Agonía interrumpida

César Raúl González Bonilla

Aquel lívido moribundo estaba extenuado de ambicionar ser cadáver definitivo, cuando abrió su ojos hundidos, profundos como pozos  y le dijo a su compañera  “Hace mucho debiera estar muerto, pero no puedo retirarme sin decirte que tengo otro hogar, una mujer y otros mis hijos”. La señora pasó su mano sobre la cabeza del agonizante sin decir nada, mientras éste llenó sus pulmones con aire y exhaló lentamente por última vez, dejando escapar la vida con un ligero silbido, una mueca parecida a una sonrisa y sin dejar testamento.

Duelo

César Raúl González Bonilla

Cuando todo se ha perdido, nada se pierde.

Que se nuble mi cielo, que llovizne un poco

y que el sol se infiltre amordazado.

Sean las fisuras que el recuerdo deje

las formalidades que suelen llevar vestido negro.

Quien haya de estar triste, que se halle entristecido

y si alguien quiere celebrar, pues que celebre.

Son los protocolos que aplazan el olvido:

hoguera o tierra, aquí o en el viento.

Que cada quien viva su duelo y que invente su descanso.

Hay  que marcharse cuando todo finaliza

y el corazón decide no tener más movimiento.

Cuando todo se ha perdido, nada se pierde.

Me da igual  y no me importa.

El poema explora la aceptación serena y casi indiferente de la muerte y el desprendimiento. Con un tono sobrio y despojado de sentimentalismos, el hablante se desentiende de los rituales y las emociones ajenas, invitando a cada quien a vivir el duelo como mejor pueda o quiera. Se reconoce la inevitabilidad del final, cuando el…