César Raúl González Bonilla
Cuando todo se ha perdido, nada se pierde.
Que se nuble mi cielo, que llovizne un poco
y que el sol se infiltre amordazado.
Sean las fisuras que el recuerdo deje
las formalidades que suelen llevar vestido negro.
Quien haya de estar triste, que se halle entristecido
y si alguien quiere celebrar, pues que celebre.
Son los protocolos que aplazan el olvido:
hoguera o tierra, aquí o en el viento.
Que cada quien viva su duelo y que invente su descanso.
Hay que marcharse cuando todo finaliza
y el corazón decide no tener más movimiento.
Cuando todo se ha perdido, nada se pierde.
Me da igual y no me importa.
El poema explora la aceptación serena y casi indiferente de la muerte y el desprendimiento. Con un tono sobrio y despojado de sentimentalismos, el hablante se desentiende de los rituales y las emociones ajenas, invitando a cada quien a vivir el duelo como mejor pueda o quiera. Se reconoce la inevitabilidad del final, cuando el…