Inventario

César Raúl González Bonilla

Hoy es tiempo de iniciar el inventario.
Veamos, pues, qué es lo que tengo.

Tengo cincuenta y cuatro,
un camino largo andado
y una trayectoria incierta.

Tengo una esposa que me quiso,
y me quiere —a su manera—;
dos cachorros alejados, graduados como hijos;
la promesa de una nieta para peinarla con trenzas;
dos imbatibles ancianos,
un par de entrañables hermanos
y una familia afectuosa.

Tengo una perra inseparable,
un puñado de legítimos amigos,
cuarenta auténticos colegas
y cien maestros que se dicen mis alumnos;
cuatro discos de Piazzolla
y la poesía de Sabines.

Tengo mil fantasmas en mi sien derecha,
diez proyectos inconclusos,
siete sueños empolvados,
tres amores imposibles,
veinte musas cotidianas,
el recuerdo de unos ojos verdes
y otros negros que me roban el sosiego.

Tengo dos pares de zapatos,
una taza favorita,
nueve experimentos aplazados,
varias piedras en los riñones,
un dolor de cuello,
un pedacito de sol, una nube, una roca
y el reflejo de la luna.

Tengo una célula asesina,
aguardando agazapada para ahogar mi corazón,
devorar mis pulmones
o estallar en mi cerebro una granada.

Por eso tengo un testamento,
aquel nicho esperándome en Sonora,
y la negativa de mi esposa
de mezclar nuestras cenizas.

Tengo la tarea pendiente
de llorar y reír a carcajadas.
Tengo tiempo todavía para aprender
a gatear,
incorporarme y caminar,
balbucear,
valorar el poder de la palabra
y ser un mejor oyente.

Y eso es lo que hoy tengo,
lo que vale la pena contar.

Un recuento vital en primera persona: el hablante enumera sus afectos, objetos, dolencias y aprendizajes como un balance del vivir. Con tono sereno y autocrítico, el poema transforma la memoria en gratitud y la incertidumbre en sentido.

La habitación del viejo

César Raúl González Bonilla

«El tiempo cabe en un corazón obstinado»

El universo de mi padre es diminuto,

transcurre entre una cama y un sillón de tela negra.

Sus noches son de tos y pulmones encharcados

que tratan beber un poco de aire.

Son sus mañanas de luz cortada

en rebanadas alargadas

y el protocolo interminable de pastillas.

El tiempo de mi padre es tan pequeño,

que se mide en instantes de lucidez de los sentidos.

Cinco relojes de pared

musitan como grillos que cantan en la noche

Son segundos fugitivos,

papel en una bolsa de desechos,

tabletas en periodos de seis horas,

un futuro propio que contemplo en su mirada.

El cuarto de mi padre es una playa

de oleaje de satín y de silencio.

Es apenas un rumor y balbuceo

que señala un verbo con el dedo.

Lo poco que vive en ese cuarto

es un corazón que se niega desistir

mientras oficio el ceremonial del lavado de su carne.

La habitación del viejo describe con ternura y dolor el mundo reducido de un padre enfermo. Su universo se limita a un cuarto y unos cuantos objetos: cama, sillón, pastillas, relojes. Entre el silencio y la respiración dificultosa, el hijo acompaña y cuida, contemplando su propio futuro reflejado en el padre.

Cáncer de mama

César Raúl González Bonilla

En el manantial del alimento indivisible
nace el afecto más antiguo
que nutre al cachorro humano.
Tenue conjetura, apenas mama,
mientras escucha el cantar de la hondonada.

Donde nunca es la leche mala
y los acinos inventan de nuevo el color blanco,
hay una, sólo una hoja,
rama de un árbol en el bosque,
que decidió crecer por su deseo.

El nódulo en el pecho progresa silencioso,
oculto en el trajín de ser mujer, tan rutinario.
Es un roedor que gana espacio,
mientras mastica glándulas y sueños.

El pezón que lactaba se retira
y la areola señala hacia el intruso.
La mama, antes perfecta,
es ahora una naranja fermentada.
la mala semilla llega entonces al cerebro
y toma por asalto los pulmones.

Que octubre diecinueve me recuerde
que no más anhelos mutilados.

Lupus eritematoso

César Raúl González Bonilla

El enemigo soy yo

Ya no me reconozco como propio.
No soy el que se mira a través de los espejos,​
Mis genes iniciaron la revuelta,
me tomaron por asalto, usurparon mis tejidos.
El saqueo se escurre por los núcleos,
corrompe los collares de la vida.
Es un motín de muerte programada,
es un lobo negro que me muerde
desde dentro.
La mariposa de fuego surgió de la luz
ultravioleta,
se posó en mi rostro, me dejó su marca,
como los hierros marcan a las reses.
El incendio se extiende en la llanura
depositando retazos de mi cuerpo en las arterias,
pulmones de carbón y piernas de ceniza.
Veo el corazón cómo se ensancha
y dejan de filtrar los dos riñones.
Ya no hay tiempo de gozar lo rutinario,
se desmorona la estancia
y el futuro
es una invocación a lo apartado.

Monólogo del cuerpo que se vuelve su propio agresor. El poema explora el lupus como una metáfora del extrañamiento interior: el yo traicionado por su biología.