Cuerpo en penitencia

César Raúl González Bonilla

“El deseo repite su liturgia.”

Se repite el viernes santo

en las mismas tardes santas

vestidas de morado:

al golpe de luz, las llagas de siempre;

cuando pesa el aire, se tropieza del alma.

El roce del mundo -de color morado-

vuelve con sus golpes diminutos,

y casi imperceptibles, sus magulladuras.

Son tardes de senos redondos y deshabitados,

pezones violáceos y muslos azules:

un recuerdo que tropieza,

en la carne que palpita,

destello que duele,

entrañas purpúreas.

Son las mismas tardes bienaventuradas

-de arrepentimiento-

vestidas de violeta,

restos de mi aliento,

el cuerpo egoísta,

liturgia que asfixia.

El hambre, el deseo,

en las mismas tardes santas.

Cuerpo en penitencia es una reflexión sobre la repetición del dolor y el deseo como un rito cotidiano. El hablante observa su cuerpo —y su historia— como un templo donde la culpa y el anhelo celebran una liturgia común. Los colores morados y violetas evocan tanto la herida física como la espiritual. En la tensión…

Mudos

César Raúl González Bonilla

«Hay silencios que gritan.»

El silencio que desgarra,

virulento y rencoroso,                                              

alarido de furia,

retorcida bayoneta que penetra,

humo tóxico que asfixia.

El silencio que se atora en la garganta,

hondo desfiladero del afecto,

maldiciente barranco que separa.

El silencio perpetuo,

pesado como plomo,

losa de remordimientos,

que duele cuando calla,

misericordioso algunas veces.

El silencio afónico

nebuloso y sin sentido,

hilado con vacío,

purgatorio donde expiar la inexistencia.

El silencio prudente,

fugaz recuerdo,

el retrato de mi madre,

sonrisa silenciosa que apacigua,

manantial con agua clara.

El silencio delicado,

hipnótico alcaloide,

que entorpece los sentidos

con el roce de tus labios.

El silencio que perdura,

rumor de las estrellas,

balada distante en la noche serena.

Escombros y desechos,

no quedan más

silencios que decirnos.

En “Mudos”, los distintos rostros del silencio revelan emociones extremas: furia, culpa, ternura y deseo. Cada estrofa disecciona una forma de callar, desde la herida hasta la calma, hasta llegar al punto en que ya no hay nada que decir. El poema es un retrato del grito interior.

Sueños vívidos vividos

SUEÑOS VÍVIDOS VIVIDOS
César Raúl González Bonilla

Lo que sueñas no te pertenece: es tu mente conspirando contra ti.

