Palabra porosa

César Raúl González Bonilla

I

Mi voz es áspera:

lava hecha roca,

aliento de volcán;

ayer fuego ardiente de la tierra,

hoy es piedra gris,

rígida y tiesa escarcha fría,

perfil que trata de escapar de los guijarros,

silencio insistente y disperso,

coágulo atascado en el fondo de mis venas.

Es pico y pala;

martillo y cincel

y luego piedra contra piedra.

Es la voz que trata de encontrar el molcajete;

rumores insistentes y dispersos,

la silueta que trata de escapar de los guijarros.

Talla, cincela y dibuja la soledad

en la piedra indiferente

la ausencia que nos enlaza. 

Trata de dialogar con el pedrusco,

pero es deseo que se resiste,

palabra que se esconde

y se pierde en cada golpe;

asoma -apenas – cuando sangran los nudillos.

II

Mi voz es de ceniza,

es hostil y es enemiga de la piedra.

absurda y áspera,

piedra contra piedra,

músculos tiesos y piel envejecida.

Es ninguno en alguna vez,

voz extraviada en millares de agujeros:

cuento, invención o fábula.

El rítmico cincel es melodía

que sigue el pulsar de mis arterias

golpe, retumbo y rayo.

Nadie escucha el cincel contra mi piedra,

pero es mi voz

y solo importan mis oídos.

Es la sal que se comparte

en mi cuenco asimétrico,

pensamiento poroso,

rugoso y lastimado.

Mi voz es piedra agotada,

gastada por el uso.

Es el polvo de mi piedra

lo que queda, lo que resiste;

una voz extraviada en millares de agujeros,

el silencio que descansa en el centro de la mesa.

La voz de César Raúl González Bonilla se describe como áspera y volcánica, simbolizando lucha y soledad en la interacción con la piedra. A través de metáforas de desgaste, se expresa un deseo intenso de comunicación y la lucha interna por ser oído, reflejando la resistencia en el silencio y la vulnerabilidad.

Misiva

César Raúl González Bonilla

«En la soledad, el pensamiento es compañía.”

No tengo destinatarios.

No veo quién quiera recibir esta misiva,

ni creo que haya a quien le importe.

Una porque no puede oír,

otro, ya que no escucha

y la de siempre,

porque ya no está interesada.

Oídos atrofiados,

hipotálamos perversos,

afectos ausentes,

son los actores de esta broma

sarcástica que me da la vida.

Fina ironía,

puedo así escribir para mi mismo.

Soy alquimista.

Inventor por vocación, ese es mi oficio.

Puedo ver el bosque,

quiero ver las ramas,

escudriñar el fondo de las venas de las hojas

y sería feliz, si yo pudiera,

arrancarle a Dios una sonrisa.

Soy todo el cosmos

que se mira en el espejo

utilizando mis ojos, por un rato.

Me gusta el experimento,

sentir el sabor de mis fracasos,

ensayar,

hacer analogías, contrastar mis conjeturas.

descubrir los códigos

que utiliza el anciano creador del universo,

llegar a casa, tomar café

y contar

los resultados a mi perra.

Por eso escribo.

En Misiva, el hablante se dirige a nadie y a todos: una carta sin destinatario que se convierte en reflexión sobre la soledad, la incomunicación y el impulso creativo. El poema transita de la ironía al asombro cósmico; del desengaño humano al consuelo de la creación. El yo poético, alquimista de palabras, halla en la…