Mi nieta Emma

César Raúl González Bonilla

«Para Emma, que ilumina el día con su risa.»

El sol revuela con Emma:
menuda, ligera, risueña.
Tiene ojos saltarines
y dos hoyuelos de fiesta;
su pelo es un remolino
donde anidan travesuras.

Emma alborota todo lo que toca:
los lápices, los cuentos, los peluches;
su cuarto es un desorden feliz.

Emma inventa mundos —muy sorprendentes—,
mundos que nadie espera:
que si el cielo también se enoja,
o las estrellas hacen gimnasia.

Emma es ágil como un rayo,
hace muy bien las piruetas,
y sabe multiplicar… las sonrisas.

A veces extraño a Emma,
pero su risa vuela,
y también hace piruetas.

El amor no tiene fronteras,
y basta una mirada
para hacerme bueno el día.

Mi nieta Emma es un retrato luminoso de la infancia visto desde la ternura y la distancia del abuelo. El poema celebra la curiosidad, la alegría y la inteligencia de una niña que transforma todo lo que toca en asombro. Entre peluches, preguntas y piruetas, Emma encarna la energía vital del amor familiar que vence…

Mi nieto Ulises

César Raúl González Bonilla

A Ulises, que navega entre mis días con su luz primera.

I

Es Ulises,
un hombre en el centro de una mujer,
casi hombre semejante,
del mismo hombre,
dentro de la mujer misma.

Apenas astilla, diminuta raíz
en el centro del útero,
partícula y mendrugo de vida,
entrañas de arena y grava,
levadura del pan de mediodía.

Sueño dentro de otro sueño,
brizna de polen,
hálito espiral
del sol por la mañana,
sonrisa divina.


II

Ulises juega,
corre y salta con pasos diminutos.
Gira, da vueltas
en una feria de alboroto.

Tropieza y solloza el viento.
Viene el silencio
y luego, de la nada,
la fiesta renace de repente.

Ulises experimenta
con la risa.
¡Cómo se divierte con el balbuceo!
Es un barullo solamente
y es música, al mismo tiempo.

Ulises juega travieso,
sonríe revoltoso
y se adentra, muy tenue,
por la adivinanza de los años prometidos.

Ulises juguetea,
traza en los ensueños
el fugaz espiral que todos somos.

Juega Ulises,
sigue contento,
llévame contigo, sólo un segundo,
en un murmullo,
al ningún tiempo.

Mi nieto Ulises es un poema en dos movimientos: el primero contempla el milagro del nacimiento como acto divino y biológico; el segundo celebra la infancia como juego primordial del universo. El hablante —un abuelo que observa y se asombra— reconoce en su nieto el eco de todas las vidas anteriores, la espiral del tiempo…

Inventario

César Raúl González Bonilla

Hoy es tiempo de iniciar el inventario.
Veamos, pues, qué es lo que tengo.

Tengo cincuenta y cuatro,
un camino largo andado
y una trayectoria incierta.

Tengo una esposa que me quiso,
y me quiere —a su manera—;
dos cachorros alejados, graduados como hijos;
la promesa de una nieta para peinarla con trenzas;
dos imbatibles ancianos,
un par de entrañables hermanos
y una familia afectuosa.

Tengo una perra inseparable,
un puñado de legítimos amigos,
cuarenta auténticos colegas
y cien maestros que se dicen mis alumnos;
cuatro discos de Piazzolla
y la poesía de Sabines.

Tengo mil fantasmas en mi sien derecha,
diez proyectos inconclusos,
siete sueños empolvados,
tres amores imposibles,
veinte musas cotidianas,
el recuerdo de unos ojos verdes
y otros negros que me roban el sosiego.

Tengo dos pares de zapatos,
una taza favorita,
nueve experimentos aplazados,
varias piedras en los riñones,
un dolor de cuello,
un pedacito de sol, una nube, una roca
y el reflejo de la luna.

Tengo una célula asesina,
aguardando agazapada para ahogar mi corazón,
devorar mis pulmones
o estallar en mi cerebro una granada.

Por eso tengo un testamento,
aquel nicho esperándome en Sonora,
y la negativa de mi esposa
de mezclar nuestras cenizas.

Tengo la tarea pendiente
de llorar y reír a carcajadas.
Tengo tiempo todavía para aprender
a gatear,
incorporarme y caminar,
balbucear,
valorar el poder de la palabra
y ser un mejor oyente.

Y eso es lo que hoy tengo,
lo que vale la pena contar.

Un recuento vital en primera persona: el hablante enumera sus afectos, objetos, dolencias y aprendizajes como un balance del vivir. Con tono sereno y autocrítico, el poema transforma la memoria en gratitud y la incertidumbre en sentido.

Almirante

César Raúl González Bonilla

«Tu ruta sigue escrita en mi bitácora

En vez de brújula, una losa

y en vez de mapas, laberintos.

Recibiste el timón frente al eclipse

y emergió tu carácter, a golpes de marea.

Aprendiste a navegar bajo nubes encrespadas,

contra el ciclón, siguiendo al viento.

Así fuiste mi capitán y mi piloto;

-sensato casi siempre,

testarudo por momentos-

viendo la luz hacia lo justo

y a todos nos llevaste hasta la calma:

soltar amarras sólo, para entrar a puerto juntos.

Pasó el instante que se mide en vidas;

mírame ahora, Almirante de mi plasma:

soy la cosecha de tu viaje,

nuevos tripulantes, otros horizontes:

cada cual con su mar, su derrotero

en la bitácora que escribe nuestros lazos.

Descansa, continúa la travesía.

En Almirante, el hablante se dirige a quien le legó el mando, la fuerza y la ruta: una figura que encarna la guía, el temple y la herencia. Desde la oscuridad del eclipse hasta la calma del puerto, el poema traza un viaje de aprendizaje, pérdida y continuidad. El mar, con su lenguaje de brújulas rotas, tormentas y horizontes, se convierte en espejo de la vida transmitida y del amor que persiste en movimiento. “Tu ruta sigue escrita en bitácora” resume esa fusión entre memoria y presencia: el legado se disuelve, pero nunca desaparece.

Una promesa

César Raúl González Bonilla


A mi padre.
Raíz de mi todo, espejo de mi mismo, el mejor de los ejemplos y el peor de mis fantasmas.

En la sala de exámenes profesionales, los cinco sinodales han estado deliberando más de una hora y no se ponen de acuerdo. Dos de ellos están convencidos de que el sustentante no tiene las cualidades para ser médico; en tanto que otros dos lo respaldan, más porque lo conocen y saben que trabajó muy duro para terminar su carrera, que por la solidez con la que defendió su tesis. El quinto sinodal, el inmigrante español, está confundido, escucha los argumentos de uno y otro lado, girando como una veleta y simplemente, no sabe qué hacer. El alumno tiene madera, pero hay algo en la destreza del muchacho que no le satisface al maestro.

El examen profesional se encuentra al final de la segunda parte, el escrutinio fue minucioso, profundo como una autopsia y la discusión se prolongó tanto, que ya cayó la noche del miércoles 14 de noviembre de 1951 en el aula que se encuentra en la calle de Cedro y Salvador Díaz Mirón. Ese año Adolfo Ruiz Cortines dejó la Secretaría de Gobernación en el gabinete de Miguel Alemán, para emprender su campaña presidencial como candidato del Partido Revolucionario Institucional, Pedro Infante y Luis Aguilar invaden los cines, vestidos de agentes de tránsito en ¡A toda máquina! y la guerra de Corea se encuentra en un punto álgido. En Nueva York apenas se inauguró la sede de la ONU, mientras se establece el mando general de las fuerzas de la OTAN en Francia y los Estados Unidos juegan a realizar pruebas nucleares con una bomba de un kilotón que estallan en Nevada, inaugurando estruendosamente la guerra fría.

