lo que compré unas revistas y un libro de crucigramas, sabiendo que mi función de enfermero nocturno se reduciría a vigilar que las soluciones fluyeran por sus venas y a cumplir la difícil tarea de colocarle el cómodo. Los actos sencillos de orinar o sentarse son imposibles cuando se fractura la cabeza del fémur.

Al caer la noche, mi madre estaba de buen humor, molesta por el dolor, pero serena. Tuvo el ánimo de resolver conmigo crucigramas hasta que la venció el sueño y se quedó dormida. Fue entonces cuando comencé a mirar y escuchar lo que sucedía a mí alrededor, pues el estar sentado en una incómoda silla, hace que el tiempo transcurra con mucha lentitud y los sentidos se agudicen. El hospital adquiere otra dimensión cuando no es nuestro propio sitio de trabajo. Cuando los enfermeros y enfermeras terminaron de hacer sus rutinas, como tomar signos vitales y administrar medicamentos, desaparecieron como el humo de un cigarrillo que se diluye en el aire, dejando a los familiares la responsabilidad de cuidar a sus enfermos y el hospital fue cayendo en una especie de letargia dolorosa, pues el silencio se interrumpía por los llantos y quejidos de los ancianos, que brotaban por diferentes cuartos de aquel piso. Ahí me di cuenta que el llanto de un viejo es muy diferente al de un niño y que mi madre estaba internada en el piso de las caderas, en el ala sur, designada para las mujeres y que era sólo una cadera más, de las muchas que estaban internadas; cada una perteneciente a un anciano, que había perdido su propia historia para convertirse en un hueso roto solamente, con alguna posibilidad de ser reparado.

En el pequeño cuarto de cuatro camas estaban internadas tres pacientes. La paciente que ocupaba la cama de enfrente era una anciana de unos setenta años que ya había sido operada, se podía sentar en un reposet y estaba por ser dada de alta. Digamos que era la paciente experta, que podía dar indicaciones y consejos a todos los familiares. La paciente en la contra esquina del cuarto había estado internada el mes anterior por fractura de la cadera derecha y ahora estaba esperando nuevamente su turno para pasar al taller, porque tenía fracturada la cadera izquierda. En realidad no se trataba de una anciana, pero evidentemente era víctima de la osteoporosis ocasionada por una menopausia precoz. De seguro sus ovarios perezosos dejaron de producir, antes de tiempo y sin avisar, las hormonas importantes que mantienen la libido y el calcio que le confiere resistencia a los huesos.

Yo quedé a cargo, de manera honoraria, del pabellón donde estaba internada mi madre porque, no había más familiares y las dos pacientes de enfrente me pidieron revisar los sueros, darles de beber o moverles la cama. Serían las diez y media de la noche cuando un par de enfermeras entraron súbitamente a mi pabellón, acompañados por dos camilleros que trasladaban a una anciana, que colocaron en la cama vacía adyacente a la derecha de mi madre, cerca de la ventana. La mujer venía muy agitada y confundida. Las enfermeras preguntaron por un familiar de la vieja, pero como no había ninguno, escuché que una de ellas se comprometió a buscar alguno en la sala de espera.

No habrían pasado más de tres minutos, cuando la anciana trató de incorporase, diciendo incoherencias y arrancándose el pequeño tubo de látex que la conectaba a un suero. Por la propia seguridad de la paciente, la pareja de enfermeras no dudó en sujetar sus brazos y la pierna sana al barandal de la cama hospitalaria, utilizando unas vendas para amarrarla. No sé si hicieron más, porque desaparecieron nuevamente, dejando a la vieja inmovilizada.

Por mi parte, hice el diagnóstico en silencio y sin posibilidades de interferir, desde mi incómoda silla. Delírium es el término más aceptado para definir los trastornos de las funciones mentales superiores que alteran la conciencia, de manera aguda, transitoria y global. Se trata de un estado de confusión, donde el cerebro viaja como una locomotora desbocada, inventando su propia realidad. Aunque hay muchas causas, es común en situaciones de extremo estrés, como el dolor intenso, sobre todo en ancianos, cuando además sufren algún grado de demencia. No se requiere ser siquiatra, para saber que en este estado el cerebro, residencia de nosotros mismos y de nuestra alma, envía mensajes erráticos y contradictorios a todo el organismo, pues vierte a la circulación sustancias químicas que agitan el corazón, comprimen las arterias, desenfrenan al hígado y paralizan a los riñones. Por eso, las personas en estado de delirium tienen mayor posibilidad de complicarse y morir.

La anciana no dejaba de gritar y darle órdenes a Juana, tratando inútilmente de incorporarse.

– ¡Juana! , ¡Juana! ¡Prepara el arroz y ya limpia esa mesa!

– ¡Juana! , ¡Juana! ¡A ver si ya barres el patio!

