Cuando llegas

César Raúl González Bonilla

“Tu presencia no cambia la ciudad, pero la suaviza.”

El día se acomoda cuando llegas:
los relojes se adormecen,
la brújula se reencuentra con el norte,
y los días torcidos se vuelven rectos.

En cuanto apareces,
el caos decide ordenar su simetría,
los engranajes se acoplan
y el mundo enciende sus motores.

Si cruzas la puerta,
el azar se convierte en certeza;
lo difícil es sencillo
y los días grises se vuelven cristalinos.

Tu presencia no cambia la ciudad,
pero ¡cómo la suaviza!
Los recibos llegan como siempre,
pero podemos practicar economía;
y el tráfico sigue ahí, pero respira.

Todo se vuelve manejable
cuando estás cerca:
tu sombra ordena y el desorden obedece;
estás, y el cansancio se disuelve.
Si la ópera es horrible,
podemos comentar —después— los cuatro actos.

Cuando estás, el espejo no se enoja,
los pedregales se vuelven caminos,
el miedo a la oscuridad se adormece
y el cielo entero cabe entre mis uñas.

Hay un equilibrio que solo tú comprendes:
las promesas se vuelven voluntades
y los olvidos se convierten en anécdotas.

El tiempo deja de ser el enemigo,
se sienta —en paz— a la mesa con nosotros;
la vejez tiene permiso
y las arrugas son, tan solo, rutas de regreso.

Cuando llegas es un poema sobre la fuerza callada de la presencia. No se trata del amor que desborda, sino del que acomoda la vida: el que transforma el caos en orden cotidiano, el cansancio en pausa, la rutina en sentido. A través de imágenes que atraviesan lo doméstico y lo simbólico —el tráfico, los…

Hoy me rehúso a levantarme temprano

César Raúl González Bonilla

«Hoy tampoco salvaré al mundo»

Hoy me rehúso a levantarme temprano,
sentir el reloj que me grita en el cerebro,
anudar la corbata hasta el ahogo,
ser como un pez en el cardumen
y un engrane más, que mueve la tramoya.

Desdeño el desayuno apresurado,
los medicamentos con jugo de naranja,
el eterno café del escritorio,
las juntas, los pliegos, los oficios,
las minutas y las secretarias eficientes.


Hoy quiero apartarme de las normas,
que el teléfono no suene
y archivar, muy ordenados,
algoritmos en el bote de basura.


Apetezco que se caiga la red
o que nos quedemos sin luz en la oficina,
perder por distracción todos mis archivos,
y discurrir cuatro estaciones
en las ocho horas que me esperan.


Hoy pretendo deambular por la indolencia,
emigrar sin moverme de mi silla,
estar ausente,
expatriarme por mi gusto
y pasar a visitarme por un rato.


Será mañana.
Será próximamente,
en breve y pronto, lo prometo.
El reloj me amarga
con sus ojos fluorescentes.

El poema retrata la resistencia silenciosa frente a la rutina moderna. El hablante, atrapado en la lógica del trabajo, el horario y la eficiencia, decide rebelarse con el gesto más subversivo posible: la inacción consciente. A través de un tono irónico y sereno, el poema convierte la pereza en lucidez, el desgano en protesta y…

Carrusel

César Raúl González Bonilla

Aquí no hay destino final,

sólo una condena giratoria.

El lunes por la noche

respiro el aire enrarecido,

-fastidio habitual-

del silencio, que se sirve con la cena.

Cada quien corta su rebanada de disgusto

y le pone mantequilla.

El martes se revuelve entre las sábanas,

y el frío se congela con tu espalda.

El miércoles -siempre es de ceniza-,

viaja despacio en la penumbra,

y se desliza por el borde cansado de tu boca.

Se conforman jueves y viernes

mientras desgajo mi naranja

y tomo el cereal de la mañana.

Tu cuerpo húmedo concede,

y aún conserva la forma del deseo.

Ya es domingo y conversamos

y -por un instante-

creo ver en tu mirada

que no hemos muerto del todo.

Mañana por la noche,

cada quien cortará su rebanada de disgusto

y le untará mermelada.

Aquí, sólo una condena giratoria.

Carrusel retrata la rutina emocional de una pareja atrapada en la circularidad de los días. Cada jornada se convierte en un espejo del tedio, la costumbre y la resignación: desayunos, silencios, fragmentos de deseo que sobreviven a la inercia. El poema transita del fastidio cotidiano al eco del amor que aún persiste, aunque apenas respire.…

¿…y las llaves?

