En lo pequeño

César Raúl González Bonilla

«Lo fundamental habita en un grano de arroz.»

Nunca puse interés en lo pequeño.

Lo minúsculo es tan volátil,

que se escapa entre los dedos.

Como lo ausente

se fueron, en un sólo parpadeo,

mis días enteros.

Estuve preocupado en atender lo trascendente,

escribir la biografía de las hormigas.

No escuché nada,

quizá porque nada quise escuchar

y nada vi con el nublado lente de mi lupa.

Permanece lo vacante;

del ocioso tejido del vacío

al estéril gris de los deseos.

Todo se evapora cuando la luz se aleja.

En En lo pequeño, César Raúl González Bonilla reflexiona sobre la fugacidad de lo minúsculo y la manera en que la vida se escurre entre los dedos sin que apenas lo notemos. Con un tono introspectivo y casi confesional, el poeta revela la negligencia hacia los detalles cotidianos y la obsesión por lo trascendente, que finalmente se disuelven en el vacío. El poema se convierte en un canto melancólico a lo efímero, a lo no visto, a esos instantes que se evaporan cuando la luz se retira y queda solo el silencio.

Avaricia

César Raúl González Bonilla

Quien tiene apetito infinito, se debora a sí mismo

Acumulo un hambre insaciable;

el apetito y la sed ansiosa, enfurecida:

deseo lo que tuve, lo que no,

lo que nunca será mío.

Quiero la voz ajena guardada en mi bolsillo,

el afecto firmado a mi nombre,

el amor registrado como propiedad privada,

las miradas que ya no me buscan

y la ternura doblada en una servilleta desechable.

Cuento las ausencias en billetes;

tengo sed y hambre de todo lo existente

lo ilusorio y lo aparente.

Colecciono necesidades de piel, de nubes, de promesas.

Tengo deseo del deseo,

anhelo el vértigo de anhelar.

Me faltan las ganas de soltarlo todo,

atesoro ausencias, desiertos y vacíos.

El poema Avaricia retrata un yo lírico dominado por un deseo insaciable que lo lleva a acumular afectos, recuerdos y vacíos. La avaricia se convierte en una obsesión emocional y existencial que nunca se satisface, devorándolo desde adentro. Al final, el texto revela que ese afán de poseerlo todo solo conduce a un vacío más…

La senda de las hormigas

César Raúl González Bonilla

«Mentir es el preludio de la despedida.»

A veces digo mentiras.

Yo sé que en ocasiones miento,

como beber agua salada para saciar la sed

me abrazo a la sombra y la llamo cuerpo.

Yo sé que en ocasiones miento,

cuando construyo el espejismo con escombros

y me escondo detrás de una cortina de rutina.

Apago las luces donde no quiero mirar

y doblo el espejo para ver la imagen que deseo.

Yo sé que digo mentiras,

cuando pinto de azul mi jaula y la llamo cielo;

suelo enredar palabras como hilos

y tejerlas de manera que no hieran

Te respiro como un humo dulce,

tu cuerpo es mi ritual, mi abismo y mi consuelo.

Me trago las mentiras -aunque sé que tienen filo-

cuando tus ojos buscan a los míos,

me refugio en las grietas en el suelo

y trato de encontrar en la senda

que dejan las hormigas

una forma amable de decir ya no te quiero.

La senda de las hormigas explora la fragilidad de la verdad y las pequeñas traiciones cotidianas que tejemos para sobrevivir. A través de imágenes íntimas y potentes —jaulas pintadas de azul, espejismos, sombras— el poema se convierte en un acto de confesión donde la mentira aparece como un refugio y, al mismo tiempo, como un filo que hiere. Las hormigas, con su silenciosa y meticulosa caminata, simbolizan el intento de encontrar un sendero sutil para pronunciar lo indecible: el fin de un amor.

Palabra porosa

César Raúl González Bonilla

I

Mi voz es áspera:

lava hecha roca,

aliento de volcán;

ayer fuego ardiente de la tierra,

hoy es piedra gris,

rígida y tiesa escarcha fría,

perfil que trata de escapar de los guijarros,

silencio insistente y disperso,

coágulo atascado en el fondo de mis venas.

Es pico y pala;

martillo y cincel

y luego piedra contra piedra.

Es la voz que trata de encontrar el molcajete;

rumores insistentes y dispersos,

la silueta que trata de escapar de los guijarros.

Talla, cincela y dibuja la soledad

en la piedra indiferente

la ausencia que nos enlaza. 

