La ciudad sin jinete

César Raúl González Bonilla

“No hay quien tome las riendas del asfalto.”

En dónde está el jinete 

que pueda llevar la rienda de este río

convertido en avenida,

o el bastón capaz de separar la luz en dos

para que crucemos todos,

el brazo que perfore pasadizos subterráneos

en el laberinto de concreto,

el Humvee capaz de atravesar las agonías,    

una mano que nos tome a la orilla del desfiladero;

En dónde está el viejo sabio de los cuentos,

el diestro espadachín de las películas antiguas.

A quién habremos de empujar para que

 el mundo se mueva -por lo menos- un milímetro.

La ciudad sin jinetes es una reflexión poética sobre la pérdida de liderazgo, propósito y sentido en la modernidad. A través de un lenguaje que mezcla lo mítico y lo urbano, el poema evoca la búsqueda inútil de figuras capaces de guiar a una humanidad extraviada entre avenidas, concreto y rutina. La voz lírica cuestiona…

La intensidad del silencio

César Raúl González Bonilla

“El silencio se escucha en la memoria.”

El silencio es tan profundo que no escucho nada:
la sombra de mi propio pensamiento,
el zumbido de mis huesos.

El silencio es tan hondo que no puedo oír
la explosión del mundo,
el rumor del cosmos.

El silencio es tan intenso que escucho
el peso del aire detenido,
el sonido de la pérdida.

El silencio lo ocupa todo
cuando el recuerdo regresa
y tu nombre espera que cese el griterío.

La intensidad del silencio explora la frontera entre el sonido y la memoria. A través de una serie de imágenes sensoriales, el poema convierte el silencio en una materia viva: un espacio donde resuenan el pensamiento, el cuerpo, el cosmos y la pérdida. La voz poética desciende desde lo físico hasta lo emocional, descubriendo que…

Trémulo murmullo

César Raúl González Bonilla

“El deseo es tocarte sin tocarte.”

no quiero verte,

ni pensarte,

ni escuchar el temblor de tu voz,

o nuestros labios se reúnan.

quiero que mis manos sean curiosas,

que mi tacto vague

por tu piel de satín tibio;

rozarte apenas

-apenas levemente-

con la punta de los dedos.

deslizarme

ser temblor y escalofrío,

ser corriente,

fluido,

marea que llega y te abandona.

sin tocarte,

casi tocarte,

en la frontera tibia de tu cuerpo

hasta ocuparte toda.

vaivén que vacila,

sentir tu ondulación

a la distancia,

como se mecen las flamas.

girar contigo

en el espiral del vértigo

hasta que tu nombre se disuelva

y quede solo

un trémulo murmullo.

“Trémulo murmullo” es un poema de erotismo contenido donde el deseo se manifiesta como paradoja: anhelar el contacto sin alcanzarlo. El hablante oscila entre la negación y la entrega, entre el impulso y la distancia. A través de imágenes líquidas, térmicas y táctiles, el cuerpo se vuelve lenguaje y el roce, un modo de existencia.…

A las nueve y a las cinco

César Raúl Gonzálz Bonilla

“Nada más humano que querer lo imposible.”

Como insisten las horas en nombrarte,

con esa necedad de excavar -en silencio-

las cosas que dibujan tus detalles.

Estás presente en el tráfico de viernes,

en el cordón de ojos azules y cobrizos;

En cada pixel de la pantalla,

-a las nueve y a las cinco-

la luz blanca me interroga

y el reloj reclama tu vacío.

Te veo -con obsesión- en la rutina;

te escondes entre párrafos ajenos,

en la pesadilla de informes imprecisos,

en las teclas que conservan tu tibieza.

No hay tranquilidad en cada pausa;

te encuentro —sin querer— en los reflejos,

en los vidrios que deforman los semblantes;

en el bocadillo de las diez de la mañana

y en la taza de café, que sabe amargo.

Me repite -el cerebro -que no existes,

pero el aire murmura tu silueta

y me observas desde el borde de mis párpados.

Espero que la cordura no regrese,

existir -mortal- en esta fiebre cegadora;

en la falsedad de seguir ardiendo

y en el espejismo que respiro.

El hablante poético atraviesa un día de trabajo donde la rutina se mezcla con la obsesión. En cada gesto cotidiano —el tráfico, la pantalla, el café— se filtra la presencia ausente de un deseo imposible. La cordura es una amenaza, y la vida, una fiebre cegadora que sostiene el espejismo de existir.

Almirante

César Raúl González Bonilla

«Tu ruta sigue escrita en mi bitácora

En vez de brújula, una losa

y en vez de mapas, laberintos.

Recibiste el timón frente al eclipse

y emergió tu carácter, a golpes de marea.

Aprendiste a navegar bajo nubes encrespadas,

contra el ciclón, siguiendo al viento.

Así fuiste mi capitán y mi piloto;

-sensato casi siempre,

testarudo por momentos-

viendo la luz hacia lo justo

y a todos nos llevaste hasta la calma:

soltar amarras sólo, para entrar a puerto juntos.

Pasó el instante que se mide en vidas;

mírame ahora, Almirante de mi plasma:

soy la cosecha de tu viaje,

nuevos tripulantes, otros horizontes:

cada cual con su mar, su derrotero

en la bitácora que escribe nuestros lazos.

Descansa, continúa la travesía.

En Almirante, el hablante se dirige a quien le legó el mando, la fuerza y la ruta: una figura que encarna la guía, el temple y la herencia. Desde la oscuridad del eclipse hasta la calma del puerto, el poema traza un viaje de aprendizaje, pérdida y continuidad. El mar, con su lenguaje de brújulas rotas, tormentas y horizontes, se convierte en espejo de la vida transmitida y del amor que persiste en movimiento. “Tu ruta sigue escrita en bitácora” resume esa fusión entre memoria y presencia: el legado se disuelve, pero nunca desaparece.