César Raúl González Bonilla

“Todo comienza cuando se pierden las llaves”

Están evaporadas,

-se esfumaron por completo-.

¡No encuentro mis putas llaves!

Tengo que volver sobre mis pasos

y rehacer mi camino en retroceso

donde puse las malditas llaves:

Ya no queda duda alguna,

perdí las benditas llaves.

Sólo sé que yo sí sé,

¿pues cómo fue que pasé?

porque estoy -sin duda- adentro.

A ver, dónde dejé las llaves.

Hay un hoyo negro aquí en mi casa,

o es un monstruo come llaves;

quizá fueron los alushes,

que quieren volverme loco.

¿Cómo fue que las perdí?,

¿Por qué extravié su cariño?

Sin decir adiós se fueron

dejándome solitario

cual amante adolorido,

masticando la tristeza,

y llorando el desconsuelo.

¿Acaso están secuestradas,

qué pedirán por rescate?

¿Y si las encuentro,

para qué las quiero?

¿Qué puertas pueden abrir,

cuáles misterios encierran ?

Son puras trivialidades,

pues nada tiene importancia.

En tono sarcástico y reflexivo, el poema narra la desesperada búsqueda de unas llaves extraviadas, que pronto se transforma en una metáfora de la pérdida y el sinsentido. Entre el humor y la melancolía, el hablante pasa de la rabia doméstica a la reflexión existencial: sospecha de monstruos, alushes y chaneques, pero termina comprendiendo que…

Zapatos

César Raúl González Bonilla

«Los zapatos sueñan con el camino.»

Mi par de zapatos esperan formados
al pie de mi cama:
son dos centinelas,
velaron mis sueños firmes y alineados,
pacientes aguardaron que llegara el día.

Lustrados y aceitosos se encuentran dispuestos
a conducir mis pasos,
tan solo esta jornada.
Ya se ven gastados,
curtidos de tiempo,
pero siguen trabajando,
no están acabados.

Vehículos cotidianos,
guantes confortantes, fundas o corazas,
constantes defensores y sirvientes apegados.
Silentes amantes,
muy suave me estrechan,
solo a mí me abrazan y mi marcha ensanchan.

Son perseverantes, dóciles corceles;
me ayudan a dar pasos firmes,
con la cara en alto,
la mirada al frente, viendo el horizonte.
Que sea lo que venga,
andaremos juntos,
pues la vida ofrece siempre algún camino.

Mis dos camaradas me muestran lo urbano,
marchan cautelosos y susurran leve
que siga en el suelo,
que no me levante,
pues solo las aves sirven para el vuelo.

Naves espaciales:
cuando por la calle ando,
alargo mi paso,
marcho hacia el espacio,
y avanzo de prisa.
Llego así a la luna,
converso por horas con el inquilino,
y estoy tan a gusto con aquel orate,
que mis dos zapatos recobran el mando,
llevándome de vuelta
hasta mi planeta.

En esta oda doméstica, el poeta convierte sus zapatos en compañeros de ruta, confidentes y cómplices del viaje diario y del imaginario. Entre lo cotidiano y lo fantástico, los retrata como centinelas del descanso, corceles de la jornada y naves que lo conducen hasta la luna. El poema celebra la lealtad silenciosa de los objetos…

Pereza

César Raúl González Bonilla

«La pereza es una forma lenta de filosofía.»

Ya dieron las siete en mi apartamento;
la vida, hace rato, se filtró de nuevo.
La luz melindrosa llena cada esquina,
y abajo, la calle es un hormiguero.

Desde muy temprano, en la madrugada,
cada quien persigue su diario sustento.
Suben al transporte llevando por carga
bloques de congojas y de aspiraciones.

Todas mis neuronas son electricistas:
buscan los enchufes, hacen conexiones.
Paulatinamente ceso de estar muerto;
vienen los sentidos, gana la consciencia.

¿Qué si doy las gracias por otra mañana?
¿Qué si miro al cielo con mucha esperanza?
No digo plegarias ni tiene importancia,
pues lo trascendente se encuentra en la almohada.

El cerebro ordena y todos responden:
los riñones filtran, el hígado brega,
mi par de pulmones se llenan de aire,
mis músculos viejos se reportan listos.

Mi máquina cruje, pero desempeña;
el corazón jura que por hoy funciona
y, con entusiasmo, me mira y exclama:
—¡Levántate, hermano!, que el reloj avanza.