Nada de esto preocupa al joven pasante, pues tiene cosas más importantes en que pensar. Apenas ayer tuvo lugar la primera fase del examen, consistente en la exploración de sus habilidades prácticas. Desde temprano, se presentó con los profesores en el hospital, con su bigote recortado e impecablemente vestido con su saco y pantalón blancos. Uno por uno, los maestros lo llevaron a algún pabellón y le presentaron a un paciente, con el que debió demostrar su habilidad clínica.

En tanto que él trataba de obtener la mayor cantidad de información útil, la avalancha de preguntas se desprendía desde las rígidas miradas de los examinadores, ¿Cuál es su diagnóstico? ¿Qué maniobra de exploración debe usted realizar? ¿Hay algún diagnóstico diferencial que debe tener en cuenta? ¿Qué tratamiento daría usted, doctor?

Los primeros tres pacientes no representaron gran problema, un caso de sarampión, un embarazo gemelar y un caso de sífilis secundaria. En aquel entonces, los buenos clínicos decían que “el que sabe sífilis, sabe medicina”. La penicilina, descubierta en 1928, apenas comenzó a comercializarse, seis años antes y todavía había muchos pacientes con manifestaciones tardías de ésta, que se conocía como la enfermedad de las mil caras.

Sin embargo, el último paciente, es un verdadero crucigrama, el profesor de neumología es un inmigrante español que llegó a México en 1942, expulsado por la guerra civil que llevó a Francisco Franco al poder. Se trata de un clínico forjado en la escuela francesa: por lo tanto, conoce profundamente la propedéutica. El paciente tiene tuberculosis, es un problema frecuente que seguramente será controlado en pocos años, porque ya existe la estreptomicina, pero todavía no llega a todos los enfermos. Cuando Albert Schatz, estudiante graduado de Abraham Waksman, descubrió el antibiótico siete años antes, el distinguido profesor vio el tremendo potencial económico del antibiótico y decidió no compartir la gloria y las ganancias con nadie, primero persuadió a Schatz para que juntos convencieran a Elizabeth Bugie, la segunda autora del reporte publicado en el Proceedings de la Society of Experimental Biology and Medicine en 1944, para que renunciara a los derechos de la patente, sólo porque, al ser mujer, pronto se casaría, tendría hijos y no necesitaría el prestigio científico. El ambicioso profesor después traicionará a su alumno y recibirá –solo- el premio Nobel al año siguiente. En tanto que los egos se enfrentan en combate, la estreptomicina no llega a los pacientes y las bacterias devoran los tejidos de los infortunados enfermos, produciendo cavidades en sus pulmones.

El diagnóstico no es difícil, pero el profesor pretende que el alumno delimite una caverna mediante percusión. El pasante tamborilea su índice derecho contra los dedos de la mano izquierda, que se extienden presionando la espalda del paciente, que se encuentra sentado. Es inútil porque no alcanza a escuchar ninguna diferencia en el sonido que produce. A pesar de que el joven tiene un excelente oído musical, no puede precisar las notas del claro pulmonar, el timpanismo o la matidez.

El alumno terminó la carrera en 1949, pero le tomó dos años hacer el servicio social y concluir su trabajo de tesis. Ahora se encuentra en el pasillo, fumando y dando vueltas como un tigre enjaulado, esperando el dictamen. En su casa su esposa también espera, pues se encuentra en su segundo embarazo de la que será su hija y llevará su nombre. Sólo dos personas acudieron al examen profesional, su cuñado Gilberto y su concuño Othón, los dos jóvenes platican y tratan de animar al sustentante, pero él tiene sus pensamientos en otro lugar y en otro tiempo.
Todo comenzó en Motul, una pequeña población treinta y tres kilómetros al noreste de Mérida, que se encuentra en la interminable llanura, cálida, plana y rocosa, donde apenas se asoman escasos manchones selváticos de ceibas y chechenes blancos, que se alimentan del agua que sólo corre en el subsuelo. Motul se encuentra en el corazón de la zona henequenera de Yucatán y la población se dedica a la elaboración tradicional de hilos, tal y como lo aprendieron los mayas, miles de años atrás. A mediados del siglo XIX, la fabricación de hilos se convirtió en una industria próspera y el henequén se transformó en el “oro verde” de la península. De tal manera que fue la fuente principal de tejidos y de fibra natural en el mundo. Las haciendas, entonces, ingirieron grandes extensiones de tierra, aprovechando la mano de obra campesina y maya.
La riqueza germinó y la blanca Mérida floreció, llenándose de enormes casonas de estilo francés en el Paseo Montejo, todas propiedad de los ricos hacendados. Las jóvenes mestizas vestían sus sencillos hipiles de una pieza de blanca tela de algodón, adornada con elegantes bordados alrededor del escote y a la orilla del vestido, pero lo más importante del atuendo eran los múltiples collares y pulseras de oro. La clase alta de los hacendados requería de actividades culturales, de arte y música. En las vaquerías, el baile era amenizado al son de la jarana y abundaban, la chaya con huevo, el puchero de gallina, el pipián de venado, la yuca con miel y la calabaza melada.
Sin embargo, mientras los terratenientes y los pequeños comerciantes acumulaban abundancia, el campo se llenaba de miseria. Las diferencias entre las clases sociales se hicieron muy hondas y Motul era una población aletargada por el calor, embrutecida por el Xtabentún y abstraída en la calma de rutina diaria, donde todos se conocían y desarrollaban lazos de afecto.
Ahí creció la familia Carrillo Puerto. Felipe, el segundo de catorce hijos de Justino y Adela, desde muy joven aprendió el idioma maya y después de haber sido leñador y ferrocarrilero, se dedicó al periodismo y al autoimpuesto oficio de defensor de los indígenas mayas. En 1913, se unió a las tropas zapatistas, pero fue perseguido y se exilió en Nueva Orleans, donde trabajó como estibador, hasta que encontró la manera de regresar a las filas de Emiliano el año siguiente. En 1915 retornó a Yucatán como un convencido socialista. Felipe sabía que, en tanto que se promulgaba la Constitución Mexicana, Lenin llegaba a la estación Finlandia de Petrogrado, tras atravesar Alemania en un vagón blindado, tratando desesperadamente, de alcanzar a la revolución de octubre. La primera guerra mundial, la guerra de las trincheras, estaba en un punto muerto, los desgastados ejércitos en Europa eran víctimas del gas mostaza y los grandes movimientos de ejércitos y refugiados gestaban la primera gran epidemia del siglo XX, La influenza, que llegó al Continente Americano en 1918, comenzó en los campos militares de los soldados que regresaban del viejo continente. Así, el primer caso se presentó en el Fuerte Riley en Kansas y se diseminó con la fuerza de un incendio forestal, causando alrededor de 20 millones de víctimas en el mundo.
En plena efervescencia del nacionalismo revolucionario en México, el Primer Congreso Obrero, convocado por el Partido Socialista de Yucatán, se realizó en la ciudad de Motul, en marzo de 1918. La revolución alcanzó a la península, el pequeño pueblo despertó de su modorra provinciana y comenzaron tiempos violentos. De tal manera que Felipe llegó a gobernador interino en 1918 y confirmó su cargo a través de las urnas en 1921, apoyado por el Partido Socialista del Sureste.
Este caudillo era mucho más peligroso que Zapata o Villa, porque tenía muy claro qué camino debiera seguir la revolución. Sin embargo, la pequeña burguesía hecha gobierno tenía otras aspiraciones. A pesar de haber realizado múltiples obras sociales, el líder se fue quedando aislado entre intrigas y traiciones, acompañado sólo por los muy leales y, en los últimos cuatro meses de su travesía, tuvo tiempo de vivir un amor imposible con la periodista Alma Reed, a quien mandó componer la canción Peregrina.

