Verde jade

César Raúl González Bonilla

 

Aquel sábado me levanté muy temprano; después de tomar una rápida ducha, vestirme y desayunar, me dirigí a la cochera de la casa. Apenas amanecía y la tenue luz bosquejaba con dificultad la silueta de mi Chevrolet Malibú 1967 verde jade. Recorrí su carrocería con un lienzo húmedo, lo acaricié con cariño, alimentando el placer de mis sentidos, casi con erotismo. A pesar de sus más de quince años de edad, el auto quedó tan reluciente que podía ver mi sonrisa en su reflejo.

Ese fue mi primer automóvil; se lo compré a una anciana que era vecina de la familia, gracias a lo que ahorré, durante un año, en mi primer trabajo en Telmex. El automóvil en realidad había sido propiedad de su esposo; un médico obsesivo y metódico que había fallecido diez años antes víctima de cáncer de estómago, de tal manera que había dejado al auto prácticamente nuevo. La viuda no sabía manejar, pero mantuvo el automóvil en su cochera, como si fuese un altar a la memoria de su esposo. Cada tercer día llamaba por teléfono a mi madre y le pedía que yo fuese a su casa para echar a andar el carro diez minutos.

La anciana me recibía con una taza de chocolate y se alejaba de la soledad por un rato, mientras el automóvil permanecía encendido y yo me convertía en su nieto temporal y putativo. Poco a poco sus llamadas se fueron espaciando porque la anciana perdió las ganas de vivir. Por fortuna, antes de dejarse ir de manera definitiva, accedió a venderme ese carro que su esposo había tenido desde nuevo y, en una ceremonia muy parecida a la entrega de una herencia, me dio las llaves, la factura, la tarjeta de circulación, el manual del usuario, todas las facturas del mantenimiento y un montón de recomendaciones sobre como limpiarlo. Así recibí un auto ancho de color verde jade y techo de vinil negro que tenía de líneas alargadas con unas discretas aletas en el medallón posterior y un enrejado cromado en las luces de alto posteriores, interiores de piel negra, dirección hidráulica y palanca de velocidades al volante.

Salí de casa manejando mi auto impecablemente limpio. El plan era llevar a mi novia a pescar truchas a El Zarco, cerca del Desierto de los Leones, de paso aprovechar la mañana para que ella practicase el oficio de manejar y -con un poco de suerte- visitar algún hotel de paso. Aunque Nayeli tenía licencia, la verdad es que no sabía manejar un auto estándar y -como yo quería quedar bien- accedí a que condujese mi Chevrolet. Apenas la conocía; se llamaba Nayeli y era una joven trigueña de ojos muy negros y grandes, espigada y de líneas casi tan perfectas como las de mi Chevrolet Malibú 67 verde jade. La conocí en un curso de capacitación que impartí para una de las oficinas de la zona metropolitana, platicamos dos o tres veces, la invité a salir, al poco tiempo comenzamos una relación más íntima y la vida era buena.

Llegué a la casa de Nayeli, toqué el claxon y cuando salió me recorrí hacia la derecha, dejándole libre el lado del conductor. Comenzamos a circular por las calles de una de esas colonias de la Ciudad de México donde se mezclan pequeñas fábricas y vecindades; de esas que suelen llamarse ciudades perdidas. El auto avanzaba con el típico jaloneo que producen los conductores novatos que no pueden sincronizar bien los movimientos simultáneos de acelerar suavemente con el pie derecho mientras se saca el pie izquierdo del embrague. Yo dirigía sus movimientos, con dulzura, pero con firmeza: “mete el clutch, primera, acelera, saca el clutch, suave, saca todo el pie izquierdo, quita el pie del acelerador, mete el clutch, segunda, acelera suave, saca el pie del clutch”.

