Adiós a la luna

César Raúl González Bonilla

«Nada permanece, tampoco la luz»

La luna retrocede cautelosa,

en cada vuelta de su espiral

nos quiere mirar más lejos,

aparta las manos que nos acariciaron tanto,

ensancha el día

y la noche inmoviliza.

El mar duerme en silencio para siempre,

espejo que no tiene quien se mire.

Cielo fastidioso

sin cuarto menguante,

nunca más la luna nueva.

Cuarto creciente y la luna se hizo adulta,

es tiempo de que parta,

libre se va,

se deshace de nosotros,

de nada sirve sujetarla con palabras.

Nos elude,

ingenuos deseamos guardarla en nuestro puño.

Nada es eterno,

no la puedo detener,

bebo su luz

y le digo adiós todos los días.

Adiós a la luna es una meditación poética sobre la partida y la permanencia. A través de imágenes de cielo, mar y luz, el poema expresa el duelo por aquello que se aleja inevitablemente —la belleza, el amor, la vida misma—, pero también la gratitud por haberlo contemplado. Es un canto sereno a la fugacidad,…

Inventario

César Raúl González Bonilla

Hoy es tiempo de iniciar el inventario.
Veamos, pues, qué es lo que tengo.

Tengo cincuenta y cuatro,
un camino largo andado
y una trayectoria incierta.

Tengo una esposa que me quiso,
y me quiere —a su manera—;
dos cachorros alejados, graduados como hijos;
la promesa de una nieta para peinarla con trenzas;
dos imbatibles ancianos,
un par de entrañables hermanos
y una familia afectuosa.

Tengo una perra inseparable,
un puñado de legítimos amigos,
cuarenta auténticos colegas
y cien maestros que se dicen mis alumnos;
cuatro discos de Piazzolla
y la poesía de Sabines.

Tengo mil fantasmas en mi sien derecha,
diez proyectos inconclusos,
siete sueños empolvados,
tres amores imposibles,
veinte musas cotidianas,
el recuerdo de unos ojos verdes
y otros negros que me roban el sosiego.

Tengo dos pares de zapatos,
una taza favorita,
nueve experimentos aplazados,
varias piedras en los riñones,
un dolor de cuello,
un pedacito de sol, una nube, una roca
y el reflejo de la luna.

Tengo una célula asesina,
aguardando agazapada para ahogar mi corazón,
devorar mis pulmones
o estallar en mi cerebro una granada.

Por eso tengo un testamento,
aquel nicho esperándome en Sonora,
y la negativa de mi esposa
de mezclar nuestras cenizas.

Tengo la tarea pendiente
de llorar y reír a carcajadas.
Tengo tiempo todavía para aprender
a gatear,
incorporarme y caminar,
balbucear,
valorar el poder de la palabra
y ser un mejor oyente.

Y eso es lo que hoy tengo,
lo que vale la pena contar.

Un recuento vital en primera persona: el hablante enumera sus afectos, objetos, dolencias y aprendizajes como un balance del vivir. Con tono sereno y autocrítico, el poema transforma la memoria en gratitud y la incertidumbre en sentido.

Duelo

César Raúl González Bonilla

Cuando todo se ha perdido, nada se pierde.

Que se nuble mi cielo, que llovizne un poco

y que el sol se infiltre amordazado.

Sean las fisuras que el recuerdo deje

las formalidades que suelen llevar vestido negro.

Quien haya de estar triste, que se halle entristecido

y si alguien quiere celebrar, pues que celebre.

Son los protocolos que aplazan el olvido:

hoguera o tierra, aquí o en el viento.

Que cada quien viva su duelo y que invente su descanso.

Hay  que marcharse cuando todo finaliza

y el corazón decide no tener más movimiento.

Cuando todo se ha perdido, nada se pierde.

Me da igual  y no me importa.

El poema explora la aceptación serena y casi indiferente de la muerte y el desprendimiento. Con un tono sobrio y despojado de sentimentalismos, el hablante se desentiende de los rituales y las emociones ajenas, invitando a cada quien a vivir el duelo como mejor pueda o quiera. Se reconoce la inevitabilidad del final, cuando el…

Ella

César Raúl González Bonilla

Llegará mañana,

la señora blanca

del sin tegumento nacarado

y las manos frías.

 

Con su andar sedoso

se deslizará

por entre la estancia,

llegará a mi cama

y en un soplo tenue

besará mi frente.

 

Cantará tan suave

con la voz cansada,

que las  notas mansas

soñarán conmigo

en la negación de mis sentidos.

 

Será por la mañana

que mi mano alcance

y su manto albino

abrigue mi cuerpo

tan ajado por el frío.

 

La señora blanca

del sin tegumento nacarado.

Aquí y allá

César Raúl Gonzále Bonilla

 

“Allá fui promesa; aquí soy verdad.”

Allá soy el amor contemplativo,
paradigma extraviado en tu memoria,
un apunte del anhelo
y una fotografía ausente en tu recámara.

Aquí soy el querer preciso,
construido con adobes imperfectos,
la piel que puedes tocar,
la sencilla voz que te acaricia.

Allá soy la promesa no cumplida,
los obsequios silenciosos,
un indicio pertinaz,
esperanza que se aleja.

Aquí yo ofrezco lo que tengo,
el aroma a los dos cuando amanece
y el placer de mirarnos a los ojos.

Allá soy uno más de tus fantasmas,
aquí somos yo y mi sombra,
que avanzamos.

Aquí y allá reflexiona sobre el amor dividido entre el recuerdo y la presencia. El hablante contrasta el pasado idealizado con el presente imperfecto pero real. Entre la nostalgia y la aceptación, el poema celebra la autenticidad del amor cotidiano frente a la perfección inalcanzable de lo que ya no existe.