El sueño terminó en 1923, durante los turbulentos años del gobierno de Álvaro Obregón, Felipe apoyó la candidatura de Plutarco Elías Calles, que se convertiría en el Jefe Máximo de la Revolución y envió todas sus tropas para aplacar la rebelión de Adolfo de la Huerta, dejando la Ciudad de Mérida indefensa. En Motul los indígenas no querían escuchar más palabras; se cansaron de pedir alimentos pacíficamente y comenzaron a romper las puertas de las tiendas y saquearlas. La guerra civil llegó a Motul dejando cadáveres en las calles, olor a muerte y decenas de cuerpos inanimados, ahorcados en las esquinas del otrora pacífico pueblo. Por eso fue sencillo que los rebeldes De la Huertistas llegaran a poner orden mediante la Ley Marcial. El líder socialista, sin armas y sin ejército huyó, fue apresado, juzgado y ejecutado el tres de enero en el Panteón Civil de Mérida junto con trece de sus camaradas, entre los cuales se encontraban sus hermanos Wilfrido, Edesio y Benjamín.

Como siempre sucede, el huracán golpeó con más fuerza a la gente común, afectando su vida cotidiana. Poco antes de que apresaran a Felipe y tomara el control el ejército de Adolfo de la Huerta, Don Leovigildo era un próspero comerciante que tenía una carnicería, una panadería y una miscelánea en Motul. Una noche, recién había obscurecido, cuando escuchó con sobresalto como la turba de indígenas trataba de echar abajo la puerta de su tienda. Sin dudarlo mucho, abrió las puertas y distinguió los enfurecidos rostros de ojos rasgados de los mayas, apenas alumbrados por unas antorchas con las que pretendían saquear la tienda y quemarla, si fuese necesario. Sin decir mucho, el comerciante no perdió la calma, entregó los costales de maíz a la multitud, los gritos cesaron y el hormiguero se alejó en silencio, quedando la empedrada calle, tan silenciosa como siempre.

Esa misma noche el comerciante habló con su esposa Victoria, empacaron lo más que pudieron de sus pertenencias y decidieron huir todos a Mérida. Su hijo Federico no estaba dispuesto a irse solo, había estado pretendiendo a Nelia, una niña adolescente de apenas quince años, a quien veía a escondidas después de la misa del domingo y le mandaba ardientes cartas de amor a través de sus amigas. Don Sabas Alpuche le había prohibido acercarse a su hija, pues no veía ningún porvenir el joven que pasaba el tiempo ayudando a su padre en la carnicería.

En tanto que el resto de la familia preparaba el equipaje mínimo, Federico fue a la casa de Don Sabas, sigilosamente tocó en la ventana de la joven y susurrando le explicó lo sucedido y, sin más, le propuso que se fuese junto con ellos para Mérida. La niña no lo dudó mucho, quedaron de verse a media noche, juntó su ropa, hizo un bulto con una sábana y esperó impaciente la media noche. Mientras sus padres y sus hermanas dormían, en la obscuridad se deslizó por los pasillos de la casa, llegó al corral donde se encontraban los animales, salió a la calle y, como no pudo cerrar el portón por fuera, lo dejó atrancado con una piedra.

Cuando la familia estuvo lista para partir en dos carrozas, la joven ya se encontraba sentada al lado de Federico, de tal manera que Don Leovigildo, los miró a los dos y sólo balbuceó una maldición en maya

-¡Yax káakbach!, muchacho choko pool

Se subió a la carroza, azuzó suavemente a los caballos, que comenzaron a trotar rumo suroeste, dejando una estela de sonar de castañuelas, que se perdió en la obscuridad de la noche. Una hora después, Pedro Dzul Canul, vecino de Don Sabas le avisó que sus animales, caballos, mulas y gallinas estaban todos en la calle. La familia Alpuche se levantó y dedicó la madrugada a perseguir gallinas por las calles empedradas, cuando todos los animales estuvieron en el corral, el severo Don Sabas cayó en cuenta que le hacía falta la más joven y preciada de sus potrancas, su hija.

La familia de Don Leovigildo, por su parte llegó a la casa de un pariente lejano, conocido como el cura González, que vivía cerca de la calle de Flor de Liz. Siendo hombre de honor, el comerciante dejó a la niña Nelia en depósito, en la casa de su prima Epifania. A los pocos días, Federico y su padre hicieron un viaje rápido a Motul, acompañados por el cura González y la prima Epifania para pedir perdón a Don Sabas. La plática fue tensa, pero el cura González era un hábil negociador y, después de varios cigarrillos, Don Sabas otorgó su consentimiento para que la pareja se casara, cerrando el trato con un trago de Xtabentún. Una vez cumplida la sencilla boda en Mérida, que por supuesto ofició el cura González, a Federico le cayó encima la brusca realidad. De pronto se encontró, sin preparación, sin oficio, sin trabajo y con una esposa que mantener. Por esto, un amigo, le recomendó que visitara al Dr. Góngora Triai en Puerto Progreso, quien requería de un farmacéutico.

Por su parte, una vez que las aguas comenzaron a sosegarse, Don Leovigildo comenzó a viajar regularmente a Motul para atender sus negocios. Primero regresaba a Mérida una vez por semana, después cada dos semanas, más tarde una vez al mes, hasta que un día ya no regresó con su esposa Victoria, se quedó en Motul cuidando sus negocios, a sus dos amantes y se desvaneció en el tiempo. Federico, en cambió, se trasladó a Puerto Progreso y en octubre de 1924 tuvo a su primer hijo, a quien puso el nombre de Wilfrido, en memoria de su amigo de la infancia, fusilado apenas el año anterior al lado de su hermano Felipe Carrillo Puerto.

Federico resultó ser un excelente farmacéutico, pues era meticuloso y organizado. Tenía una libreta en la que anotaba con mucho detalle la sintomatología de los pacientes y las fórmulas magistrales de los médicos. De tal manera que escribió su propio tratado de Medicina Interna y al poco se convirtió en el doctorcito, más por su corta estatura que por su juventud, y desde entonces ejerció el oficio de curandero.

Todos los mediodías, Wilfrido salía a recibir a su padre, cuando escuchaba el retintín ocasionado por el chocar de las botellas, que el farmacéutico siempre cargaba en su saco blanco, que como cascabeles anunciaban su llegada. Después de comer y dormir la siesta recostado en una hamaca, se dirigía nuevamente a la farmacia con el tintineo de las bolsas de su saco blanco.

