Zapatos

César Raúl González Bonilla

«Los zapatos sueñan con el camino.»

Mi par de zapatos esperan formados
al pie de mi cama:
son dos centinelas,
velaron mis sueños firmes y alineados,
pacientes aguardaron que llegara el día.

Lustrados y aceitosos se encuentran dispuestos
a conducir mis pasos,
tan solo esta jornada.
Ya se ven gastados,
curtidos de tiempo,
pero siguen trabajando,
no están acabados.

Vehículos cotidianos,
guantes confortantes, fundas o corazas,
constantes defensores y sirvientes apegados.
Silentes amantes,
muy suave me estrechan,
solo a mí me abrazan y mi marcha ensanchan.

Son perseverantes, dóciles corceles;
me ayudan a dar pasos firmes,
con la cara en alto,
la mirada al frente, viendo el horizonte.
Que sea lo que venga,
andaremos juntos,
pues la vida ofrece siempre algún camino.

Mis dos camaradas me muestran lo urbano,
marchan cautelosos y susurran leve
que siga en el suelo,
que no me levante,
pues solo las aves sirven para el vuelo.

Naves espaciales:
cuando por la calle ando,
alargo mi paso,
marcho hacia el espacio,
y avanzo de prisa.
Llego así a la luna,
converso por horas con el inquilino,
y estoy tan a gusto con aquel orate,
que mis dos zapatos recobran el mando,
llevándome de vuelta
hasta mi planeta.

En esta oda doméstica, el poeta convierte sus zapatos en compañeros de ruta, confidentes y cómplices del viaje diario y del imaginario. Entre lo cotidiano y lo fantástico, los retrata como centinelas del descanso, corceles de la jornada y naves que lo conducen hasta la luna. El poema celebra la lealtad silenciosa de los objetos…

Lo que viene

Lo que viene
por César González Bonilla

No retorna lo que vuelve
o -tal vez- terminó ya de regresar

¿Cuándo será el tiempo de la ausencia;
con cuánta fuerza sus colmillos afilados
rasgarán mi carne?

¿En qué arista de la línea
-de arena y sílice-
se asoma apenas mi suerte
al filo de alguna telaraña?

Acaso estuvo ya por mi casa,
llegó sin darme cuenta
-eso que ha de llegar y que no llega-
recorrió los senderos de mis venas.

Veinte veces por minuto
-una vez en cada aliento-
espero…atraso…postergo
y me pregunto cómo vendrá lo decisivo;

¿Será una pesadilla que no puedo recordar,
alguna niebla vagabunda,
nómada confusión
en cierto rincón de mis pupilas?

Quizás es el dragón invisible en el pasillo,
el reptil retorcido que me acecha en la escalera,
un cuervo con lengua de recelo
o la muerte que habita en el ascensor de la oficina

Es la obscuridad que me persigue
en la cumbre de cada sonrisa
escondida detrás de un cubrebocas;

Pequeña tela empapada de saliva
-sudario y mortaja-
salpicado de suicidio;
germen y polen en la espuma del aire
que fermenta la sal de los pulmones

Veinte veces por minuto
-una vez en cada aliento-
giro en el remolino de la suerte
y los virus hacen acrobacias en el aire.

¿Cuándo podré salir de mi esfera
-anillo obligado de dos metros-
que me impuso el temor a lo que viene?

Hasta cuándo dejaré
de permanecer paralizado
si no llega lo que deba de llegar:

respiro inerte,
estoy muerto por completo
-a lo mejor no-cadáver todavía-

Queda entonces lo que resta;
respirar con cada aliento
-en esta muerte forzada-,
diferir el encuentro final
en el hilo de alguna telaraña.

Regresar a los años pequeños,
que mis despojos habiten la casa de la abuela
y jueguen con esferas de cristal
a la sombra de la higuera.

Que aniden las fantasías
en las cuencas desiertas de mis ojos;
al salir de la fosa
me espera el horizonte.

Lo que viene es un poema que respira con cada verso: un canto inquietante a la espera, al miedo y a la fragilidad que experimentamos durante la epidemia de COVID-19. Entre imágenes de dragones invisibles, virus danzantes y telarañas que amenazan el destino, César González Bonilla explora el abismo que se abre en cada aliento. Un viaje íntimo donde el recuerdo de la infancia y…

La mujer cerca del techo

César Raúl González Bonilla

Yo era un niño quieto, bien portado  y que no decía mentiras. Y no es que no quisiera deshonrar mi boca, lo que sucede es que muy temprano en mi existencia descubrí, a partir de observar las malas experiencias de los otros niños, que “yo no fui”, “ya estaba roto” o “se cayó solo”,  eran recursos  perfectamente inútiles para eludir las culpas. La justicia siempre les llegaba y los castigos se  ejecutaban puntualmente.  Declarar la verdad, por otro lado,  nunca era una buena salida para los embrollos porque, en el mejor de los casos, sólo significaba un factor atenuante en la aplicación de cualquier correctivo. No había salida; mentir era sencillo, engañar  era lo complicado. La chancla educadora era invencible. Entonces desarrollé el apetito por derrotar al sistema. Soñaba con la satisfacción de hacer una travesura,  echarle la culpa a otro y salirme con la mía sin la necesidad de mentir.