El auto se aproximó a una intersección donde el semáforo cambió su luz de verde, a ambar y luego a roja. Nayeli circulaba muy despacio y casi hacía alto total, cuando al mismo tiempo yo le di la orden de acelerar. Ella obedeció, el carro avanzó con el jaloneo y pasamos la calle cuando el semáforo ya estaba en rojo. No habíamos avanzado más de veinte metros cuando escuché la sirena de una patrulla que nos alcanzó, se emparejó y con el altavoz nos dejó caer el clásico “¡auto color verde, oríllese a la orilla!”. Mientras Nayeli se estacionaba, pude ver que en la patrulla viajaban dos policías. Se estacionó al frente de nosotros quedando alineada con la puerta abierta de una vecindad. Mientras los autos de detenían alcancé a preguntarle a mi novia porqué se había pasado el alto y por supuesto que me contestó -de mala gana- que yo le había dicho que acelerara. Para mi eso no tenía sentido porque era obvio que ella había visto a la patrulla por el espejo retrovisor. No discutimos mucho porque se bajó el policía que conducía la patrulla; nos miró un momento, cruzó lentamente enfrente de nosotros de izquierda a derecha y sin más, en vez de dirigirse al conductor, terminó tocando mi ventanilla.

El patrullero me dio los buenos días y me pidió la tarjeta de circulación y mi licencia; para su sorpresa mi novia le entregó también su licencia. Sin embargo, el policía la ignoró y continuó parlamentando sólo conmigo. Ella permaneció siempre en silencio, mientras el policía y yo comenzamos el estira y afloja, pasaron varios minutos entre que si se había pasado el alto o solamente la preventiva, que si la dama no sabía manejar pero que tenía licencia; luego vino la amenaza de llevarnos al corralón, el juego del policía malo y después el policía que nos quería ayudar pero que yo no me dejaba ayudar y, por último, de plano mi solicitud de que se levantara la infracción.
Por alguna razón que desconozco, el policía que permanecía en la patrulla, en el asiento de la derecha, se bajó del auto sin mediar palabra y alcancé a ver como se dirigió a la puerta abierta de la vecindad desapareciendo de mi vista. Habrían pasado diez o quince segundos cuando escuché el seco tableteo de tres disparos, ¡pram!… ¡pram!… ¡pram!…

Alcancé a decirle a mi novia ¡agáchate!, la abracé con fuerza y su cabeza quedó entre mis rodillas. Vi entonces como el policía salía por aquella puerta abierta con el arma desenfundada en su mano derecha y con la mano izquierda apretándose el vientre, mientras su camisola azul se teñía de rojo. El policía trató de gritar, pero apenas balbuceó: ¡pareja!, ¡ayúdame pareja!, soltó el revolver, dobló las rodillas y se fue de bruces girando su cabeza hacia su izquierda. El cuerpo inmóvil quedó tirado en el asfalto casi de frente a mi y sus ojos inertes no dejaron de mirarme. En la calle solitaria no había nadie y nadie se asomó a ver qué sucedía. El otro policía, mi interlocutor, que se había refugiado atrás de mi Chevrolet, permaneció ahí varios segundos que pudieron haber sido minutos, luego se acercó al que seguramente ya era cadáver; aunque se puso de cuclillas no lo tocó, miró de lejos hacia el interior de la vecindad y se llevó las manos a la cabeza.

Regresó hacia mi ventanilla y recogió mis documentos, que había dejado caer mientras corría a refugiase detrás de mi automóvil. Estaba pálido y con voz temblorosa me dijo “¡Mira nada más en que santo desmadre nos metiste!, si no la hubieras hecho tan cansada, no nos hubiera pasado nada. Tú eres testigo de que yo hice todo lo pude por defender a mi compañero”.

Así que, de pronto yo era el testigo principal y -según el policía- el responsable de la balacera. Entonces Nayeli intervino y le dijo al policía casi llorando, “No vimos nada, señor oficial, de verdad que no pudimos ver nada, por favor déjenos ir”. El policía la miró a los ojos y luego se dirigió a mi nuevamente, me dio los documentos y me despidió con un “mejor ya váyanse, a ver cómo arreglo este pedo”. Mi novia echó a andar el auto y avanzó lentamente, esta vez con poco jaloneo. Los ojos del cadáver me miraron por última vez, mientras puede ver el interior de la vecindad buscando la razón del tiroteo, pero mis ojos sólo encontraron la soledad y el silencio de un largo pasillo con viviendas a cada lado y con salida hacia el otro lado de la calle.