Fueron días felices los de la infancia del niño Wilfrido en Puerto Progreso, ahí cursó la escuela primaria y pasaba las tardes jugando a la pelota en las calles de la ciudad, mientras las señoras preparaban chocolate con agua y se sentaban a beberlo muy caliente a sorbitos, en la puerta de sus casas, de altísimos techos, para tomar el sereno, agitar rítmicamente los abanicos, conversar sobre los vecinos y apaciguar un poco el tremendo calor.

A partir de 1924, comenzó una nueva etapa de calma, prosperidad y crecimiento de la industria henequenera, proveyendo de trabajo a Yucatán. Pero ya se gestaba otro desastre mundial que empujaría nuevamente a la familia a emigrar y buscar otros horizontes. El primer golpe al oro verde y a toda la economía yucateca vino, como casi siempre, de los Estados Unidos. El principio de esa década se caracterizó por el consumismo y la exaltación del modelo de vida americano. El capitalismo se consolidó, creyendo que la opulencia brotaría del cuerno de la abundancia. Efectivamente, se vigorizaron nuevos sectores productivos, pues nacieron la industria eléctrica, la química, la petroquímica, la aeronáutica, la automotriz, el cine y la radiofonía, pero en muchas regiones del mundo, el campo se deterioró gradualmente, ocasionando que incontables campesinos vendieran sus tierras para emigrar a las ciudades. A partir de entonces, el desarrollo no sustentable nos ha encadenado a depender irremediablemente del petróleo y la electricidad como fuentes de energía.

A fines de la década, la prosperidad basada en el desarrollo industrial, pasó a depender de las orgías especulativas en Wall Street. El 24 de octubre de 1929, el jueves negro, la Bolsa de Nueva York quebró y la crisis arrasó con el sistema bancario, la industria, el comercio y el agro norteamericanos. La Gran Depresión tuvo consecuencias globales, pues frenó las exportaciones de muchos países, con lo que disminuyó el comercio mundial. En Europa, la inflación, la falta de empleo, el Tratado de Versalles y la especulación financiera, fueron el caldo de cultivo en el que germinó la xenofobia y el nacional socialismo que llevó a Adolfo Hitler al poder en 1933. Al no haber exportaciones de henequén, la espina dorsal de la economía en Yucatán se fracturó y la sociedad entera se paralizó porque el trabajo comenzó a escasear. Por eso Federico, decidió trasladarse a Mérida, donde el poder adquisitivo de la clase media todavía le permitía acudir al médico o directamente a la farmacia, en busca de algún remedio para sus enfermedades.

Llegaron a una casona verde en la esquina de las calles 65 con 59, cerca del centro. Ahí el niño Wilfrido, que tenía alrededor de 11 años, comenzó a ocupar las tardes en estudiar piano. Su maestra, una mujer solterona que había estudiado el instrumento en Francia, de inmediato notó el gusto y talento que tenía el pequeño. Federico, por su parte, quería que su hijo fuese músico, lo imaginaba concertista porque veía en el niño, el oficio que él mismo nunca pudo ejercer. Armando, su hermano mayor era un excelente pianista, al que hacía tiempo Mérida le había quedado chica y había emigrado a la Ciudad de México.

La familia no vivió mucho tiempo en Mérida porque las conmociones del mundo externo obligaron a la familia a expatriarse nuevamente. En 1938, el oro verde recibió el segundo golpe, que fue el tiro de gracia definitivo. Esta vez también proveniente de los Estados Unidos. Aunque Wallace Hume Carothers había inventado el neopreno desde 1924, fue en la Feria Mundial de Nueva York en 1938, que la empresa DuPont presentó el Nylon, la fibra milagrosa, que lleva en el nombre las iniciales de esta ciudad y comenzó a producirla comercialmente en 1939. Si bien, el producto más exitoso fueron las medias, que revolucionaron la moda y el erotismo del Siglo XX, las mujeres apenas pudieron probar su belleza porque el gobierno de los Estados Unidos destinó toda la producción de Nylon para uso militar, cuando se enganchó en la segunda Guerra Mundial.

Hacia 1937, tres hermanos de Federico ya habían emigrado a la Ciudad de México. Felipe, quien nunca se casó; Armando, que estaba en su segundo matrimonio y Alfredo, que entonces ya estaba consumiendo a su tercera pareja. En Mérida las cosas no marchaban bien con Federico. Las carencias se acumulaban y la pareja tenía que mantener a tres hijos. Por otro lado, requerían alejarse de ese lugar que les traía muy malos recuerdos, pues el segundo de sus hijos había fallecido atropellado por un tranvía. Tal vez, más por este último hecho que por los problemas económicos, Federico decidió vender todos sus bienes y reunirse con sus hermanos en la Ciudad de México.

Prepararon nuevamente su equipaje, se subieron a un camión que los llevó a Puerto Progreso, tomaron el barco Emancipación que en sesenta horas los llevó al puerto de Veracruz y ahí tomaron el tren que llegó a la ciudad, atravesando las Cumbres de Maltrata por una vía angosta. La familia de Federico llegó a la casa de su hermano Alfredo el primero de enero de 1938, ubicada en una vieja casa en Doctor Lucio 148 interior 48, que Alfredo compartía con Julia Romero, su esposa en turno y al poco tiempo la familia se trasladó a una vecindad casi enfrente, situada en Dr. Navarro 106 interior 27.

Apenas habían desempacado sus escasas pertenencias, cuando Federico tomó de la mano al niño y lo llevó al Conservatorio Nacional de Música, que entonces se encontraba en la calle de Moneda 16, a unas cuantas cuadras del Zócalo capitalino. Se escurrió por los pasillos y logró entrevistarse con Manuel María Ponce quien al escucharlo, no dudó lo en aceptarlo como alumno. Así, el niño Wilfrido de 13 años, recién había terminado la escuela primaria y ya estaba estudiando piano en el Conservatorio. Era el estudiante más adelantado en las clases de ejecución del instrumento. Se sentaba frente al piano y sus pequeñas manos volaban presto vivace a través del teclado. Por las tardes, seguía practicando en un piano vertical antiguo con una increíble capacidad acústica, que pertenecía a su tío Armando. El gusto por la música le perduró por siempre, pero los deseos de ser pianista se fueron evaporando larguisimo adagio cuando se enfrentó a las clases de solfeo, composición y armonía.

Un día, el adolescente llegó a la puerta del Conservatorio con su cuaderno pautado, pero después de tres minutos de permanecer en el umbral, dio media vuelta y comenzó a caminar sin rumbo por el centro de la ciudad. Al día siguiente hizo lo mismo y al tercer día ya tomó un camino contrario al Conservatorio. Pasaba el día sentado en alguna banca de la Alameda Central, jugando rayuela o futbol y buscando la manera de escabullirse al interior de algún cine.

Pero las madres siempre saben lo que sucede a sus hijos, de tal manera que al notar la apatía y el desánimo de Wilfrido, Nelia le avisó a su esposo que sospechaba que el niño había dejado la escuela. Al día siguiente por la mañana Federico fue al Conservatorio y dialogó, uno por uno, con todos los maestros. Por la tarde Federico llegó como siempre, con su bata blanca y con el tintineo de las botellas en sus bolsillos y antes de cenar, preparó la trampa y lanzó el anzuelo,

– ¿Cómo te fue en la escuela?

-Bien, como siempre.

La actitud ausente y desganada del adolescente causó que por primera vez en su vida el farmacéutico experimentase el sentimiento de ira y en un arranque de violencia, cruzó la cara del muchacho con fiereza.