Nostalgia

César Raúl González Bonilla

“Nada pesa tanto como la calma.”

Si acaso me soltara la nostalgia,

encontraría la inercia de la calma;

dormiría diez horas

y el letargo callaría tu nombre.

Si olvidara tu ausencia

 sería el final del aguacero;

-sin duda-, moriría por falta de apetito

y -tal vez- de aburrimiento.

Escojo el temblor en lugar de la armonía:

el optimismo cansa, la tristeza entiende.

Prefiero llevar el peso de tu ausencia

y pasar la noche conversando con tu boca.

En Nostalgia, el hablante reflexiona sobre la tentación del olvido y sus consecuencias: la calma, aunque deseada, se revela como una forma de vacío. Frente a la serenidad que anula el deseo, elige el temblor y la tristeza como compañía fiel. El poema transita entre ironía y ternura, entre aceptación y vigilia, para concluir que sentir —aun con dolor— es seguir vivo.

Pregunta siete

Cesar Raúl González Bonilla

“Donde muere la luz, germina la obscuridad”

El pasillo se tragará tus pasos sin retorno,

con tu espalda convertida en despedida.

Te fundirás en las sombras de la calle

y el sonido de tus pasos será eco de reproches.

Analizaré -entonces- mis errores,

reconstruiré los fragmentos de mi núcleo,

viviré el duelo como oficio cotidiano

y el experimento transitorio de la vida.

¿Será hondo el abismo de la ausencia?

Si logro evaporar los residuos corrosivos

aunque queden huellas de fantasmas;

me embriagaré con breves horizontes

y encontraré mi nuevo amanecer en el ocaso.

El poema transita de la despedida dolorosa hacia una introspección que convierte el duelo en oficio cotidiano. Entre pasillos que devoran pasos, sombras y reproches, el yo lírico busca disolver la corrosión de la ausencia. Finalmente, halla una paradoja vital: un nuevo amanecer en medio del ocaso.

Fatiga

César Raúl González Bonilla

“El cuerpo envejece, se desgasta el alma.”

Ya no tengo sed de mi veneno,

mis ilusiones se quebraron en pedazos;

se agotó de pronto la tristeza,

se disipa la amargura de mi lengua.

La tarde brotó en mi pecho despoblado.

Yo no me di cuenta porque estaba ausente,

viviendo los días, sin ver los instantes;

giraba la inercia ajena a mi carne

dejando a su paso fragmentos de alma.

Yacen a mi espalda

esqueletos viejos y pieles sin dueño;

abrazos torcidos y amores deshechos.

Se secó la vida,

mis deseos son polvo,

colapsó el recinto de mis emociones;

hoy tan sólo quiero

dormir un momento,

ya no siento nada, estoy muy cansado.

Fatiga es un poema de introspección y agotamiento existencial. A través de imágenes corporales y ruinas del alma, explora la pérdida de ilusiones, la inercia del tiempo y el colapso interior. La voz poética confiesa un cansancio absoluto, donde solo queda el deseo de disolverse en descanso.

Pregunta cuatro

César Raúl Gonzpalez Bonilla

        El futuro es de cristal

        Puedo vivir

        con poca sangre en las arterias;

        entre latidos discordantes

        y el torrente de sombras que me inunda.

        Me sostengo

        con lo poco que me queda,

        si el ahora se coagula en un instante,

        es el aire insuficiente en mis pulmones

        y el mañana se disuelve como bruma.

        Me abrazo a lo frágil de mi víscera

        con el pecho hundido y quebradizo,

        cuando se desbaratan mis costillas,

        si mi cuerpo es un mausoleo de cicatrices.

        Aún con un músculo herido

        que palpita a contraluz,

        cuando mi realidad se astilla como un vidrio,

        puedo asirme al hilo de lo frágil

        y demorar la emboscada concluyente.

        Existo si me pierdo en otro cuerpo,

        en las brasas antiguas

        que arden sólo en la memoria;

        cuando el eco de mi reloj vibra en la penumbra,

        pero si me falta lo esencial,

        ¿cómo vivir sin corazón?

        Un poema que explora la fragilidad del cuerpo y la persistencia de la vida pese a la ausencia del corazón. Entre sombras, cicatrices y la amenaza del tiempo que se quiebra, la voz poética se aferra a lo frágil, resistiendo el destino y dejando abierta la pregunta esencial: ¿cómo vivir sin corazón?

        César Raúl González Bonilla

        «El mundo sigue respirando»

        Hasta que un día,

        tu nombre se fue con la neblina

        y las manzanas recobraron el aroma a media tarde.

        El aire volvió a ser claro,

        los árboles dejaron de pronunciar tu sombra

        y el reloj respiró -otra vez- sin sobresaltos.

        La cocina olvidó tus pasos,

        la taza de café aprendió a guardar silencio

        y a dispersar el olor de la mañana.

        La hogaza recuperó su sabor a pan de trigo

        y decidió servirme de alimento.

        La lluvia que tocaba la ventana,

        se dedicó a humedecer la tierra

        y los gusanos, a buscar sus minerales.

        El mundo quiso seguir su curso:

        los perros, de nuevo, ladraron al cartero,

        y la tarde se extendió sobre los techos.

        En El regreso de las cosas, el mundo cotidiano se restablece tras una ausencia. La voz poética observa cómo el aire, la lluvia, el pan y los objetos domésticos recuperan su sentido. Es un poema sobre la serenidad que llega cuando la pérdida deja de doler y todo vuelve a respirar.