César Raúl González Bonilla
«No me comieron, los cuervos permanecen en mi cuerpo.«
No me comieron
-o no han querido comerme-,
los cuervos permanecen en mi cuerpo.
Entraron sin pedir permiso
cuando desayunaba cereal por la mañana.
Hicieron su nido entre mis sueños
y se asoman a través de mis costillas;
se entretienen con el tenue ruido de la sangre,
picoteando despacio desde adentro.
Beben de mi fiebre cuando pienso,
se dedican a hacer sus agujeros
entre mi bazo y mi memoria:
dejando irritación y costras funerales.
Cuervos sin hambre, sin deseo,
que se sacian devorando lo que callo
y graznan la suave lengua del insomnio.
No me comieron
-o no me comen todavía-
en el silencio que me habita,
los cuervos negros de las sombras.
El hablante sobrevive a su propia carroña. Los cuervos no lo devoran, lo habitan: anidan entre sus órganos, beben su fiebre y se alimentan del silencio. En este cuerpo-conciencia, lo oscuro ya no amenaza desde afuera: permanece dentro, picoteando despacio desde el pensamiento y la memoria.