– ¡Mientes! ¡Hace tres meses que no vas al Conservatorio. ¡Hoy estuve ahí y platiqué con tus maestros!

Federico respiró hondo, tratando de recobrar la calma y razonar con el embustero.

– Si te apuras todavía te puedes regularizar y te aceptan de nuevo.

Pero el adolescente no movió un músculo de la cara y dijo con firmeza

– No, yo no quiero ser pianista. Yo quiero ser doctor.

Imposible saber qué imágenes surgieron desde el inconsciente del muchacho, pero su corazón hablaba con la verdad. Quizá fue el retintín ocasionado por el chocar de las botellas que el farmacéutico siempre cargaba en su saco blanco, que como cascabeles anunciaban su llegada.

Federico comprendió que su sueño de ser músico, transportado al más grande de sus tres hijos se había desvanecido. Pero, no creyó que el muchacho tuviese la fuerza de voluntad, la disciplina y la capacidad para abordar una carrera tan larga y dudó de la seriedad de las sus palabras, pues apenas había terminado la escuela primaria.

Bajo el severo escrutinio de su padre, Wilfrido se inscribió en la Escuela Secundaria No. 13, que se encontraba en la avenida Chapultepec. A pesar de haber ingresado ya avanzado el año escolar, terminó la educación secundaria sin problemas y leía sus libros con el mismo gusto, que tenían sus pequeñas manos cuando volaron una vez presto vivace a través del teclado del piano. Sin embargo, su padre y su tío Armando, por ser realidad o como represalia inconsciente porque no lo pudieron hacer músico, consideraban que el muchacho requería de disciplina, por lo que lo inscribieron en la Escuela Rafael Dondé, que tenía un sistema de internado militarizado.

La muerte siempre tiene autorización para llegar cuando le apetece. A veces avisa y otras veces arriba así, de pronto. Corría el año de 1943, cuando terminaban las batallas de Guadalcanal y de Stalingrado, nacía el Instituto Mexicano del Seguro Social y el joven Wilfrido de 18 años, recién regresaba de Michoacán, donde tuvo la oportunidad de presenciar cómo la tierra paría al volcán Paricutín. La familia comenzó el día como siempre, pero de súbito Federico comenzó a sentir falta el aire. Quizá el farmacéutico ya tenía molestias y nunca dijo nada, posiblemente fue una endocarditis o una válvula cardiaca que dejó de funcionar de pronto. Ahora ya no importa, el hecho es que lo llevaron a Hospital Central de la Cruz Roja, que se encontraba en las calles de Durango y Monterrey de la Colonia Roma, alcanzó a ver a sus hijos por última vez mientras se ahogaba, asintió con la mirada cuando Wilfrido le susurró algo al oído y dejó de ser.

La familia se quedó desamparada, Nelia siempre tuvo el papel de ama de casa porque fue educada en Motul para tejer, bordar, cocinar y atender a su esposo. De tal manera que la carga cayó sobre el mayor de los tres hermanos y Wilfrido tuvo que dividir su tiempo entre la escuela y el trabajo. Sin embargo, no fue difícil ingresar a la Escuela Superior de Medicina Rural. Aunque el Instituto Politécnico Nacional se fundó en 1936, comenzó sus actividades ocho años después, cuando la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin y las puertas estaban abiertas para todos los aspirantes, además con una beca de diecisiete pesos mensuales.

El jurado terminó de deliberar. El inmigrante español otorgó su voto aprobatorio, mientras pensaba en Guernica, la ciudad vasca donde se habían refugiado la gente común y las tropas que huían del avance del ejército franquista. Ahí el 26 de abril de 1937, la Legión Cóndor de la fuerza aérea Alemana, ensayaba lo que realizaría durante la Segunda Guerra mundial a partir de 1939 y comenzó el ataque a las 4.30 de la tarde, el cual se prolongó hasta llegada la noche, destruyendo la ciudad por completo. El maestro estuvo ahí y atendió a muchos jóvenes moribundos, que vieron su futuro truncado por la razón de las bombas incendiarias de 250 kilogramos de peso.

El sustentante fue llamado a la sala de exámenes profesionales y el Presidente del Jurado leyó el acta, la cual especificaba que el alumno fue aprobado por tres votos a favor y dos en contra. Dos sinodales abandonaron la sala sin decir una palabra, mientras que los otros tres felicitaron al nuevo médico dándole la bienvenida al gremio. El profesor español, fue el último en felicitar a doctor y lo hizo prometer que ejercería su profesión siempre con limpieza.

-Gracias maestro, tiene usted mi palabra que así será

Gilberto y Othón trataron de animar al nuevo médico, lo felicitaron y lo llevaron a una pequeña cantina en la Avenida México-Tacuba en la que una reluciente sinfonola tocaba un disco de 78 rpm con el Rico Mambo de Dámaso Pérez Prado. Sólo tomaron una cerveza y se retiraron porque Wilfrido, como todos aquellos espíritus que no se permiten cometer errores, sintió que su victoria tenía sabor a derrota.

La mañana del jueves 15 de noviembre de 1951 llegó melindrosa, en tanto que Wilfrido y su esposa Celia se levantaron temprano y desayunaron ligero para cumplir una tarea que quedó pendiente. Para poder llegar hasta el lejano panteón Jardín, el hermano de Celia les prestó un automóvil Fiat del 49. Casi a las diez de la mañana, la pareja llegó al cementerio y, en tanto que la esposa gestante buscaba agua y flores. Wilfrido platicó un rato con su padre y le recordó aquel día cuando alcanzó a ver a sus hijos por última vez, mientras se ahogaba y le susurró al oído la promesa de ser médico.

Dicen que recita el evangelio según Mateo 8: 21-23 lo siguiente:
Otro de los discípulos le dijo: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”
Pero Jesús le dijo: “Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.”
Subió a la barca y sus discípulos le siguieron.

No lo sé porque no soy muy creyente, pero Wilfrido, el hombre común nacido en Puerto Progreso, subió a su nave, quedó en paz con su padre, sus discípulos le siguieron y nunca requirió visitar nuevamente esa tumba.

En un rincón de la sala, en la casa de mi padre, se encuentra el piano vertical antiguo de la increíble capacidad acústica, que perteneció al tío Armando. Espera paciente, callado, lustroso y afinado, que su octogenario líder se atreva a ser niño sólo por un rato, para que sus manos de lo hagan cantar de nuevo.

La mujer cerca del techo

César Raúl González Bonilla

Yo era un niño quieto, bien portado  y que no decía mentiras. Y no es que no quisiera deshonrar mi boca, lo que sucede es que muy temprano en mi existencia descubrí, a partir de observar las malas experiencias de los otros niños, que “yo no fui”, “ya estaba roto” o “se cayó solo”,  eran recursos  perfectamente inútiles para eludir las culpas. La justicia siempre les llegaba y los castigos se  ejecutaban puntualmente.  Declarar la verdad, por otro lado,  nunca era una buena salida para los embrollos porque, en el mejor de los casos, sólo significaba un factor atenuante en la aplicación de cualquier correctivo. No había salida; mentir era sencillo, engañar  era lo complicado. La chancla educadora era invencible. Entonces desarrollé el apetito por derrotar al sistema. Soñaba con la satisfacción de hacer una travesura,  echarle la culpa a otro y salirme con la mía sin la necesidad de mentir.

