Gato

César Raúl González Bonilla

«El sol se astilla en las pupilas del gato»

Cuando la noche se disuelve

por el último escondrijo de mi cama,

se deslizan las sombras de las nubes

en la primera claridad de la cortina.

Despierta ligero y perezoso

el silencio que guarda los secretos.

El jarrón refleja la mañana

cuando abre los ojos el espejo.

El rumor de los gusanos, larvas y vecinos

 se escucha susurrar en la hojarasca;

biósfera diminuta del jardín  

donde vuelve la vida testaruda.

El gato

-onda y partícula de polvo-

se escurre hacia la luz

cauteloso como anhelo.

Sus pupilas -hendiduras de obsidiana, rendijas de fuego-

inmóviles sujetan a las alas que lo miran,

y vigilan las líneas concurrentes de la calle.

Geómetra del balcón que vigila el caserío;

entreteje con sospechas

y astillas del sol en su ventana.

El texto retrata el tránsito de la noche al amanecer en un espacio íntimo donde objetos y sonidos domésticos se cargan de misterio. La claridad irrumpe poco a poco, revelando la vida diminuta del jardín y la presencia de un gato que, con pupilas de obsidiana y fuego, observa y mide el vecindario. Su mirada…

Los otros

César Raúl González Bonilla

«No es uno el que habita en el espejo«

Hay otro como yo

que se refugia en mi fachada.

Ese mitigó la sed un día en el oasis de sus pechos,

observó como germina el polen

con la lluvia dorada de su pelo

y me hizo creer nuevamente en la ternura.

Existe uno como yo.

Aquel que no soy

puede acariciar la seda,

el dorso de la mujer que me quiso un día.

Este que soy

no piensa mucho,

apaga la luz,

acomoda la soledad en sus cobijas

y pretende dormir sereno.

El poema de César Raúl González Bonilla explora la dualidad del ser y la búsqueda de conexión. El hablante reconoce la existencia de otro yo que anhela la ternura y el amor, contrastando con su propia soledad y su deseo de paz interior. La reflexión sobre la identidad y las emociones es central.

Ya todo está bien

César Raúl González Bonilla

La noche avanza a través del silencio de la madrugada, las ventanas disipan el calor interior que por la mañana será rocío. Todos ya descansan cobijados por la obscuridad de la casa. Arriba, en su cuarto los niños reposan muy quietos, arropados con cuidado; en la habitación principal la esposa yace también en armonía con la humedad de su almohada. Abajo, un hombre se sienta en el diván de la estancia y bebe un sorbo de su taza de café, mientras termina de escribir una carta que tiene pendiente. Afloja su corbata y habla consigo mismo: “ya todo está bien, yo estoy bien, ellos ya están bien, la vida es buena”. Toma el revolver que espera en la mesa de centro y lo lleva a su sien con la mano derecha. Lo último que escucha es el clic del barril que, al girar, lleva la muerte.

Transformación en luna llena

Por César González Bonilla

La jauría está inquieta porque la noche tiene ese tono azulado que permite distinguir siluetas amenazantes en la penumbra del bosque. La luna se encuentra en el punto más alto del cielo y las hembras temerosas esconden a sus lobeznos en el fondo de la cueva. Cómo  tiemblan los pequeños sobrecogidos, mientras los machos bajan la cola,  echan las orejas hacia atrás y muestran los colmillos con la  violencia que origina el sobresalto. El macho dominante gruñe mientras un hilo de saliva espesa escurre de su hocico; se yergue a la entrada de la madriguera con el lomo encrespado y los ojos incandescentes. Ha de defender a su manada hasta que la muerte lo derribe. En las noches de luna llena uno se aleja del grupo y busca una colina para estar más cerca de la luna. Aúlla y brama entre las sombras. El lobo maldito, es poseído por la pálida luz de media noche, convulsiona entre lamentos y se transfigura en el depredador más astuto y sanguinario. El lobo hombre se levanta en sus dos piernas, toma su lanza y comienza a buscar el aroma eterno de la sangre.