La intensidad del silencio

César Raúl González Bonilla

“El silencio se escucha en la memoria.”

El silencio es tan profundo que no escucho nada:
la sombra de mi propio pensamiento,
el zumbido de mis huesos.

El silencio es tan hondo que no puedo oír
la explosión del mundo,
el rumor del cosmos.

El silencio es tan intenso que escucho
el peso del aire detenido,
el sonido de la pérdida.

El silencio lo ocupa todo
cuando el recuerdo regresa
y tu nombre espera que cese el griterío.

La intensidad del silencio explora la frontera entre el sonido y la memoria. A través de una serie de imágenes sensoriales, el poema convierte el silencio en una materia viva: un espacio donde resuenan el pensamiento, el cuerpo, el cosmos y la pérdida. La voz poética desciende desde lo físico hasta lo emocional, descubriendo que…

Cicatrices de vida

César Raúl González Bonilla

“El reloj avanza sobre nuestras cicatrices”

No es posible que el reloj gire a la izquierda,
–que las manecillas se detengan–,
corregir las torpezas de los días,
o enmendar los errores cometidos:
–pensar, decir, hacer–.

Al final, fuimos falibles;
hay una sombra que nos sigue en cada paso:
dudar, prometer, interpretar,
doblamos la realidad para que encaje.

Quién pudiese salir de la conciencia,
sin llevar el dolor que nos traspasa;
en cada aprendizaje, una fractura.

Somos la suma de remiendos,
un cuerpo y una mente
que se niegan a desistir,
el pulso que persiste y aprende.

Cada cicatriz escribe una palabra.

Pereza

César Raúl González Bonilla

«La pereza es una forma lenta de filosofía.»

Ya dieron las siete en mi apartamento;
la vida, hace rato, se filtró de nuevo.
La luz melindrosa llena cada esquina,
y abajo, la calle es un hormiguero.

Desde muy temprano, en la madrugada,
cada quien persigue su diario sustento.
Suben al transporte llevando por carga
bloques de congojas y de aspiraciones.

Todas mis neuronas son electricistas:
buscan los enchufes, hacen conexiones.
Paulatinamente ceso de estar muerto;
vienen los sentidos, gana la consciencia.

¿Qué si doy las gracias por otra mañana?
¿Qué si miro al cielo con mucha esperanza?
No digo plegarias ni tiene importancia,
pues lo trascendente se encuentra en la almohada.

El cerebro ordena y todos responden:
los riñones filtran, el hígado brega,
mi par de pulmones se llenan de aire,
mis músculos viejos se reportan listos.

Mi máquina cruje, pero desempeña;
el corazón jura que por hoy funciona
y, con entusiasmo, me mira y exclama:
—¡Levántate, hermano!, que el reloj avanza.

¡Caminemos juntos! ¡Hay tantos anhelos!
Construir castillos, descifrar misterios,
escribir historias, robar corazones,
conducir deseos de tantas voluntades.

Yo no digo nada, no quiero disgustos
con sus argumentos.
Solo son mentiras, exageraciones y cursilerías.

Con una sonrisa yo me doy la vuelta,
jalo mis cobijas
y, con un bostezo,
me duermo de nuevo.

En tono humorístico y entrañablemente humano, Pereza describe el despertar de un cuerpo que se resiste a la obligación de existir. Mientras los órganos recuperan su función y la ciudad se activa, el yo poético decide que la vida puede esperar un poco más. Entre la biología y la voluntad, el poema convierte el acto…

Fractales

César Raúl González Bonilla

“Mi conciencia es como un fractal”

Geometría de infinitas redundancias,

repeticiones cíclicas que atrapan,

espiral monótono que aturde.

Entre más me alejo

me encuentro más profundo:

adentro es el vacío,

a la distancia, las sombras.

Estoy despierto

porque quiero seguir soñando,

respiro en círculos concéntricos,

inconsciente en la luz de la parábola.

Soy creyente:

temo al diablo que me acecha,

y me niego a creer

porque Dios necesita tiranía.

Desmantelo pieza a pieza,

el andamio de mis ilusiones.

Fragmentos de espejismos,

que conforman recursivas fantasías.

Místicos y sabios intransigentes

todo prometen porque nada tienen.

El clérigo vende la verdad cotidiana

de un edén inexistente

y el alquimista cuántico regatea la mentira

de un universo real, que nos desborda.

Tanto que quise ser,

lo que hoy tanto desdeño.

Tanto que quiero construir,

con tan poco tiempo venidero.