Tenía que planear el crimen sublime y encontrar a la victima precisa. Estuve reflexionando varios días sobre  el mártir y la fechoría. No había mucho de donde escoger, mi chivo expiatorio  tenía que ser alguien cercano, sin duda un familiar. De inmediato descarté a mi hermana porque  estaba muy protegida por mi madre y yo no entendía bien a las mujeres. Comprendía de manera intuitiva que, para cometer el crimen perfecto se requiere del conocimiento profundo de la víctima.  Mi hermano mayor era el más cercano porque  compartíamos cuarto,  yo conocía sus puntos débiles y podía seguir todos sus movimientos desde la inocente perspectiva de mi cama. De tal manera que, sin haber leído el viejo testamento, el instinto me convirtió en Caín tratando de eliminar al primogénito.

Una vez nominado el interfecto había que diseñar el delito. El robo es siempre la primera opción porque, desde que se inventó el intercambio de bienes y servicios mediante las monedas, la avaricia se convirtió  en el pecado favorito del humano. Sin embargo, el hurto era un delito mayor e imperdonable. No era mi objetivo iniciar una carrera delictiva, no era sencillo inculpar a mi hermano de la ratería y mis remordimientos serían más grandes que mis deseos de convertirme en psicótico profesional.  Pensé entonces en mojar su cama por la noche, levantarme en la madrugada, llenar un vaso con agua y verterlo en sus sábanas, pero también descarté la idea casi de inmediato. La enuresis no era una travesura; en todo caso, sólo lograría exhibirlo, ponerlo en ridículo y desatar una serie de consultas con el urólogo pediatra.  Además, si mi hermano despertara en el momento que yo estuviese hidratando su cama, seguro me esperaba un zape en la cabeza. Romper algo tampoco era una posibilidad, tenía que ser una travesura sin secuelas o con efectos reparables. A diferencia de Caín, yo no quería eliminar del todo a mi hermano, el objetivo era engañar al establishment.

Decidí entonces que dibujar en la pared era una travesura elegante, sencilla y fácil de limpiar. Elegí ejercer mi precoz oficio de muralista arriba de la cama de mi hermano, era el lugar perfecto para facilitar las averiguaciones y dirigir las evidencias hacia mi hermano. Dispuse para ello de un lápiz Mirado del número dos con la punta roma para no dañar la pared y lo guardé en el cajón de mi buró.  Estuve después pensando varías días sobre el tema de mi dibujo. No podía ser una casa, un árbol o un perrito porque de inmediato se pensaría que el autor era el niño chico. Para inculpar a mi hermano, el dibujo tenía que expresar los intereses un niño grande. Por ello, resolví dibujar una mujer desnuda. Todo estaba listo para cometer el fratricidio.

Esperé, como esperan las serpientes enrolladas, pacientes e inmóviles. Un día se presentó la oportunidad,  sólo estábamos mi madre y yo en la casa. Mi madre lavaba y tendía ropa en el patio, yo procuraba estar cerca de ella y simulaba jugar a las canicas,  mientras se enlodaban un poco mis manos y rodillas. Cuando la vi distraída por completo me dirigí a mi cuarto.

Mi mural tenía que localizarse suficientemente alto como para no dejar duda de que había sido realizado por un niño grande.  Subí una silla a la cama de mi hermano y la recargué contra la cabecera, trepé por el asiento, me encumbré en el Everest y luego me encontré de pie  en  la madera horizontal del respaldo. Mi andamio improvisado oscilaba amenazante mientras yo me sostenía apoyando mi mano contra la pared, era Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.  Dibujé con calma mi Maja Desnuda, procuré implantarle grandes pechos, ombligo y una versión muy explícita de mis conjeturas sobre la anatomía femenina, incluyendo al amor veneris. Literalmente dibujé con pelos y señales. Por fortuna no me partí la cabeza de una caída, bajé del andamio, puse la silla en su lugar, escondí el lápiz y salí al patio donde fingí seguir jugando.  Permanecí  sospechosamente mudo y bien educado.

Cuando llegaron mis hermanos se descubrió el escandaloso mural de la mujer desnuda.  Mi madre no tardó mucho en deducir que yo era el autor del impúdico dibujo. Por supuesto que me sometió a un sencillo interrogatorio antes de emitir el veredicto de culpable,  pero creo le preocupaba más cómo me las había arreglado para dibujar tan alto. Me preguntó si yo había realizado ese dibujo y yo no tuve otro remedio que acudir al lugar común del “yo no fui” y mentí por primera vez en mi vida. Las pruebas circunstanciales me señalaban. Mi hermano tenía una coartada perfecta, estuvo en la escuela toda la mañana.  Había la marca de una mano  pequeña en la pared, como si el criminal hubiese estado jugando con tierra. La mano en la pared era derecha, prueba de que el dibujo había sido realizado con la mano izquierda. Mi hermano es diestro y yo zurdo.  Eso me colocaba en la escena del crimen y sólo faltaba aclarar el motivo.  Curiosamente mi madre no preguntó sobre el por qué de mi dibujo o sobre mis precoces apetitos sexuales. No tuve que acudir a interminables sesiones de terapia con el psicólogo infantil y  tampoco tuve que limpiar la pared,  mi madre movió la cama, se subió a una escalera y borró mi dibujo con un trapo húmedo para evitar que lo viera mi padre. No se comentó más sobre el asunto y mi padre nunca supo nada sobre el incidente.

El hombre caviloso

César Raúl González Bonilla

Pensar demasiado también es una forma de sufrir

Mi padre es una persona cavilosa. Él se considera así y él mismo me enseñó, en la práctica, a precisar el concepto. Fue en un desayuno un sábado por la mañana, sucedió en el VIPS al que acudo cada semana con mis viejos. Por alguna vía inesperada en la intrincada maraña de las conversaciones, mi anciano padre se sincera y desnuda sus entrañas, casi confesando sus pecados.  En la sobremesa cuenta muchas historias de cómo los celos lo consumieron tanto y cómo los pequeños detalles, aparentemente sin importancia, desatan los más feroces huracanes. En medio de las historias yo sólo volteaba a ver a mi madre y le preguntaba que si era cierto. Después de cincuenta años de aquellas escenas, ella todavía se justificaba.

A tu papá créele la mitad, es que ese muchacho quería ser mi novio, pero yo lo cité en aquel café para decirle que ya me dejara en paz.

Increíble. Yo pienso que mi madre debió haber terminado con mi padre desde el principio, no tenía por qué soportar a Otelo disfrazado de estudiante de medicina; pero luego rectifico, gracias a la paciencia y tolerancia de aquella joven, aquí estoy yo desayunado y escuchando sus historias. Rosalba,  nuestra mesera de siempre, se acerca a saludarme

-¿Cómo está señor?

y yo le digo divertido

-Pues acá enterándome de las historias de celos de mis viejos

La joven se ríe conmigo, sirve café con mucha calma, sólo para ver qué escucha y saber qué sucedió entre los dos octogenarios, hace más de sesenta años. Sin embargo, termina de llenar las tazas y luego  se retira.

Para mi padre, hombre caviloso, las cosas no pueden ser sencillas. No puedo platicar todas escenas truculentas, espantables y siniestras que pasaron la pareja de ancianos que desayunan conmigo todos los sábados, porque no me corresponde hacerlo, no en este momento. Pero puedo relatar una estampa, sólo una pincelada que puede pintar al hombre caviloso de cuerpo entero.