Dos calles más adelante mi novia detuvo el auto y me pidió que yo manejara y la llevara a su casa. Transitamos un rato a través del estupor y tratando de entender qué había sucedido, sin cruzar una palabra, quizá porque se nos había terminado la saliva. Ya casi para llegar a su casa comenzaron las lágrimas, la reconstrucción de los hechos y cientos de inútiles hipótesis.

Mi relación con Nayeli se deterioró en los días siguientes y finalmente terminó conmigo entre las recriminaciones del porqué le había pedido pasarse el alto y el porqué no había sobornado al policía. Supongo que no pude explicar mi criterio para romper y luego no romper la ley de manera sucesiva. Supe después, que se hizo novia de un jefe de departamento que tenía un automóvil con transmisión automática y aire acondicionado.

Años más tarde me la encontré en una concesionaria Ford a la que había llevado mi camioneta a servicio. Estaba más llenita y con manchas de paño en la cara, señales inequívocas de que ya pertenecía a la categoría de señora. Me acerqué a saludarla y sólo para hacer conversación le dije “Nayeli, me da gusto encontrarte, qué bien te ves, el otro día pregunté por ti y supe que estás trabajando en un Centro del Teletón”, pero la señora me miró con unos ojos llenos de odio y me contestó “tú no tienes derecho a preguntar por mi, ni saber nada de mi vida”. Di dos pasos atrás, luego giré a la derecha como hacen los soldados y me dirigí a la caja para pagar mi factura. Cuando me entregaron mi camioneta, alcancé a verla en la sala de espera, pero procuré alejarme sin hacer contacto visual.

Mientras manejaba mi camioneta me pregunté en qué momento me había convertido en uno de los fantasmas de Nayeli y en cuántos catálogos de fantasmas estoy incluido. Reflexioné que yo también tengo mis espectros; durante varios meses posteriores al tiroteo, los ojos inertes del policía me visitaron casi todos los días en mis pesadillas; luego lo hicieron ocasionalmente, hasta que un día dejaron de hacerlo. Dejé de sentir culpa de aquella violencia sin sentido, pensando que -en alguna otra arma- estaría otra bala acechando, esperando que el infortunado oficial cometiese una torpeza para alojarse en su barriga.

Pensé también en las varias novias que tuve y los muchos autos que he tenido. Dos años después del incidente vendí mi Chevrolet y lo cambié por un Tsuru más nuevo y con aire acondicionado; no sentí culpa, pero tuve aquella desagradable sensación que acompaña a la infidelidad. Luego tuve un Sentra que parecía quererme, pero consumía demasiada gasolina. A partir de entonces, al cambiar de automóvil ya no tuve ningún tipo de remordimiento parecido al duelo. Confieso que he vivido, que me entregué a los volantes de muchos otros autos, pero nunca tuve alguno de líneas tan sensuales como aquel Chevrolet Malibú 67 verde jade.

Una tarde cualquiera

César Raúl González Bonilla

El tráfico del viernes fluía con dificultad por las viejas arterias de la ciudad, empujando el espeso tedio del fin de semana hacia el caserío de la colonia popular. El joven ratero escudriñaba distraído la pequeña mochila recién arrebatada a la obrera. Entre el lápiz labial y los pañuelos desechables encontró el sobre que contenía el pago semanal que había recibido la muchacha esa mañana. El microbus se detuvo de repente y lo abordaron cinco adolescentes de mirada perdida. Desde los aullidos de los depredadores y el silencio del rebaño una mano pestilente jaló con violencia las correas, los músculos del joven no pensaron nada y con un reflejo apretaron con fuerza el tesoro contra el pecho. Fue como una convulsión, una sacudida. Se escuchó un disparo y el trueno vistió la tarde de gris y rojo en el horizonte del poniente cuando la obscuridad de pronto lo envolvió todo.

María Flores

César Raúl González Bonilla

 

Dedicado a todas las mujeres de mi laboratorio

Después de la tormenta, que se extendió por todo el país en las primeras dos décadas del siglo veinte, los mares comenzaron a encontrar la calma y la bestia se quedó dormida. La revolución se detuvo poco a poco, como un auto que se queda sin combustible, y así se mantiene hasta hoy, interrumpida, esperando que llegue algún viento que reviva la flama, que por ahí se encuentra escondida entre la yerba seca.  Mis abuelos, una joven pareja de maestros, comenzaron entonces su peregrinar por el país y su cruzada de alfabetización los llevó a Nayarit y a Sinaloa, luego a Puebla y después a Oaxaca.  En el camino fueron acumulando hijos, hasta llegar a siete, pero también un buen número de arrimados y protegidos.