¡Caminemos juntos! ¡Hay tantos anhelos!
Construir castillos, descifrar misterios,
escribir historias, robar corazones,
conducir deseos de tantas voluntades.

Yo no digo nada, no quiero disgustos
con sus argumentos.
Solo son mentiras, exageraciones y cursilerías.

Con una sonrisa yo me doy la vuelta,
jalo mis cobijas
y, con un bostezo,
me duermo de nuevo.

En tono humorístico y entrañablemente humano, Pereza describe el despertar de un cuerpo que se resiste a la obligación de existir. Mientras los órganos recuperan su función y la ciudad se activa, el yo poético decide que la vida puede esperar un poco más. Entre la biología y la voluntad, el poema convierte el acto…

Reflexiones sobre mis conflictos con los eletrodomésticos

César Raúl González Bonilla

 

Estoy convencido de que en cualquier sistema biológico los conflictos no solamente suceden de manera inevitable, sino que son del todo necesarios. Ocurren como producto de la respuesta de una célula, un organismo o un sistema a las condiciones del medio ambiente y determinan la supervivencia.

La respuesta inmunitaria es un ejemplo de cómo establecemos relaciones conflictivas con los microorganismos. Imaginemos que un ratón entra e instala su domicilio en un departamento. El daño que cause depende de dónde haga su agujero. Una pequeña mordida a un cable de luz puede ocasionar un incendio, pero también el ratón puede pasar inadvertido por mucho tiempo y aún reproducirse sin ocasionar daño considerable. Los habitantes del departamento pueden no darse cuenta de que tienen un comensal, no hacerle caso a sabiendas de que anda por ahí comiendo libros o ropa, colocar cebos con warfarina para eliminarlo, gritar y subirse en una silla sin hacer nada efectivo o tirar las paredes con un mazo y explotar con una granada para acabar, definitivamente, con el intruso. Lo mismo hace el organismo ante la presencia de una sustancia no propia, llámese microorganismo. El sistema inmunitario tiene una gama de posibles respuestas, pues actúa con ignorancia, tolerancia, respuesta regulada o hipersensibilidad.

A veces los microorganismos ni piden mucho ni tienen la menor intención de hacernos daño, sólo quieren un ambiente húmedo, una temperatura templada y una fuente de carbono para sobrevivir plácidamente. Son los propios mecanismos inmunitarios del organismo, los que se supone nos deben proteger, los que son capaces de causar un tremendo daño. Así que caminamos por la vida al filo de la navaja, todo es cuestión de magnitud y dirección. Se conoce como homeostasis a la respuesta de un organismo o sistema orientada a mantener una condición estable y constante de equilibrio con el medio ambiente; esta capacidad de adaptación es posible gracias a múltiples ajustes dinámicos de autorregulación.

De manera análoga me atrevo a opinar, y hacer llorar a los psicólogos,  que existen respuestas diversas en nuestro comportamiento que determinan la homeostasis.  Las emociones son necesarias para la interrelación del ser humano con el medio. El miedo, la ira, la alegría y la tristeza nos han permitido huir del tigre dientes de sable, cazar al mamut o buscar una hembra o macho, según el caso y las preferencias, con vistas de apareamiento. La supervivencia y desarrollo de nuestra especie se debe, en parte al desarrollo de conductas sociales.

Tenemos visión frontal estereoscópica y eso facilita el poder analizar los alimentos de frente y en corto, pero no tenemos visión de 360 grados como los conejos, por lo que requerimos que alguien nos cuide la espalda ante la presencia de los depredadores. Hemos desarrollado mecanismos adaptativos para interpretar en la mirada, en las expresiones y las voces de nuestros pares, el peligro que nos asecha.

Voy a narrar brevemente un episodio que ejemplifica la importancia de la homeostasis emocional en las relaciones de pareja. Lo haré utilizando el método científico, con la prudencia y autocrítica necesarias, considerando que algo malo debo tener, porque soy el común denominador de varios rompimientos. Sé que he quebrado muchos platos, pero debo decir en mi defensa que no hice añicos la bajilla entera.

Antecedentes. En general yo (en adelante el interfecto) me llevo bien con mi Dulcinea (en adelante referida como la susodicha) y disfrutamos de la mutua compañía. Sin embargo, ya en una ocasión tuvimos un conflicto derivado de una discusión que ocasionó un rompimiento definitivo, que resultó ser temporal. Los lazos afectivos se fortalecieron poco a poco y el interfecto decidió correr el riesgo.