Comenzaban los años setentas, que suerte de vivirlos, cuando yo era adolescente. Mi hermano estaba en Francia haciendo un doctorado en ingeniería eléctrica. Se había separado del vientre de su casa recientemente, cuando mi padre recibió una carta en la que él le pedía que le enviase algunos documentos. Hay que tomar en cuenta que, en aquel entonces, todo se arreglaba mediante el correo. Creo yo que ni siquiera habría FAX en esos días.

Yo me encontraba de vacaciones, de tal manera una mañana fui  designado a llevar tres cartas al correo. Mi padre, antes de irse a su trabajo, primero hizo un mapa mental de todos los pasos necesarios para que la tarea se cumpliese, luego la pasó al papel y escribió en una hoja de tamaño carta, de cuadritos, un título a su plan general de acción “Llevar cartas al correo” y luego la hora. El hombre caviloso requiere tener el control de todos los detalles y mover todos los hilos.

Luego describió la operación paso por paso. Uno, tomar el troblebús Chapultepec-La Villa rumbo poniente. Dos, bajar enfrente del correo de Cuitláhuac. Tres, comprar seis timbres, dos de $2.75 y  uno de $ 1.50. Cuatro, verificar que los timbres de $2.75 tengan impresa la leyenda “entrega inmediata”. Cinco, pegar en la esquina superior derecha de la cada carta un timbre de $2.75 y uno de $1.50. Seis, depositar las cartas en la ranura del buzón que diga “correo internacional”. Siete, atravesar la calle y tomar el trolebús  Chapultepec-La Villa rumbo oriente. Ocho, terminar antes del las dos de la tarde. Nueve,  reportarse por teléfono una vez terminada la empresa.

Mi padre me llamó a su cuarto, me explicó la “operación cartas”, me leyó su lista de verificación y luego hizo que yo la leyera.  Por último, para estar seguro, hizo que la repitiera paso por paso.  Con enfado repetí las instrucciones, una por una. No era cosa de alegar. Mi instinto de conservación ya había aprendido a no hacer mayor comentario. El hombre caviloso gana cualquier argumento.  Me entregó tres cartas y me dio $15.00.

Para mi, elaborar un plan tan complicado  y repetir paso por paso mi tarea era, simplemente estúpido y consideré que mi padre me suponía estúpido. De tal manera que me no hice mucho caso. Según yo la misión era sencilla. Para mi padre no, el hombre caviloso es desconfiado. Para mi la orden fue como “acá tienes estas pinches cartas y las llevas a correo, lo más temprano que se pueda”. Desayuné de prisa y llamé por teléfono a mi primo, otro adolescente, que vivía enfrente de mi casa y le pedí que me acompañara a cumplir el encargo. Eché las cartas a la bolsa de mi chamarra y, por supuesto, deje la lista de cotejo, por ahí arrumbada. Y así salimos,  pero -primer error- decidimos aprovechar la mañana y paseamos por el centro. Tomamos nuestro camión y luego el metro y llegamos a la estación Bellas Artes, caminamos por las calles que apenas abrían los comercios, curioseamos las tiendas de discos, aquellos de vinil hoy inexistentes, vimos libros e instrumentos musicales. No compramos nada pero, la pasamos bien. Platicamos de lo que platican los jóvenes, de futbol y de las niñas.

Pasamos al magnífico edificio  del Correo Mayor,  con sus marquesinas llenas de dragones fabulosos y su espectacular escalinata central de dorada herrería. Me acerqué a un mostrador cualquiera, compré tres timbres de entrega inmediata, se los puse a las cartas, busque el buzón de correo internacional más cercano, abrí la ranura y su boca se comió mis cartas por completo. Misión cumplida y regresé a mi casa. Me reporté a mi padre por teléfono y allí comenzó mi via crucis.

Por supuesto que yo no me detuve a hacer las cuentas –segundo error- porque mi padre, hombre caviloso, indudablemente ya las había hecho. Tres timbres de $2.75 suman $8.25 más los tres timbres de $1.50 suman $4.50, Total en timbres $12.75 más un peso de transporte son un gran total de $13.75, de tal manera que el esperaba un cambio se $1.25.

Mi padre, antes de darse por satisfecho, repitió nuevamente su lista de cotejo. El hombre caviloso es suspicaz.

-¿Tomaste el troblebús Chapultepec-La Villa rumbo poniente?

-Sí, papá.

Tercer error, primera mentira. Pero, no me puse nervioso ni sentí culpa. El resultado fue el mismo y la tarea se había cumplido esencialmente, en tiempo y forma.

-¿Compraste  seis timbres, dos de $2.75 y  uno de $ 1.50?

– Sí, papá.

Contesté con enfado. Cuarto error, segunda mentira. En ese momento, no me sentí atrapado. Después de todo, yo compré timbres de entrega inmediata y las cartas se fueron por el buzón adecuado. Pero mi padre, hombre caviloso, continuó indagando.

-¿Verificaste que los timbres de $2.75 tuviesen la leyenda entrega inmediata?

-Sí, sí papá.

Ya contesté casi molesto. Quinto error. Tercera mentira. Aunque los timbres eran de entrega inmediata. Sólo Dios sabe cuanto costaron, ni siquiera puse dos, uno fue suficiente. Y luego vino la pregunta crucial, la que cambió mi vida.

-¿Cuánto te sobró  de cambio?

Contesté sin malicia, pero ya estaba adentro de la red. Estaba atrapado.

-Dos pesos, acá te los tengo.

Sexto error. Las cuentas no le cuadraron a mi padre, por varias razones, porque ni tomé el trolebús ni compré los timbres indicados. El hombre caviloso es detallista, no deja cabos sueltos.

El hombre caviloso acumula presión y luego estalla como un volcán en erupción, destrozando todo lo que se atraviesa al paso de su nube piroclástica. El teléfono comenzó a subir de temperatura y  luego a echar humo por el auricular. Mi padre comenzó un interrogatorio más acucioso y mucho más incisivo. De tal manera que tuve que ir aceptando uno por uno los errores y las mentiras. Estaba furioso. El hombre caviloso sufre y hace sufrir a los que quiere. Me dio la indicación de regresar al correo, recuperar las cartas y ponerlas en la oficina adecuada. Por supuesto, con los timbres indicados.

Le pedí dinero a mi madre para comprar los timbres que mi padre consideraba correctos y nuevamente salí hacia la calle. Llegué al centro, odiando las pinches cartas y entré a edificio del Correo Mayor. Traté de localizar el mostrador donde compre los timbres. Me atendió un burócrata de corbata y de bigotito recortado, tipo Juan Penas, como se estilaba entonces. Por supuesto que me mandó a la fregada en dos segundos. Insistí en la siguiente ventanilla. Ahí me atendió una señora más vieja y más amable, seguramente que no tenía mucho que hacer o de plano quería enterarse del chisme, del por qué este muchacho quería que le devolvieran las cartas, que apenas una hora antes había echado al buzón. Me explicó que esa era la oficina central del correo, que no me preocupara, que las cartas llegarían, pero me vio tan angustiado por recuperar mis cartas que se asomó al enorme saco. Se acercó una tercera oficinista y preguntó que pasaba. Para esto, yo ya me sentía la peor de las cucarachas de la oficina.

-¡Huy no¡ Esas cartas ya no están, ya se las llevaron.

Y la señora, la buena gente, me miró, se encogió de hombros y me dijo

-Ni modo, ya no se pueden encontrar tus cartas.

