Verde jade

César Raúl González Bonilla

 

Aquel sábado me levanté muy temprano; después de tomar una rápida ducha, vestirme y desayunar, me dirigí a la cochera de la casa. Apenas amanecía y la tenue luz bosquejaba con dificultad la silueta de mi Chevrolet Malibú 1967 verde jade. Recorrí su carrocería con un lienzo húmedo, lo acaricié con cariño, alimentando el placer de mis sentidos, casi con erotismo. A pesar de sus más de quince años de edad, el auto quedó tan reluciente que podía ver mi sonrisa en su reflejo.

Ese fue mi primer automóvil; se lo compré a una anciana que era vecina de la familia, gracias a lo que ahorré, durante un año, en mi primer trabajo en Telmex. El automóvil en realidad había sido propiedad de su esposo; un médico obsesivo y metódico que había fallecido diez años antes víctima de cáncer de estómago, de tal manera que había dejado al auto prácticamente nuevo. La viuda no sabía manejar, pero mantuvo el automóvil en su cochera, como si fuese un altar a la memoria de su esposo. Cada tercer día llamaba por teléfono a mi madre y le pedía que yo fuese a su casa para echar a andar el carro diez minutos.

La anciana me recibía con una taza de chocolate y se alejaba de la soledad por un rato, mientras el automóvil permanecía encendido y yo me convertía en su nieto temporal y putativo. Poco a poco sus llamadas se fueron espaciando porque la anciana perdió las ganas de vivir. Por fortuna, antes de dejarse ir de manera definitiva, accedió a venderme ese carro que su esposo había tenido desde nuevo y, en una ceremonia muy parecida a la entrega de una herencia, me dio las llaves, la factura, la tarjeta de circulación, el manual del usuario, todas las facturas del mantenimiento y un montón de recomendaciones sobre como limpiarlo. Así recibí un auto ancho de color verde jade y techo de vinil negro que tenía de líneas alargadas con unas discretas aletas en el medallón posterior y un enrejado cromado en las luces de alto posteriores, interiores de piel negra, dirección hidráulica y palanca de velocidades al volante.

Salí de casa manejando mi auto impecablemente limpio. El plan era llevar a mi novia a pescar truchas a El Zarco, cerca del Desierto de los Leones, de paso aprovechar la mañana para que ella practicase el oficio de manejar y -con un poco de suerte- visitar algún hotel de paso. Aunque Nayeli tenía licencia, la verdad es que no sabía manejar un auto estándar y -como yo quería quedar bien- accedí a que condujese mi Chevrolet. Apenas la conocía; se llamaba Nayeli y era una joven trigueña de ojos muy negros y grandes, espigada y de líneas casi tan perfectas como las de mi Chevrolet Malibú 67 verde jade. La conocí en un curso de capacitación que impartí para una de las oficinas de la zona metropolitana, platicamos dos o tres veces, la invité a salir, al poco tiempo comenzamos una relación más íntima y la vida era buena.

Llegué a la casa de Nayeli, toqué el claxon y cuando salió me recorrí hacia la derecha, dejándole libre el lado del conductor. Comenzamos a circular por las calles de una de esas colonias de la Ciudad de México donde se mezclan pequeñas fábricas y vecindades; de esas que suelen llamarse ciudades perdidas. El auto avanzaba con el típico jaloneo que producen los conductores novatos que no pueden sincronizar bien los movimientos simultáneos de acelerar suavemente con el pie derecho mientras se saca el pie izquierdo del embrague. Yo dirigía sus movimientos, con dulzura, pero con firmeza: “mete el clutch, primera, acelera, saca el clutch, suave, saca todo el pie izquierdo, quita el pie del acelerador, mete el clutch, segunda, acelera suave, saca el pie del clutch”.

El auto se aproximó a una intersección donde el semáforo cambió su luz de verde, a ambar y luego a roja. Nayeli circulaba muy despacio y casi hacía alto total, cuando al mismo tiempo yo le di la orden de acelerar. Ella obedeció, el carro avanzó con el jaloneo y pasamos la calle cuando el semáforo ya estaba en rojo. No habíamos avanzado más de veinte metros cuando escuché la sirena de una patrulla que nos alcanzó, se emparejó y con el altavoz nos dejó caer el clásico “¡auto color verde, oríllese a la orilla!”. Mientras Nayeli se estacionaba, pude ver que en la patrulla viajaban dos policías. Se estacionó al frente de nosotros quedando alineada con la puerta abierta de una vecindad. Mientras los autos de detenían alcancé a preguntarle a mi novia porqué se había pasado el alto y por supuesto que me contestó -de mala gana- que yo le había dicho que acelerara. Para mi eso no tenía sentido porque era obvio que ella había visto a la patrulla por el espejo retrovisor. No discutimos mucho porque se bajó el policía que conducía la patrulla; nos miró un momento, cruzó lentamente enfrente de nosotros de izquierda a derecha y sin más, en vez de dirigirse al conductor, terminó tocando mi ventanilla.

