Adiós a la luna

César Raúl González Bonilla

«Nada permanece, tampoco la luz»

La luna retrocede cautelosa,

en cada vuelta de su espiral

nos quiere mirar más lejos,

aparta las manos que nos acariciaron tanto,

ensancha el día

y la noche inmoviliza.

El mar duerme en silencio para siempre,

espejo que no tiene quien se mire.

Cielo fastidioso

sin cuarto menguante,

nunca más la luna nueva.

Cuarto creciente y la luna se hizo adulta,

es tiempo de que parta,

libre se va,

se deshace de nosotros,

de nada sirve sujetarla con palabras.

Nos elude,

ingenuos deseamos guardarla en nuestro puño.

Nada es eterno,

no la puedo detener,

bebo su luz

y le digo adiós todos los días.

Adiós a la luna es una meditación poética sobre la partida y la permanencia. A través de imágenes de cielo, mar y luz, el poema expresa el duelo por aquello que se aleja inevitablemente —la belleza, el amor, la vida misma—, pero también la gratitud por haberlo contemplado. Es un canto sereno a la fugacidad,…

Pregunta siete

Cesar Raúl González Bonilla

“Donde muere la luz, germina la obscuridad”

El pasillo se tragará tus pasos sin retorno,

con tu espalda convertida en despedida.

Te fundirás en las sombras de la calle

y el sonido de tus pasos será eco de reproches.

Analizaré -entonces- mis errores,

reconstruiré los fragmentos de mi núcleo,

viviré el duelo como oficio cotidiano

y el experimento transitorio de la vida.

¿Será hondo el abismo de la ausencia?

Si logro evaporar los residuos corrosivos

aunque queden huellas de fantasmas;

me embriagaré con breves horizontes

y encontraré mi nuevo amanecer en el ocaso.

El poema transita de la despedida dolorosa hacia una introspección que convierte el duelo en oficio cotidiano. Entre pasillos que devoran pasos, sombras y reproches, el yo lírico busca disolver la corrosión de la ausencia. Finalmente, halla una paradoja vital: un nuevo amanecer en medio del ocaso.

La senda de las hormigas

César Raúl González Bonilla

«Mentir es el preludio de la despedida.»

A veces digo mentiras.

Yo sé que en ocasiones miento,

como beber agua salada para saciar la sed

me abrazo a la sombra y la llamo cuerpo.

Yo sé que en ocasiones miento,

cuando construyo el espejismo con escombros

y me escondo detrás de una cortina de rutina.

Apago las luces donde no quiero mirar

y doblo el espejo para ver la imagen que deseo.

Yo sé que digo mentiras,

cuando pinto de azul mi jaula y la llamo cielo;

suelo enredar palabras como hilos

y tejerlas de manera que no hieran

Te respiro como un humo dulce,

tu cuerpo es mi ritual, mi abismo y mi consuelo.

Me trago las mentiras -aunque sé que tienen filo-

cuando tus ojos buscan a los míos,

me refugio en las grietas en el suelo

y trato de encontrar en la senda

que dejan las hormigas

una forma amable de decir ya no te quiero.

La senda de las hormigas explora la fragilidad de la verdad y las pequeñas traiciones cotidianas que tejemos para sobrevivir. A través de imágenes íntimas y potentes —jaulas pintadas de azul, espejismos, sombras— el poema se convierte en un acto de confesión donde la mentira aparece como un refugio y, al mismo tiempo, como un filo que hiere. Las hormigas, con su silenciosa y meticulosa caminata, simbolizan el intento de encontrar un sendero sutil para pronunciar lo indecible: el fin de un amor.

Reencuentro con Nicolás

César Raúl González Bonilla

Al morir, nos sembramos en la tierra.

Nos reencontraremos, Nicolás,

donde el dios del fuego,

señor de las estaciones,

nos tiene reservada una parcela.

En aquel universo horizontal

sembraremos maíz, Nicolás,

desde el otro lado del aliento.

