Remolino nocturno

César Raúl González Bonilla

Estacioné mi carro frente al apartamento y alcancé a ver cómo salía por el pasillo un joven fajándose la camisa. Sentí que se incendiaba la sangre en mi cerebro. No lo pensé, fue puro instinto tomar el desarmador que guardaba en la guantera del automóvil. Caminé de prisa, subí los escalones de dos en dos, deseando que no fuera cierto lo que tanto me temía. El corazón quería escapar por mi boca, se me taparon los oídos y ya no escuché más nada. Toqué primero con sospechas, después golpeé la puerta varias veces. Abrió confundida y yo embestí con violencia. La madera se rajó y la estancia se llenó de furia. Empuje su cuerpo y de pronto me vi con ella tirado en el suelo. Alcancé a distinguir dos copas medio llenas y la cama destendida. Una saliva espesa ahogó mis palabras, la jalé del cabello y la tiré en la cama. Confundida trató de incorporase, tal vez quiso decir algo, me monté sobre ella y le arranqué la voz con un beso, que luego se convirtió en mordida y después en tarascada. Empuñé el desarmador con poderío y lo hundí en su pecho hasta el mango y luego lo giré con energía en el sentido de las manecillas del reloj. Luchó con fuerza rasgando mi camisa y rasguñándome la espalda. Giramos como giran los tornados. No hubo gritos porque yo masticaba sus labios mientras hundía el desarmador hasta mis uñas. Un hilo de sangre manchó la fotografía del buró, gimió tal vez un poco, apretó las sábanas y suspiró aflojando las manos, para luego quedar inmóvil mirando fijamente el techo del apartamento. Me senté llorando al borde de la cama, mis lágrimas se mezclaron con su sangre y mi boca se tragó sus labios. Afuera, las nubes lloraron conmigo y la calle se cubrió de viento.

—¿Por qué no me quieres? ¡Si yo te quiero tanto!

El taller del artesano

César Raúl González Bonilla

El artesano trabajaba con materiales sencillos, imaginación y habilidad de manos. Era el mejor hacedor de demonios y su taller el más solicitado. Todas las noches, a la luz de una vela, puntada a puntada, confeccionaba demonios y fantasmas a la medida de los temores de los clientes. Luego los cosía a sus cuerpos y sombras con tal perfección que, los fantasmas solían morir  junto con el cadáver de sus dueños.  Una noche,  cierto demonio se desprendió de la sombra y  quedó solo entre los vivos. Lo invadió tal amargura que inconsolable vistió al artesano, lo tomó por cuello y juntos se perdieron en el fuego de la vela.

Lupus eritematoso

César Raúl González Bonilla

El enemigo soy yo

Ya no me reconozco como propio.
No soy el que se mira a través de los espejos,​
Mis genes iniciaron la revuelta,
me tomaron por asalto, usurparon mis tejidos.
El saqueo se escurre por los núcleos,
corrompe los collares de la vida.
Es un motín de muerte programada,
es un lobo negro que me muerde
desde dentro.
La mariposa de fuego surgió de la luz
ultravioleta,
se posó en mi rostro, me dejó su marca,
como los hierros marcan a las reses.
El incendio se extiende en la llanura
depositando retazos de mi cuerpo en las arterias,
pulmones de carbón y piernas de ceniza.
Veo el corazón cómo se ensancha
y dejan de filtrar los dos riñones.
Ya no hay tiempo de gozar lo rutinario,
se desmorona la estancia
y el futuro
es una invocación a lo apartado.

Monólogo del cuerpo que se vuelve su propio agresor. El poema explora el lupus como una metáfora del extrañamiento interior: el yo traicionado por su biología.