I. Insomnio y música refulgente
Me despertó un sonido metálico lejano, seco y rítmico de un mazo golpeando una tubería. Apenas pude abrir los ojos y ver en la penumbra el reloj digital de mi buró parpadeando con sus ojos rojos las 2:32 de la mañana. Me pregunté quién pudiese estar haciendo reparaciones a esas horas de la madrugada; me senté en la cama y ahí mismo, en un rincón del cuarto había un gran socavón donde estaba en cuclillas trabajando un plomero con casco amarillo y overol azul. Traté de llamar su atención, pero él -ausente- siguió con su tarea. Lo improbable de la escena me hizo caer en cuenta que estaba yo dormido y que mi oreja al presionarse contra la almohada, escuchaba el propio latir de mi corazón. Desperté y me recosté de nuevo, reacomodé las cobijas y traté de conciliar el sueño, pero así permanecí hasta que el reloj digital marcó las 2:52 de la mañana. Pensé que podría dormir después de orinar y tomar un poco de leche. Me levanté y a tientas caminé por el pasillo. Abrí la puerta del baño y en el interior había un centenar de instrumentos musicales iluminados por un brillante color verde. Con sorpresa reflexioné que continuaba dormido y descubrí que sí me es posible soñar colores y sonidos. Escuchaba los suaves acordes de la Misa de Coronación en Do Mayor de mismísimo Wolfgang Amadeus Mozart: ¡Kyrie eleison…Christe eleison…Kyrie eleison! Para poder dormir tenía que desaparecer luces e instrumentos; me dije, es mi sueño, es mi mente, son mis luces y mis instrumentos. Con mucho esfuerzo fui desvaneciendo flautas y timbales y el cuarto fue quedando en penumbra y después en obscuridad absoluta, pero la música continuó y se hizo cada vez más ensordecedora y disonante. Es imposible luchar contra el cerebro.
II. Amor sonámbulo
Desperté sobresaltado y el corazón quería salir de mi cuerpo a través de la garganta. Sin duda había tenido una pesadilla. En la oscuridad del cuarto mi reloj digital con sus números verdes pestañeaba las 3:10 de la mañana. Acomodé los cojines y quedé semisentado, tomé un sorbo de agua del vaso que siempre tengo en el buró, cerré los ojos y me concentré en el latir de mi corazón, que trataba de reconquistar su ritmo habitual acompasado. Sentí como mi esposa giró hacia mi y escuché el crepitar de las sábanas blancas cuando deslizó su mano por mi pecho. En silencio se subió sobre mí y sentí su cabello rosar mi frente, deslicé apenas la punta de mis dedos a través de su espalda y estuve a punto de besarla, pero ella comenzó a decir incoherencias y sus ojos temblaban si mirar a ninguna parte. Giramos sobre la cama y ella quedó boca arriba, la vi sudar frío. Me di cuenta de que estaba dormida y yo dispuesto a hacerle el amor a una sonámbula, acaso a punto de violarla. Ella sufría y yo también; traté de despertarla, la agité y luego traté de darle una bofetada, pero me aterrorizó la idea de golpear a la mujer que amo. Entonces tomé el vaso del buró y arrojé su contenido contra su cara, pero el agua no la mojó y entonces me di cuenta que la pesadilla era mía.
III. Casona con cuervos
El domingo en la mañana mi esposa y yo paseábamos por el parque; aquella alameda donde solemos llevar a pasear a nuestros perros. El frio se colaba a través de las copas de los árboles donde el sol de la mañana de invierno apenas acaricia. Caminábamos juntos y el crujir de las hojas secas acompañaba nuestros pasos. Yo le contaba lo extraño de mi sueño; a mi sólo me interesaba describir la claridad con la que me había visto despierto en mi sueño varias veces. Ella me explicaba acerca de Freud y de los anhelos reprimidos que se encierran en los sueños; me preguntaba cosas como qué sentiste o qué piensas de esto o de lo otro. Entonces -de manera súbita- nos encontramos al pie de una verde colina donde una escalera de piedra serpenteaba a la derecha, hacia la entrada de una gran casona de paredes amarillentas. Sin decir una palabra, mi esposa subió por la escalera y la vi con su abrigo negro ingresar por el gran portón curvado. Descubrí que estaba yo dormido; comprendí que si la seguía mi subconsciente me tendría preparado algo siniestro y sentí miedo. Me hice de valor y retando a mi cerebro subí por la escalera. Me encontré de pronto con una reja verde que obstaculizaba mi camino pero no me deje intimidar, “sólo esto tienes para mí” -me dije-, quité la cerca y seguí subiendo. Giré hacia la derecha y me encontré en el vestíbulo. Entré a un lúgubre pasillo de techos muy altos e hileras de cuartos a ambos lados. Caminé con temor y a través de los arcos de la entrada pude observar que en el interior me asechaban con sus ojos fijos, innumerables cuervos muy quietos, taciturnos. Seguí caminando e insulté al cerebro con mucho temor “a ver qué más me tienes preparado”. El pasillo se fue haciendo cada vez más estrecho y pude ver al frente como las paredes grises convergían. Era hora de regresar sobre mis pasos, pero el pasillo a mis espaldas ya se había convertido en un túnel y a la izquierda y la derecha había sólo paredes. Quise moverme, pero el espacio se fue haciendo más estrecho y quedé atrapado en la oscuridad de aquel sarcófago de piedra. Entonces me di cuenta que mi subconsciente puede asesinarme, le basta ordenar a mis pulmones dejar de respirar. Morir en el sueño y fallecer en la realidad. Desamparado -en aquella soledad- le pregunté, ¿me vas a ahogar?