Ahí, donde veremos crecer las raíces

de los cuatro árboles que sostienen a la tierra.

Será la mejor vista para presenciar

como germina el frijol.

Espéranos Nicolás, sin mucha prisa,

podremos curiosear

lo que ahora sólo imaginamos.

De nuestro cabello surgirán las flores,

de nuestra piel nacerán las hormigas

y serán los ojos nuestros, manantiales.

Estaremos cobijados por barro,

quedará sólo el barro

y beberemos, Nicolás, desde la noche,

la sangre del maguey hasta el hartazgo

y cantarás

desde el silencio, un poema.

Reencuentro con Nicolás es un poema ritual y profundo en el que César Raúl González Bonilla transforma la despedida en un canto de continuidad y esperanza. A través de imágenes que evocan la cosmovisión mesoamericana —el maíz, el frijol, el barro, el maguey— la voz poética promete un reencuentro con Nicolás en el horizonte sagrado donde la vida y la muerte se entrelazan.En ese universo horizontal, los…

La noche en el salitre

César Raúl González Bonilla

UNO

Tomó el revólver Smith and Wesson calibre .22 y lo presionó contra su sien derecha. No lo hizo con fuerza, pero sí con el pulso firme. Al sentir el frío metal del cañón sobre su piel, se dispuso a tirar del gatillo. Sin prisa cerró los ojos, como preparándose para degustar el mejor de los vinos.  En el silencio de la noche, una lámpara alumbraba la biblioteca de la enorme residencia con su luz tenue, casi sutil. Abrió los ojos porque tuvo la impresión de haber olvidado algo y, al dirigir su mirada hacia abajo, notó que la carta no estaba firmada. En la hoja el papel membretado se leía, en un par de líneas, el lugar común de “no se culpe a nadie de mi muerte”, que suele escribirse en circunstancias como ésta. Aflojó el puño derecho y colocó el revólver en el escritorio, pensó que tal vez hacía falta incluir un poco más de explicaciones, pero luego reflexionó que nadie habría de detenerlo. En ese momento, él era dueño, por primera vez, de su propio porvenir y no tenía que justificar sus acciones ante nadie.

La pluma fuente se negó a escribir, por lo que debió rayar varias veces la hoja superior de un block de notas; la tinta finalmente resurgió manchando uno de sus dedos. Pensó que sería mejor en adelante utilizar un bolígrafo común, en lugar de su pluma elegante estilográfica. Le tomó varios minutos limpiar su mano,   buscó en algún cajón su escritorio un frasco de alcohol y un pequeño lienzo, que tenía para atender esos pequeños accidentes. Quizá por esa distracción omitió escribir la fecha y se limitó a estampar su firma.

En la pared de la biblioteca, a un lado del estante donde descansan los libros polvorientos, el salitre ya había consumido un trozo de pared. La pintura corroída llamó su atención, trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma. Prendió su pipa y aspiró con calma el humo, sin dejar de mirar la imperfección en la pared.

DOS

A ella no le disgustaba lavar los trastes, casi lo disfrutaba. Mientras el agua corría por sus manos y se escapaba por entre la espuma de sus dedos. Era como la lluvia, una sensación placentera muy parecida a la libertad. Su abuela siempre venía a su memoria, recordaba aquella ocasión en la que fue por primera vez a la playa, cómo juntas contemplaron el mar, hicieron catillos en la arena y vieron al sol esconderse detrás del horizonte. Por eso musitaba -como un zumbido- una canción de cuna, mientras las migajas húmedas flotaban en espiral hacia el sumidero.  Los platos y los vasos utilizados en la cena quedaban limpios uno a uno. El arte y el hábito nocturno de dejar limpia la cocina fueron interrumpidos por un sonido seco que se escuchó como un fuetazo.

