César Raúl González Bonilla
«En la soledad, el pensamiento es compañía.”
No tengo destinatarios.
No veo quién quiera recibir esta misiva,
ni creo que haya a quien le importe.
Una porque no puede oír,
otro, ya que no escucha
y la de siempre,
porque ya no está interesada.
Oídos atrofiados,
hipotálamos perversos,
afectos ausentes,
son los actores de esta broma
sarcástica que me da la vida.
Fina ironía,
puedo así escribir para mi mismo.
Soy alquimista.
Inventor por vocación, ese es mi oficio.
Puedo ver el bosque,
quiero ver las ramas,
escudriñar el fondo de las venas de las hojas
y sería feliz, si yo pudiera,
arrancarle a Dios una sonrisa.
Soy todo el cosmos
que se mira en el espejo
utilizando mis ojos, por un rato.
Me gusta el experimento,
sentir el sabor de mis fracasos,
ensayar,
hacer analogías, contrastar mis conjeturas.
descubrir los códigos
que utiliza el anciano creador del universo,
llegar a casa, tomar café
y contar
los resultados a mi perra.
Por eso escribo.
En Misiva, el hablante se dirige a nadie y a todos: una carta sin destinatario que se convierte en reflexión sobre la soledad, la incomunicación y el impulso creativo. El poema transita de la ironía al asombro cósmico; del desengaño humano al consuelo de la creación. El yo poético, alquimista de palabras, halla en la…