El círculo se retuerce

César Raúl González Bonilla

“El tiempo también se oxida.”

Nacer, ascender, caer

y disolverse en la corriente:

la secuencia del polvo,

el círculo que se retuerce

como si el tiempo tuviera amnesia.

Ya no sé qué es lo que sigue

en esta feria de lo efímero.

Soy un tornillo carcomido,

una pieza de chatarra.

El vértigo gira sin mirarme,

con su ruido de máquinas y credos,

otros héroes desechables,

y victorias que envejecen en un día.

No hay un dios con voz y voto,

sólo el pulso cansado de la especie

repitiendo su error con entusiasmo.

Y yo, testigo desconcertado,

miro como el círculo se cierra

con quietud, al dejar el engranaje.

El poema reflexiona sobre la condición humana como parte de un ciclo que se repite y se desgasta. A través de imágenes del polvo, la máquina y el vértigo, la voz poética observa con lucidez el paso del tiempo, la inutilidad de los héroes y la fatiga de la especie. El sujeto se aparta del…

Pereza

César Raúl González Bonilla

«La pereza es una forma lenta de filosofía.»

Ya dieron las siete en mi apartamento;
la vida, hace rato, se filtró de nuevo.
La luz melindrosa llena cada esquina,
y abajo, la calle es un hormiguero.

Desde muy temprano, en la madrugada,
cada quien persigue su diario sustento.
Suben al transporte llevando por carga
bloques de congojas y de aspiraciones.

Todas mis neuronas son electricistas:
buscan los enchufes, hacen conexiones.
Paulatinamente ceso de estar muerto;
vienen los sentidos, gana la consciencia.

¿Qué si doy las gracias por otra mañana?
¿Qué si miro al cielo con mucha esperanza?
No digo plegarias ni tiene importancia,
pues lo trascendente se encuentra en la almohada.

El cerebro ordena y todos responden:
los riñones filtran, el hígado brega,
mi par de pulmones se llenan de aire,
mis músculos viejos se reportan listos.

Mi máquina cruje, pero desempeña;
el corazón jura que por hoy funciona
y, con entusiasmo, me mira y exclama:
—¡Levántate, hermano!, que el reloj avanza.

¡Caminemos juntos! ¡Hay tantos anhelos!
Construir castillos, descifrar misterios,
escribir historias, robar corazones,
conducir deseos de tantas voluntades.

Yo no digo nada, no quiero disgustos
con sus argumentos.
Solo son mentiras, exageraciones y cursilerías.

Con una sonrisa yo me doy la vuelta,
jalo mis cobijas
y, con un bostezo,
me duermo de nuevo.

En tono humorístico y entrañablemente humano, Pereza describe el despertar de un cuerpo que se resiste a la obligación de existir. Mientras los órganos recuperan su función y la ciudad se activa, el yo poético decide que la vida puede esperar un poco más. Entre la biología y la voluntad, el poema convierte el acto…

Fractales

César Raúl González Bonilla

“Mi conciencia es como un fractal”

Geometría de infinitas redundancias,

repeticiones cíclicas que atrapan,

espiral monótono que aturde.

Entre más me alejo

me encuentro más profundo:

adentro es el vacío,

a la distancia, las sombras.

Estoy despierto

porque quiero seguir soñando,

respiro en círculos concéntricos,

inconsciente en la luz de la parábola.

Soy creyente:

temo al diablo que me acecha,

y me niego a creer

porque Dios necesita tiranía.

Desmantelo pieza a pieza,

el andamio de mis ilusiones.

Fragmentos de espejismos,

que conforman recursivas fantasías.

Místicos y sabios intransigentes

todo prometen porque nada tienen.

El clérigo vende la verdad cotidiana

de un edén inexistente

y el alquimista cuántico regatea la mentira

de un universo real, que nos desborda.

Tanto que quise ser,

lo que hoy tanto desdeño.

Tanto que quiero construir,

con tan poco tiempo venidero.

Lo único cierto es la agonía.

Un poema que explora la conciencia como geometría infinita: paradojas de adentro y afuera, vigilia y sueño, fe y negación. Con imágenes de fractales, sombras y espejismos, la voz lírica cuestiona certezas religiosas y científicas hasta desmantelar ilusiones, revelando una conclusión contundente: lo único cierto es la agonía.

Pregunta cuatro

César Raúl Gonzpalez Bonilla

        El futuro es de cristal

        Puedo vivir

        con poca sangre en las arterias;

        entre latidos discordantes

        y el torrente de sombras que me inunda.

        Me sostengo

        con lo poco que me queda,

        si el ahora se coagula en un instante,

        es el aire insuficiente en mis pulmones

        y el mañana se disuelve como bruma.

