César Raúl González Bonilla
I
Busco el lugar
en donde las manecillas de mi reloj giran a la izquierda,
las líneas paralelas se vuelven transversales
y la fuerza de gravedad se alimenta de las dudas.
Busco donde transgredir las leyes de la casualidad,
perseguir, sin mucha prisa, al espejismo.
Es seguro que ahí convergen los hilos del azar
y que todas las piezas del tetrix se acomodan.
Estoy tras el rastro, como un sabueso,
de un rostro, una huella que se estremece
en el recuerdo inexistente,
la calle donde se entrelazan las miradas,
una calzada, una avenida,
la esquina la indecisión y la promesa,
porque intuyo,
en esta pesadez de los sentidos,
que ahí te encuentras.
II
Camino por el fango de la madrugada.
Avanzo apenas
con pasos estancados.
Viajo a través de nuestra obscuridad,
la cual me pertenece.
Es un refugio personal,
pues sólo es mía.
Que turbio y que confuso
es el tiempo que transcurre
y se adentra en el destierro.
Las horas se retiran cuando llega
con su disfraz de letargo,
la agonía.
Entonces se desvanecen mis sentidos,
yacen extraviados.
En aquel momento, mis brazos son ajenos
y mis piernas ya no me pertenecen.
El cerebro juega en el exilio
mientras mis ojos convulsionan.
He sido capturado en este sueño,
soy un preso de la oscilante
voluntad de las neuronas.
III
Cuando se retira el día
la penumbra hiere a la calle
de los rostros afilados.
Son frágiles
las siluetas de la tarde citadina.
Se mueven inquietas en las calles y avenidas.
Buscan las horas extraviadas
cuando toman el transporte colectivo.
El rumor es una lluvia de fatiga;
en el intenso tráfico del viernes.
¿Qué buscan las luces de los autos?
Nada más que alejarse del fastidio.
Cesa la luz,
poco a poco se pierde la energía,
se viene el ocaso muy despacio
y el rumor desaparece poco a poco.
Duerme la ciudad,
reposa con su estómago vacío;
por la mañana
engullirá ciudadanos nuevamente.
IV
Mi sueño dormía tranquilo,
arropado por un manto de deshielo,
habitando los universos que residen
en el centro del deseo.
Se levantó temprano mi sueño,
se bañó con agua fría
y vestido de realidad
se perdió entre el bullicio de la calle
V
Desde la raíz del encéfalo que duerme
se produce un murmullo imaginario.
El rumor se hace sonido
y el sonido se convierte en melodía.
Mis ojos bailan con febriles movimientos
al ritmo de armónicos azules.
La música inunda las crestas y los surcos
de las cordilleras cerebrales.
Llega por oleadas desde mar adentro,
rompe suave y besa la costa
donde yacen los deseos aletargados.
VI
Camino sobre los sueños púrpuras de abril,
desde el viento tenue vespertino.
Tienen el color profundo de los clavos
que ennegrecen la sangre con su plomo.
Siempre llueve en viernes santo,
pues se encuentra siempre tan nublado.
Es la hora de que vengan los cuervos de la noche
y me cubran con el fino tacto de sus garras.
Fríos reptiles resbalan por mi vientre,
se deslizan devorando mi intestino.
Los sueños de abril son pesadillas,
revientan mi corazón dentro del pecho
y consumen el maíz de mis graneros.
Con la tímida luz de la mañana,
la neblina desciende perezosa,
los cuervos de la noche ya descansan.
Pero es abril
y siempre llueve por la tarde
del eterno viernes purpúreo de los sueños.
VII
Bajo el nublado cielo del olvido
las imágenes van cayendo gota a gota.
Simbólicas chispean
y luego se transforman en tormenta.
Los sueños llueven
tozos de realidad imaginaria,
entre granizos de sal
que vierten las cuencas de mis ojos.
Regresan las ráfagas de viento,
los deseos curvilíneos que se vienen,
aluviones de preguntas
que llevan siempre a la búsqueda inconclusa.
El diluvio termina y el cerebro se serena.
Vuelve la calma.
Queda sólo la húmeda resonancia
del mensaje perdido.
VIII
Los sueños de febrero son manzanas verdes.
Apenas pueden moverse entumecidos
entre el frío invernal que no termina.
Los sueños húmedos en junio
bajan a través de las ansias de beber
de tus pechos diminutos
y, a veces,
se convierten en tormentas de deseo.
En octubre los ensueños se deshojan,
alfombra de ilusiones que yacen en el suelo,
la realidad queda desnuda.
No es crepúsculo
soñar cuando es diciembre.
Sólo es tiempo
de ordenar las fantasías
y tomar una siesta pequeña,
para siempre.
Sobre los sueños traza un itinerario poético a través de las regiones donde el tiempo se disuelve y la mente se emancipa del cuerpo. A lo largo de ocho secciones, el hablante se interna en los laberintos del inconsciente: busca rostros perdidos, atraviesa la oscuridad de la madrugada, contempla la ciudad dormida y observa cómo el cerebro traduce los impulsos en música o tormenta. El poema une lo neurológico, lo místico y lo sensorial en un viaje circular, donde cada sueño se convierte en espejo de la conciencia que intenta descifrarse a sí misma.