Por fin, a mediados de los años cuarenta, la extensa familia encalló en la Ciudad de México porque mi abuelo, Guillermo Bonilla Segura, fue nombrado  Director de Asuntos Indígenas de la Secretaría de Educación Pública.  Así que  consiguió una casa en la calle de Instituto Técnico, a las orillas del Río del Consulado, justo enfrente de lo que es ahora el Casco de Santo Tomás. En ese lugar, mi abuela Vicenta abrió una pequeña tienda, una miscelánea que se llamaba “La Vuelta”, para ayudarle al profesor con los gastos, que eran muchos, como muchos eran los hijos. Por las noches el farol en la entrada de la tienda alumbraba tenuemente la obscuridad de la noche y el borde del río.  Ahí era el punto de reunión de los muchachos de entonces y se formó un grupo de amigos que perduró para siempre, hasta que los jóvenes se volvieron viejos y la muerte los fue encontrando uno a uno.

Un día el río reclamó más espacio y estuvo a punto de ahogar a toda la familia. Por ello, mi abuelo, se vio en la necesidad de buscar otro lugar para vivir y encontró una  casona en la calle de Lauro Aguirre. La familia no estuvo mucho tiempo en esa casa porque el abuelo la perdió en un litigio, especialmente diseñado para beneficiar al hijo del Departamento de Pensiones.  Una nueva clase política estaba en formación y mi abuelo estuvo muy cerca del círculo del poder, especialmente allegado al presidente Manuel Ávila Camacho. Sin embargo, en tanto que los cachorros de la revolución se hacían nuevos ricos, el maestro incorruptible fue empujado a vivir en una zona marginal de la Ciudad de México. Entre los lodazales y basureros de Azcapotzalco consiguió dos terrenos, uno casi enfrente del otro, en lo que ahora es la colonia  Liberación, muy cerca del Centro Médico Nacional “La Raza”. Ahí,  él construyó su casa ladrillo a ladrillo y mis padres construyeron la suya en el terreno que estaba casi enfrente.

A pesar de todos los reveses, mi abuelo nunca perdía el optimismo y siempre encontraba el lado bueno de las personas y las circunstancias. El caso de su chofer lo ejemplifica todo. El Señor Tapia era terrible para manejar, tan escalofriante y peligroso habría sido subirse con él y tomar la carretera, que mi abuelo en lugar despedirlo de inmediato por ineficiente, le buscó su verdadera vocación. El señor Tapia, como todo buen Veracruzano, era hábil para el danzón y para organizar las fiestas. Entonces mi abuelo convirtió su plaza de chofer a “Profesor de Baile y Actividades Recreativas” en las Misiones Culturales  y el Señor Tapia se dedicó a enseñar a los habitantes de las colonias proletarias a bailar La Bamba de la manera apropiada y mi abuelo no murió en un accidente de carretera.

En 1945 mi abuelo viajaba mucho, pues tenía que visitar las escuelas que estaban bajo su responsabilidad y su cuidado en varios rincones de la república. En una escuela de Querétaro encontró a una joven indígena Otomí que,  llevando en la espalda a su hija de unos ocho meses enredada en su rebozo, había tomado ese edificio como un lugar para pasar las noches, ocupando el día en hacer tortillas para los maestros.

Mi abuelo, el bondadoso profesor, encontró a una intérprete y la indígena explicó en su lengua que un maestro de la escuela en Cadereitas se la llevó a la milpa, la tiró en el suelo, levantó su falda,  bajó sus pantaletas y la hizo suya. Sexo consentido, violación o engaño, nadie investigó nada. Porque a nadie le interesó ni el pasado ni el porvenir de la humilde indígena o porque ella misma  nunca aceptó  que hubiese sido víctima de ningún delito. Quizá ella pensó que así es el amor, el sentimiento que más nos diferencia del resto de los animales, mientras observaba las nubes,  recostada sobre el surco que dividía las dos hileras de plantas de maíz llenas de mazorcas tiernas. En tanto que ciento veinte segundos, dos minutos solamente, bastaron para que la serpiente que vivía en el mesencéfalo del maestro, se tragara por completo a la pequeña rata de campo, para saciar su hambre y quedarse tranquilamente dormida, haciendo la digestión de su víctima.  Cuatro meses después, cuando el embarazo era evidente, el maestro desapareció del pueblo y padre de la joven simplemente la sacó de su casa, después de darle una severa golpiza, que le dejó el rostro desfigurado varios meses, sin que su madre se atreviera a decir una palabra.

