César Raúl González Bonilla
«El tiempo cabe en un corazón obstinado»
El universo de mi padre es diminuto,
transcurre entre una cama y un sillón de tela negra.
Sus noches son de tos y pulmones encharcados
que tratan beber un poco de aire.
Son sus mañanas de luz cortada
en rebanadas alargadas
y el protocolo interminable de pastillas.
El tiempo de mi padre es tan pequeño,
que se mide en instantes de lucidez de los sentidos.
Cinco relojes de pared
musitan como grillos que cantan en la noche
Son segundos fugitivos,
papel en una bolsa de desechos,
tabletas en periodos de seis horas,
un futuro propio que contemplo en su mirada.
El cuarto de mi padre es una playa
de oleaje de satín y de silencio.
Es apenas un rumor y balbuceo
que señala un verbo con el dedo.
Lo poco que vive en ese cuarto
es un corazón que se niega desistir
mientras oficio el ceremonial del lavado de su carne.
La habitación del viejo describe con ternura y dolor el mundo reducido de un padre enfermo. Su universo se limita a un cuarto y unos cuantos objetos: cama, sillón, pastillas, relojes. Entre el silencio y la respiración dificultosa, el hijo acompaña y cuida, contemplando su propio futuro reflejado en el padre.