El patrullero me dio los buenos días y me pidió la tarjeta de circulación y mi licencia; para su sorpresa mi novia le entregó también su licencia. Sin embargo, el policía la ignoró y continuó parlamentando sólo conmigo. Ella permaneció siempre en silencio, mientras el policía y yo comenzamos el estira y afloja, pasaron varios minutos entre que si se había pasado el alto o solamente la preventiva, que si la dama no sabía manejar pero que tenía licencia; luego vino la amenaza de llevarnos al corralón, el juego del policía malo y después el policía que nos quería ayudar pero que yo no me dejaba ayudar y, por último, de plano mi solicitud de que se levantara la infracción.
Por alguna razón que desconozco, el policía que permanecía en la patrulla, en el asiento de la derecha, se bajó del auto sin mediar palabra y alcancé a ver como se dirigió a la puerta abierta de la vecindad desapareciendo de mi vista. Habrían pasado diez o quince segundos cuando escuché el seco tableteo de tres disparos, ¡pram!… ¡pram!… ¡pram!…

Alcancé a decirle a mi novia ¡agáchate!, la abracé con fuerza y su cabeza quedó entre mis rodillas. Vi entonces como el policía salía por aquella puerta abierta con el arma desenfundada en su mano derecha y con la mano izquierda apretándose el vientre, mientras su camisola azul se teñía de rojo. El policía trató de gritar, pero apenas balbuceó: ¡pareja!, ¡ayúdame pareja!, soltó el revolver, dobló las rodillas y se fue de bruces girando su cabeza hacia su izquierda. El cuerpo inmóvil quedó tirado en el asfalto casi de frente a mi y sus ojos inertes no dejaron de mirarme. En la calle solitaria no había nadie y nadie se asomó a ver qué sucedía. El otro policía, mi interlocutor, que se había refugiado atrás de mi Chevrolet, permaneció ahí varios segundos que pudieron haber sido minutos, luego se acercó al que seguramente ya era cadáver; aunque se puso de cuclillas no lo tocó, miró de lejos hacia el interior de la vecindad y se llevó las manos a la cabeza.

Regresó hacia mi ventanilla y recogió mis documentos, que había dejado caer mientras corría a refugiase detrás de mi automóvil. Estaba pálido y con voz temblorosa me dijo “¡Mira nada más en que santo desmadre nos metiste!, si no la hubieras hecho tan cansada, no nos hubiera pasado nada. Tú eres testigo de que yo hice todo lo pude por defender a mi compañero”.

Así que, de pronto yo era el testigo principal y -según el policía- el responsable de la balacera. Entonces Nayeli intervino y le dijo al policía casi llorando, “No vimos nada, señor oficial, de verdad que no pudimos ver nada, por favor déjenos ir”. El policía la miró a los ojos y luego se dirigió a mi nuevamente, me dio los documentos y me despidió con un “mejor ya váyanse, a ver cómo arreglo este pedo”. Mi novia echó a andar el auto y avanzó lentamente, esta vez con poco jaloneo. Los ojos del cadáver me miraron por última vez, mientras puede ver el interior de la vecindad buscando la razón del tiroteo, pero mis ojos sólo encontraron la soledad y el silencio de un largo pasillo con viviendas a cada lado y con salida hacia el otro lado de la calle.

Dos calles más adelante mi novia detuvo el auto y me pidió que yo manejara y la llevara a su casa. Transitamos un rato a través del estupor y tratando de entender qué había sucedido, sin cruzar una palabra, quizá porque se nos había terminado la saliva. Ya casi para llegar a su casa comenzaron las lágrimas, la reconstrucción de los hechos y cientos de inútiles hipótesis.

Mi relación con Nayeli se deterioró en los días siguientes y finalmente terminó conmigo entre las recriminaciones del porqué le había pedido pasarse el alto y el porqué no había sobornado al policía. Supongo que no pude explicar mi criterio para romper y luego no romper la ley de manera sucesiva. Supe después, que se hizo novia de un jefe de departamento que tenía un automóvil con transmisión automática y aire acondicionado.