No quedó muy claro, por las deficiencias de la traductora o porque la joven madre soltera no quiso platicarlo mucho, lo que sucedió durante el resto del embarazo.  Estuvo trabajando como sirvienta y había regresado a escondidas a su pueblo, para que una matrona le atendiera el parto, pero habiendo deshonrado a su padre no permaneció mucho en ese lugar y encontró refugio en otra escuela, posiblemente con la esperanza de ahí encontrar a su pareja.

Mi abuelo regresó a la casa de Instituto Técnico trayendo consigo a la indígena Otomí y a su hija, después de todo hacía falta una sirvienta que le ayudara a su esposa. Mi abuela, práctica como era, no alegó mucho con el profesor y como la joven no supo decir su nombre en español, la bautizó con el nombre de María, porque Marías eran todas las sirvientas, del mismo modo que Juanes eran todos los soldados. Madre e hija llegaron en condiciones lastimosas, de tal modo que hubo que rapar a la niña para acabar con sus piojos y liendres. El brazo izquierdo de la pequeña estaba inflamado como un globo y la exploración cuidadosa de Doña Vicenta encontró la espiga de un maguey, de unos tres centímetros de largo  que le estaba produciendo un absceso.

La salud de la niña mejoró y poco a poco comenzó a ganar peso, en tanto que María aprendió rápidamente a hablar español, gracias a la habilidad innata que tienen las mujeres para los idiomas. Resultó también ser incansable para el quehacer, honrada y leal a mi abuela hasta que la muerte las separó, con seis meses de diferencia. Fue entonces que ella misma escogió su apellido,  porque le gustaban las flores y por eso su hija desde entonces se llamó Rosa.

El grupo de adolescentes, que se reunía a las afueras de la tienda de Doña Vicenta,  encontró que la ingenuidad de María iba más allá de la simpleza de una indígena.  Esto sucedió un día, cuando  María  algo notó en la mirada de  Arquímides Catalán, un  muchacho estudiante de preparatoria al que le decían Quimi, porque se lo comentó a las hijas de su patrona

-¡Quimi me ve con ojos bonitos!

La joven Celia, hija del profesor Guillermo, trató de desalentar las falsas ilusiones de María, pero  la mujer se irritaba

-¡Tú me tienes envidia!

Probablemente por ello, y porque los jóvenes en grupo suelen ser crueles,  el conjunto de amigos decidió seguirle la corriente a la sirvienta. Una noche Quimi, mientras compraba chocolates, solo para platicar con sus amigos, le dijo a la  criada

-María ¿Quieres ser mi novia?

Sería por la tremenda golpiza de su padre, por retrazo mental o por candidez, pero María estaba convencida de ser la novia del muchacho y todos estaban divertidos. Un día, otro de los amigos de aquel grupo, Arturo Gómez,  apenas estudiante del primer año en la Escuela Libre de  Derecho sacó un cuaderno de su portafolios, llamó a María y a Quimi.

A ver, vengan los dos,  ora si los voy a casar.

“México DF a 4 de febrero de 1946.

 

Yo Arturo Gómez, en pleno uso de las facultades que me confiere y proporciona la Escuela Libre de Derecho, digo y declaro que a partir de hoy se encuentran  unidos en matrimonio María Flores y Quimi Catalán

 

Doy fe todo lo necesario”

Firmaron dos testigos, Arturo Gómez y Quimi. María estampó una cruz y la ceremonia terminó con un aplauso. Arrancaron la hoja de papel muy bien escrita con tinta negra y se la entregaron a María. A partir de entonces la sirvienta comenzó a construir un mundo de fantasía, aparte de todos y solo suyo.