Regrese a mi casa con las manos vacías y pasé el resto de la tarde, esperando el regaño que seguramente llegaría por la noche.

El psicótico generalmente escoge a sus víctimas al azar. Una persona entra al baño equivocado, donde se encuentra la persona equivocada y ya no sale por su propio pie, lo lleva una ambulancia a un hospital con un balazo en la cabeza. En este caso hay poca medicina preventiva por aplicar, pero siempre es posible no meterse a lugares y situaciones peligrosas. Pero situaciones como esta, son las excepciones, generalmente tratamos con otro tipo de personas. Algunas son personalidades tóxicas, las que suelen pescar a sus víctimas una por una, con una caña y con anzuelo. Un pez puede moverse, nadar, tratar de escapar y no morder la carnada. En el tráfico intenso de la ciudad, cometes un error y te le cierras al automóvil que viene en tu punto ciego, atrás a la derecha. El conductor se adelanta y te mienta la madre. Tú decides, ¿te enganchas o no en ese anzuelo? En la fila de la caja de estacionamiento un individuo te empuja mientras tú recibes tu cambio. Tú decides, ¿muerdes el anzuelo?

Pero el hombre caviloso no pesca con caña y con anzuelo, pesca con red y no tiene una sola víctima. El hombre caviloso atrapa a todos los cercanos. Se enreda sólo y enreda a todos los demás en sus marañas mentales. En sus laberintos cualquier camino lleva al fondo del abismo. Si te quedas callado es malo y si dices algo, es peor.  Cuando tratan de pescarte  con una red, tienes todavía la opción de huir, alejarte lo más que puedas y hacerlo lo más rápido posible, porque puede ser cuestión de vida o muerte. Pero cuando tu padre es un hombre caviloso, es simple, no hay escapatoria.

Mi padre regresó por la noche y comenzó su cacería. En la jauría de la vida el perro líder  prevalece, toma por el cuello a sus cachorros y los somete con el lomo contra el suelo. Rara vez les hace daño físico, pero ladra y gruñe fuertemente, demostrando de una manera violenta y ruidosa que él se encuentra en el escalafón  más alto y que el sitio más bajo del grupo pertenece al perro omega. El hombre caviloso trata siempre de ser el perro alfa.

En la discusión los dos caímos al precipicio porque un adolescente nunca se queda callado, porque lucha y se defiende, complicando más las cosas. Así, transité por varias encrucijadas de las sinuosidades mentales de mi padre, de incapaz a atolondrado, de atolondrado a incompetente y de ahí a irresponsable. De descuidado reboté a apático y después a insensato y de ahí brinqué a insolente. Pasé por sarcástico y con un salto mortal a incapaz y perezoso.  Mi madre y mi hermana cayeron como moscas en las mismas telarañas y se convirtieron, también por varias rutas metabólicas de aquella maraña, en mala madre y mala hermana. El hombre caviloso deja de pensar con claridad hasta que la calma vuelve.

Los días transcurrieron y la escena se repitió en varias ocasiones. Mi padre se preocupaba por los cientos de desenlaces funestos resultantes de la omisión de aquellos documentos y todos fuimos rebotando como pelotas dentro una urna en un sorteo. Mi padre metía la mano y sacaba una bolita y anunciaba el ganador de la noche. Habló por teléfono varias veces con mi hermano y a no sé a qué tantas oficinas y embajadas. El hombre caviloso no sufre una vez, padece el mismo mal muchas veces. Cuando mi padre olvidaba el asunto, la vida regresaba a la normalidad y era la persona amorosa de siempre. El hombre caviloso se arrepiente.  

Como dije anteriormente, al hombre caviloso nunca podrás ganarle un argumento. Sin embargo, quiso el destino  hacer conmigo una excepción para confirmar la regla. Casi un mes después de que se me ocurrió pasear por el centro de la ciudad para dejar tres cartas en un buzón cualquiera, llegó una carta de mi hermano, dándole las gracias a mi padre por los documentos y porque las pinches cartas habían llegado más rápido que de costumbre. Como si mi hermano y yo nos hubiésemos puesto de acuerdo. Yo me regocijé mucho con el giro inesperado de la historia, lo gocé tanto que no paraba de reír por la ironía. De cualquier manera de nada sirvió y fue sólo un triunfo inesperado, sólo mío, porque el hombre caviloso es incapaz de ofrecer una disculpa.

¿Soy un hombre caviloso? Pues, no está en mí calificarme, no por el momento, pero puedo ofrecer dos piezas de evidencia. La primera, releyendo las cartas que escribí desde Baltimore cuando hice mi estancia postdoctoral y tuve que dejar por un tiempo a mi familia.  He notado que están llenas de instrucciones, en las que explico paso por paso, número a número alguna misión imposible para mi esposa. Están llenas de situaciones aciagas y nefastas. Luego me despido y le pido a mi compañera que se cuide de todo tipo de calamidades que pudiesen sucederle. Son extraordinarias, pues contienen lo mismo que critico de mi padre y merecen ser contadas de manera independiente. Material interminable para el deleite de Socorro, la psicóloga de mi esposa (¡Qué nombre para un sicólogo!). Por mi parte, mi hijo menor tiene el ofrecimiento de una beca permanente para visitar a su psicólogo y trate de componer todo lo que haya yo echado a perder.

La segunda pieza de evidencia también viene de un desayuno mañanero. No hace mucho, nos encontrábamos en un Sanborns mi esposa, mis dos hijos y yo. Yo me quejaba de lo difícil que a veces resulta tratar con mi padre y sostener una conversación en un punto neutro y mantenerse al filo de la navaja. Hablar del clima o de política, porque  si comento algo acerca de mi trabajo, mi padre de inmediato comienza a elaborar en su mente que algo anda mal y que están por destituirme o que mi laboratorio está a punto de sufrir la explosión de una supernova. Si no comento nada, mi padre fabrica cientos de motivos por los que prefiero no hablar de mi trabajo. El resultado es el mismo, invariablemente ominoso y perpetuamente sombrío. La mente del hombre caviloso es un tren desbocado, no puede detenerse.

Mi hijo mayor, siempre inteligente, me dijo que dejara de quejarme, pues  él tiene más motivo para lamentarse, ya que debe lidiar con los dos, con su padre y con su abuelo. Asentí con la cabeza, pero mi hijo menor, el más serio y taciturno, el que forma los chícharos en fila india, para comérselos en orden y uno por uno, fue más terminante

¡No se quejen! Yo tengo que lidiar con abuelo, padre y hermano.

Mi esposa, amorosa como es con sus hijos -no conmigo, por supuesto- no dejó lugar a dudas,

-Pues yo tengo que lidiar con los cuatro, pero a estos dos los quiero mucho.

Fue contundente. Señaló a sus hijos y les dio un beso. Nos miramos los tres hombres cavilosos y no tuvimos más remedio que darle la razón. Si no fuese por su infinita tolerancia, no estuviésemos en paz desayunando. Seguimos tomando café y conversando de otra cosa.

¿Serán genes perversos?

En un tono íntimo y reflexivo, el narrador evoca a su padre, “el hombre caviloso”: un ser minucioso, desconfiado y obsesionado con el control. A través del recuerdo de una anécdota juvenil —el encargo de llevar unas cartas al correo— reconstruye la compleja relación entre ambos, marcada por la rigidez paterna y la culpa filial.…