Justificación. Se trata de una relación deseable con miras a enganche matrimonial o vínculo a largo plazo, con la incorporación del interfecto al núcleo familiar de la susodicha. Vale la pena porque los momentos buenos son los más y son fantásticos.

Planteamiento del problema. Existe el antecedente de respuestas emocionales hipersensibles de la susodicha. El interfecto ha sido testigo involuntario de discusiones de la susodicha con un mesero, el dependiente de un hotel y la sobrecargo de avión, entre otras personas.

Hipótesis. Considerando que anteriormente el interfecto ha tenido conflictos con la susodicha, es razonable pensar que se presentarán nuevamente. Será posible mantenerlos en un nivel manejable y las reconciliaciones serán deliciosas.

Objetivos. Demostrar que es posible mantener los conflictos a un nivel de manejable y recuperar la homeostasis en el menor tiempo posible, al menor costo y con variadas expresiones de afecto.

Material y métodos. Mantener conciencia absoluta sobre lo que se dice y hace. Aplicar la máxima de que si existe la posibilidad de que alguien tome a mal lo que se dice, es seguro que se tomará a mal.

Resultados. Se realizaron tres experimentos empíricos.

Experimento 1. En un acto totalmente reflejo e inconsciente el interfecto se llevó la manga de la playera de algodón de su nariz para limpiar un mililitro de secreción hialina (vulgo mocos) producto de una recidiva de la rinitis alérgica que padece desde hace muchos años. El acto fue sin duda desagradable a la susodicha; pero inocuo, considerando que ambos habían intercambiado fluidos en abundancia durante todo el día. El resultado fue arqueo y vómito de la susodicha seguido de la explosión de una supernova que arrastró a la destrucción masiva del interfecto.

Experimento 2. El interfecto compró una plancha (figura 1, C y D) para que la susodicha pudiese arreglar su ropa cuando visitaba al interfecto en su departamento. Muy alegre el interfecto comentó que le tenía una plancha pero que no se la llevara a su casa. El comentario, sin intención de herir, causó una erupción y nube piroclástica acompañada de afirmaciones de que ella era capaz de comprar sus propios electrodomésticos. En el cataclismo el interfecto resultó con quemaduras de cuarto grado y sus heridas todavía están en proceso de granulación.

electrodomesticos (2)

Experimento 3. El golpe mortal vino de una respuesta que el interfecto dio deliberadamente. La susodicha estaba en la cocina de mi departamento y recomendó al interfecto que encargara a la señora del aseo que limpiara la licuadora (Figura 1 A y B). Efectivamente, esa licuadora tiene más de treinta años. Fue un regalo de la madre del interfecto cuando éste contrajo matrimonio. El electrodoméstico en cuestión y ha venido acumulando cantidades generosas de óxido y cochambre en los lugares más recónditos de su topografía (Figura 1 A y B, flechas). Sin embargo, no hay todavía evidencia experimental de que este desagradable aspecto se encuentre relacionado con algún brote de enfermedad diarreica aguda. Por otro lado, el interfecto procura mantener el departamento limpio y ordenado: Tiende su cama, trapea y lava trastes como cualquier ciudadano normal. Considerando que ese día la susodicha ya había hecho varios comentarios adversos, el interfecto se atrevió a expresar de mala gana  que hacia el aseo lo mejor que podía. En esta ocasión el dragón echó fuego por ojos y narices. La susodicha tomó sus cosas apresuradamente y salió del departamento, equivocando el camino hacia la puerta principal del edificio. Por ello, el interfecto tuvo que manifestar que la salida no era a la derecha, sino a la izquierda. Se cerró la puerta detrás de ella y nunca más volvió a aparecer, dejando abandonada la ilusión, que había en el corazón del interfecto.

Conclusiones. La hipótesis no se cumplió. No fue posible mantener la relación en un punto de equilibrio dinámico cercano a la homeostasis. Es aventurado generalizar, pero es muy posible que se trate de una regla universal. Habrá que seguir experimentando con la poca libido que me queda.