Agonía interrumpida

César Raúl González Bonilla

Aquel lívido moribundo estaba extenuado de ambicionar ser cadáver definitivo, cuando abrió su ojos hundidos, profundos como pozos  y le dijo a su compañera  “Hace mucho debiera estar muerto, pero no puedo retirarme sin decirte que tengo otro hogar, una mujer y otros mis hijos”. La señora pasó su mano sobre la cabeza del agonizante sin decir nada, mientras éste llenó sus pulmones con aire y exhaló lentamente por última vez, dejando escapar la vida con un ligero silbido, una mueca parecida a una sonrisa y sin dejar testamento.

La mirada del fantasma

César Raúl González Bonilla

Es la mirada de mi fantasma no quiere retirarse, me espía durante el día y me acosa por las noches. Llega agazapado y silencioso como un cuervo que quiere alimentarse de mi vientre.  Un día lo atrapé por la espalda y le hundí un cuchillo por el cuello.  Terminé con el espectro, pero no sirvió de nada porque sus ojos me persiguen. Dicen que maté a mi madre y que por eso  estoy aquí, en esta celda de concreto; pero no es cierto, es el fantasma que me mira desde dentro.

El retrato de la señora

César Raúl González Bonilla

Dorina acumula arrugas en el cuerpo y resentimientos en la sangre, son marcas indelebles de los pecados capitales que comete cada día. Sufre en la monstruosidad de los deseos y carencias que se transfiguran en ira y avaricia. La Señora Gray calla el secreto íntimo que se esconde en un cuarto donde viven la soledad, el polvo y la penumbra. En ese lugar hay un atril, en el cual descansa su retrato perfecto, cubierto siempre con una sábana.

Etiología

César Raúl González Bonilla

Culparemos primero a las estrellas

por sus influencias impalpables

y su polvo diminuto de la noche.

Luego será cuestión de recriminarle a Dios

sus irritantes amnesias selectivas,

castigos individuales y juicios comunitarios.

Estarán después los diferentes,

expatriados de su género, apenas minorías,

mal que nos envió la constelación de Sagitario.

Reprocharemos al frío o a la obscuridad,

al exceso de aceites o al encanto de la sal,

a los cambios climáticos, a los funcionarios,

a los directores y a los subalternos.

Sin duda, acusaremos a los médicos,

internos o cirujanos, camilleros y enfermeras,

con todo y sus bálsamos o pociones,

tratamientos magistrales, por completo ineficaces.

Será un error de los intrincados

hilos de la casualidad,

de la selección natural de las bacterias

y de todas sus recombinantes.

Por último, será la negligencia del cadáver.

Estará ahí con su exasperante desinterés,

impasible,

formal,

en el apático centro del diagnóstico.

Lo que persiste

César Raúl González Bonilla

“El silencio también ocupa su lugar”

Se quedó tu ausencia,
ahora tu silencio vive aquí conmigo.
Las horas que dejaste muy serias se detienen
y luego inquisitivas me observan y me inculpan.

Si vieras que difícil me resulta
descender por la penumbra de la noche;
cerrar las cortinas de mi cuarto
y refugiarme en un cajón de mi cerebro.

Persiste todavía
el espacio que dejaste en nuestra cama.
Tangente que me lleva a lo apartado,
cavidad que excavo cada vez que te acaricio.

Mientras trato de dormir
llegan las culpas,
rastrojos que convergen en mi vientre.
La ansiedad mastica los escombros
y me hace esperar lo más sombrío.
Algo va a ocurrir, es inminente,
alguien va a tocar esta mi puerta.

 

Lo que persiste es un poema de duelo y vigilia interior. El hablante lírico enfrenta la ausencia del ser amado, convertida en presencia muda que habita su espacio y su mente. Entre la penumbra, la culpa y la ansiedad, el poema explora cómo el silencio y la memoria conservan la forma del amor perdido. La…

El hombre caviloso

César Raúl González Bonilla

Pensar demasiado también es una forma de sufrir

Mi padre es una persona cavilosa. Él se considera así y él mismo me enseñó, en la práctica, a precisar el concepto. Fue en un desayuno un sábado por la mañana, sucedió en el VIPS al que acudo cada semana con mis viejos. Por alguna vía inesperada en la intrincada maraña de las conversaciones, mi anciano padre se sincera y desnuda sus entrañas, casi confesando sus pecados.  En la sobremesa cuenta muchas historias de cómo los celos lo consumieron tanto y cómo los pequeños detalles, aparentemente sin importancia, desatan los más feroces huracanes. En medio de las historias yo sólo volteaba a ver a mi madre y le preguntaba que si era cierto. Después de cincuenta años de aquellas escenas, ella todavía se justificaba.

