¿…y las llaves?

César Raúl González Bonilla

“Todo comienza cuando se pierden las llaves”

Están evaporadas,

-se esfumaron por completo-.

¡No encuentro mis putas llaves!

Tengo que volver sobre mis pasos

y rehacer mi camino en retroceso

donde puse las malditas llaves:

Ya no queda duda alguna,

perdí las benditas llaves.

Sólo sé que yo sí sé,

¿pues cómo fue que pasé?

porque estoy -sin duda- adentro.

A ver, dónde dejé las llaves.

Hay un hoyo negro aquí en mi casa,

o es un monstruo come llaves;

quizá fueron los alushes,

que quieren volverme loco.

¿Cómo fue que las perdí?,

¿Por qué extravié su cariño?

Sin decir adiós se fueron

dejándome solitario

cual amante adolorido,

masticando la tristeza,

y llorando el desconsuelo.

¿Acaso están secuestradas,

qué pedirán por rescate?

¿Y si las encuentro,

para qué las quiero?

¿Qué puertas pueden abrir,

cuáles misterios encierran ?

Son puras trivialidades,

pues nada tiene importancia.

En tono sarcástico y reflexivo, el poema narra la desesperada búsqueda de unas llaves extraviadas, que pronto se transforma en una metáfora de la pérdida y el sinsentido. Entre el humor y la melancolía, el hablante pasa de la rabia doméstica a la reflexión existencial: sospecha de monstruos, alushes y chaneques, pero termina comprendiendo que…

Transformación en luna llena

Por César González Bonilla

La jauría está inquieta porque la noche tiene ese tono azulado que permite distinguir siluetas amenazantes en la penumbra del bosque. La luna se encuentra en el punto más alto del cielo y las hembras temerosas esconden a sus lobeznos en el fondo de la cueva. Cómo  tiemblan los pequeños sobrecogidos, mientras los machos bajan la cola,  echan las orejas hacia atrás y muestran los colmillos con la  violencia que origina el sobresalto. El macho dominante gruñe mientras un hilo de saliva espesa escurre de su hocico; se yergue a la entrada de la madriguera con el lomo encrespado y los ojos incandescentes. Ha de defender a su manada hasta que la muerte lo derribe. En las noches de luna llena uno se aleja del grupo y busca una colina para estar más cerca de la luna. Aúlla y brama entre las sombras. El lobo maldito, es poseído por la pálida luz de media noche, convulsiona entre lamentos y se transfigura en el depredador más astuto y sanguinario. El lobo hombre se levanta en sus dos piernas, toma su lanza y comienza a buscar el aroma eterno de la sangre.

Sobre los sueños

César Raúl González Bonilla

I

Busco el lugar

en donde las manecillas de mi reloj giran a la izquierda,

las líneas paralelas se vuelven transversales

y la fuerza de gravedad se alimenta de las dudas.

Busco donde transgredir las leyes de la casualidad,

perseguir, sin mucha prisa, al espejismo.

Es seguro que ahí convergen los hilos del azar

y que todas las piezas del tetrix se acomodan.

Estoy tras el rastro, como un sabueso,

de un rostro, una huella que se estremece

en el recuerdo inexistente,

la calle donde se entrelazan las miradas,

una calzada, una avenida,

la esquina la indecisión y la promesa,

porque intuyo,

en esta pesadez de los sentidos,

que ahí te encuentras.

II

Camino por el fango de la madrugada.

Avanzo apenas

con pasos estancados.

Viajo a través de nuestra obscuridad,

la cual me pertenece.

Es un refugio personal,

pues sólo es mía.

Que turbio y que confuso

es el tiempo que transcurre

y se adentra en el destierro.

Las horas se retiran cuando llega

con su disfraz de letargo,

la agonía.

Entonces se desvanecen mis sentidos,

yacen extraviados.

En aquel momento, mis brazos son ajenos

y mis piernas ya no me pertenecen.

El cerebro juega en el exilio

mientras mis ojos convulsionan.

