Cardumen

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por César Raúl González Bonilla

«Caleidoscopio submarino: azar convertido en simetría»

En el profundo azul violáceo del silencio

giran los peces sosegados,

Son uno, son miles.

Torbellino impenetrable que danza

el son consonante del abismo.

Los peces fluyen

al azar como los sueños en simétrico equilibrio.

Intrincado remolino y seducción velada

que se mueve por la cola perdida del cometa.

Liturgia del amor, son el mar hecho deseo

Vaivén de un cuerpo que seduce.

Grupa oscilante que invita a la caricia de salmuera.

Son los peces manantial de anhelos

perdidos en el hondo insoluble

del misterio.

El poema Cardumen despliega la imagen de los peces como un universo en movimiento, donde lo múltiple se vuelve uno y lo azaroso se ordena en una danza hipnótica. A través de metáforas marinas, cósmicas y eróticas, la voz poética explora el misterio del mar como espejo del deseo y de lo insondable. El cardumen aparece así como metáfora de sueños, constelaciones y cuerpos, uniendo lo orgánico con lo estelar en un ritual de movimiento perpetuo.

César Raúl González Bonilla

Llueve y llueve, pero en cielos apacibles.

Llueve y llueve,

sin relámpagos ni grises encrespados,

donde el viento no conoce torbellinos

y las nubes son, tan solo, telarañas.

 

Mientras llueve el cielo se disculpa,

dejando caer su letárgica humedad:

desciende el agua con paciencia

y su música se acomoda en los tejados.

 

Las nubes tratan de tocar el sembradío

para no dañar las hojas,

mientras la tierra respira y se dilata,

las raíces sacian el deseo,

los gusanos conversan en voz baja.

 

Llueve y llueve,

lluvia dócil sin urgencia,

sin castigo ni consuelo;

las brasas se disuelven,

las cenizas se acomodan.

Todo se calma, la lluvia repara por nosotros.

 

En este poema, la lluvia se convierte en símbolo de serenidad y reparación. Sin tormenta ni violencia, el cielo se disculpa, la tierra respira y el agua apaga las brasas del recuerdo. Todo retorna a su equilibrio natural: la lluvia actúa por nosotros, purificando lo que el alma no puede sanar.