Cuerpo en penitencia

César Raúl González Bonilla

“El deseo repite su liturgia.”

Se repite el viernes santo

en las mismas tardes santas

vestidas de morado:

al golpe de luz, las llagas de siempre;

cuando pesa el aire, se tropieza del alma.

El roce del mundo -de color morado-

vuelve con sus golpes diminutos,

y casi imperceptibles, sus magulladuras.

Son tardes de senos redondos y deshabitados,

pezones violáceos y muslos azules:

un recuerdo que tropieza,

en la carne que palpita,

destello que duele,

entrañas purpúreas.

Son las mismas tardes bienaventuradas

-de arrepentimiento-

vestidas de violeta,

restos de mi aliento,

el cuerpo egoísta,

liturgia que asfixia.

El hambre, el deseo,

en las mismas tardes santas.

Cuerpo en penitencia es una reflexión sobre la repetición del dolor y el deseo como un rito cotidiano. El hablante observa su cuerpo —y su historia— como un templo donde la culpa y el anhelo celebran una liturgia común. Los colores morados y violetas evocan tanto la herida física como la espiritual. En la tensión…

Agonía interrumpida

César Raúl González Bonilla

Aquel lívido moribundo estaba extenuado de ambicionar ser cadáver definitivo, cuando abrió su ojos hundidos, profundos como pozos  y le dijo a su compañera  “Hace mucho debiera estar muerto, pero no puedo retirarme sin decirte que tengo otro hogar, una mujer y otros mis hijos”. La señora pasó su mano sobre la cabeza del agonizante sin decir nada, mientras éste llenó sus pulmones con aire y exhaló lentamente por última vez, dejando escapar la vida con un ligero silbido, una mueca parecida a una sonrisa y sin dejar testamento.

Violetas

César Raúl González Bonilla

Sangra la tierra
racimos de tristeza,
violetas rojas
 
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Este haiku evoca el dolor profundo de la tierra que sangra, transformando su herida en racimos de tristeza y violetas rojas. A través de una imagen natural y minimalista, el poema refleja la fragilidad de la vida y la belleza trágica que surge de la herida silenciosa de la naturaleza.

Admisión continua

César Raúl González Bonilla

Soy un cuerpo astillado más

que se incrusta

en la interminable hilada de dolientes.

 

Soy el enfisema que jadea,

la entrada al nosocomio enmascarada,

los puestos sedentarios para siempre.

 

Soy una serpiente que se mueve aletargada

y me conduce a mi derecho a estar enfermo.

 

Hay un aire maloliente,

un sello que me resucita en los papeles,

el registro de llegada, la hoja de ingreso,

la pluma que vocifera en tinta negra,

una silla imaginaria, los asientos ocupados,

el espacio insuficiente, la permuta de bacilos,

el oficio de paciente.

 

Reencarnar en la espera,

en la imprecisión de la esperanza,

en el cardumen perezoso,

en el intento de evitar que lata el corazón

setenta y siete veces por minuto.

 

Una voz metálica arrastra la

imprecisa invocación a mi persona

y así estoy en la introducción al escrutinio.

 

Una enfermera ya me toma la muñeca,

requisito ajeno a la caricia que apacigua.

Ahora soy el desagrado para todos.

 

Yo soy una molestia que camina,

él es un monolito de apatía.

Yo disminuyo en una silla,

él inmóvil escribe en una idea,

Yo fijo sus ojos en las teclas,

él ve la salida que lo lleva hacia el letargo.

Sordo impulsado por la inercia,

mudo que pregunta lo forzoso,

ciego que parece voluntario.

 

Hay afuera once mil caras con tintes afligidos.

Hay que resolver mi caso de inmediato.

Soy la referencia y la contra referencia;

mis entrañas astilladas, simplemente,

una víctima más

de la medicina basada en evidencia.