La noche se detuvo, pero el agua siguió corriendo y llenó la tarja, mientras ella se apresuró a subir las escaleras para llegar al estudio. El corazón quería fugarse de su pecho cuando abrió la puerta y sintió el olor a pólvora. La media luz apenas alumbraba el cuerpo inmóvil reclinado en el escritorio, con la cabeza apoyada sobre su lado izquierdo y una pequeña mancha redonda en la sien derecha. Con los ojos abiertos parecía observar con atención una botadura en la pared, donde el salitre ya había consumido la pintura. Ella también fijó su mirada en la pared y trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma.

La habitación del viejo

César Raúl González Bonilla

«El tiempo cabe en un corazón obstinado»

El universo de mi padre es diminuto,

transcurre entre una cama y un sillón de tela negra.

Sus noches son de tos y pulmones encharcados

que tratan beber un poco de aire.

Son sus mañanas de luz cortada

en rebanadas alargadas

y el protocolo interminable de pastillas.

El tiempo de mi padre es tan pequeño,

que se mide en instantes de lucidez de los sentidos.

Cinco relojes de pared

musitan como grillos que cantan en la noche

Son segundos fugitivos,

papel en una bolsa de desechos,

tabletas en periodos de seis horas,

un futuro propio que contemplo en su mirada.

El cuarto de mi padre es una playa

de oleaje de satín y de silencio.

Es apenas un rumor y balbuceo

que señala un verbo con el dedo.

Lo poco que vive en ese cuarto

es un corazón que se niega desistir

mientras oficio el ceremonial del lavado de su carne.

La habitación del viejo describe con ternura y dolor el mundo reducido de un padre enfermo. Su universo se limita a un cuarto y unos cuantos objetos: cama, sillón, pastillas, relojes. Entre el silencio y la respiración dificultosa, el hijo acompaña y cuida, contemplando su propio futuro reflejado en el padre.

Recobrar la libertad

César Raúl González Bonilla

Una vez sedado, las arrogantes manos enguantadas de los médicos le insertaron un tubo en la garganta, luego le introdujeron una sonda que encontró su camino por la nariz hasta el estómago, después otra que viajó a través de la uretra a su vejiga y una más que, por el interior de una vena del pecho, llegó hasta la intimidad del corazón. En el cuarto del hospital el rítmico bip del monitor y el cadencioso silbido del aire entrando y saliendo de los pulmones a fuerza de una máquina, rezaban la interminable letanía de la insolencia, mientras cinco frascos vigilantes, colgados en un porta sueros de acero inoxidable, contaban los segundos gota a gota. Desnudo y frágil, sumergido en sus líquidos corporales y privado de la libertad de decidir, yacía aquel despojo obligado a respirar por la necedad de la ciencia. En la penumbra, a la hora del final aplazado, en el jardín los capullos estallaron liberando miles de mariposas que invadieron la distancia; entonces, el cadáver se levantó de su cama, arrancó los tubos de su cuerpo, se acostó de nuevo y expiró tranquilamente.

 

Agonía interrumpida

César Raúl González Bonilla

Aquel lívido moribundo estaba extenuado de ambicionar ser cadáver definitivo, cuando abrió su ojos hundidos, profundos como pozos  y le dijo a su compañera  “Hace mucho debiera estar muerto, pero no puedo retirarme sin decirte que tengo otro hogar, una mujer y otros mis hijos”. La señora pasó su mano sobre la cabeza del agonizante sin decir nada, mientras éste llenó sus pulmones con aire y exhaló lentamente por última vez, dejando escapar la vida con un ligero silbido, una mueca parecida a una sonrisa y sin dejar testamento.

Ella

César Raúl González Bonilla

Llegará mañana,

la señora blanca

del sin tegumento nacarado

y las manos frías.

 

Con su andar sedoso

se deslizará

por entre la estancia,

llegará a mi cama

y en un soplo tenue

besará mi frente.

 

Cantará tan suave

con la voz cansada,

que las  notas mansas

soñarán conmigo

en la negación de mis sentidos.

 

Será por la mañana

que mi mano alcance

y su manto albino

abrigue mi cuerpo

tan ajado por el frío.

 

La señora blanca

del sin tegumento nacarado.