Trata de dialogar con el pedrusco,

pero es deseo que se resiste,

palabra que se esconde

y se pierde en cada golpe;

asoma -apenas – cuando sangran los nudillos.

II

Mi voz es de ceniza,

es hostil y es enemiga de la piedra.

absurda y áspera,

piedra contra piedra,

músculos tiesos y piel envejecida.

Es ninguno en alguna vez,

voz extraviada en millares de agujeros:

cuento, invención o fábula.

El rítmico cincel es melodía

que sigue el pulsar de mis arterias

golpe, retumbo y rayo.

Nadie escucha el cincel contra mi piedra,

pero es mi voz

y solo importan mis oídos.

Es la sal que se comparte

en mi cuenco asimétrico,

pensamiento poroso,

rugoso y lastimado.

Mi voz es piedra agotada,

gastada por el uso.

Es el polvo de mi piedra

lo que queda, lo que resiste;

una voz extraviada en millares de agujeros,

el silencio que descansa en el centro de la mesa.

La voz de César Raúl González Bonilla se describe como áspera y volcánica, simbolizando lucha y soledad en la interacción con la piedra. A través de metáforas de desgaste, se expresa un deseo intenso de comunicación y la lucha interna por ser oído, reflejando la resistencia en el silencio y la vulnerabilidad.

Lo que viene

Lo que viene
por César González Bonilla

No retorna lo que vuelve
o -tal vez- terminó ya de regresar

¿Cuándo será el tiempo de la ausencia;
con cuánta fuerza sus colmillos afilados
rasgarán mi carne?

¿En qué arista de la línea
-de arena y sílice-
se asoma apenas mi suerte
al filo de alguna telaraña?

Acaso estuvo ya por mi casa,
llegó sin darme cuenta
-eso que ha de llegar y que no llega-
recorrió los senderos de mis venas.

Veinte veces por minuto
-una vez en cada aliento-
espero…atraso…postergo
y me pregunto cómo vendrá lo decisivo;

¿Será una pesadilla que no puedo recordar,
alguna niebla vagabunda,
nómada confusión
en cierto rincón de mis pupilas?

Quizás es el dragón invisible en el pasillo,
el reptil retorcido que me acecha en la escalera,
un cuervo con lengua de recelo
o la muerte que habita en el ascensor de la oficina

Es la obscuridad que me persigue
en la cumbre de cada sonrisa
escondida detrás de un cubrebocas;

Pequeña tela empapada de saliva
-sudario y mortaja-
salpicado de suicidio;
germen y polen en la espuma del aire
que fermenta la sal de los pulmones

Veinte veces por minuto
-una vez en cada aliento-
giro en el remolino de la suerte
y los virus hacen acrobacias en el aire.

¿Cuándo podré salir de mi esfera
-anillo obligado de dos metros-
que me impuso el temor a lo que viene?

Hasta cuándo dejaré
de permanecer paralizado
si no llega lo que deba de llegar:

respiro inerte,
estoy muerto por completo
-a lo mejor no-cadáver todavía-

Queda entonces lo que resta;
respirar con cada aliento
-en esta muerte forzada-,
diferir el encuentro final
en el hilo de alguna telaraña.

Regresar a los años pequeños,
que mis despojos habiten la casa de la abuela
y jueguen con esferas de cristal
a la sombra de la higuera.

Que aniden las fantasías
en las cuencas desiertas de mis ojos;
al salir de la fosa
me espera el horizonte.

Lo que viene es un poema que respira con cada verso: un canto inquietante a la espera, al miedo y a la fragilidad que experimentamos durante la epidemia de COVID-19. Entre imágenes de dragones invisibles, virus danzantes y telarañas que amenazan el destino, César González Bonilla explora el abismo que se abre en cada aliento. Un viaje íntimo donde el recuerdo de la infancia y…

Sueños vívidos vividos

SUEÑOS VÍVIDOS VIVIDOS
César Raúl González Bonilla

Lo que sueñas no te pertenece: es tu mente conspirando contra ti.