A tu papá créele la mitad, es que ese muchacho quería ser mi novio, pero yo lo cité en aquel café para decirle que ya me dejara en paz.

Increíble. Yo pienso que mi madre debió haber terminado con mi padre desde el principio, no tenía por qué soportar a Otelo disfrazado de estudiante de medicina; pero luego rectifico, gracias a la paciencia y tolerancia de aquella joven, aquí estoy yo desayunado y escuchando sus historias. Rosalba,  nuestra mesera de siempre, se acerca a saludarme

-¿Cómo está señor?

y yo le digo divertido

-Pues acá enterándome de las historias de celos de mis viejos

La joven se ríe conmigo, sirve café con mucha calma, sólo para ver qué escucha y saber qué sucedió entre los dos octogenarios, hace más de sesenta años. Sin embargo, termina de llenar las tazas y luego  se retira.

Para mi padre, hombre caviloso, las cosas no pueden ser sencillas. No puedo platicar todas escenas truculentas, espantables y siniestras que pasaron la pareja de ancianos que desayunan conmigo todos los sábados, porque no me corresponde hacerlo, no en este momento. Pero puedo relatar una estampa, sólo una pincelada que puede pintar al hombre caviloso de cuerpo entero.

Comenzaban los años setentas, que suerte de vivirlos, cuando yo era adolescente. Mi hermano estaba en Francia haciendo un doctorado en ingeniería eléctrica. Se había separado del vientre de su casa recientemente, cuando mi padre recibió una carta en la que él le pedía que le enviase algunos documentos. Hay que tomar en cuenta que, en aquel entonces, todo se arreglaba mediante el correo. Creo yo que ni siquiera habría FAX en esos días.

Yo me encontraba de vacaciones, de tal manera una mañana fui  designado a llevar tres cartas al correo. Mi padre, antes de irse a su trabajo, primero hizo un mapa mental de todos los pasos necesarios para que la tarea se cumpliese, luego la pasó al papel y escribió en una hoja de tamaño carta, de cuadritos, un título a su plan general de acción “Llevar cartas al correo” y luego la hora. El hombre caviloso requiere tener el control de todos los detalles y mover todos los hilos.

Luego describió la operación paso por paso. Uno, tomar el troblebús Chapultepec-La Villa rumbo poniente. Dos, bajar enfrente del correo de Cuitláhuac. Tres, comprar seis timbres, dos de $2.75 y  uno de $ 1.50. Cuatro, verificar que los timbres de $2.75 tengan impresa la leyenda “entrega inmediata”. Cinco, pegar en la esquina superior derecha de la cada carta un timbre de $2.75 y uno de $1.50. Seis, depositar las cartas en la ranura del buzón que diga “correo internacional”. Siete, atravesar la calle y tomar el trolebús  Chapultepec-La Villa rumbo oriente. Ocho, terminar antes del las dos de la tarde. Nueve,  reportarse por teléfono una vez terminada la empresa.

Mi padre me llamó a su cuarto, me explicó la “operación cartas”, me leyó su lista de verificación y luego hizo que yo la leyera.  Por último, para estar seguro, hizo que la repitiera paso por paso.  Con enfado repetí las instrucciones, una por una. No era cosa de alegar. Mi instinto de conservación ya había aprendido a no hacer mayor comentario. El hombre caviloso gana cualquier argumento.  Me entregó tres cartas y me dio $15.00.