He sido capturado en este sueño,

soy un preso de la oscilante

voluntad de las neuronas.

III

Cuando se retira el día

la penumbra hiere a la calle

de los rostros afilados.

Son frágiles

las siluetas de la tarde citadina.

Se mueven inquietas en las calles y avenidas.

Buscan las horas extraviadas

cuando toman el transporte colectivo.

El rumor es una lluvia de fatiga;

en el intenso tráfico del viernes.

¿Qué buscan las luces de los autos?

Nada más que alejarse del fastidio.

Cesa la luz,

poco a poco se pierde la energía,

se viene el ocaso muy despacio

y el rumor desaparece poco a poco.

Duerme la ciudad,

reposa con su estómago vacío;

por la mañana

engullirá ciudadanos nuevamente.

IV

Mi sueño dormía tranquilo,

arropado por un manto de deshielo,

habitando los universos que residen

en el centro del deseo.

Se levantó temprano mi sueño,

se bañó con agua fría

y vestido de realidad

se perdió entre el bullicio de la calle

V

Desde la raíz del encéfalo que duerme

se produce un murmullo imaginario.

El rumor se hace sonido

y el sonido se convierte en melodía.

Mis ojos bailan con febriles movimientos

al ritmo de armónicos azules.

La música inunda las crestas y los surcos

de las cordilleras cerebrales.

Llega por oleadas desde mar adentro,

rompe suave y besa la costa

donde yacen los deseos aletargados.

VI

Camino sobre los sueños púrpuras de abril,

desde el viento tenue vespertino.

Tienen el color profundo de los clavos

que ennegrecen la sangre con su plomo.

Siempre llueve en viernes santo,

pues se encuentra siempre tan nublado.

Es la hora de que vengan los cuervos de la noche

y me cubran con el fino tacto de sus garras.

Fríos reptiles resbalan por mi vientre,

se deslizan devorando mi intestino.

Los sueños de abril son pesadillas,

revientan mi corazón dentro del pecho

y consumen el maíz de mis graneros.

Con la tímida luz de la mañana,

la neblina desciende perezosa,

los cuervos de la noche ya descansan.

Pero es abril

y siempre llueve por la tarde

del eterno viernes purpúreo de los sueños.

VII

 

Bajo el nublado cielo del olvido

las imágenes van cayendo gota a gota.

Simbólicas chispean

y luego se transforman en tormenta.

Los sueños llueven

tozos de realidad imaginaria,

entre granizos de sal

que vierten las cuencas de mis ojos.

Regresan las ráfagas de viento,

los deseos curvilíneos que se vienen,

aluviones de preguntas

que llevan siempre a la búsqueda inconclusa.

El diluvio termina y el cerebro se serena.

Vuelve la calma.

Queda sólo la húmeda resonancia

del mensaje perdido.

VIII

Los sueños de febrero son manzanas verdes.

Apenas pueden moverse entumecidos

entre el frío invernal que no termina.

Los sueños húmedos en junio

bajan a través de las ansias de beber

de tus pechos diminutos

y, a veces,

se convierten en tormentas de deseo.

En octubre los ensueños se deshojan,

alfombra de ilusiones que yacen en el suelo,

la realidad queda desnuda.

No es crepúsculo

soñar cuando es diciembre.

Sólo es tiempo

de ordenar las fantasías

y tomar una siesta pequeña,

para siempre.

 

 

Sobre los sueños traza un itinerario poético a través de las regiones donde el tiempo se disuelve y la mente se emancipa del cuerpo. A lo largo de ocho secciones, el hablante se interna en los laberintos del inconsciente: busca rostros perdidos, atraviesa la oscuridad de la madrugada, contempla la ciudad dormida y observa cómo el cerebro traduce los impulsos en música o tormenta. El poema une lo neurológico, lo místico y lo sensorial en un viaje circular, donde cada sueño se convierte en espejo de la conciencia que intenta descifrarse a sí misma.