Morir de soledad

César Ra{ul González Bonilla

El silencio también mata

El paciente del cuarto 204 escuchaba voces y veía personas que sólo existían en su sien derecha. Sostenía largas conversaciones con la nada, reía, discutía acaloradamente y peleaba contra el aire. No era violento, pero alguna vez fue necesario enfundarlo en una camisa de fuerza. Los médicos volcaron sobre él toda su ciencia; a base de corriente de electrones y fármacos multicolores, las voces en su cabeza se fueron de manera repentina. Entonces, el paciente del cuarto 204 dejó de hablar y se adentró en un estado de profunda tristeza y melancolía. Otro tratamiento para devolver la química del entusiasmo a su cerebro fue totalmente inútil. Se sentó en la orilla de la cama, con su bata blanca y sus pies descalzos, mirando fijamente a la puerta con sus ojos ausentes, como esperando que alguien entrara. Así permaneció por días y luego por semanas, hasta que sus pulmones se negaron a respirar

Admisión continua

César Raúl González Bonilla

Soy un cuerpo astillado más

que se incrusta

en la interminable hilada de dolientes.

 

Soy el enfisema que jadea,

la entrada al nosocomio enmascarada,

los puestos sedentarios para siempre.

 

Soy una serpiente que se mueve aletargada

y me conduce a mi derecho a estar enfermo.

 

Hay un aire maloliente,

un sello que me resucita en los papeles,

el registro de llegada, la hoja de ingreso,

la pluma que vocifera en tinta negra,

una silla imaginaria, los asientos ocupados,

el espacio insuficiente, la permuta de bacilos,

el oficio de paciente.

 

Reencarnar en la espera,

en la imprecisión de la esperanza,

en el cardumen perezoso,

en el intento de evitar que lata el corazón

setenta y siete veces por minuto.

 

Una voz metálica arrastra la

imprecisa invocación a mi persona

y así estoy en la introducción al escrutinio.

 

Una enfermera ya me toma la muñeca,

requisito ajeno a la caricia que apacigua.

Ahora soy el desagrado para todos.

 

Yo soy una molestia que camina,

él es un monolito de apatía.

Yo disminuyo en una silla,

él inmóvil escribe en una idea,

Yo fijo sus ojos en las teclas,

él ve la salida que lo lleva hacia el letargo.

Sordo impulsado por la inercia,

mudo que pregunta lo forzoso,

ciego que parece voluntario.

 

Hay afuera once mil caras con tintes afligidos.

Hay que resolver mi caso de inmediato.

Soy la referencia y la contra referencia;

mis entrañas astilladas, simplemente,

una víctima más

de la medicina basada en evidencia.