Pero se alejó más de la realidad cuando mi tía Julia comenzó a hablarle con una voz profunda y aspirada, como de ultratumba, desde algún escondite de la casa

-¡María¡

-¡Quién anda ahí!

y  la tía le contestaba

 

-¡Nadie!

-¿Naiden?

 

-¡Ninguno!

 

-¿Ningunillo?

Así nació Ningunillo Naiden uno de los acérrimos enemigos de Quimi y el responsable de que se le quemaran las tortillas o se le pegara el arroz a la sirvienta.

El joven Arquímides Catalán, para salir del embrollo dejó de ir a la tienda y le dijo a María que se tenía que ir de viaje en un avión a la guerra. Era creíble, José Bonilla Domínguez, uno de los hijos de Doña Vicenta  apenas había regresado de las Filipinas, donde había servido a su país como mecánico de aviones del Escuadrón 201.  Así que María se quedó esperando eternamente a que retornara su esposo y  cada vez que pasaba un avión por su cabeza, la sirvienta miraba al cielo

-¡Ahí va Quimi!, ese es mi marido.

y así pasaron los años, hasta completar dos  décadas.

La María que yo conocí ya era una mujer madura o adulta en plenitud, para utilizar el eufemismo. Era  delgada y activa, con su tez color ladrillo y sus trenza bien peinada. Le gustaban las faldas de colores brillantes y vestía con frecuencia un chaleco café que le había tejido mi madre.  Acostumbraba caminar descalza y solo utilizaba sus chanclas para salir a la calle.

El cuarto de María se encontraba el fondo del patio posterior de la casa, en la colonia  Liberación. Era un lugar obscuro porque la sirvienta siempre mantenía todas las persianas cerradas, de tal manera que a los niños que jugábamos en ese patio nos daba miedo invadir su lúgubre espacio. Sin embargo, las pocas veces que me atreví a asomarme para ver lo que había adentro, siempre lo encontré muy arreglado. El día de María comenzaba a las cuatro de la mañana con un baño de agua fría a jicarazos, se peinaba con cuidado el pelo y se hacía una trenza perfecta. Se vestía siempre con la ropa limpia, que mi abuela le compraba en La Merced por docena.

María le daba de comer granos de maíz a las gallinas y luego se hincaba  al frente del metate y con el metlapil en sus dos manos,  pasaba horas haciendo el duro trabajo de triturar el maíz hasta obtener la masa, que luego separaba en preciosas esferas amarillas, para extenderlas después con hábiles palmadas.  Las tortillas estaban listas antes de las siete.  Ese era el papel que había aprendido de sus mayores, la tarea que han desempeñado las mujeres indígenas mexicanas  por milenios  y que convirtieron a sus parejas en obreros agrícolas. Sin embargo, ella la realizaba con una pequeña diferencia.  En los pueblos indígenas la molienda del maíz generalmente es un trabajo comunal, que permite la interacción entre las mujeres. María, en cambio, trabajaba siempre sola.  En seguida  sumergía dos jitomates en agua caliente, los asaba y los trituraba con el tejolote de un viejo metate, agregando  unos granos de sal y un chile verde. La cocina de María conservaba el fuego encendido de alguna parrilla, pues consideraba que una casa sin una olla humeante pierde su calidad de hogar.  Por eso, siempre tenía frijol hirviendo, arroz o simple agua caliente para café. Antes de las diez de la mañana la casa estaba intachablemente barrida y trapeada. La sirvienta iba al mercado y regresaba con dos bolsas llenas de frutas, verduras y carne, si teníamos suerte,  trayendo con ella varios soldaditos de  plástico montados en su caballo.

Los niños de entonces, dos de mis primos y yo,  comíamos en la casa de mi abuela al medio día, antes de ir a la escuela primaria a partir de la una y media de la tarde. Esa es la razón por la que hasta la fecha me gusta comer temprano. Mochila en mano, María tenía la tarea de llevarnos a la escuela,  que estaba a solo tres cuadras de distancia. Ella cumplía la encomienda religiosamente, pues nunca hubo manera de convencerla de que nos dejara cruzar las calles prescindiendo de su ayuda, lo que causaba la burla de nuestros compañeros que, niños grandes, iban solos a la escuela.