I. Insomnio y música refulgente
Me despertó un sonido metálico lejano, seco y rítmico de un mazo golpeando una tubería. Apenas pude abrir los ojos y ver en la penumbra el reloj digital de mi buró parpadeando con sus ojos rojos las 2:32 de la mañana. Me pregunté quién pudiese estar haciendo reparaciones a esas horas de la madrugada; me senté en la cama y ahí mismo, en un rincón del cuarto había un gran socavón donde estaba en cuclillas trabajando un plomero con casco amarillo y overol azul. Traté de llamar su atención, pero él -ausente- siguió con su tarea. Lo improbable de la escena me hizo caer en cuenta que estaba yo dormido y que mi oreja al presionarse contra la almohada, escuchaba el propio latir de mi corazón. Desperté y me recosté de nuevo, reacomodé las cobijas y traté de conciliar el sueño, pero así permanecí hasta que el reloj digital marcó las 2:52 de la mañana. Pensé que podría dormir después de orinar y tomar un poco de leche. Me levanté y a tientas caminé por el pasillo. Abrí la puerta del baño y en el interior había un centenar de instrumentos musicales iluminados por un brillante color verde. Con sorpresa reflexioné que continuaba dormido y descubrí que sí me es posible soñar colores y sonidos. Escuchaba los suaves acordes de la Misa de Coronación en Do Mayor de mismísimo Wolfgang Amadeus Mozart: ¡Kyrie eleison…Christe eleison…Kyrie eleison! Para poder dormir tenía que desaparecer luces e instrumentos; me dije, es mi sueño, es mi mente, son mis luces y mis instrumentos. Con mucho esfuerzo fui desvaneciendo flautas y timbales y el cuarto fue quedando en penumbra y después en obscuridad absoluta, pero la música continuó y se hizo cada vez más ensordecedora y disonante. Es imposible luchar contra el cerebro.
II. Amor sonámbulo
Desperté sobresaltado y el corazón quería salir de mi cuerpo a través de la garganta. Sin duda había tenido una pesadilla. En la oscuridad del cuarto mi reloj digital con sus números verdes pestañeaba las 3:10 de la mañana. Acomodé los cojines y quedé semisentado, tomé un sorbo de agua del vaso que siempre tengo en el buró, cerré los ojos y me concentré en el latir de mi corazón, que trataba de reconquistar su ritmo habitual acompasado. Sentí como mi esposa giró hacia mi y escuché el crepitar de las sábanas blancas cuando deslizó su mano por mi pecho. En silencio se subió sobre mí y sentí su cabello rosar mi frente, deslicé apenas la punta de mis dedos a través de su espalda y estuve a punto de besarla, pero ella comenzó a decir incoherencias y sus ojos temblaban si mirar a ninguna parte. Giramos sobre la cama y ella quedó boca arriba, la vi sudar frío. Me di cuenta de que estaba dormida y yo dispuesto a hacerle el amor a una sonámbula, acaso a punto de violarla. Ella sufría y yo también; traté de despertarla, la agité y luego traté de darle una bofetada, pero me aterrorizó la idea de golpear a la mujer que amo. Entonces tomé el vaso del buró y arrojé su contenido contra su cara, pero el agua no la mojó y entonces me di cuenta que la pesadilla era mía.
III. Casona con cuervos
El domingo en la mañana mi esposa y yo paseábamos por el parque; aquella alameda donde solemos llevar a pasear a nuestros perros. El frio se colaba a través de las copas de los árboles donde el sol de la mañana de invierno apenas acaricia. Caminábamos juntos y el crujir de las hojas secas acompañaba nuestros pasos. Yo le contaba lo extraño de mi sueño; a mi sólo me interesaba describir la claridad con la que me había visto despierto en mi sueño varias veces. Ella me explicaba acerca de Freud y de los anhelos reprimidos que se encierran en los sueños; me preguntaba cosas como qué sentiste o qué piensas de esto o de lo otro. Entonces -de manera súbita- nos encontramos al pie de una verde colina donde una escalera de piedra serpenteaba a la derecha, hacia la entrada de una gran casona de paredes amarillentas. Sin decir una palabra, mi esposa subió por la escalera y la vi con su abrigo negro ingresar por el gran portón curvado. Descubrí que estaba yo dormido; comprendí que si la seguía mi subconsciente me tendría preparado algo siniestro y sentí miedo. Me hice de valor y retando a mi cerebro subí por la escalera. Me encontré de pronto con una reja verde que obstaculizaba mi camino pero no me deje intimidar, “sólo esto tienes para mí” -me dije-, quité la cerca y seguí subiendo. Giré hacia la derecha y me encontré en el vestíbulo. Entré a un lúgubre pasillo de techos muy altos e hileras de cuartos a ambos lados. Caminé con temor y a través de los arcos de la entrada pude observar que en el interior me asechaban con sus ojos fijos, innumerables cuervos muy quietos, taciturnos. Seguí caminando e insulté al cerebro con mucho temor “a ver qué más me tienes preparado”. El pasillo se fue haciendo cada vez más estrecho y pude ver al frente como las paredes grises convergían. Era hora de regresar sobre mis pasos, pero el pasillo a mis espaldas ya se había convertido en un túnel y a la izquierda y la derecha había sólo paredes. Quise moverme, pero el espacio se fue haciendo más estrecho y quedé atrapado en la oscuridad de aquel sarcófago de piedra. Entonces me di cuenta que mi subconsciente puede asesinarme, le basta ordenar a mis pulmones dejar de respirar. Morir en el sueño y fallecer en la realidad. Desamparado -en aquella soledad- le pregunté, ¿me vas a ahogar?

