César Raúl González Bonilla
Soy un cuerpo astillado más
que se incrusta
en la interminable hilada de dolientes.
Soy el enfisema que jadea,
la entrada al nosocomio enmascarada,
los puestos sedentarios para siempre.
Soy una serpiente que se mueve aletargada
y me conduce a mi derecho a estar enfermo.
Hay un aire maloliente,
un sello que me resucita en los papeles,
el registro de llegada, la hoja de ingreso,
la pluma que vocifera en tinta negra,
una silla imaginaria, los asientos ocupados,
el espacio insuficiente, la permuta de bacilos,
el oficio de paciente.
Reencarnar en la espera,
en la imprecisión de la esperanza,
en el cardumen perezoso,
en el intento de evitar que lata el corazón
setenta y siete veces por minuto.
Una voz metálica arrastra la
imprecisa invocación a mi persona
y así estoy en la introducción al escrutinio.
Una enfermera ya me toma la muñeca,
requisito ajeno a la caricia que apacigua.
Ahora soy el desagrado para todos.
Yo soy una molestia que camina,
él es un monolito de apatía.
Yo disminuyo en una silla,
él inmóvil escribe en una idea,
Yo fijo sus ojos en las teclas,
él ve la salida que lo lleva hacia el letargo.
Sordo impulsado por la inercia,
mudo que pregunta lo forzoso,
ciego que parece voluntario.
Hay afuera once mil caras con tintes afligidos.
Hay que resolver mi caso de inmediato.
Soy la referencia y la contra referencia;
mis entrañas astilladas, simplemente,
una víctima más
de la medicina basada en evidencia.