Años más tarde me la encontré en una concesionaria Ford a la que había llevado mi camioneta a servicio. Estaba más llenita y con manchas de paño en la cara, señales inequívocas de que ya pertenecía a la categoría de señora. Me acerqué a saludarla y sólo para hacer conversación le dije “Nayeli, me da gusto encontrarte, qué bien te ves, el otro día pregunté por ti y supe que estás trabajando en un Centro del Teletón”, pero la señora me miró con unos ojos llenos de odio y me contestó “tú no tienes derecho a preguntar por mi, ni saber nada de mi vida”. Di dos pasos atrás, luego giré a la derecha como hacen los soldados y me dirigí a la caja para pagar mi factura. Cuando me entregaron mi camioneta, alcancé a verla en la sala de espera, pero procuré alejarme sin hacer contacto visual.

Mientras manejaba mi camioneta me pregunté en qué momento me había convertido en uno de los fantasmas de Nayeli y en cuántos catálogos de fantasmas estoy incluido. Reflexioné que yo también tengo mis espectros; durante varios meses posteriores al tiroteo, los ojos inertes del policía me visitaron casi todos los días en mis pesadillas; luego lo hicieron ocasionalmente, hasta que un día dejaron de hacerlo. Dejé de sentir culpa de aquella violencia sin sentido, pensando que -en alguna otra arma- estaría otra bala acechando, esperando que el infortunado oficial cometiese una torpeza para alojarse en su barriga.

Pensé también en las varias novias que tuve y los muchos autos que he tenido. Dos años después del incidente vendí mi Chevrolet y lo cambié por un Tsuru más nuevo y con aire acondicionado; no sentí culpa, pero tuve aquella desagradable sensación que acompaña a la infidelidad. Luego tuve un Sentra que parecía quererme, pero consumía demasiada gasolina. A partir de entonces, al cambiar de automóvil ya no tuve ningún tipo de remordimiento parecido al duelo. Confieso que he vivido, que me entregué a los volantes de muchos otros autos, pero nunca tuve alguno de líneas tan sensuales como aquel Chevrolet Malibú 67 verde jade.

La mujer cerca del techo

César Raúl González Bonilla

Yo era un niño quieto, bien portado  y que no decía mentiras. Y no es que no quisiera deshonrar mi boca, lo que sucede es que muy temprano en mi existencia descubrí, a partir de observar las malas experiencias de los otros niños, que “yo no fui”, “ya estaba roto” o “se cayó solo”,  eran recursos  perfectamente inútiles para eludir las culpas. La justicia siempre les llegaba y los castigos se  ejecutaban puntualmente.  Declarar la verdad, por otro lado,  nunca era una buena salida para los embrollos porque, en el mejor de los casos, sólo significaba un factor atenuante en la aplicación de cualquier correctivo. No había salida; mentir era sencillo, engañar  era lo complicado. La chancla educadora era invencible. Entonces desarrollé el apetito por derrotar al sistema. Soñaba con la satisfacción de hacer una travesura,  echarle la culpa a otro y salirme con la mía sin la necesidad de mentir.

Tenía que planear el crimen sublime y encontrar a la victima precisa. Estuve reflexionando varios días sobre  el mártir y la fechoría. No había mucho de donde escoger, mi chivo expiatorio  tenía que ser alguien cercano, sin duda un familiar. De inmediato descarté a mi hermana porque  estaba muy protegida por mi madre y yo no entendía bien a las mujeres. Comprendía de manera intuitiva que, para cometer el crimen perfecto se requiere del conocimiento profundo de la víctima.  Mi hermano mayor era el más cercano porque  compartíamos cuarto,  yo conocía sus puntos débiles y podía seguir todos sus movimientos desde la inocente perspectiva de mi cama. De tal manera que, sin haber leído el viejo testamento, el instinto me convirtió en Caín tratando de eliminar al primogénito.

Una vez nominado el interfecto había que diseñar el delito. El robo es siempre la primera opción porque, desde que se inventó el intercambio de bienes y servicios mediante las monedas, la avaricia se convirtió  en el pecado favorito del humano. Sin embargo, el hurto era un delito mayor e imperdonable. No era mi objetivo iniciar una carrera delictiva, no era sencillo inculpar a mi hermano de la ratería y mis remordimientos serían más grandes que mis deseos de convertirme en psicótico profesional.  Pensé entonces en mojar su cama por la noche, levantarme en la madrugada, llenar un vaso con agua y verterlo en sus sábanas, pero también descarté la idea casi de inmediato. La enuresis no era una travesura; en todo caso, sólo lograría exhibirlo, ponerlo en ridículo y desatar una serie de consultas con el urólogo pediatra.  Además, si mi hermano despertara en el momento que yo estuviese hidratando su cama, seguro me esperaba un zape en la cabeza. Romper algo tampoco era una posibilidad, tenía que ser una travesura sin secuelas o con efectos reparables. A diferencia de Caín, yo no quería eliminar del todo a mi hermano, el objetivo era engañar al establishment.