En aquel tiempo, las niñas asistían a la escuela por la mañana y los niños por la tarde. La escuela tenía un grupo experimental, donde el director se atrevió a juntar a niños y niñas del sexto año en un solo grupo, con la anuencia de la sociedad de padres de familia. Por supuesto que tuvo la precaución de separarlos por género, dividiendo el aula en dos mitades. El ambiente era difícil en los grupos de la escuela primaria porque faltaba el carácter dulce y temperado de las niñas, las voces suaves y las miradas cálidas que hacen el equilibrio.   La interacción con mis compañeros no era hostil, pues tuve muchos amigos, pero  los cachorros suelen jugar al combate, haciendo mucho ruido y soltando feroces tarascadas, solo para medir sus fuerzas y reconocer al que será el líder de la manada.  Los cuidados de María fueron la razón por la que mis primos y yo tuvimos que  agarrarnos a golpes con algún burlón compañero, atrás de la escuela a la hora de la salida. Era cuestión de ganarnos el respeto de nuestros pares.

La criada de mi abuela terminaba su jornada por la noche, siempre con su cuaderno de cuadritos y su lápiz amarillo, tratando de hacer las letras. Pero, a pesar de su constancia, nunca aprendió a leer y solo podía escribir su nombre, eso sí, con letra muy redondita. En 1953 las mujeres mexicanas ejercieron por primera vez su derecho al voto, pero María tuvo la oportunidad de emitir su opinión una sola vez. Dieciséis años después, en la elección de 1969 yo la acompañe a la Escuela Primaria “Francisco de Paula Herrasti” y me pidió que le señalara el logo del partido tricolor, el de la bandera de México, para marcarlo con una cruz. La matanza de Tlatelolco recién había sucedido, pero María nunca perdió la confianza y la fe en el partido de la revolución institucionalizada.

La fiel sirvienta fue víctima de alguna de mis travesuras. En una ocasión, hice un  agujero en el piso de tierra del patio posterior de la casa, lo bastante grande para atrapar a una gallina. Con unos palitos hice una estructura con suficiente fuerza para sostener un trapo que cubrí con tierra, a manera de tapadera. Mi trampa no se notaba y me retiré a mi casa al llegar la noche. Cuál sería mi sorpresa cuando el domingo en la mañana María cayó en mi trampa caza gallinas, fracturándose un tobillo. Cuando pasó la emergencia, mi abuela nos formó a los tres primos y le ordenó a su sirvienta

-¡María! ¡Trae una vara bien verde! 

Y ahí fue la criada de la abuela, brincando en una pata, buscando la vara de la justicia,

 

-Ora verán muchachos revoltosos.

Pero los golpes de los abuelos son de chocolate y duelen más en el alma que en el cuerpo. De tal manera que no me arrepentí de haberla hecho mi inesperada víctima. Para completar la escena, después del castigo pasó un avión por nuestras cabezas y María  murmuró con su pata de yeso

-¡Ahí va Quimi!, ese es mi marido.

 

Pero Arquímides Catalán no se echó en paracaídas para defender a su amada  y continuó manejando su avión en su eterno periplo por el globo terráqueo, buscando Las Filipinas.

María tosía con frecuencia y de repente comenzó a echar flemas con sangre. Mi padre, epidemiólogo experto, de inmediato diagnosticó tuberculosis. La sirvienta estuvo en tratamiento varios años y se le hicieron cientos de baciloscopías.  La sirvienta se convirtió en el caso índice del sanitarista y toda la familia fue objeto de radiografías y pruebas de Mantoux. Por fortuna nadie fue contagiado y María siguió su tratamiento al pie de la letra. Entonces se utilizaba mucho la esteptomicina, que se tenía que aplicar en inyecciones.  De tal manera que las nalgas de la criada también sirvieron para que aprendieran a inyectar varias personas. La sirvienta permaneció sana muchos años, con un poco de sordera, efecto colateral del antibiótico, pero la tos nunca desapareció debido a la fibrosis de los pulmones.