En mi pabellón, mi madre era la única que dormía, porque sus viejos oídos ya hace tiempo perdieron la capacidad de percibir los sonidos del mundo, deficiencia que en ese momento se convirtió en una ventaja selectiva. Pero las dos enfermas de enfrente no dejaban de mirarme, ordenándome con sus ojos que hiciese algo, en tanto que yo permanecía sentado frotándome las manos, esperando que de un momento a otro apareciese un familiar, una enfermera o un médico de verdad y no uno honorario. Pasaron los minutos y la anciana continuó dando indicaciones, increpando a Juana y a todos los que, supongo eran sus hijos. Decidí entonces levantarme y acercarme a la vieja, no quería involucrarme por temor a hacer algo incorrecto. Sé que un entorno conocido ayuda al paciente a orientarse en tiempo, lugar y persona, tener seguridad y tranquilizarse. Los medicamentos se utilizan sólo cuando es necesario contener a un enfermo extremadamente agitado y éste era el caso. Además, yo era un desconocido y podía perturbar más a la paciente.

La penumbra del cuarto me permitió ver el rostro de una anciana de cara larga, gran nariz, tez clara, ojos grises, incontables arrugas y pelo totalmente blanco, que caía sobre la almohada como una cascada de agua limpia. Ciertamente que habría sido una mujer alta, carismática y bella. La señora de la casa.

Yo pensaba qué hacer para tranquilizarla, pero apenas me había acercado a su cama cuando ella comenzó la conversación.

-Me llamo Dominga, ¡Que bonito nombre tengo!, ¿verdad? El domingo es el día del Señor, ¿y tú como te llamas?

– Yo me llamo César.

– Tengo noventa años y puedo ser tu abuelita, ¿Quieres que sea tu abuelita?

– Está bien, abuela.

– A ver César, vamos a rezar un Padre nuestro.

– No, abuela. Yo no soy bueno para eso.

– Yo creo que sí, tienes mirada de cura. A ver, vamos a rezar.

No tengo idea sobre el escenario mental de la vieja en el que se desarrolló nuestra plática, porque no era mi objetivo hacer un interrogatorio para averiguar su percepción del tiempo, del lugar y de las circunstancias, el caso es que vio en mi mirada la bondad de un cura. Ella insistió y yo tuve que rezar, más por tenerla tranquila, que por acto de fe.

-Padre nuestro que estás en los cielos…

– Ya ves, ¡Qué bonito! Qué bonito rezas

Tampoco me es posible saber si la vieja estaba tratando de manipularme, porque enseguida me dijo,

-Tú eres bueno, ¡Anda! ¡Desamárrame!

-No, eso no lo puedo hacer abuela.

Así trascurrió la noche. Ella solicitaba cada diez minutos que la desatara y yo le pedía que esperara veinte minutos. La vieja tenía sed, le ofrecí agua embotellada, pero ella quería una limonada y me insistía que fuese al refrigerador, porque ahí había dejado una jarra.

-¿Qué estás haciendo?

– Le estoy haciendo piojito, abuela.

-¡Ah! Eso está bien.

Logré con esto tranquilizarla un rato, en tanto que mi imaginación me llevó por diversos pasajes su vida. Seguramente era viuda desde hace mucho, pero me la imaginé una señora de clase media, ama de una, casa con un patio posterior donde tomaban el sol muchas macetas.

Amanecía cuando desperté a mi madre para despedirme, abajo seguramente mi hermano me esperaba para entregarle el pase y relevarme hasta las diez de la mañana, hora en que acordamos llegaría mi padre. En eso llegó a mi pabellón una anciana como de setenta años, corta de estatura, que sólo saludó a Dominga.

-¿Cómo estás mamita?

Alcancé a escuchar que había estado sentada toda la noche en la sala de espera de urgencias. No encontró la manera de subir al piso, porque la puerta principal del hospital se cierra a la ocho de la noche y por ahí ya nadie puede entrar o salir, hasta las seis de la mañana que se abre nuevamente. Yo no dije nada, después de todo, la nonagenaria madre ya era responsabilidad de la anciana hija. Me retiré, entregué el pase a mi hermano y me fui a mi departamento para descansar un poco y arreglarme para asistir a trabajar.

Mi jornada transcurrió con el tedio y la angustia de tratar de trabajar sin recursos, esperando que los financiamientos que conseguí por concurso saliesen de la panza de alguna oficina mediante un doloroso parto. Por la tarde tomé un taxi al hospital, porque estacionarse en las inmediaciones es imposible. La sala de espera, como la de todos los hospitales públicos, era un hormiguero en el que sólo faltaban los globeros y los puestos de garnachas para hacer de ella, una sabrosa tertulia dominguera en Chapultepec.

Encontré a mi hermano y a mi padre sentados al fondo. Con un abrazo saludé a mi hermano y casi de inmediato le pregunté cómo le había ido con Dominga.

-¿La vieja que llamaba a Julia o a Juana?