Discusión.  La Tercera Ley de Newton: “A toda acción corresponde una reacción en igual magnitud y dirección pero de sentido opuesto”, también conocida como el principio de acción y reacción, dice que si un cuerpo A ejerce una acción sobre otro cuerpo B, éste realiza sobre A otra acción igual y de sentido contrario. Esta ley física no se cumple en las relaciones sociales. Siempre que hay un agresión sobre un individuo A sobre un individuo B, para lograr el equilibrio éste realizará sobre A una acción ligeramente mayor y en sentido contrario. Generalmente, después de un empujón (ver el caso del futbol) se establecerá un intercambio de “qués”, tales como; qué, pues qué, pues qué de qué, qué… qué… qué… qué… qué (forma en metralleta) y otras variantes. Sin embargo, la situación alcanzará la homeostasis una vez que los neurotransmisores adrenalina y tetosterona se consuman.

En el caso que se presenta, tres estímulos de naturaleza diferente ocasionaron un tipo de respuesta semejante. Eran esperables resultados heterogéneos, de distintas magnitudes y trayectorias. A lo mejor los psicólogos lo llaman ira narcisita, lo cual es irrelevante. Lo importante es la reacción histriónica como respuesta a una amenaza real o imaginaria a la autoestima.

Presencié conflictos de la susodicha en diferentes ocasiones y circunstancias, la vi llegar a un nivel importante de enojo, recuperar la normalidad con rapidez y después disfrutar de la vida como si nada hubiese sucedido. Supongo que este comportamiento en agujas depende de grandes cantidades de mediadores, como adrenalina, que se liberan en el cerebro y que se consumen con celeridad. A las personas con personalidad obsesiva y pensamiento global nos es muy incómodo lidiar con estas circunstancias. En una ocasión fui testigo involuntario de un conflicto de mi Dulcinea con su madre, la conflagración arrastró a toda la familia y después de un rato todos estaban bien. Ellos están acostumbrados a  esta dinámica familiar, pero yo me mantuve dando vueltas al problema y me sentí incómodo el resto del día. Mi familia tiene una dinámica diferente, todo se analiza y todo tiene un proceso. Se vota el menú para la cena de navidad, se levanta un acta y se elabora un programa detallado de las actividades para esa noche. En una ocasión mi Dulcinea y yo invitamos a comer a mi octagenario padre. Al llegar al restaurante lo primero que dijo fue “cuál es el procedimiento para pedir una mesa en este lugar”, hecho que causo gran hilaridad de mi Dulcinea. Así somos y así soy. Tengo que desmenuzar las cosas para entenderlas paso a paso. Esto le desespera y por eso, en parte, somos incompatibles. No hay buena ni malo, somos contrarios.

La hipersensibilidad emocional no necesariamente es anormal  o patológica, pero si es un factor de riesgo de maldad. Es posible cometer homicidio en un momento de ira. Por otro lado, no creo que sea homólogo al pensamiento psicótico donde hay mecanismos de razonamiento patológicos y a veces la falta de toda percepción de emociones humanas.

Estoy casi seguro que si hubiese llamado y ofrecido una disculpa seguiríamos siendo pareja. Primero por su tendencia a recuperar rápidamente la normalidad; segundo, por su propensión a la adrenalina. Sin embargo, la ventana de oportunidad está cerrada y no es vida permanecer en un constante estado de intranquilidad custodiando mis actos, mis palabras y mis electrodomésticos.

La habitación del viejo

César Raúl González Bonilla

«El tiempo cabe en un corazón obstinado»

El universo de mi padre es diminuto,

transcurre entre una cama y un sillón de tela negra.

Sus noches son de tos y pulmones encharcados

que tratan beber un poco de aire.

Son sus mañanas de luz cortada

en rebanadas alargadas

y el protocolo interminable de pastillas.

El tiempo de mi padre es tan pequeño,

que se mide en instantes de lucidez de los sentidos.

Cinco relojes de pared

musitan como grillos que cantan en la noche

Son segundos fugitivos,

papel en una bolsa de desechos,

tabletas en periodos de seis horas,

un futuro propio que contemplo en su mirada.

El cuarto de mi padre es una playa

de oleaje de satín y de silencio.

Es apenas un rumor y balbuceo

que señala un verbo con el dedo.

Lo poco que vive en ese cuarto

es un corazón que se niega desistir

mientras oficio el ceremonial del lavado de su carne.

La habitación del viejo describe con ternura y dolor el mundo reducido de un padre enfermo. Su universo se limita a un cuarto y unos cuantos objetos: cama, sillón, pastillas, relojes. Entre el silencio y la respiración dificultosa, el hijo acompaña y cuida, contemplando su propio futuro reflejado en el padre.