Para mi, elaborar un plan tan complicado  y repetir paso por paso mi tarea era, simplemente estúpido y consideré que mi padre me suponía estúpido. De tal manera que me no hice mucho caso. Según yo la misión era sencilla. Para mi padre no, el hombre caviloso es desconfiado. Para mi la orden fue como “acá tienes estas pinches cartas y las llevas a correo, lo más temprano que se pueda”. Desayuné de prisa y llamé por teléfono a mi primo, otro adolescente, que vivía enfrente de mi casa y le pedí que me acompañara a cumplir el encargo. Eché las cartas a la bolsa de mi chamarra y, por supuesto, deje la lista de cotejo, por ahí arrumbada. Y así salimos,  pero -primer error- decidimos aprovechar la mañana y paseamos por el centro. Tomamos nuestro camión y luego el metro y llegamos a la estación Bellas Artes, caminamos por las calles que apenas abrían los comercios, curioseamos las tiendas de discos, aquellos de vinil hoy inexistentes, vimos libros e instrumentos musicales. No compramos nada pero, la pasamos bien. Platicamos de lo que platican los jóvenes, de futbol y de las niñas.

Pasamos al magnífico edificio  del Correo Mayor,  con sus marquesinas llenas de dragones fabulosos y su espectacular escalinata central de dorada herrería. Me acerqué a un mostrador cualquiera, compré tres timbres de entrega inmediata, se los puse a las cartas, busque el buzón de correo internacional más cercano, abrí la ranura y su boca se comió mis cartas por completo. Misión cumplida y regresé a mi casa. Me reporté a mi padre por teléfono y allí comenzó mi via crucis.

Por supuesto que yo no me detuve a hacer las cuentas –segundo error- porque mi padre, hombre caviloso, indudablemente ya las había hecho. Tres timbres de $2.75 suman $8.25 más los tres timbres de $1.50 suman $4.50, Total en timbres $12.75 más un peso de transporte son un gran total de $13.75, de tal manera que el esperaba un cambio se $1.25.

Mi padre, antes de darse por satisfecho, repitió nuevamente su lista de cotejo. El hombre caviloso es suspicaz.

-¿Tomaste el troblebús Chapultepec-La Villa rumbo poniente?

-Sí, papá.

Tercer error, primera mentira. Pero, no me puse nervioso ni sentí culpa. El resultado fue el mismo y la tarea se había cumplido esencialmente, en tiempo y forma.

-¿Compraste  seis timbres, dos de $2.75 y  uno de $ 1.50?

– Sí, papá.

Contesté con enfado. Cuarto error, segunda mentira. En ese momento, no me sentí atrapado. Después de todo, yo compré timbres de entrega inmediata y las cartas se fueron por el buzón adecuado. Pero mi padre, hombre caviloso, continuó indagando.

-¿Verificaste que los timbres de $2.75 tuviesen la leyenda entrega inmediata?

-Sí, sí papá.

Ya contesté casi molesto. Quinto error. Tercera mentira. Aunque los timbres eran de entrega inmediata. Sólo Dios sabe cuanto costaron, ni siquiera puse dos, uno fue suficiente. Y luego vino la pregunta crucial, la que cambió mi vida.

-¿Cuánto te sobró  de cambio?

Contesté sin malicia, pero ya estaba adentro de la red. Estaba atrapado.

-Dos pesos, acá te los tengo.

Sexto error. Las cuentas no le cuadraron a mi padre, por varias razones, porque ni tomé el trolebús ni compré los timbres indicados. El hombre caviloso es detallista, no deja cabos sueltos.

El hombre caviloso acumula presión y luego estalla como un volcán en erupción, destrozando todo lo que se atraviesa al paso de su nube piroclástica. El teléfono comenzó a subir de temperatura y  luego a echar humo por el auricular. Mi padre comenzó un interrogatorio más acucioso y mucho más incisivo. De tal manera que tuve que ir aceptando uno por uno los errores y las mentiras. Estaba furioso. El hombre caviloso sufre y hace sufrir a los que quiere. Me dio la indicación de regresar al correo, recuperar las cartas y ponerlas en la oficina adecuada. Por supuesto, con los timbres indicados.