Lo único cierto es la agonía.

Un poema que explora la conciencia como geometría infinita: paradojas de adentro y afuera, vigilia y sueño, fe y negación. Con imágenes de fractales, sombras y espejismos, la voz lírica cuestiona certezas religiosas y científicas hasta desmantelar ilusiones, revelando una conclusión contundente: lo único cierto es la agonía.

Identidad a las seis de la mañana

César Raúl González Bonilla

-¡Riiiiing…riiiiiing!

Suena el teléfono de la misma manera que llora un lactante cuando demanda el pecho de su madre, con ese timbre implacable que se hace espacio a través el frío, para viajar por el silencio del amanecer y penetrar los oídos en la penumbra del cuarto. Suena una y otra vez pero apenas de me despierta. Hace tiempo que no tengo que levantarme para preparar biberones, por fortuna ya pasé por ahí y ahora puedo disfrutar el pequeño placer de levantarme tarde los sábados.

El invierno ya se hizo adulto y hoy es el día más frío del año. El sol seguramente llegará tarde o se reportará enfermo. Sin abrir los ojos saco la mano de entre las cobijas, estiro el brazo, a tientas encuentro el auricular y lo llevo a mi oreja. Obnubilado digo ¿bueno?….y espero en silencio dos o tres segundos que me llevan de nuevo rumbo al sueño.

– ¿Eres tú?

Me pregunta una voz femenina. Apenas despierto refecciono que dormir es ensayar la muerte; en consecuencia, despertar es renacer, reencarnar todos los días en el mismo cuerpo. Hago un ligero inventario de mis funciones vitales y recorro las partes de mi cuerpo: respiro, mi corazón late, estiro una pierna y luego un brazo. Sin duda sigo vivo, aunque entre despierto y dormido.

– Sí, sí soy.

La voz femenina, que aparenta ser de una mujer joven y dulce con la sensualidad de la tristeza, parece no creerme y duda.

– ¿ Pero….sí eres tú?

Su incredulidad me deja perplejo. Me falta el apéndice y unas piezas dentales, pero no creo sea suficiente como para haber perdido la identidad. Una persona con trasplante de corazón sigue siendo la misma. Por otro lado el ente que construyó el Dr. Frankenstein tenía ese problema de identidad. Sus órganos provenientes de personas buenas entraron en conflicto con los procedentes de personas malas.

-Si, creo que sí.

– ¿ Pero….sí eres tú, tú?

Ahora no estoy tan seguro porque aunque los humanos nos negamos a cambiar, sin duda cambiamos con los años. Mi cuerpo ha envejecido, tengo hipertensión y piedras en los riñones, pero en esencia sigo siendo el mismo niño de hace cuarenta años, con los mismos temores y las mismas ilusiones.

-Ajá, sí.

-No, no, dime la verdad ¿sí eres tú?

Supongo que eso depende de quién es tú, porque yo soy yo, o eso me parece. A menos que mi superyó haya dejado mi cuerpo por la noche, porque si se fue, yo ya no soy el mismo. A lo mejor se cansó de discutir con mi yo. Entre los dos siempre están tratando de gobernar mi vida, aunque lo bueno es que la mayoría de las ocasiones yo no me doy cuenta de sus decisiones. Quiero dormir otro poco pero me asaltan más preguntas. Quién o qué era esa voz femenina, acaso la voz de mi conciencia, mi superyó que ahora quiere comunicarse conmigo de una manera más moderna y más directa. Me inquieta un poco que sea una figura femenina, a lo mejor es mi lado obscuro y desconocido.

-Pues es que sí, soy yo. Eso supongo.

La voz femenina comienza a sollozar. Escucho como ruedan las lágrimas por su rostro y se filtran por la nariz. Insiste una vez más desconsolada.

– ¿Eres tú?

 

Me pregunto sobre mi capacidad de ponerme en los zapatos de los otros, de ser tú. Soy yo en función de ser tú, de sentir lo que sienten los demás y ejercer el difícil oficio de la empatía. No me considero narcisista o psicótico.

-Sí, si soy tú, un poco.

La voz femenina guarda silencio y deja de sollozar. No dice nada, pasan los segundos, tal vez hasta contar un minuto y cuelga. Ahora sólo escucho el tono entrecortado característico de las llamadas ocupadas…..biiiip….. biiiip….. biiiip….. biiiip….