Morir de soledad

César Ra{ul González Bonilla

El silencio también mata

El paciente del cuarto 204 escuchaba voces y veía personas que sólo existían en su sien derecha. Sostenía largas conversaciones con la nada, reía, discutía acaloradamente y peleaba contra el aire. No era violento, pero alguna vez fue necesario enfundarlo en una camisa de fuerza. Los médicos volcaron sobre él toda su ciencia; a base de corriente de electrones y fármacos multicolores, las voces en su cabeza se fueron de manera repentina. Entonces, el paciente del cuarto 204 dejó de hablar y se adentró en un estado de profunda tristeza y melancolía. Otro tratamiento para devolver la química del entusiasmo a su cerebro fue totalmente inútil. Se sentó en la orilla de la cama, con su bata blanca y sus pies descalzos, mirando fijamente a la puerta con sus ojos ausentes, como esperando que alguien entrara. Así permaneció por días y luego por semanas, hasta que sus pulmones se negaron a respirar

Desamor a mediodía

César Raúl González Bonilla

“Ya no te quiero. La vida contigo es como caer al vacío, creo que esto debe terminar”. Se lo dijo con frialdad porque era algo que los dos sabían. Se lo dijo sin rencor porque los sentimientos habían quedado atrás.  Estaban a punto de comer, pusieron la mesa sin cruzar palabras o miradas. El reloj se detuvo a la una y quince cuando un estruendo que brotaba desde el suelo los retornó de la ausencia. La fuerza del terremoto estremeció la pared, tiro vasos y jarrones. Se abrazaron con fuerza y trataron de avanzar hacia la puerta, cedieron entonces las losas y los dos cayeron al abismo. Los envolvió la obscuridad y quedó el silencio en los escombros. Y fue así como en ochenta segundos, la tierra decidió por ellos.

Ya todo está bien

César Raúl González Bonilla

La noche avanza a través del silencio de la madrugada, las ventanas disipan el calor interior que por la mañana será rocío. Todos ya descansan cobijados por la obscuridad de la casa. Arriba, en su cuarto los niños reposan muy quietos, arropados con cuidado; en la habitación principal la esposa yace también en armonía con la humedad de su almohada. Abajo, un hombre se sienta en el diván de la estancia y bebe un sorbo de su taza de café, mientras termina de escribir una carta que tiene pendiente. Afloja su corbata y habla consigo mismo: “ya todo está bien, yo estoy bien, ellos ya están bien, la vida es buena”. Toma el revolver que espera en la mesa de centro y lo lleva a su sien con la mano derecha. Lo último que escucha es el clic del barril que, al girar, lleva la muerte.

Sin Antídoto

César Raúl González Bonilla

Suspirar es morir sin desaparecer

La serpiente me miraba con su lengua

olfateando el miedo.

Me sedujo el cascabel con su sonido

y la noche se perdió

en la hipnosis de sus ojos.

Se dedicaba a la caza

serpenteando sigilosa

a través de mis deseos

y quede paralizado.

Me invitó a tocarla.

La toqué

muy suave

en la húmeda cavidad de su veneno.

Me mostró sus fauces,

desfogó la lujuria a través de los colmillos.

Sentí el invierno ingresando en mis arterias.

Infiltró mis intestinos,

escuché licuarse mis tejidos.

Grité en el hondo pozo interior

de mis adentros,

pero Dios estaba ocupado en sus asuntos

mientras los hombres se anudaban la corbata.

Estuve entonces suspendido

tratando de bracear en un eclipse.

Me mató

y estuve muerto por un rato

Sin antídoto nos sumerge en un viaje oscuro y fascinante donde el deseo se convierte en veneno. La serpiente, figura arquetípica de la tentación, seduce al hablante hasta paralizarlo, llevándolo a una entrega hipnótica y letal. Entre imágenes de fauces, veneno y eclipses, el poema explora la atracción fatal que consume desde dentro y deja al yo poético suspendido entre la vida y la muerte.