Le pedí dinero a mi madre para comprar los timbres que mi padre consideraba correctos y nuevamente salí hacia la calle. Llegué al centro, odiando las pinches cartas y entré a edificio del Correo Mayor. Traté de localizar el mostrador donde compre los timbres. Me atendió un burócrata de corbata y de bigotito recortado, tipo Juan Penas, como se estilaba entonces. Por supuesto que me mandó a la fregada en dos segundos. Insistí en la siguiente ventanilla. Ahí me atendió una señora más vieja y más amable, seguramente que no tenía mucho que hacer o de plano quería enterarse del chisme, del por qué este muchacho quería que le devolvieran las cartas, que apenas una hora antes había echado al buzón. Me explicó que esa era la oficina central del correo, que no me preocupara, que las cartas llegarían, pero me vio tan angustiado por recuperar mis cartas que se asomó al enorme saco. Se acercó una tercera oficinista y preguntó que pasaba. Para esto, yo ya me sentía la peor de las cucarachas de la oficina.

-¡Huy no¡ Esas cartas ya no están, ya se las llevaron.

Y la señora, la buena gente, me miró, se encogió de hombros y me dijo

-Ni modo, ya no se pueden encontrar tus cartas.

Regrese a mi casa con las manos vacías y pasé el resto de la tarde, esperando el regaño que seguramente llegaría por la noche.

El psicótico generalmente escoge a sus víctimas al azar. Una persona entra al baño equivocado, donde se encuentra la persona equivocada y ya no sale por su propio pie, lo lleva una ambulancia a un hospital con un balazo en la cabeza. En este caso hay poca medicina preventiva por aplicar, pero siempre es posible no meterse a lugares y situaciones peligrosas. Pero situaciones como esta, son las excepciones, generalmente tratamos con otro tipo de personas. Algunas son personalidades tóxicas, las que suelen pescar a sus víctimas una por una, con una caña y con anzuelo. Un pez puede moverse, nadar, tratar de escapar y no morder la carnada. En el tráfico intenso de la ciudad, cometes un error y te le cierras al automóvil que viene en tu punto ciego, atrás a la derecha. El conductor se adelanta y te mienta la madre. Tú decides, ¿te enganchas o no en ese anzuelo? En la fila de la caja de estacionamiento un individuo te empuja mientras tú recibes tu cambio. Tú decides, ¿muerdes el anzuelo?

Pero el hombre caviloso no pesca con caña y con anzuelo, pesca con red y no tiene una sola víctima. El hombre caviloso atrapa a todos los cercanos. Se enreda sólo y enreda a todos los demás en sus marañas mentales. En sus laberintos cualquier camino lleva al fondo del abismo. Si te quedas callado es malo y si dices algo, es peor.  Cuando tratan de pescarte  con una red, tienes todavía la opción de huir, alejarte lo más que puedas y hacerlo lo más rápido posible, porque puede ser cuestión de vida o muerte. Pero cuando tu padre es un hombre caviloso, es simple, no hay escapatoria.

Mi padre regresó por la noche y comenzó su cacería. En la jauría de la vida el perro líder  prevalece, toma por el cuello a sus cachorros y los somete con el lomo contra el suelo. Rara vez les hace daño físico, pero ladra y gruñe fuertemente, demostrando de una manera violenta y ruidosa que él se encuentra en el escalafón  más alto y que el sitio más bajo del grupo pertenece al perro omega. El hombre caviloso trata siempre de ser el perro alfa.

En la discusión los dos caímos al precipicio porque un adolescente nunca se queda callado, porque lucha y se defiende, complicando más las cosas. Así, transité por varias encrucijadas de las sinuosidades mentales de mi padre, de incapaz a atolondrado, de atolondrado a incompetente y de ahí a irresponsable. De descuidado reboté a apático y después a insensato y de ahí brinqué a insolente. Pasé por sarcástico y con un salto mortal a incapaz y perezoso.  Mi madre y mi hermana cayeron como moscas en las mismas telarañas y se convirtieron, también por varias rutas metabólicas de aquella maraña, en mala madre y mala hermana. El hombre caviloso deja de pensar con claridad hasta que la calma vuelve.

Los días transcurrieron y la escena se repitió en varias ocasiones. Mi padre se preocupaba por los cientos de desenlaces funestos resultantes de la omisión de aquellos documentos y todos fuimos rebotando como pelotas dentro una urna en un sorteo. Mi padre metía la mano y sacaba una bolita y anunciaba el ganador de la noche. Habló por teléfono varias veces con mi hermano y a no sé a qué tantas oficinas y embajadas. El hombre caviloso no sufre una vez, padece el mismo mal muchas veces. Cuando mi padre olvidaba el asunto, la vida regresaba a la normalidad y era la persona amorosa de siempre. El hombre caviloso se arrepiente.  

