Por César González Bonilla
La jauría está inquieta porque la noche tiene ese tono azulado que permite distinguir siluetas amenazantes en la penumbra del bosque. La luna se encuentra en el punto más alto del cielo y las hembras temerosas esconden a sus lobeznos en el fondo de la cueva. Cómo tiemblan los pequeños sobrecogidos, mientras los machos bajan la cola, echan las orejas hacia atrás y muestran los colmillos con la violencia que origina el sobresalto. El macho dominante gruñe mientras un hilo de saliva espesa escurre de su hocico; se yergue a la entrada de la madriguera con el lomo encrespado y los ojos incandescentes. Ha de defender a su manada hasta que la muerte lo derribe. En las noches de luna llena uno se aleja del grupo y busca una colina para estar más cerca de la luna. Aúlla y brama entre las sombras. El lobo maldito, es poseído por la pálida luz de media noche, convulsiona entre lamentos y se transfigura en el depredador más astuto y sanguinario. El lobo hombre se levanta en sus dos piernas, toma su lanza y comienza a buscar el aroma eterno de la sangre.