César Raúl González Bonilla
Estacioné mi carro frente al apartamento y alcancé a ver cómo salía por el pasillo un joven fajándose la camisa. Sentí que se incendiaba la sangre en mi cerebro. No lo pensé, fue puro instinto tomar el desarmador que guardaba en la guantera del automóvil. Caminé de prisa, subí los escalones de dos en dos, deseando que no fuera cierto lo que tanto me temía. El corazón quería escapar por mi boca, se me taparon los oídos y ya no escuché más nada. Toqué primero con sospechas, después golpeé la puerta varias veces. Abrió confundida y yo embestí con violencia. La madera se rajó y la estancia se llenó de furia. Empuje su cuerpo y de pronto me vi con ella tirado en el suelo. Alcancé a distinguir dos copas medio llenas y la cama destendida. Una saliva espesa ahogó mis palabras, la jalé del cabello y la tiré en la cama. Confundida trató de incorporase, tal vez quiso decir algo, me monté sobre ella y le arranqué la voz con un beso, que luego se convirtió en mordida y después en tarascada. Empuñé el desarmador con poderío y lo hundí en su pecho hasta el mango y luego lo giré con energía en el sentido de las manecillas del reloj. Luchó con fuerza rasgando mi camisa y rasguñándome la espalda. Giramos como giran los tornados. No hubo gritos porque yo masticaba sus labios mientras hundía el desarmador hasta mis uñas. Un hilo de sangre manchó la fotografía del buró, gimió tal vez un poco, apretó las sábanas y suspiró aflojando las manos, para luego quedar inmóvil mirando fijamente el techo del apartamento. Me senté llorando al borde de la cama, mis lágrimas se mezclaron con su sangre y mi boca se tragó sus labios. Afuera, las nubes lloraron conmigo y la calle se cubrió de viento.
—¿Por qué no me quieres? ¡Si yo te quiero tanto!