Decidí entonces que dibujar en la pared era una travesura elegante, sencilla y fácil de limpiar. Elegí ejercer mi precoz oficio de muralista arriba de la cama de mi hermano, era el lugar perfecto para facilitar las averiguaciones y dirigir las evidencias hacia mi hermano. Dispuse para ello de un lápiz Mirado del número dos con la punta roma para no dañar la pared y lo guardé en el cajón de mi buró.  Estuve después pensando varías días sobre el tema de mi dibujo. No podía ser una casa, un árbol o un perrito porque de inmediato se pensaría que el autor era el niño chico. Para inculpar a mi hermano, el dibujo tenía que expresar los intereses un niño grande. Por ello, resolví dibujar una mujer desnuda. Todo estaba listo para cometer el fratricidio.

Esperé, como esperan las serpientes enrolladas, pacientes e inmóviles. Un día se presentó la oportunidad,  sólo estábamos mi madre y yo en la casa. Mi madre lavaba y tendía ropa en el patio, yo procuraba estar cerca de ella y simulaba jugar a las canicas,  mientras se enlodaban un poco mis manos y rodillas. Cuando la vi distraída por completo me dirigí a mi cuarto.

Mi mural tenía que localizarse suficientemente alto como para no dejar duda de que había sido realizado por un niño grande.  Subí una silla a la cama de mi hermano y la recargué contra la cabecera, trepé por el asiento, me encumbré en el Everest y luego me encontré de pie  en  la madera horizontal del respaldo. Mi andamio improvisado oscilaba amenazante mientras yo me sostenía apoyando mi mano contra la pared, era Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.  Dibujé con calma mi Maja Desnuda, procuré implantarle grandes pechos, ombligo y una versión muy explícita de mis conjeturas sobre la anatomía femenina, incluyendo al amor veneris. Literalmente dibujé con pelos y señales. Por fortuna no me partí la cabeza de una caída, bajé del andamio, puse la silla en su lugar, escondí el lápiz y salí al patio donde fingí seguir jugando.  Permanecí  sospechosamente mudo y bien educado.

Cuando llegaron mis hermanos se descubrió el escandaloso mural de la mujer desnuda.  Mi madre no tardó mucho en deducir que yo era el autor del impúdico dibujo. Por supuesto que me sometió a un sencillo interrogatorio antes de emitir el veredicto de culpable,  pero creo le preocupaba más cómo me las había arreglado para dibujar tan alto. Me preguntó si yo había realizado ese dibujo y yo no tuve otro remedio que acudir al lugar común del “yo no fui” y mentí por primera vez en mi vida. Las pruebas circunstanciales me señalaban. Mi hermano tenía una coartada perfecta, estuvo en la escuela toda la mañana.  Había la marca de una mano  pequeña en la pared, como si el criminal hubiese estado jugando con tierra. La mano en la pared era derecha, prueba de que el dibujo había sido realizado con la mano izquierda. Mi hermano es diestro y yo zurdo.  Eso me colocaba en la escena del crimen y sólo faltaba aclarar el motivo.  Curiosamente mi madre no preguntó sobre el por qué de mi dibujo o sobre mis precoces apetitos sexuales. No tuve que acudir a interminables sesiones de terapia con el psicólogo infantil y  tampoco tuve que limpiar la pared,  mi madre movió la cama, se subió a una escalera y borró mi dibujo con un trapo húmedo para evitar que lo viera mi padre. No se comentó más sobre el asunto y mi padre nunca supo nada sobre el incidente.

Pregunta nueve

César Raúl González Bonilla

Fue la tarde de lluvia equivocada
al verte iluminar el hall del aeropuerto.
Es posible que haya sido el primer hola,
al caminar a obscuras por el parque hipnotizado.
Cuando La Malinche nos cubrió con su manto de estrellas congeladas,
después de luchar cuerpo a cuerpo contra el frío
y viajar por lo profundo de tus ojos,
al transitar con mis boca por tus muslos,
mientras respirabas despacio entre mis brazos,
durante nuestros fugaces planes de pareja.
¿En qué momento me hice adicto a las relaciones destructivas?