Como dije anteriormente, al hombre caviloso nunca podrás ganarle un argumento. Sin embargo, quiso el destino  hacer conmigo una excepción para confirmar la regla. Casi un mes después de que se me ocurrió pasear por el centro de la ciudad para dejar tres cartas en un buzón cualquiera, llegó una carta de mi hermano, dándole las gracias a mi padre por los documentos y porque las pinches cartas habían llegado más rápido que de costumbre. Como si mi hermano y yo nos hubiésemos puesto de acuerdo. Yo me regocijé mucho con el giro inesperado de la historia, lo gocé tanto que no paraba de reír por la ironía. De cualquier manera de nada sirvió y fue sólo un triunfo inesperado, sólo mío, porque el hombre caviloso es incapaz de ofrecer una disculpa.

¿Soy un hombre caviloso? Pues, no está en mí calificarme, no por el momento, pero puedo ofrecer dos piezas de evidencia. La primera, releyendo las cartas que escribí desde Baltimore cuando hice mi estancia postdoctoral y tuve que dejar por un tiempo a mi familia.  He notado que están llenas de instrucciones, en las que explico paso por paso, número a número alguna misión imposible para mi esposa. Están llenas de situaciones aciagas y nefastas. Luego me despido y le pido a mi compañera que se cuide de todo tipo de calamidades que pudiesen sucederle. Son extraordinarias, pues contienen lo mismo que critico de mi padre y merecen ser contadas de manera independiente. Material interminable para el deleite de Socorro, la psicóloga de mi esposa (¡Qué nombre para un sicólogo!). Por mi parte, mi hijo menor tiene el ofrecimiento de una beca permanente para visitar a su psicólogo y trate de componer todo lo que haya yo echado a perder.

La segunda pieza de evidencia también viene de un desayuno mañanero. No hace mucho, nos encontrábamos en un Sanborns mi esposa, mis dos hijos y yo. Yo me quejaba de lo difícil que a veces resulta tratar con mi padre y sostener una conversación en un punto neutro y mantenerse al filo de la navaja. Hablar del clima o de política, porque  si comento algo acerca de mi trabajo, mi padre de inmediato comienza a elaborar en su mente que algo anda mal y que están por destituirme o que mi laboratorio está a punto de sufrir la explosión de una supernova. Si no comento nada, mi padre fabrica cientos de motivos por los que prefiero no hablar de mi trabajo. El resultado es el mismo, invariablemente ominoso y perpetuamente sombrío. La mente del hombre caviloso es un tren desbocado, no puede detenerse.

Mi hijo mayor, siempre inteligente, me dijo que dejara de quejarme, pues  él tiene más motivo para lamentarse, ya que debe lidiar con los dos, con su padre y con su abuelo. Asentí con la cabeza, pero mi hijo menor, el más serio y taciturno, el que forma los chícharos en fila india, para comérselos en orden y uno por uno, fue más terminante

¡No se quejen! Yo tengo que lidiar con abuelo, padre y hermano.

Mi esposa, amorosa como es con sus hijos -no conmigo, por supuesto- no dejó lugar a dudas,

-Pues yo tengo que lidiar con los cuatro, pero a estos dos los quiero mucho.

Fue contundente. Señaló a sus hijos y les dio un beso. Nos miramos los tres hombres cavilosos y no tuvimos más remedio que darle la razón. Si no fuese por su infinita tolerancia, no estuviésemos en paz desayunando. Seguimos tomando café y conversando de otra cosa.

¿Serán genes perversos?

En un tono íntimo y reflexivo, el narrador evoca a su padre, “el hombre caviloso”: un ser minucioso, desconfiado y obsesionado con el control. A través del recuerdo de una anécdota juvenil —el encargo de llevar unas cartas al correo— reconstruye la compleja relación entre ambos, marcada por la rigidez paterna y la culpa filial.…