César Raúl González Bonilla
«Para Emma, que ilumina el día con su risa.»
El sol revuela con Emma:
menuda, ligera, risueña.
Tiene ojos saltarines
y dos hoyuelos de fiesta;
su pelo es un remolino
donde anidan travesuras.
Emma alborota todo lo que toca:
los lápices, los cuentos, los peluches;
su cuarto es un desorden feliz.
Emma inventa mundos —muy sorprendentes—,
mundos que nadie espera:
que si el cielo también se enoja,
o las estrellas hacen gimnasia.
Emma es ágil como un rayo,
hace muy bien las piruetas,
y sabe multiplicar… las sonrisas.
A veces extraño a Emma,
pero su risa vuela,
y también hace piruetas.
El amor no tiene fronteras,
y basta una mirada
para hacerme bueno el día.
Mi nieta Emma es un retrato luminoso de la infancia visto desde la ternura y la distancia del abuelo. El poema celebra la curiosidad, la alegría y la inteligencia de una niña que transforma todo lo que toca en asombro. Entre peluches, preguntas y piruetas, Emma encarna la energía vital del amor familiar que vence…