– Sí, esa.

– Pues la atendió su hija y estuvo muy inquieta.

No alcancé a contarle que era mi abuela postiza porque mi padre, sin mover un músculo de la cara y sin voltear a vernos, interrumpió la conversación.

– Murió esta mañana.

– ¿Pues que le pasó?

Imaginé entonces que la vieja había tenido una de las complicaciones más temibles de las fracturas cruentas, la embolia grasa. Ya sea porque la grasa de la médula ósea alcance la circulación o porque los ácidos grasos libres se adhieran a la pared de las arteriolas, se forman emulsiones de grasa envueltos en plaquetas, que viajan por el interior de los vasos sanguíneos, hasta que se atrancan en diversos órganos como el pulmón y el cerebro, impidiendo la oxigenación. El infortunado paciente puede presentar alteraciones de la conducta y acabar con falla orgánica múltiple, caracterizada por insuficiencia renal, respiratoria y cardiaca,

Mi padre, impávido, continuó su relato.

-Por la mañana llevaron el desayuno y la hija trataba de darle de comer, pero la vieja estaba muy agitada. Le decía “¡Ándale mamita!, come. Come otro poquito”, y así la atiborró de comida, hasta que la señora dejó de respirar. Llegaron los médicos, sacaron a la hija del pabellón y cerraron la cortina, pero alcancé a ver como le extrajeron bloques de comida de la boca. No estuvieron mucho tiempo ahí, ni escuche muchos comentarios. Los médicos se retiraron y al poco, llegaron los camilleros que se llevaron el cadáver envuelto en una sábana.

Delirium, embolia grasa o matricidio, en ese momento vi pasar por el pasillo a la sexagenaria hija, cabizbaja y afligida, seguramente haciendo los trámites para que le entregaran el cuerpo de su madre. Se hizo un rato de silencio, porque no hubo mayor comentario.

Me pregunto si las complicaciones de la vieja se pudieron haber prevenido con un medicamento neuroléptico o con una simple explicación a la hija sobre cómo alimentar a su paciente. Pero, por otro lado, es posible que tuviese la mejor de las muertes al lado del cuidado de su amorosa hija. ¿Qué escribieron los médicos en el certificado de defunción? ¿Hubo negligencia o se cometió un homicidio? No lo sé.

La profesión del médico es contradictoria. Seguramente que algunas personas ven en ella el medio para alimentar su propio ego, sólo porque pueden ganarle una que otra partida a la muerte. Otros, las personas que tienen verdadera vocación, se dedican a este oficio porque tienen el deseo de ayudar a sus semejantes. Sin embargo, es imposible involucrarse emocionalmente con cada una de las historias de los pacientes y deben de construir una coraza, para no perder la armonía interna que permite tomar buenas decisiones y mantener la salud mental. Conservar una sana distancia afectiva, es necesario para el médico, pero la lejanía se convierte en indiferencia y luego ésta en crueldad. Son los menos, pero recuerdo a algunos médicos residentes referirse sobre los pacientes, como aquel que ya esta en “estado de pre-cadáver” o “estar pidiendo las llaves del Chevrolet”, porque de esa marca eran las carrozas fúnebres. No me hacía gracia, pero tampoco nunca dije nada, que les otorgase el derecho de morir con dignidad. Lo paradójico es que es posible otorgar atención médica con calidad, pero no con calidez.

Ver enfermos, me enferma. Todavía recuerdo el rostro de la paciente que se despidió de mí con una mirada, dándome las gracias sin decir una palabra, para morir al día siguiente. ¿Para qué prolongar la vida? ¿Por qué razón hemos de ser longevos? ¿En vez de reparar huesos o extirpar apéndices, no debiéramos primero curar la calidad de vida y prepararnos para la muerte?

Así las cosas, la definición de salud pública que me enseñaron mis maestros, simplemente ya no me funciona. Fue publicada en 1920 por Charles E. Winslow y dice que es “la ciencia y el arte de impedir las enfermedades, prolongar la vida, fomentar la salud y la eficiencia física mediante el esfuerzo organizado de la comunidad, dirigiendo estos beneficios de tal modo que cada ciudadano se encuentre en condiciones de gozar de su derecho natural a la salud y a la longevidad”.

No puedo ofrecer una definición de salud pública, pero sí soy capaz de reconocer que es una responsabilidad colectiva, del Estado, entendido como la unidad de población, organización social, entorno y territorio. Es competencia de la salud pública ofrecer al individuo las mejores condiciones posibles para nacer, crecer, desarrollarse, producir, declinar y morir.

 

El texto narra la experiencia del autor al cuidar de su madre, quien sufrió una caída en su cumpleaños y se fracturó la cadera y el hombro. A través de esta vivencia en el hospital, el autor reflexiona sobre la vida, la muerte y la calidad del cuidado médico, alternando el dolor físico y emocional…