Acomodo mi almohada y me invade la curiosidad mezclada con el sueño. En esta realidad cuántica donde los universos infinitos brotan como palomitas de maíz en una olla al fuego, nacen, crecen, se desarrollan y mueren, donde todo es imposible y posible gracias a la anarquía del azar, cuántos yo mismo -y no otros yos- hay, hubo o habrá que les hable por teléfono la voz femenina de su conciencia para cuestionarles si son yo o tú.

 

La mirada del fantasma

César Raúl González Bonilla

Es la mirada de mi fantasma no quiere retirarse, me espía durante el día y me acosa por las noches. Llega agazapado y silencioso como un cuervo que quiere alimentarse de mi vientre.  Un día lo atrapé por la espalda y le hundí un cuchillo por el cuello.  Terminé con el espectro, pero no sirvió de nada porque sus ojos me persiguen. Dicen que maté a mi madre y que por eso  estoy aquí, en esta celda de concreto; pero no es cierto, es el fantasma que me mira desde dentro.

Gran mal

César Raúl González Bonilla

“Cuando el cerebro sueña entre tormentas” 

Llega con la brisa del poniente,
hálito que presagia el torbellino.
Emerge dócil
la suave luz que invade
por completo el cobertizo.

Viene de neuronas insurrectas
que tienen, entre las cisuras, madriguera.

La tormenta se desata con un grito,
el cerebro se descarga en energía,
los músculos se contraen con tal violencia
que la lengua yace sobre el suelo.

Ya se agita la silueta entre la espuma,
el océano brota del respiro.
Es una orgía de electricidad
y estroboscopio.
Danza aquel objeto taladrando el pavimento.

La tormenta absoluta se despide,
Se va
con la brisa suave del poniente.
El letargo de las horas,
somnolencia
y la razón es un recuerdo nebuloso.

Ya vendrá,
vestido con la brisa del poniente
el hálito que presagia el torbellino.
Ya vendrá.

 

En “Gran mal”, la mente es un océano eléctrico donde las neuronas desatan tormentas. El poema traduce la crisis epiléptica en una experiencia cósmica: descarga, caos y resurgimiento. Entre ciencia y poesía, la conciencia se contempla a sí misma soñando entre relámpagos, atrapada en el ciclo eterno de la energía y el olvido.

Carga genética

César Raúl González Bonilla

“En cada célula se esconde una sombra.”

Genes malignos y perversos,
malandrines que dictan mis conductas,
nublan el huerto en mi cerebro,
estos mis versos
y pronuncian aguijones infectos, que lastiman.

Son viles y siniestros malhechores
que cabalgan en todas mis neuronas,
liquidan la simpleza del rocío
y envenenan el aire que respiro.

Descarados duendes maliciosos,
diligentes proveedores de veneno
que adulteran mis afectos verdaderos.

Están conmigo,
somos la misma sal del pan que me alimenta,
construimos la soledad en compañía
y esperamos la muerte que libera.

 

 

Carga genética explora la lucha interior entre la biología y la conciencia. El hablante describe sus genes como seres perversos que gobiernan sus actos y corrompen sus emociones. Con tono lúcido y sombrío, acepta su condición y reconoce que la vida y la muerte son parte del mismo linaje inevitable.

Misiva

César Raúl González Bonilla

«En la soledad, el pensamiento es compañía.”

No tengo destinatarios.

No veo quién quiera recibir esta misiva,

ni creo que haya a quien le importe.

Una porque no puede oír,

otro, ya que no escucha

y la de siempre,

porque ya no está interesada.

Oídos atrofiados,

hipotálamos perversos,

afectos ausentes,

son los actores de esta broma

sarcástica que me da la vida.

Fina ironía,

puedo así escribir para mi mismo.

Soy alquimista.

Inventor por vocación, ese es mi oficio.

Puedo ver el bosque,

quiero ver las ramas,

escudriñar el fondo de las venas de las hojas

y sería feliz, si yo pudiera,

arrancarle a Dios una sonrisa.

Soy todo el cosmos

que se mira en el espejo

utilizando mis ojos, por un rato.

Me gusta el experimento,

sentir el sabor de mis fracasos,

ensayar,

hacer analogías, contrastar mis conjeturas.

descubrir los códigos

que utiliza el anciano creador del universo,

llegar a casa, tomar café

y contar

los resultados a mi perra.

Por eso escribo.

En Misiva, el hablante se dirige a nadie y a todos: una carta sin destinatario que se convierte en reflexión sobre la soledad, la incomunicación y el impulso creativo. El poema transita de la ironía al asombro cósmico; del desengaño humano al consuelo de la creación. El yo poético, alquimista de palabras, halla en la…