Tenía que planear el crimen sublime y encontrar a la victima precisa. Estuve reflexionando varios días sobre  el mártir y la fechoría. No había mucho de donde escoger, mi chivo expiatorio  tenía que ser alguien cercano, sin duda un familiar. De inmediato descarté a mi hermana porque  estaba muy protegida por mi madre y yo no entendía bien a las mujeres. Comprendía de manera intuitiva que, para cometer el crimen perfecto se requiere del conocimiento profundo de la víctima.  Mi hermano mayor era el más cercano porque  compartíamos cuarto,  yo conocía sus puntos débiles y podía seguir todos sus movimientos desde la inocente perspectiva de mi cama. De tal manera que, sin haber leído el viejo testamento, el instinto me convirtió en Caín tratando de eliminar al primogénito.

Una vez nominado el interfecto había que diseñar el delito. El robo es siempre la primera opción porque, desde que se inventó el intercambio de bienes y servicios mediante las monedas, la avaricia se convirtió  en el pecado favorito del humano. Sin embargo, el hurto era un delito mayor e imperdonable. No era mi objetivo iniciar una carrera delictiva, no era sencillo inculpar a mi hermano de la ratería y mis remordimientos serían más grandes que mis deseos de convertirme en psicótico profesional.  Pensé entonces en mojar su cama por la noche, levantarme en la madrugada, llenar un vaso con agua y verterlo en sus sábanas, pero también descarté la idea casi de inmediato. La enuresis no era una travesura; en todo caso, sólo lograría exhibirlo, ponerlo en ridículo y desatar una serie de consultas con el urólogo pediatra.  Además, si mi hermano despertara en el momento que yo estuviese hidratando su cama, seguro me esperaba un zape en la cabeza. Romper algo tampoco era una posibilidad, tenía que ser una travesura sin secuelas o con efectos reparables. A diferencia de Caín, yo no quería eliminar del todo a mi hermano, el objetivo era engañar al establishment.

Decidí entonces que dibujar en la pared era una travesura elegante, sencilla y fácil de limpiar. Elegí ejercer mi precoz oficio de muralista arriba de la cama de mi hermano, era el lugar perfecto para facilitar las averiguaciones y dirigir las evidencias hacia mi hermano. Dispuse para ello de un lápiz Mirado del número dos con la punta roma para no dañar la pared y lo guardé en el cajón de mi buró.  Estuve después pensando varías días sobre el tema de mi dibujo. No podía ser una casa, un árbol o un perrito porque de inmediato se pensaría que el autor era el niño chico. Para inculpar a mi hermano, el dibujo tenía que expresar los intereses un niño grande. Por ello, resolví dibujar una mujer desnuda. Todo estaba listo para cometer el fratricidio.

Esperé, como esperan las serpientes enrolladas, pacientes e inmóviles. Un día se presentó la oportunidad,  sólo estábamos mi madre y yo en la casa. Mi madre lavaba y tendía ropa en el patio, yo procuraba estar cerca de ella y simulaba jugar a las canicas,  mientras se enlodaban un poco mis manos y rodillas. Cuando la vi distraída por completo me dirigí a mi cuarto.

Mi mural tenía que localizarse suficientemente alto como para no dejar duda de que había sido realizado por un niño grande.  Subí una silla a la cama de mi hermano y la recargué contra la cabecera, trepé por el asiento, me encumbré en el Everest y luego me encontré de pie  en  la madera horizontal del respaldo. Mi andamio improvisado oscilaba amenazante mientras yo me sostenía apoyando mi mano contra la pared, era Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.  Dibujé con calma mi Maja Desnuda, procuré implantarle grandes pechos, ombligo y una versión muy explícita de mis conjeturas sobre la anatomía femenina, incluyendo al amor veneris. Literalmente dibujé con pelos y señales. Por fortuna no me partí la cabeza de una caída, bajé del andamio, puse la silla en su lugar, escondí el lápiz y salí al patio donde fingí seguir jugando.  Permanecí  sospechosamente mudo y bien educado.

Cuando llegaron mis hermanos se descubrió el escandaloso mural de la mujer desnuda.  Mi madre no tardó mucho en deducir que yo era el autor del impúdico dibujo. Por supuesto que me sometió a un sencillo interrogatorio antes de emitir el veredicto de culpable,  pero creo le preocupaba más cómo me las había arreglado para dibujar tan alto. Me preguntó si yo había realizado ese dibujo y yo no tuve otro remedio que acudir al lugar común del “yo no fui” y mentí por primera vez en mi vida. Las pruebas circunstanciales me señalaban. Mi hermano tenía una coartada perfecta, estuvo en la escuela toda la mañana.  Había la marca de una mano  pequeña en la pared, como si el criminal hubiese estado jugando con tierra. La mano en la pared era derecha, prueba de que el dibujo había sido realizado con la mano izquierda. Mi hermano es diestro y yo zurdo.  Eso me colocaba en la escena del crimen y sólo faltaba aclarar el motivo.  Curiosamente mi madre no preguntó sobre el por qué de mi dibujo o sobre mis precoces apetitos sexuales. No tuve que acudir a interminables sesiones de terapia con el psicólogo infantil y  tampoco tuve que limpiar la pared,  mi madre movió la cama, se subió a una escalera y borró mi dibujo con un trapo húmedo para evitar que lo viera mi padre. No se comentó más sobre el asunto y mi padre nunca supo nada sobre el incidente.