        Me abrazo a lo frágil de mi víscera

        con el pecho hundido y quebradizo,

        cuando se desbaratan mis costillas,

        si mi cuerpo es un mausoleo de cicatrices.

        Aún con un músculo herido

        que palpita a contraluz,

        cuando mi realidad se astilla como un vidrio,

        puedo asirme al hilo de lo frágil

        y demorar la emboscada concluyente.

        Existo si me pierdo en otro cuerpo,

        en las brasas antiguas

        que arden sólo en la memoria;

        cuando el eco de mi reloj vibra en la penumbra,

        pero si me falta lo esencial,

        ¿cómo vivir sin corazón?

        Un poema que explora la fragilidad del cuerpo y la persistencia de la vida pese a la ausencia del corazón. Entre sombras, cicatrices y la amenaza del tiempo que se quiebra, la voz poética se aferra a lo frágil, resistiendo el destino y dejando abierta la pregunta esencial: ¿cómo vivir sin corazón?

        Pregunta tres

        César Raúl González Bonilla

        ¿Sería definitivo -entonces-

        que si el demonio prevalece

        y la Santa Muerte nos corteja,

        Dios no es -del todo- omnipotente?

        Este poema “Pregunta tres” se adentra en lo metafísico con un golpe directo: cuestiona el poder absoluto de Dios al contraponerlo con la figura del demonio y la Santa Muerte. Breve pero contundente, es casi un aforismo poético.

        Pregunta dos

        César Raúl Gonzlalez Bonilla

        Soy sólo yo,

        yo

        solo soy.

        Yo soy solo

        ¿Sólo soy yo solo?

        Este poema breve, “Pregunta dos”, juega con la sonoridad y la disposición de las palabras para crear un espejo de significados. La repetición y el movimiento entre “yo”, “soy” y “solo” lo convierten en un pequeño laberinto identitario.

        Ciclo de la arena

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        Reloj de sombra

        César Raúl González Bonilla

        La sombra es la huella que deja la memoria

        El sol aparece soñoliento

        cuando el limbo recoge la silueta del estilo.

        Allí donde la luz vence a la sombra

        el geranio bebe sorbos de luz

        a partir de las diez de la mañana.

        Sol de invierno

        hoguera y cobre

        que calienta apenas

        camina por el jardín

        obsesivo y metódico,

        fiel a su ritual, lento y preciso.

        El viejo reloj

        sin péndulos ni carrillones

        cuenta los instantes

        en una rebanada de penumbra:

        centinela inmóvil

        de los dramas cotidianos.

        En el contorno proyectado en la tierra

        -allí donde la oscuridad comienza-

        reposan universos en pausa

        listos para ser habitados.

        La vida termina, su sombra permanece.

        Si las sombras hablaran,

        pedirían un cuerpo

        para morir de nuevo.

        Quien pudiera robar

        las sombras a los vivos

        para verlos morir

        y ensayar resurrecciones.

        Reloj de sombra describe un reloj solar que observa silencioso el paso del tiempo en un jardín invernal. Con imágenes delicadas y reflexivas, el poema explora la fugacidad de la vida, la permanencia de las sombras y la obsesión humana por medir y habitar el tiempo, incluso en su ausencia.

        La habitación del viejo

        César Raúl González Bonilla

        «El tiempo cabe en un corazón obstinado»

        El universo de mi padre es diminuto,

        transcurre entre una cama y un sillón de tela negra.

        Sus noches son de tos y pulmones encharcados

        que tratan beber un poco de aire.

        Son sus mañanas de luz cortada

        en rebanadas alargadas

        y el protocolo interminable de pastillas.

        El tiempo de mi padre es tan pequeño,

        que se mide en instantes de lucidez de los sentidos.

        Cinco relojes de pared

        musitan como grillos que cantan en la noche

        Son segundos fugitivos,

        papel en una bolsa de desechos,

        tabletas en periodos de seis horas,

        un futuro propio que contemplo en su mirada.

        El cuarto de mi padre es una playa

        de oleaje de satín y de silencio.

        Es apenas un rumor y balbuceo

        que señala un verbo con el dedo.

        Lo poco que vive en ese cuarto

        es un corazón que se niega desistir

        mientras oficio el ceremonial del lavado de su carne.

        La habitación del viejo describe con ternura y dolor el mundo reducido de un padre enfermo. Su universo se limita a un cuarto y unos cuantos objetos: cama, sillón, pastillas, relojes. Entre el silencio y la respiración dificultosa, el hijo acompaña y cuida, contemplando su propio futuro reflejado en el padre.