Cundo murió mi abuela, María se quedó sin su compañera de siempre y en la soledad de la casa. Posiblemente por eso se le reactivó la tuberculosis y no sobrevivió más de seis meses a su patrona. María murió la tarde de un treinta de enero, en mi cumpleaños catorce. Mis padres fueron a recoger su cadáver al Hospital General, pero no lo entregaron porque se requería la firma de un familiar y estuvieron dando vueltas  hasta que localizaron a su hija, quien pudo hacer los trámites para recibir el cuerpo. Mientras la velaban en la casa de mi abuela yo comí el mole que preparó mi madre, en compañía de mis amigos de la escuela secundaria y estuvimos bailando muy animados hasta las diez de la noche.  No sentí pena o dolor en ese momento. Me tomó mucho años darme cuenta de la importancia que tuvo esa mujer, para ayudarme a transitar seguro por la niñez y la adolescencia.  A María todos la quisimos mucho. Ahora lo se. Sin embargo, la sirvienta recorrió su vida a través de las contradicciones de la clase media.  En la casa de los maestros, la sirvienta nunca pudo aprender a leer y en la familia de los sanitaristas,  María murió de tuberculosis.

Rosa, su hija, terminó la secundaria y estudió para secretaria, pero se fue a vivir con un señor mucho mayor que ella, que le propinaba tremendas tundas cuando llegaba alcoholizado. Por ser adicta a las relaciones destructivas o por soberbia, no regresó a la casa de Doña Vicenta, tuvo cuatro hijos y años después murió, víctima del cáncer que comenzó en uno de sus pechos y se diseminó a su columna vertebral.  El deseo de Rosa era que dispersaran sus cenizas en el mar o en los lugares que visitaba,  de modo que, sus hijos ante la imposibilidad de viajar a Acapulco o a Veracruz, esparcieron sus cenizas  en las calles de la colonia Aldana.

Cuando terminé mi servicio social estaba recién casado y, aunque tenía trabajo,  todavía no me pagaban y tuve que vivir unos meses en la casa de mis padres. Me preocupaba no poder independizarme por completo y comenzar a formar mi propia familia. Por ello, una noche no podía conciliar el sueño. Serían las dos o tres de la mañana cuando me levanté de la cama, caminé hasta la cocina y saqué del refrigerador un poco de agua. Todos dormían  y la noche transitaba por su periodo más obscuro y silencioso. De pronto me pareció escuchar el inconfundible sonido del zaguán de la casa de la abuela. Por eso, o tal vez porque quería huir hacia la calle, levanté una de las cortinillas de la persiana, en la ventana que daba hacia la casa de mi abuela. Me quedé atónito y un sudor frío recorrió mi espalda cuando advertí la figura de una anciana delgada y encovada, cargando sus bolsas del mandado, cruzar la calle y  entrar a la casa de la abuela.  Regresé a la cama y me tomó mucho rato dormir de nuevo. Nunca le platiqué nada de esto a nadie, porque  consideré que el cansancio o la preocupación me habían jugado una mala broma. Sin embargo,  un día, en alguna reunión familiar cualquiera, salió a la conversación el tema de María y mi padre relató que una noche no podía dormir por el calor que caracteriza a las noches de Mayo, se levantó de la cama y se asomó por la ventana, observando exactamente la misma visión que yo tuve.

La humilde mujer indígena Otomí se encuentra en una fosa del Panteón Español.  Nadie la visita porque sus nietos tomaron varios rumbos, las personas de su tiempo se extinguieron por completo y ya no es posible localizar la tumba porque el título de propiedad desapareció. Mi madre se lo entregó a Rosa, porque ese era el deseo de mi abuela,  pero la hija de la criada simplemente lo perdió.  Por eso yo quiero contar su historia, para que no desaparezca. Allí reposa pensando que así es el amor, el sentimiento que más nos diferencia del resto de los animales, mientras observa las nubes,  recostada sobre un surco que divide dos hileras de plantas de maíz, llenas de mazorcas tiernas.

La narración sigue la vida de María Flores, una indígena Otomí que, tras sufrir una violación y convertirse en madre soltera, se convierte en sirvienta de una familia de maestros. A lo largo de los años, se convierte en una figura fundamental en su hogar, aunque su historia se entrelaza con las contradicciones sociales, la pobreza y la pérdida. Su vida refleja tanto la lucha como la resiliencia, destacando su…